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Placer en Fantastic City
Fandom: Mundo alterno
Created: 4/14/2026
Tags
RomanceFantasyCurtainfic / Domestic StoryPWP (Plot? What Plot?)Explicit LanguagePsychologicalDark
Bajo el Reflejo del Cascabel de Plata
La ciudad de Fantastic City nunca dormía, pero sus luces no eran como las de cualquier metrópoli ordinaria. Eran destellos de neón que flotaban en el aire, ráfagas de magia que pintaban el cielo de violeta y oro, y calles donde el tiempo parecía curvarse según el deseo de sus habitantes. En medio de este caos maravilloso, una modesta casa privada se alzaba en las afueras, rodeada por un jardín de flores que brillaban con luz propia.
Blanc caminaba con una elegancia felina, sus botas blancas apenas hacían ruido sobre el sendero de piedra. Su traje, una pieza de cuero blanco ajustada que resaltaba cada músculo de su torso y piernas, brillaba bajo la luna. Las orejas falsas sobre su cabello albino se movían ligeramente con la brisa, y el cascabel en su pecho emitía un tintineo sordo, casi hipnótico. A su lado, John caminaba con una mezcla de timidez y expectación, observando el perfil aristocrático y frío de su amante, aquel hombre que para el resto del mundo era un témpano de hielo, pero que para él era un volcán de pasión.
—Llegamos, mi pequeño John —susurró Blanc. Su voz era profunda, con un matiz dominante que siempre lograba que el vello de la nuca de John se erizara—. Este lugar es solo para nosotros. Aquí no hay ojos que juzguen, ni reglas que no hayamos escrito nosotros mismos.
John asintió, apretando suavemente la mano de Blanc. Sus dedos se entrelazaron, y el contraste entre la piel pálida de Blanc y la calidez de John era una promesa silenciosa de lo que estaba por venir.
—Es hermosa, Blanc —respondió John, admirando la fachada de madera oscura y ventanales amplios—. Siempre sabes cómo sorprenderme.
Al entrar, el ambiente cambió. El aire estaba impregnado de un aroma a sándalo y vainilla. La iluminación era tenue, proporcionada por velas que flotaban cerca del techo. Blanc cerró la puerta con un clic definitivo y se giró hacia John. Sus ojos azules, fríos como el hielo pero ahora encendidos por un deseo posesivo, recorrieron la figura de John con lentitud.
Blanc no era solo un amante; era un protector, un hombre que no concebía la existencia sin el calor de John a su lado. Su naturaleza yandere se manifestaba en esa necesidad constante de contacto, en esa forma en que sus ojos nunca se apartaban de su pareja, como si temiera que, en un parpadeo, John pudiera desvanecerse en la magia de la ciudad.
—Acércate —ordenó Blanc con suavidad, extendiendo una mano enguantada.
John obedeció sin dudar. Su sumisión no nacía del miedo, sino de una confianza absoluta y un deseo ferviente de complacer al hombre que lo amaba con tanta intensidad. Se detuvo frente a él, permitiendo que Blanc tomara su rostro entre sus manos.
—Te ves tan perfecto esta noche —dijo Blanc, acariciando con el pulgar el labio inferior de John—. A veces me pregunto si eres real o solo una creación de mi mente para no volverme loco en este mundo de fantasía.
—Soy real, Blanc. Y soy tuyo —murmuró John, inclinándose hacia el toque del otro.
Blanc soltó una risa baja, un sonido travieso que contrastaba con su porte serio. De repente, rodeó la cintura de John con sus brazos musculosos y lo atrajo hacia sí, sintiendo el cinturón en forma de cola de gato rozar sus piernas.
—Demuéstramelo —susurró Blanc al oído de John, mordisqueando ligeramente el lóbulo de su oreja—. Sabes cuánto me gusta que me cuides, que me toques... que me obedezcas.
John sintió un escalofrío de placer recorrer su columna. Se llevó las manos al pecho de Blanc, justo donde el cascabel blanco descansaba. Lo acarició con delicadeza, escuchando el suave repique que parecía marcar el ritmo de sus corazones.
—Nada me hace más feliz que complacerte, Blanc —dijo John con sinceridad, sus ojos avellana brillando con una chispa de perversión compartida—. ¿Quieres que empecemos ahora?
