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Makima's Ass-istant [GTS/SSBBW]
Fandom: CHAINSAW MAN
Created: 4/14/2026
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AU (Alternate Universe)DarkBody HorrorPost-ApocalypticDystopiaPsychologicalSurvivalSatireCrack / Parody Humor
La Gravedad del Mundo
Kobeni no podía dejar de llorar. Sus lágrimas caían sobre el asfalto del estacionamiento, mezclándose con el aceite que goteaba de los restos aplastados de su querido coche amarillo. El vehículo, que alguna vez fue su orgullo y su único medio de escape, ahora parecía una lata de refresco pisoteada por un gigante. Y, en cierto modo, eso era exactamente lo que había sucedido.
—Mi... mi coche... —sollozó Kobeni, con la voz quebrada—. Mis ahorros... todo lo que tenía...
Makima, cuya figura ahora desafiaba cualquier ley de la biología y la arquitectura, permanecía de pie junto a la chatarra. Su sola presencia deformaba la perspectiva del lugar; era tan ancha que proyectaba una sombra que cubría no solo a Kobeni, sino la mitad de la fachada del almacén. Sus muslos, ahora del tamaño de troncos de secuoya, rozaban entre sí con un sonido siseante de tela tensa al límite, y su vientre se adelantaba como la proa de un barco acorazado.
—No seas tan dramática, Kobeni —dijo Makima. Su voz, aunque mantenía ese tono gélido y calmado, ahora retumbaba con una profundidad física que hacía vibrar el pecho de la joven—. Como te dije, era un vehículo defectuoso. Una herramienta que no puede soportar el peso de sus responsabilidades no merece ser conservada.
—¡Pero no era para llevar a una... a una...! —Kobeni se calló de golpe, dándose cuenta de que estaba a punto de llamar a su jefa "una fuerza de la naturaleza con sobrepeso extremo". El miedo a la muerte superó por un segundo a su dolor—. ¡A una persona tan importante como usted! —corrigió a gritos, temblando.
Makima sonrió. Sus mejillas, redondas y pesadas, casi ocultaban sus ojos dorados, pero ese brillo hipnótico seguía allí, observando la miseria de su asistente con una mezcla de curiosidad y desdén.
—Levántate. Tenemos que caminar hacia la avenida principal. Si no hay coches disponibles, buscaremos otra forma de transporte. Tengo hambre, y mi apetito no espera a que termines tu rabieta.
Kobeni se puso de pie a duras penas, limpiándose los mocos con la manga de su uniforme, que ahora le quedaba extrañamente holgado. Fue entonces cuando se fijó en algo que el shock inicial le había impedido notar. Al mirar hacia la calle, más allá de la entrada del almacén, vio a una mujer correr por la acera. O mejor dicho, intentar correr.
La mujer, una civil cualquiera que vestía un traje de oficina, tropezó de repente. No porque hubiera un bache, sino porque sus caderas se expandieron visiblemente en cuestión de segundos, rompiendo las costuras de su falda. Sus brazos se volvieron más gruesos, su cuello desapareció bajo una capa de grasa repentina y cayó al suelo con un golpe sordo, jadeando mientras su cuerpo seguía inflándose como un globo lleno de helio.
Kobeni parpadeó, pensando que el trauma del coche le estaba provocando alucinaciones. Pero luego miró a la dependienta de un puesto de periódicos cercano. La mujer gritaba mientras su pecho y su abdomen crecían de forma descontrolada, volcando el mostrador bajo el peso de su nueva masa.
—¿Señorita Makima? —susurró Kobeni, con los ojos desorbitados—. ¿Qué... qué está pasando?
Makima no pareció sorprendida. Se limitó a mirar hacia el horizonte de Tokio, donde el caos empezaba a desatarse. Se escuchaban estruendos de metal retorcido: coches que chocaban porque sus conductoras ya no cabían tras el volante, ascensores que se desplomaban en edificios lejanos, y un coro de gritos femeninos que llenaba el aire.
—Parece que el mundo finalmente está intentando ponerse a mi nivel —comentó Makima con un tono casi aburrido—. Un cambio sistémico. Una evolución necesaria hacia la abundancia.
