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El Lobo Blanco y el Fuego de DunBroch
Fandom: Serie de The Witcher y Brave de Pixar
Created: 4/15/2026
Tags
RomanceFantasyAdventureCrossoverAU (Alternate Universe)ActionSurvivalHumorHurt/ComfortDramaSoulmatesCharacter StudyAngstExplicit LanguageGraphic ViolenceCurtainfic / Domestic Story
Acero, Barro y Carmines Salvajes
La bruma de Escocia se aferraba a los tobillos de los fugitivos como si el propio suelo de DunBroch se negara a dejar marchar a su princesa. El olor a pino quemado y a sangre todavía impregnaba el aire, un recordatorio asfixiante de que el hogar de los DunBroch estaba sumido en las llamas de una guerra que no entendía de linajes ni de leyendas.
Leyre corría a la cabeza, con su melena pelirroja convertida en una llamarada rizada y rebelde que desafiaba la humedad del bosque. Su vestido de terciopelo verde oscuro, ahora desgarrado y manchado de barro, resaltaba la palidez casi lunar de su piel y las curvas de su cuerpo de bailarina, ese cuerpo que se movía con una gracia felina incluso cuando huía por su vida. A su lado, Jaskier jadeaba, aferrando su laúd contra el pecho como si fuera un escudo sagrado.
—¡Por las barbas de nuestro padre, Leyre! —exclamó Jaskier, tropezando con una raíz—. ¡Baja el ritmo! Mis pulmones no están diseñados para el atletismo de montaña, sino para las baladas románticas en tabernas con buen vino.
Leyre se detuvo en seco, girándose con una mirada que podría haber derretido el permafrost de las montañas del norte. Sus ojos azul verdoso chispeaban de furia y nerviosismo.
—Si no mueves tus reales posaderas, Jaskier, lo único que vas a cantar será un réquiem por tu propia cabeza —replicó ella, cruzándose de brazos—. Eres el hermano mayor, se supone que deberías estar protegiéndome, no quejándote como un bardo desplumado.
—¡Te estoy protegiendo! —protestó Jaskier, enderezándose con dignidad herida—. Te estoy guiando hacia el único hombre en este continente capaz de mantenernos con vida. Y créeme, no es un hombre fácil de encontrar ni de tratar.
Detrás de ellos, las tres sombras que completaban el grupo se acercaron. Enola Holmes, con su mirada analítica siempre escaneando el entorno, se sacudió el polvo de la túnica con una elegancia imperturbable.
—Si mis cálculos de huellas y dirección del viento son correctos —intervino Enola con su característico tono mordaz—, Jaskier no tiene ni idea de dónde estamos, pero su desesperación es una brújula bastante fiable. El sarcasmo es un mecanismo de defensa fascinante, ¿verdad, chicas?
Wendy Christensen asintió con una calma que contrastaba con el caos del momento.
—Mi instinto me dice que estamos cerca —dijo Wendy, cerrando los ojos un segundo—. Siento un peso en el aire. Algo frío, algo... peligroso. Pero no es el peligro de los soldados de la guerra. Es algo más antiguo.
—¡Pues que venga lo que sea! —exclamó Robin Buckley, ajustándose las correas de su morral con una sonrisa llena de agallas—. Prefiero enfrentarme a un monstruo que seguir escuchando a Jaskier quejarse de sus botas de ante.
Leyre soltó una carcajada corta y seca, una nota de alegría en medio de la tragedia. Amaba a sus amigas; eran su ancla, las únicas que comprendían que detrás de su fachada de princesa terca y malhumorada, había una joven que solo quería bailar bajo las estrellas y leer libros prohibidos hasta el amanecer.
—Silencio —siseó Jaskier de repente, palideciendo—. Está aquí.
De entre las sombras de los árboles centenarios, emergió una figura que parecía tallada en la misma roca de la montaña. Era alto, de hombros anchos y una presencia que robaba el aliento. El cabello blanco, atado en una media coleta, brillaba bajo la luz filtrada del bosque, y sus ojos... esos ojos amarillos de vertical pupila se clavaron directamente en el grupo. O más bien, se clavaron en Leyre.
Geralt de Rivia no dijo nada. Se limitó a observar, con la mano apoyada en el pomo de su espada de plata.
—¡Geralt! —Jaskier se lanzó hacia adelante con una mezcla de alivio y terror—. ¡Amigo mío! ¡Luz de mi vida! ¡Qué alegría encontrarte justo en este cruce de caminos totalmente aleatorio y nada planeado!