Blanc no respondió con palabras. En su lugar, capturó los labios de John en un beso profundo y hambriento. Era un beso que sabía a posesión y a una ternura desesperada. Blanc dominaba el intercambio, guiando la lengua de John, explorando cada rincón de su boca como si buscara el alma misma de su amante. John se entregó por completo, rodeando el cuello de Blanc con sus brazos, perdiéndose en la fuerza de los músculos del hombre albino.
Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. Blanc tenía las mejillas ligeramente sonrosadas, una de las pocas señales de emoción que permitía mostrar.
—Ven al sofá —dijo Blanc, guiándolo hacia un mueble de terciopelo azul que parecía invitar al pecado—. Quiero sentir tus manos sobre mí. Solo tus manos, John. Nadie más tiene permiso para tocarme de esta manera.
Blanc se sentó y se recostó ligeramente, abriendo los brazos en una invitación silenciosa. John se arrodilló entre sus piernas, admirando la figura imponente de su pareja. Blanc era una obra de arte: la musculatura definida bajo el traje blanco, el contraste de su cabello níveo contra la piel pálida y esa mirada que exigía devoción absoluta.
John comenzó a acariciar los muslos de Blanc, subiendo lentamente hacia su cintura. Blanc cerró los ojos y soltó un ronroneo bajo, un sonido casi animal que delataba su excitación.
—Eso es... —suspiró Blanc—. Sigue, John. No te detengas.
John subió sus manos hacia el pecho de Blanc, jugando con los bordes del traje y el cascabel. Blanc se estremecía ante cada toque, su frialdad habitual derritiéndose bajo el calor de John. Para Blanc, el contacto físico de John era su droga, la única forma de sentirse verdaderamente vivo y seguro.
—Te amo tanto, Blanc —susurró John, besando la piel del cuello de su amante—. Me encanta cómo te entregas a mí, a pesar de ser tan dominante.
—Solo contigo soy así —respondió Blanc, abriendo los ojos para mirar a John con una intensidad feroz—. Eres el único que puede ver lo que hay detrás de esta máscara. El único que puede domar a la bestia.
John sonrió con audacia. Sabía lo que Blanc deseaba a continuación. Sus manos bajaron hacia la entrepierna de Blanc, sintiendo la dureza que se formaba bajo la tela blanca. Blanc soltó un gemido ahogado, echando la cabeza hacia atrás.
—John... obedéceme —dijo Blanc con voz entrecortada—. Quiero sentirte. Quiero que me complazcas de la forma que más me gusta.
John no necesitó más instrucciones. Con dedos expertos, comenzó a liberar el miembro de Blanc de su confinamiento. Blanc observaba cada movimiento con una mezcla de anticipación y adoración. Cuando John finalmente lo tuvo frente a él, Blanc soltó un suspiro largo.
—Eres tan hermoso —dijo John en voz baja, admirando la perfección de su amante.
—Tómame —ordenó Blanc, su voz cargada de una pasión oscura—. Sé mi sumiso audaz, John. Hazme olvidar el resto del mundo.
John se inclinó y rodeó a Blanc con sus labios. El efecto fue instantáneo. Blanc se tensó, sus manos enterrándose en el cabello negro de John, no para apartarlo, sino para mantenerlo allí, para asegurar que no se fuera a ninguna parte. El sonido del cascabel en el pecho de Blanc se volvió errático, siguiendo el ritmo de los movimientos de John.
Blanc se sentía en el cielo. La sensación de los labios de John, la calidez de su boca y la devoción con la que realizaba el acto lo llevaban al borde de la locura. Su parte yandere gritaba de júbilo; en ese momento, John era completamente suyo, dedicado únicamente a su placer, a su bienestar.
—¡Ah, John! —exclamó Blanc, su voz rompiendo el silencio de la casa—. Sí, justo así... No pares, por favor...
Blanc comenzó a acariciar la cabeza de John con una ternura infinita, murmurando palabras de amor y posesión en un idioma que solo ellos entendían. Era un baile de poder y entrega, donde Blanc ejercía su dominio a través del cariño y John encontraba su libertad en la sumisión consentida.
Después de unos minutos de intensa pasión, Blanc alcanzó su clímax, soltando un grito que era una mezcla de triunfo y alivio. John se mantuvo allí un momento más, asegurándose de que Blanc hubiera recibido todo el placer que merecía, antes de subir para buscar sus labios nuevamente.