—¡Eso no es abundancia, eso es un desastre! —chilló Kobeni, señalando a un grupo de mujeres que intentaban ayudarse unas a otras, solo para quedar atrapadas entre sí debido a su volumen creciente—. ¡Están engordando todas! ¡Todas las mujeres!
—¿Y tú, Kobeni? —preguntó Makima, girándose lentamente. El movimiento de su cuerpo desplazó una ráfaga de aire caliente hacia la chica—. ¿Sientes la urgencia de crecer?
Kobeni se miró las manos. Estaban pálidas y delgadas como siempre. Su metabolismo, alimentado por el estrés constante y el miedo, parecía ser el único que resistía la extraña epidemia.
—Yo... yo sigo igual —balbuceó—. ¿Por qué yo no?
—Quizás sea porque ya ocupas tu lugar en el mundo —dijo Makima, dando un paso hacia ella. El suelo bajo sus pies se agrietó—. Como mi silla. Como mi chófer. Como mi apoyo. No necesitas volumen cuando tu propósito es ser aplastada.
Kobeni retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared del almacén. El pánico era ahora una marea negra en su mente. A su alrededor, la realidad se volvía grotesca. Una demonio que pasaba por allí, una criatura menor con rasgos femeninos, se expandió hasta reventar su propia piel, convirtiéndose en una masa informe de carne que bloqueó la calle.
—Tengo hambre, Kobeni —repitió Makima, y esta vez hubo una nota de autoridad absoluta en su voz—. El mundo está cambiando, pero mis necesidades siguen siendo las mismas. Si no hay coches, me llevarás tú.
—¿Qué? —Kobeni sintió que el corazón se le salía por la boca—. ¡Señorita Makima, usted pesa... pesa más que un edificio! ¡No puedo ni mover un dedo si usted me toca!
—Encuentra la manera. Un contrato es un contrato, ¿no es así? —Makima se acercó aún más, acorralándola. Su vientre, una pared de carne suave pero firme, presionó a Kobeni contra los ladrillos—. El Demonio de la Eternidad me dijo una vez que el hambre es la motivación más fuerte. Demuéstrame cuánto valoras tu vida.
Kobeni estaba siendo literalmente enterrada en vida por el cuerpo de su jefa. El calor que emanaba de Makima era sofocante, un horno de calorías y poder demoníaco. Los pulmones de Kobeni ardían mientras intentaba inhalar el poco aire que quedaba entre los pliegues de la ropa de Makima y la pared.
—¡P-puedo... puedo buscar comida! —logró articular Kobeni entre espasmos—. ¡Hay un almacén de suministros de emergencia a dos manzanas! ¡Tienen toneladas de arroz y conservas! ¡Puedo traerlo todo!
Makima se apartó apenas unos centímetros, lo suficiente para dejar que Kobeni cayera al suelo, tosiendo y aspirando aire con desesperación.
—Dos manzanas —dijo Makima, mirando su reloj de pulsera, cuya correa se hundía profundamente en su muñeca—. Tienes diez minutos antes de que decida que tu carne es el único aperitivo disponible.
Kobeni no esperó a oír nada más. Se levantó y corrió como si el mismísimo Demonio Motosierra la persiguiera. Sus piernas, acostumbradas a la agilidad del trabajo de campo, volaban sobre el pavimento. Mientras corría, la visión era apocalíptica. El mundo se había vuelto demasiado pesado para sí mismo. Las estructuras de la ciudad, diseñadas para personas de peso promedio, estaban colapsando.
Vio a una oficial de policía atrapada en su patrulla, cuyos neumáticos habían reventado por el aumento de peso súbito de la mujer. Vio a madres que ya no podían cargar a sus hijos porque sus brazos eran demasiado voluminosos para cerrarse. Era una pesadilla de carne y gravedad.
Llegó al almacén de suministros. Estaba cerrado con cadena, pero Kobeni, en un arranque de fuerza nacido del terror puro, usó su cuchillo para romper el candado. Dentro, las estanterías estaban repletas. Agarró una carretilla industrial y empezó a cargar sacos de arroz de veinte kilos, cajas de carne enlatada y galones de aceite.