El brujo desvió la mirada hacia el bardo, y su voz surgió como un gruñido profundo que vibró en el pecho de Leyre.
—Jaskier. Te dije que si volvías a seguirme, te cortaría las cuerdas vocales.
—¡Ah, siempre tan bromista! —Jaskier rió nerviosamente—. Mira, tenemos un pequeño problema. Una guerra, una huida, cuatro damas de la alta alcurnia... bueno, tres damas y mi hermana Leyre, que es más bien un huracán con faldas. Necesitamos protección.
Geralt volvió a mirar a Leyre. Ella no bajó la vista. Al contrario, dio un paso al frente, alzando la barbilla con esa arrogancia salvaje que la caracterizaba. La tensión entre ambos estalló en el aire como una tormenta eléctrica. Leyre sintió un calor súbito recorrerle la columna vertebral; era una atracción física tan violenta y cruda que la dejó sin palabras por un segundo. El brujo olía a cuero, salvia y algo metálico, un aroma que despertaba en ella instintos que no sabía que poseía.
—Así que tú eres el famoso Lobo Blanco —dijo Leyre, su voz saliendo más ronca de lo habitual—. Esperaba a alguien más... alto. Y quizás con mejores modales.
Enola se tapó la cara con una mano, murmurando algo sobre la falta de filtro de su amiga. Robin y Wendy intercambiaron una mirada de asombro; nadie le hablaba así a un mutante que mataba monstruos por diversión.
Geralt arqueó una ceja plateada. Se acercó a ella con pasos lentos, deteniéndose a escasos centímetros. Leyre podía ver las cicatrices que asomaban por el cuello de su armadura.
—Y yo esperaba a una princesa que supiera cuándo cerrar la boca para no atraer a los nekkers —respondió Geralt. Sus ojos recorrieron el cuerpo de reloj de arena de Leyre, deteniéndose apenas un instante de más en sus labios—. Tienes mal humor, pelirroja.
—Y tú eres un grosero, mutante —escupió ella, aunque su corazón latía con tal fuerza que temía que él pudiera escucharlo—. No necesito que me salves. Solo necesito que nos saques de aquí.
—Leyre, por favor —suplicó Jaskier, poniéndose entre ambos—. Geralt, ella es... especial. Es terca como una mula y tiene el carácter de un dragón con dolor de muelas, pero es mi hermana. Ayúdanos.
Geralt soltó un suspiro pesado, un sonido que parecía un trueno apagado.
—El destino es una mierda —gruñó el brujo, sin dejar de mirar a Leyre—. Seguidme. Y si alguna de vosotras grita, os dejaré atrás.
—No suelo gritar —replicó Leyre, siguiéndolo de cerca, casi pisándole los talones a propósito—. A menos que sea para insultar a alguien que se lo merece.
—Lo tendré en cuenta —dijo Geralt, y por un segundo, solo un segundo, Leyre creyó ver el amago de una sonrisa cínica en sus labios.
El viaje a través de los bosques de las tierras bajas fue una lección de supervivencia y una tortura de convivencia. Jaskier no dejaba de parlotear, intentando componer una oda a la "Huida de las Doncellas", mientras Enola lo corregía constantemente sobre los hechos históricos y Wendy predecía el clima con una precisión inquietante. Robin, por su parte, se dedicaba a intentar aprender a usar una de las dagas de Geralt, para horror del brujo.
Pero el verdadero conflicto residía en el silencio cargado que compartían Geralt y Leyre. Cada vez que sus manos se rozaban al pasar un odre de agua, o cuando Geralt la ayudaba a cruzar un arroyo —a pesar de las protestas de ella—, la electricidad era casi tangible.
Una noche, mientras acampaban bajo un cielo cuajado de estrellas que Leyre observaba con devoción desde un tronco caído, Geralt se acercó a ella. Las otras chicas dormían cerca del fuego, y Jaskier roncaba con un ritmo melodioso.
—Deberías dormir —dijo Geralt, sentándose a unos metros.
—No tengo sueño —respondió Leyre, sin apartar la vista del firmamento—. En DunBroch, solía dibujar las constelaciones. Mi madre decía que era una pérdida de tiempo, que una princesa debía aprender a bordar.
—Tus manos no parecen las de alguien que borda —comentó él, observando sus dedos largos y fuertes.