Blanc lo atrajo hacia arriba, envolviéndolo en un abrazo protector. Ambos cayeron sobre el sofá, con John descansando sobre el pecho de Blanc. El corazón del hombre albino latía con fuerza contra el oído de John, y el cascabel emitía un último y suave tintineo.
—¿Estás bien, mi gatito? —preguntó John con una sonrisa traviesa.
Blanc soltó una risa suave, besando la frente de John.
—Estoy mejor que nunca. Solo tú puedes hacerme sentir de esta manera, John. Me haces sentir completo.
Se quedaron así por un largo tiempo, simplemente disfrutando de la presencia del otro. Blanc acariciaba la espalda de John, sus dedos trazando patrones invisibles sobre la camisa blanca.
—Sabes que nunca te dejaré ir, ¿verdad? —dijo Blanc, su tono volviéndose repentinamente serio, casi frío—. Este mundo es caótico, pero mientras me obedezcas y me ames, estarás a salvo conmigo. No quiero estar solo nunca más.
John levantó la vista y vio la vulnerabilidad en los ojos azules de Blanc. Comprendía la naturaleza de su amante; sabía que su protección a veces rayaba en la obsesión, pero para John, eso era solo una prueba más de cuán profundo era el amor de Blanc.
—No tengo intención de irme a ningún lado, Blanc —aseguró John, sellando su promesa con un beso dulce—. Me gusta estar bajo tu dominio. Me gusta que me cuides.
Blanc sonrió, una expresión de pura ternura que reservaba solo para este hombre.
—Entonces, déjame complacerte ahora a ti —dijo Blanc, girándolos para que John quedara debajo de él—. Es mi turno de mostrarte cuánto te adoro.
La noche en Fantastic City continuó con sus luces mágicas y sus sombras misteriosas, pero dentro de aquella casa, el tiempo se detuvo. Blanc y John se entregaron el uno al otro una y otra vez, explorando los límites de su deseo y fortaleciendo el vínculo que los unía. En ese rincón del mundo, donde lo imposible era posible, ellos habían encontrado la única verdad que importaba: un amor que, aunque extraño para los demás, era perfecto para ellos.
Blanc, el protector dominante de traje blanco, y John, el sumiso amable de corazón pervertido, eran dos piezas de un rompecabezas que encajaban a la perfección. Entre caricias, susurros y el constante repique de un cascabel de plata, ambos se perdieron en la inmensidad de un sentimiento que no conocía restricciones, solo la libertad de ser ellos mismos en los brazos del otro.
Blanc caminaba con una elegancia felina, sus botas blancas apenas hacían ruido sobre el sendero de piedra. Su traje, una pieza de cuero blanco ajustada que resaltaba cada músculo de su torso y piernas, brillaba bajo la luna. Las orejas falsas sobre su cabello albino se movían ligeramente con la brisa, y el cascabel en su pecho emitía un tintineo sordo, casi hipnótico. A su lado, John caminaba con una mezcla de timidez y expectación, observando el perfil aristocrático y frío de su amante, aquel hombre que para el resto del mundo era un témpano de hielo, pero que para él era un volcán de pasión.
—Llegamos, mi pequeño John —susurró Blanc. Su voz era profunda, con un matiz dominante que siempre lograba que el vello de la nuca de John se erizara—. Este lugar es solo para nosotros. Aquí no hay ojos que juzguen, ni reglas que no hayamos escrito nosotros mismos.
John asintió, apretando suavemente la mano de Blanc. Sus dedos se entrelazaron, y el contraste entre la piel pálida de Blanc y la calidez de John era una promesa silenciosa de lo que estaba por venir.
—Es hermosa, Blanc —respondió John, admirando la fachada de madera oscura y ventanales amplios—. Siempre sabes cómo sorprenderme.
Al entrar, el ambiente cambió. El aire estaba impregnado de un aroma a sándalo y vainilla. La iluminación era tenue, proporcionada por velas que flotaban cerca del techo. Blanc cerró la puerta con un clic definitivo y se giró hacia John. Sus ojos azules, fríos como el hielo pero ahora encendidos por un deseo posesivo, recorrieron la figura de John con lentitud.