—¡Más! ¡Necesito más! —se gritaba a sí misma, con lágrimas en los ojos—. ¡Si no la lleno, me comerá! ¡Si no la lleno, me usará de alfombra!
Cargó la carretilla hasta que fue humanamente imposible moverla, y luego, haciendo gala de una resistencia sobrehumana que solo Kobeni podía invocar en momentos de crisis mortal, empezó a empujarla de vuelta. El sudor le nublaba la vista, y sus músculos gritaban de agonía, pero el miedo a Makima era un combustible más eficiente que cualquier comida.
Cuando regresó al almacén, Makima estaba sentada sobre los restos de un contenedor de metal que se había hundido bajo su peso. Parecía una deidad antigua de la fertilidad y la destrucción, una montaña de curvas que dominaba el paisaje en ruinas.
—Llegas... a tiempo —dijo Makima, viendo la montaña de comida que Kobeni traía.
—¡Aquí... aquí tiene! —Kobeni se desplomó junto a la carretilla, con el pecho subiendo y bajando violentamente—. ¡Coma! ¡Por favor, coma y no me mate!
Makima comenzó a comer. No lo hacía con la voracidad de un animal, sino con una elegancia aterradora. Abría las latas con una sola mano y volcaba el contenido en su boca, masticando y tragando con una cadencia hipnótica. A medida que consumía las provisiones, Kobeni juró que podía ver cómo el cuerpo de Makima se expandía aún más, ganando volumen en tiempo real. Sus hombros se ensanchaban, sus senos crecían hasta descansar sobre su regazo gigantesco, y su cintura desaparecía por completo bajo la marea de su propio vientre.
—Kobeni —dijo Makima, después de terminar con la mitad de la carretilla—. El mundo está cambiando. Las leyes de la escasez están muriendo. Pronto, no habrá lugar para los pequeños y los débiles.
—Yo... yo solo quiero mi sueldo y llegar a casa —sollozó Kobeni, abrazando sus rodillas.
—Tu casa ya no existe —dijo Makima con una sonrisa cruel—. Tu madre y tus hermanas... todas ellas habrán crecido tanto para estas horas que las paredes de tu apartamento habrán cedido. No hay vuelta atrás.
Kobeni se imaginó a su numerosa familia, todas convirtiéndose en gigantes de carne atrapadas en su pequeño piso de interés social. La imagen era tan ridícula como espantosa.
—¿Entonces qué voy a hacer? —preguntó Kobeni, con la mirada perdida.
Makima terminó de engullir el último saco de arroz crudo y se lamió los labios. Luego, extendió una mano masiva hacia Kobeni.
—Seguirás siendo mi asistente. El mundo ahora es un lugar vasto y pesado. Necesitaré a alguien que se mueva por las grietas que yo ya no puedo cruzar. Alguien que me traiga lo que deseo. Alguien que sea mi recordatorio de lo que significa ser pequeña.
Kobeni miró la mano de Makima. Era tan grande que podría envolver su cabeza entera con solo dos dedos. Miró a su alrededor: la ciudad de Tokio estaba sumida en un silencio extraño, solo roto por los estruendos de edificios lejanos cayendo y el llanto de millones de mujeres que ya no reconocían sus propios cuerpos.
—¿Tengo... tengo otra opción? —preguntó Kobeni, aunque ya sabía la respuesta.
—Siempre puedes intentar correr —dijo Makima, y su risa fue como un pequeño terremoto que sacudió los restos del coche amarillo—. Pero recuerda, Kobeni: en este nuevo mundo, yo soy el centro de gravedad. Y todo, tarde o temprano, cae hacia mí.
Kobeni suspiró, se puso de pie y caminó hacia la sombra de Makima. Se colocó al lado de su pierna, que era más alta que ella misma, y apoyó la frente contra la tela tensa del pantalón de su jefa.
—Está bien —susurró Kobeni, resignada a su destino de ser la única hormiga en un mundo de elefantes—. ¿Qué es lo siguiente que quiere comer, señorita Makima?
—Dulces —respondió la mujer pelirroja, acariciando con un dedo gigante la espalda de su asistente—. Muchos dulces. Vamos, Kobeni. El lunes aún no ha terminado.