—Bailo —dijo ella, girándose para mirarlo. El fuego proyectaba sombras doradas sobre sus rizos—. Bailo desde los tres años. El ballet requiere disciplina, dolor y... control.
—El control es una ilusión —sentenció Geralt con voz grave—. En el mundo real, las cosas simplemente ocurren. Los monstruos atacan, los reinos caen. No hay coreografía para eso.
—Eres un cínico, Geralt de Rivia —Leyre se puso de pie, acercándose a él con esa timidez que solo le afloraba en los momentos de vulnerabilidad—. Pero tienes unos ojos hermosos. Aunque den miedo.
Geralt se tensó. No estaba acostumbrado a la honestidad brutal de la princesa. Leyre era un caos de contradicciones: una belleza salvaje que podía insultarlo y admirarlo en la misma frase.
—No deberías acercarte tanto —advirtió él, aunque no se movió—. Soy un brujo. No siento las cosas como tú.
—Mientes —dijo ella, desafiante. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Sientes la misma tensión que yo. Sientes cómo el aire se vuelve pesado cuando nos miramos. Eres un mentiroso y un cobarde si niegas que quieres besarme ahora mismo.
Geralt se puso de pie de un salto, superándola en altura, su presencia volviéndose abrumadora.
—Soy muchas cosas, princesa, pero no un cobarde.
—Pruébalo —desafió ella, con la respiración agitada.
El brujo la agarró del brazo, no con delicadeza, sino con una urgencia contenida. Sus ojos amarillos brillaban con un hambre que Leyre reconoció de inmediato porque era un reflejo de la suya propia. Estuvieron a punto de colisionar, de romper esa barrera de odio y necesidad, cuando un grito rompió el silencio de la noche.
—¡Geralt! ¡Leyre! —era la voz de Enola—. ¡Algo se mueve en los arbustos! ¡Y no es Jaskier buscando más vino!
Geralt soltó a Leyre al instante, desenvainando su espada de acero con una fluidez aterradora. El momento se había roto, pero la promesa de lo que vendría quedó suspendida en el aire, más pesada que cualquier amenaza externa.
—Quédate detrás de mí —ordenó Geralt.
—¡Ni hablar! —Leyre sacó un pequeño puñal que llevaba oculto en la bota—. No soy una damisela, Lobo Blanco. Soy una DunBroch.
Geralt soltó un gruñido que esta vez sí sonaba a aprobación.
—Entonces intenta no morir. Sería una molestia tener que explicarle a Jaskier por qué su hermana es la cena de un sumergido.
—¡Preocúpate de tus propias nalgas mutantes! —gritó Leyre, lanzándose hacia la oscuridad junto a sus amigas.
La batalla fue un caos de garras, plata y gritos sarcásticos de Robin. Wendy guiaba los movimientos del grupo con su intuición, mientras Enola señalaba los puntos débiles de las criaturas con una precisión quirúrgica. Jaskier, sorprendentemente, logró golpear a un monstruo con una sartén, gritando algo sobre el valor de los bardos.
Al terminar, empapados de vísceras y sudor, el grupo se reunió de nuevo ante los restos del fuego. Leyre estaba jadeando, con la melena más revuelta que nunca y una mancha de sangre en la mejilla que solo servía para resaltar su belleza feroz.
Geralt la miró, limpiando su espada con un trapo. El respeto en sus ojos era nuevo, pero la atracción... la atracción era ahora una bestia que apenas podía mantener encadenada.
—No lo has hecho mal, princesa —dijo él, caminando hacia ella.
—Tú tampoco, mutante —respondió ella, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano—. Pero no te acostumbres. La próxima vez, yo mataré al doble que tú.
—Es un trato —murmuró Geralt, pasando a su lado y rozando deliberadamente su hombro con el de ella.
Jaskier, observando la escena desde lejos mientras intentaba limpiar su sartén, suspiró y miró a las chicas.
—Esto va a ser un viaje muy largo, ¿verdad?
—Largo, dramático y probablemente acabaremos todos en terapia —sentenció Enola, acomodándose para volver a dormir—. Pero admitámoslo, es mucho más entretenido que la corte de DunBroch.
Wendy sonrió, cerrando los ojos.
—El destino está trazado. Y tiene un color pelirrojo y un olor a acero.