Blanc no era solo un amante; era un protector, un hombre que no concebía la existencia sin el calor de John a su lado. Su naturaleza yandere se manifestaba en esa necesidad constante de contacto, en esa forma en que sus ojos nunca se apartaban de su pareja, como si temiera que, en un parpadeo, John pudiera desvanecerse en la magia de la ciudad.
—Acércate —ordenó Blanc con suavidad, extendiendo una mano enguantada.
John obedeció sin dudar. Su sumisión no nacía del miedo, sino de una confianza absoluta y un deseo ferviente de complacer al hombre que lo amaba con tanta intensidad. Se detuvo frente a él, permitiendo que Blanc tomara su rostro entre sus manos.
—Te ves tan perfecto esta noche —dijo Blanc, acariciando con el pulgar el labio inferior de John—. A veces me pregunto si eres real o solo una creación de mi mente para no volverme loco en este mundo de fantasía.
—Soy real, Blanc. Y soy tuyo —murmuró John, inclinándose hacia el toque del otro.
Blanc soltó una risa baja, un sonido travieso que contrastaba con su porte serio. De repente, rodeó la cintura de John con sus brazos musculosos y lo atrajo hacia sí, sintiendo el cinturón en forma de cola de gato rozar sus piernas.
—Demuéstramelo —susurró Blanc al oído de John, mordisqueando ligeramente el lóbulo de su oreja—. Sabes cuánto me gusta que me cuides, que me toques... que me obedezcas.
John sintió un escalofrío de placer recorrer su columna. Se llevó las manos al pecho de Blanc, justo donde el cascabel blanco descansaba. Lo acarició con delicadeza, escuchando el suave repique que parecía marcar el ritmo de sus corazones.
—Nada me hace más feliz que complacerte, Blanc —dijo John con sinceridad, sus ojos avellana brillando con una chispa de perversión compartida—. ¿Quieres que empecemos ahora?
Blanc no respondió con palabras. En su lugar, capturó los labios de John en un beso profundo y hambriento. Era un beso que sabía a posesión y a una ternura desesperada. Blanc dominaba el intercambio, guiando la lengua de John, explorando cada rincón de su boca como si buscara el alma misma de su amante. John se entregó por completo, rodeando el cuello de Blanc con sus brazos, perdiéndose en la fuerza de los músculos del hombre albino.
Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. Blanc tenía las mejillas ligeramente sonrosadas, una de las pocas señales de emoción que permitía mostrar.
—Ven al sofá —dijo Blanc, guiándolo hacia un mueble de terciopelo azul que parecía invitar al pecado—. Quiero sentir tus manos sobre mí. Solo tus manos, John. Nadie más tiene permiso para tocarme de esta manera.
Blanc se sentó y se recostó ligeramente, abriendo los brazos en una invitación silenciosa. John se arrodilló entre sus piernas, admirando la figura imponente de su pareja. Blanc era una obra de arte: la musculatura definida bajo el traje blanco, el contraste de su cabello níveo contra la piel pálida y esa mirada que exigía devoción absoluta.
John comenzó a acariciar los muslos de Blanc, subiendo lentamente hacia su cintura. Blanc cerró los ojos y soltó un ronroneo bajo, un sonido casi animal que delataba su excitación.
—Eso es... —suspiró Blanc—. Sigue, John. No te detengas.
John subió sus manos hacia el pecho de Blanc, jugando con los bordes del traje y el cascabel. Blanc se estremecía ante cada toque, su frialdad habitual derritiéndose bajo el calor de John. Para Blanc, el contacto físico de John era su droga, la única forma de sentirse verdaderamente vivo y seguro.
—Te amo tanto, Blanc —susurró John, besando la piel del cuello de su amante—. Me encanta cómo te entregas a mí, a pesar de ser tan dominante.
—Solo contigo soy así —respondió Blanc, abriendo los ojos para mirar a John con una intensidad feroz—. Eres el único que puede ver lo que hay detrás de esta máscara. El único que puede domar a la bestia.
John sonrió con audacia. Sabía lo que Blanc deseaba a continuación. Sus manos bajaron hacia la entrepierna de Blanc, sintiendo la dureza que se formaba bajo la tela blanca. Blanc soltó un gemido ahogado, echando la cabeza hacia atrás.
—John... obedéceme —dijo Blanc con voz entrecortada—. Quiero sentirte. Quiero que me complazcas de la forma que más me gusta.