Y así, la pequeña asistente y su inconmensurable jefa comenzaron a avanzar por las calles en ruinas, una escena de absoluta locura bajo el sol de la tarde, mientras el resto de la humanidad se hundía bajo el peso de su propia y nueva carne. Kobeni no sabía qué le deparaba el martes, pero estaba segura de que odiaría los lunes por el resto de su corta y estresante vida.
—Mi... mi coche... —sollozó Kobeni, con la voz quebrada—. Mis ahorros... todo lo que tenía...
Makima, cuya figura ahora desafiaba cualquier ley de la biología y la arquitectura, permanecía de pie junto a la chatarra. Su sola presencia deformaba la perspectiva del lugar; era tan ancha que proyectaba una sombra que cubría no solo a Kobeni, sino la mitad de la fachada del almacén. Sus muslos, ahora del tamaño de troncos de secuoya, rozaban entre sí con un sonido siseante de tela tensa al límite, y su vientre se adelantaba como la proa de un barco acorazado.
—No seas tan dramática, Kobeni —dijo Makima. Su voz, aunque mantenía ese tono gélido y calmado, ahora retumbaba con una profundidad física que hacía vibrar el pecho de la joven—. Como te dije, era un vehículo defectuoso. Una herramienta que no puede soportar el peso de sus responsabilidades no merece ser conservada.
—¡Pero no era para llevar a una... a una...! —Kobeni se calló de golpe, dándose cuenta de que estaba a punto de llamar a su jefa "una fuerza de la naturaleza con sobrepeso extremo". El miedo a la muerte superó por un segundo a su dolor—. ¡A una persona tan importante como usted! —corrigió a gritos, temblando.
Makima sonrió. Sus mejillas, redondas y pesadas, casi ocultaban sus ojos dorados, pero ese brillo hipnótico seguía allí, observando la miseria de su asistente con una mezcla de curiosidad y desdén.
—Levántate. Tenemos que caminar hacia la avenida principal. Si no hay coches disponibles, buscaremos otra forma de transporte. Tengo hambre, y mi apetito no espera a que termines tu rabieta.
Kobeni se puso de pie a duras penas, limpiándose los mocos con la manga de su uniforme, que ahora le quedaba extrañamente holgado. Fue entonces cuando se fijó en algo que el shock inicial le había impedido notar. Al mirar hacia la calle, más allá de la entrada del almacén, vio a una mujer correr por la acera. O mejor dicho, intentar correr.
La mujer, una civil cualquiera que vestía un traje de oficina, tropezó de repente. No porque hubiera un bache, sino porque sus caderas se expandieron visiblemente en cuestión de segundos, rompiendo las costuras de su falda. Sus brazos se volvieron más gruesos, su cuello desapareció bajo una capa de grasa repentina y cayó al suelo con un golpe sordo, jadeando mientras su cuerpo seguía inflándose como un globo lleno de helio.
Kobeni parpadeó, pensando que el trauma del coche le estaba provocando alucinaciones. Pero luego miró a la dependienta de un puesto de periódicos cercano. La mujer gritaba mientras su pecho y su abdomen crecían de forma descontrolada, volcando el mostrador bajo el peso de su nueva masa.
—¿Señorita Makima? —susurró Kobeni, con los ojos desorbitados—. ¿Qué... qué está pasando?
Makima no pareció sorprendida. Se limitó a mirar hacia el horizonte de Tokio, donde el caos empezaba a desatarse. Se escuchaban estruendos de metal retorcido: coches que chocaban porque sus conductoras ya no cabían tras el volante, ascensores que se desplomaban en edificios lejanos, y un coro de gritos femeninos que llenaba el aire.
—Parece que el mundo finalmente está intentando ponerse a mi nivel —comentó Makima con un tono casi aburrido—. Un cambio sistémico. Una evolución necesaria hacia la abundancia.
—¡Eso no es abundancia, eso es un desastre! —chilló Kobeni, señalando a un grupo de mujeres que intentaban ayudarse unas a otras, solo para quedar atrapadas entre sí debido a su volumen creciente—. ¡Están engordando todas! ¡Todas las mujeres!