Leyre se sentó de nuevo a observar el cielo, sintiendo la mirada de Geralt en su espalda como una marca de fuego. Sabía que su historia con el brujo apenas comenzaba, una historia de choques, insultos y una pasión que amenazaba con consumirlos a ambos. Pero ella era Leyre de DunBroch, y no había nacido para las historias tranquilas. Había nacido para la tormenta, y finalmente había encontrado a alguien que no solo podía sobrevivir a ella, sino que estaba dispuesto a bailar en su centro.
Leyre corría a la cabeza, con su melena pelirroja convertida en una llamarada rizada y rebelde que desafiaba la humedad del bosque. Su vestido de terciopelo verde oscuro, ahora desgarrado y manchado de barro, resaltaba la palidez casi lunar de su piel y las curvas de su cuerpo de bailarina, ese cuerpo que se movía con una gracia felina incluso cuando huía por su vida. A su lado, Jaskier jadeaba, aferrando su laúd contra el pecho como si fuera un escudo sagrado.
—¡Por las barbas de nuestro padre, Leyre! —exclamó Jaskier, tropezando con una raíz—. ¡Baja el ritmo! Mis pulmones no están diseñados para el atletismo de montaña, sino para las baladas románticas en tabernas con buen vino.
Leyre se detuvo en seco, girándose con una mirada que podría haber derretido el permafrost de las montañas del norte. Sus ojos azul verdoso chispeaban de furia y nerviosismo.
—Si no mueves tus reales posaderas, Jaskier, lo único que vas a cantar será un réquiem por tu propia cabeza —replicó ella, cruzándose de brazos—. Eres el hermano mayor, se supone que deberías estar protegiéndome, no quejándote como un bardo desplumado.
—¡Te estoy protegiendo! —protestó Jaskier, enderezándose con dignidad herida—. Te estoy guiando hacia el único hombre en este continente capaz de mantenernos con vida. Y créeme, no es un hombre fácil de encontrar ni de tratar.
Detrás de ellos, las tres sombras que completaban el grupo se acercaron. Enola Holmes, con su mirada analítica siempre escaneando el entorno, se sacudió el polvo de la túnica con una elegancia imperturbable.
—Si mis cálculos de huellas y dirección del viento son correctos —intervino Enola con su característico tono mordaz—, Jaskier no tiene ni idea de dónde estamos, pero su desesperación es una brújula bastante fiable. El sarcasmo es un mecanismo de defensa fascinante, ¿verdad, chicas?
Wendy Christensen asintió con una calma que contrastaba con el caos del momento.
—Mi instinto me dice que estamos cerca —dijo Wendy, cerrando los ojos un segundo—. Siento un peso en el aire. Algo frío, algo... peligroso. Pero no es el peligro de los soldados de la guerra. Es algo más antiguo.
—¡Pues que venga lo que sea! —exclamó Robin Buckley, ajustándose las correas de su morral con una sonrisa llena de agallas—. Prefiero enfrentarme a un monstruo que seguir escuchando a Jaskier quejarse de sus botas de ante.
Leyre soltó una carcajada corta y seca, una nota de alegría en medio de la tragedia. Amaba a sus amigas; eran su ancla, las únicas que comprendían que detrás de su fachada de princesa terca y malhumorada, había una joven que solo quería bailar bajo las estrellas y leer libros prohibidos hasta el amanecer.
—Silencio —siseó Jaskier de repente, palideciendo—. Está aquí.
De entre las sombras de los árboles centenarios, emergió una figura que parecía tallada en la misma roca de la montaña. Era alto, de hombros anchos y una presencia que robaba el aliento. El cabello blanco, atado en una media coleta, brillaba bajo la luz filtrada del bosque, y sus ojos... esos ojos amarillos de vertical pupila se clavaron directamente en el grupo. O más bien, se clavaron en Leyre.
Geralt de Rivia no dijo nada. Se limitó a observar, con la mano apoyada en el pomo de su espada de plata.
—¡Geralt! —Jaskier se lanzó hacia adelante con una mezcla de alivio y terror—. ¡Amigo mío! ¡Luz de mi vida! ¡Qué alegría encontrarte justo en este cruce de caminos totalmente aleatorio y nada planeado!
El brujo desvió la mirada hacia el bardo, y su voz surgió como un gruñido profundo que vibró en el pecho de Leyre.
—Jaskier. Te dije que si volvías a seguirme, te cortaría las cuerdas vocales.