John no necesitó más instrucciones. Con dedos expertos, comenzó a liberar el miembro de Blanc de su confinamiento. Blanc observaba cada movimiento con una mezcla de anticipación y adoración. Cuando John finalmente lo tuvo frente a él, Blanc soltó un suspiro largo.
—Eres tan hermoso —dijo John en voz baja, admirando la perfección de su amante.
—Tómame —ordenó Blanc, su voz cargada de una pasión oscura—. Sé mi sumiso audaz, John. Hazme olvidar el resto del mundo.
John se inclinó y rodeó a Blanc con sus labios. El efecto fue instantáneo. Blanc se tensó, sus manos enterrándose en el cabello negro de John, no para apartarlo, sino para mantenerlo allí, para asegurar que no se fuera a ninguna parte. El sonido del cascabel en el pecho de Blanc se volvió errático, siguiendo el ritmo de los movimientos de John.
Blanc se sentía en el cielo. La sensación de los labios de John, la calidez de su boca y la devoción con la que realizaba el acto lo llevaban al borde de la locura. Su parte yandere gritaba de júbilo; en ese momento, John era completamente suyo, dedicado únicamente a su placer, a su bienestar.
—¡Ah, John! —exclamó Blanc, su voz rompiendo el silencio de la casa—. Sí, justo así... No pares, por favor...
Blanc comenzó a acariciar la cabeza de John con una ternura infinita, murmurando palabras de amor y posesión en un idioma que solo ellos entendían. Era un baile de poder y entrega, donde Blanc ejercía su dominio a través del cariño y John encontraba su libertad en la sumisión consentida.
Después de unos minutos de intensa pasión, Blanc alcanzó su clímax, soltando un grito que era una mezcla de triunfo y alivio. John se mantuvo allí un momento más, asegurándose de que Blanc hubiera recibido todo el placer que merecía, antes de subir para buscar sus labios nuevamente.
Blanc lo atrajo hacia arriba, envolviéndolo en un abrazo protector. Ambos cayeron sobre el sofá, con John descansando sobre el pecho de Blanc. El corazón del hombre albino latía con fuerza contra el oído de John, y el cascabel emitía un último y suave tintineo.
—¿Estás bien, mi gatito? —preguntó John con una sonrisa traviesa.
Blanc soltó una risa suave, besando la frente de John.
—Estoy mejor que nunca. Solo tú puedes hacerme sentir de esta manera, John. Me haces sentir completo.
Se quedaron así por un largo tiempo, simplemente disfrutando de la presencia del otro. Blanc acariciaba la espalda de John, sus dedos trazando patrones invisibles sobre la camisa blanca.
—Sabes que nunca te dejaré ir, ¿verdad? —dijo Blanc, su tono volviéndose repentinamente serio, casi frío—. Este mundo es caótico, pero mientras me obedezcas y me ames, estarás a salvo conmigo. No quiero estar solo nunca más.
John levantó la vista y vio la vulnerabilidad en los ojos azules de Blanc. Comprendía la naturaleza de su amante; sabía que su protección a veces rayaba en la obsesión, pero para John, eso era solo una prueba más de cuán profundo era el amor de Blanc.
—No tengo intención de irme a ningún lado, Blanc —aseguró John, sellando su promesa con un beso dulce—. Me gusta estar bajo tu dominio. Me gusta que me cuides.
Blanc sonrió, una expresión de pura ternura que reservaba solo para este hombre.
—Entonces, déjame complacerte ahora a ti —dijo Blanc, girándolos para que John quedara debajo de él—. Es mi turno de mostrarte cuánto te adoro.
La noche en Fantastic City continuó con sus luces mágicas y sus sombras misteriosas, pero dentro de aquella casa, el tiempo se detuvo. Blanc y John se entregaron el uno al otro una y otra vez, explorando los límites de su deseo y fortaleciendo el vínculo que los unía. En ese rincón del mundo, donde lo imposible era posible, ellos habían encontrado la única verdad que importaba: un amor que, aunque extraño para los demás, era perfecto para ellos.
Blanc, el protector dominante de traje blanco, y John, el sumiso amable de corazón pervertido, eran dos piezas de un rompecabezas que encajaban a la perfección. Entre caricias, susurros y el constante repique de un cascabel de plata, ambos se perdieron en la inmensidad de un sentimiento que no conocía restricciones, solo la libertad de ser ellos mismos en los brazos del otro.