—¿Y tú, Kobeni? —preguntó Makima, girándose lentamente. El movimiento de su cuerpo desplazó una ráfaga de aire caliente hacia la chica—. ¿Sientes la urgencia de crecer?
Kobeni se miró las manos. Estaban pálidas y delgadas como siempre. Su metabolismo, alimentado por el estrés constante y el miedo, parecía ser el único que resistía la extraña epidemia.
—Yo... yo sigo igual —balbuceó—. ¿Por qué yo no?
—Quizás sea porque ya ocupas tu lugar en el mundo —dijo Makima, dando un paso hacia ella. El suelo bajo sus pies se agrietó—. Como mi silla. Como mi chófer. Como mi apoyo. No necesitas volumen cuando tu propósito es ser aplastada.
Kobeni retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared del almacén. El pánico era ahora una marea negra en su mente. A su alrededor, la realidad se volvía grotesca. Una demonio que pasaba por allí, una criatura menor con rasgos femeninos, se expandió hasta reventar su propia piel, convirtiéndose en una masa informe de carne que bloqueó la calle.
—Tengo hambre, Kobeni —repitió Makima, y esta vez hubo una nota de autoridad absoluta en su voz—. El mundo está cambiando, pero mis necesidades siguen siendo las mismas. Si no hay coches, me llevarás tú.
—¿Qué? —Kobeni sintió que el corazón se le salía por la boca—. ¡Señorita Makima, usted pesa... pesa más que un edificio! ¡No puedo ni mover un dedo si usted me toca!
—Encuentra la manera. Un contrato es un contrato, ¿no es así? —Makima se acercó aún más, acorralándola. Su vientre, una pared de carne suave pero firme, presionó a Kobeni contra los ladrillos—. El Demonio de la Eternidad me dijo una vez que el hambre es la motivación más fuerte. Demuéstrame cuánto valoras tu vida.
Kobeni estaba siendo literalmente enterrada en vida por el cuerpo de su jefa. El calor que emanaba de Makima era sofocante, un horno de calorías y poder demoníaco. Los pulmones de Kobeni ardían mientras intentaba inhalar el poco aire que quedaba entre los pliegues de la ropa de Makima y la pared.
—¡P-puedo... puedo buscar comida! —logró articular Kobeni entre espasmos—. ¡Hay un almacén de suministros de emergencia a dos manzanas! ¡Tienen toneladas de arroz y conservas! ¡Puedo traerlo todo!
Makima se apartó apenas unos centímetros, lo suficiente para dejar que Kobeni cayera al suelo, tosiendo y aspirando aire con desesperación.
—Dos manzanas —dijo Makima, mirando su reloj de pulsera, cuya correa se hundía profundamente en su muñeca—. Tienes diez minutos antes de que decida que tu carne es el único aperitivo disponible.
Kobeni no esperó a oír nada más. Se levantó y corrió como si el mismísimo Demonio Motosierra la persiguiera. Sus piernas, acostumbradas a la agilidad del trabajo de campo, volaban sobre el pavimento. Mientras corría, la visión era apocalíptica. El mundo se había vuelto demasiado pesado para sí mismo. Las estructuras de la ciudad, diseñadas para personas de peso promedio, estaban colapsando.
Vio a una oficial de policía atrapada en su patrulla, cuyos neumáticos habían reventado por el aumento de peso súbito de la mujer. Vio a madres que ya no podían cargar a sus hijos porque sus brazos eran demasiado voluminosos para cerrarse. Era una pesadilla de carne y gravedad.
Llegó al almacén de suministros. Estaba cerrado con cadena, pero Kobeni, en un arranque de fuerza nacido del terror puro, usó su cuchillo para romper el candado. Dentro, las estanterías estaban repletas. Agarró una carretilla industrial y empezó a cargar sacos de arroz de veinte kilos, cajas de carne enlatada y galones de aceite.
—¡Más! ¡Necesito más! —se gritaba a sí misma, con lágrimas en los ojos—. ¡Si no la lleno, me comerá! ¡Si no la lleno, me usará de alfombra!
Cargó la carretilla hasta que fue humanamente imposible moverla, y luego, haciendo gala de una resistencia sobrehumana que solo Kobeni podía invocar en momentos de crisis mortal, empezó a empujarla de vuelta. El sudor le nublaba la vista, y sus músculos gritaban de agonía, pero el miedo a Makima era un combustible más eficiente que cualquier comida.