—¡Ah, siempre tan bromista! —Jaskier rió nerviosamente—. Mira, tenemos un pequeño problema. Una guerra, una huida, cuatro damas de la alta alcurnia... bueno, tres damas y mi hermana Leyre, que es más bien un huracán con faldas. Necesitamos protección.
Geralt volvió a mirar a Leyre. Ella no bajó la vista. Al contrario, dio un paso al frente, alzando la barbilla con esa arrogancia salvaje que la caracterizaba. La tensión entre ambos estalló en el aire como una tormenta eléctrica. Leyre sintió un calor súbito recorrerle la columna vertebral; era una atracción física tan violenta y cruda que la dejó sin palabras por un segundo. El brujo olía a cuero, salvia y algo metálico, un aroma que despertaba en ella instintos que no sabía que poseía.
—Así que tú eres el famoso Lobo Blanco —dijo Leyre, su voz saliendo más ronca de lo habitual—. Esperaba a alguien más... alto. Y quizás con mejores modales.
Enola se tapó la cara con una mano, murmurando algo sobre la falta de filtro de su amiga. Robin y Wendy intercambiaron una mirada de asombro; nadie le hablaba así a un mutante que mataba monstruos por diversión.
Geralt arqueó una ceja plateada. Se acercó a ella con pasos lentos, deteniéndose a escasos centímetros. Leyre podía ver las cicatrices que asomaban por el cuello de su armadura.
—Y yo esperaba a una princesa que supiera cuándo cerrar la boca para no atraer a los nekkers —respondió Geralt. Sus ojos recorrieron el cuerpo de reloj de arena de Leyre, deteniéndose apenas un instante de más en sus labios—. Tienes mal humor, pelirroja.
—Y tú eres un grosero, mutante —escupió ella, aunque su corazón latía con tal fuerza que temía que él pudiera escucharlo—. No necesito que me salves. Solo necesito que nos saques de aquí.
—Leyre, por favor —suplicó Jaskier, poniéndose entre ambos—. Geralt, ella es... especial. Es terca como una mula y tiene el carácter de un dragón con dolor de muelas, pero es mi hermana. Ayúdanos.
Geralt soltó un suspiro pesado, un sonido que parecía un trueno apagado.
—El destino es una mierda —gruñó el brujo, sin dejar de mirar a Leyre—. Seguidme. Y si alguna de vosotras grita, os dejaré atrás.
—No suelo gritar —replicó Leyre, siguiéndolo de cerca, casi pisándole los talones a propósito—. A menos que sea para insultar a alguien que se lo merece.
—Lo tendré en cuenta —dijo Geralt, y por un segundo, solo un segundo, Leyre creyó ver el amago de una sonrisa cínica en sus labios.
El viaje a través de los bosques de las tierras bajas fue una lección de supervivencia y una tortura de convivencia. Jaskier no dejaba de parlotear, intentando componer una oda a la "Huida de las Doncellas", mientras Enola lo corregía constantemente sobre los hechos históricos y Wendy predecía el clima con una precisión inquietante. Robin, por su parte, se dedicaba a intentar aprender a usar una de las dagas de Geralt, para horror del brujo.
Pero el verdadero conflicto residía en el silencio cargado que compartían Geralt y Leyre. Cada vez que sus manos se rozaban al pasar un odre de agua, o cuando Geralt la ayudaba a cruzar un arroyo —a pesar de las protestas de ella—, la electricidad era casi tangible.
Una noche, mientras acampaban bajo un cielo cuajado de estrellas que Leyre observaba con devoción desde un tronco caído, Geralt se acercó a ella. Las otras chicas dormían cerca del fuego, y Jaskier roncaba con un ritmo melodioso.
—Deberías dormir —dijo Geralt, sentándose a unos metros.
—No tengo sueño —respondió Leyre, sin apartar la vista del firmamento—. En DunBroch, solía dibujar las constelaciones. Mi madre decía que era una pérdida de tiempo, que una princesa debía aprender a bordar.
—Tus manos no parecen las de alguien que borda —comentó él, observando sus dedos largos y fuertes.
—Bailo —dijo ella, girándose para mirarlo. El fuego proyectaba sombras doradas sobre sus rizos—. Bailo desde los tres años. El ballet requiere disciplina, dolor y... control.
—El control es una ilusión —sentenció Geralt con voz grave—. En el mundo real, las cosas simplemente ocurren. Los monstruos atacan, los reinos caen. No hay coreografía para eso.