Cuando regresó al almacén, Makima estaba sentada sobre los restos de un contenedor de metal que se había hundido bajo su peso. Parecía una deidad antigua de la fertilidad y la destrucción, una montaña de curvas que dominaba el paisaje en ruinas.
—Llegas... a tiempo —dijo Makima, viendo la montaña de comida que Kobeni traía.
—¡Aquí... aquí tiene! —Kobeni se desplomó junto a la carretilla, con el pecho subiendo y bajando violentamente—. ¡Coma! ¡Por favor, coma y no me mate!
Makima comenzó a comer. No lo hacía con la voracidad de un animal, sino con una elegancia aterradora. Abría las latas con una sola mano y volcaba el contenido en su boca, masticando y tragando con una cadencia hipnótica. A medida que consumía las provisiones, Kobeni juró que podía ver cómo el cuerpo de Makima se expandía aún más, ganando volumen en tiempo real. Sus hombros se ensanchaban, sus senos crecían hasta descansar sobre su regazo gigantesco, y su cintura desaparecía por completo bajo la marea de su propio vientre.
—Kobeni —dijo Makima, después de terminar con la mitad de la carretilla—. El mundo está cambiando. Las leyes de la escasez están muriendo. Pronto, no habrá lugar para los pequeños y los débiles.
—Yo... yo solo quiero mi sueldo y llegar a casa —sollozó Kobeni, abrazando sus rodillas.
—Tu casa ya no existe —dijo Makima con una sonrisa cruel—. Tu madre y tus hermanas... todas ellas habrán crecido tanto para estas horas que las paredes de tu apartamento habrán cedido. No hay vuelta atrás.
Kobeni se imaginó a su numerosa familia, todas convirtiéndose en gigantes de carne atrapadas en su pequeño piso de interés social. La imagen era tan ridícula como espantosa.
—¿Entonces qué voy a hacer? —preguntó Kobeni, con la mirada perdida.
Makima terminó de engullir el último saco de arroz crudo y se lamió los labios. Luego, extendió una mano masiva hacia Kobeni.
—Seguirás siendo mi asistente. El mundo ahora es un lugar vasto y pesado. Necesitaré a alguien que se mueva por las grietas que yo ya no puedo cruzar. Alguien que me traiga lo que deseo. Alguien que sea mi recordatorio de lo que significa ser pequeña.
Kobeni miró la mano de Makima. Era tan grande que podría envolver su cabeza entera con solo dos dedos. Miró a su alrededor: la ciudad de Tokio estaba sumida en un silencio extraño, solo roto por los estruendos de edificios lejanos cayendo y el llanto de millones de mujeres que ya no reconocían sus propios cuerpos.
—¿Tengo... tengo otra opción? —preguntó Kobeni, aunque ya sabía la respuesta.
—Siempre puedes intentar correr —dijo Makima, y su risa fue como un pequeño terremoto que sacudió los restos del coche amarillo—. Pero recuerda, Kobeni: en este nuevo mundo, yo soy el centro de gravedad. Y todo, tarde o temprano, cae hacia mí.
Kobeni suspiró, se puso de pie y caminó hacia la sombra de Makima. Se colocó al lado de su pierna, que era más alta que ella misma, y apoyó la frente contra la tela tensa del pantalón de su jefa.
—Está bien —susurró Kobeni, resignada a su destino de ser la única hormiga en un mundo de elefantes—. ¿Qué es lo siguiente que quiere comer, señorita Makima?
—Dulces —respondió la mujer pelirroja, acariciando con un dedo gigante la espalda de su asistente—. Muchos dulces. Vamos, Kobeni. El lunes aún no ha terminado.
Y así, la pequeña asistente y su inconmensurable jefa comenzaron a avanzar por las calles en ruinas, una escena de absoluta locura bajo el sol de la tarde, mientras el resto de la humanidad se hundía bajo el peso de su propia y nueva carne. Kobeni no sabía qué le deparaba el martes, pero estaba segura de que odiaría los lunes por el resto de su corta y estresante vida.