—Eres un cínico, Geralt de Rivia —Leyre se puso de pie, acercándose a él con esa timidez que solo le afloraba en los momentos de vulnerabilidad—. Pero tienes unos ojos hermosos. Aunque den miedo.
Geralt se tensó. No estaba acostumbrado a la honestidad brutal de la princesa. Leyre era un caos de contradicciones: una belleza salvaje que podía insultarlo y admirarlo en la misma frase.
—No deberías acercarte tanto —advirtió él, aunque no se movió—. Soy un brujo. No siento las cosas como tú.
—Mientes —dijo ella, desafiante. Estaba tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Sientes la misma tensión que yo. Sientes cómo el aire se vuelve pesado cuando nos miramos. Eres un mentiroso y un cobarde si niegas que quieres besarme ahora mismo.
Geralt se puso de pie de un salto, superándola en altura, su presencia volviéndose abrumadora.
—Soy muchas cosas, princesa, pero no un cobarde.
—Pruébalo —desafió ella, con la respiración agitada.
El brujo la agarró del brazo, no con delicadeza, sino con una urgencia contenida. Sus ojos amarillos brillaban con un hambre que Leyre reconoció de inmediato porque era un reflejo de la suya propia. Estuvieron a punto de colisionar, de romper esa barrera de odio y necesidad, cuando un grito rompió el silencio de la noche.
—¡Geralt! ¡Leyre! —era la voz de Enola—. ¡Algo se mueve en los arbustos! ¡Y no es Jaskier buscando más vino!
Geralt soltó a Leyre al instante, desenvainando su espada de acero con una fluidez aterradora. El momento se había roto, pero la promesa de lo que vendría quedó suspendida en el aire, más pesada que cualquier amenaza externa.
—Quédate detrás de mí —ordenó Geralt.
—¡Ni hablar! —Leyre sacó un pequeño puñal que llevaba oculto en la bota—. No soy una damisela, Lobo Blanco. Soy una DunBroch.
Geralt soltó un gruñido que esta vez sí sonaba a aprobación.
—Entonces intenta no morir. Sería una molestia tener que explicarle a Jaskier por qué su hermana es la cena de un sumergido.
—¡Preocúpate de tus propias nalgas mutantes! —gritó Leyre, lanzándose hacia la oscuridad junto a sus amigas.
La batalla fue un caos de garras, plata y gritos sarcásticos de Robin. Wendy guiaba los movimientos del grupo con su intuición, mientras Enola señalaba los puntos débiles de las criaturas con una precisión quirúrgica. Jaskier, sorprendentemente, logró golpear a un monstruo con una sartén, gritando algo sobre el valor de los bardos.
Al terminar, empapados de vísceras y sudor, el grupo se reunió de nuevo ante los restos del fuego. Leyre estaba jadeando, con la melena más revuelta que nunca y una mancha de sangre en la mejilla que solo servía para resaltar su belleza feroz.
Geralt la miró, limpiando su espada con un trapo. El respeto en sus ojos era nuevo, pero la atracción... la atracción era ahora una bestia que apenas podía mantener encadenada.
—No lo has hecho mal, princesa —dijo él, caminando hacia ella.
—Tú tampoco, mutante —respondió ella, limpiándose la mejilla con el dorso de la mano—. Pero no te acostumbres. La próxima vez, yo mataré al doble que tú.
—Es un trato —murmuró Geralt, pasando a su lado y rozando deliberadamente su hombro con el de ella.
Jaskier, observando la escena desde lejos mientras intentaba limpiar su sartén, suspiró y miró a las chicas.
—Esto va a ser un viaje muy largo, ¿verdad?
—Largo, dramático y probablemente acabaremos todos en terapia —sentenció Enola, acomodándose para volver a dormir—. Pero admitámoslo, es mucho más entretenido que la corte de DunBroch.
Wendy sonrió, cerrando los ojos.
—El destino está trazado. Y tiene un color pelirrojo y un olor a acero.
Leyre se sentó de nuevo a observar el cielo, sintiendo la mirada de Geralt en su espalda como una marca de fuego. Sabía que su historia con el brujo apenas comenzaba, una historia de choques, insultos y una pasión que amenazaba con consumirlos a ambos. Pero ella era Leyre de DunBroch, y no había nacido para las historias tranquilas. Había nacido para la tormenta, y finalmente había encontrado a alguien que no solo podía sobrevivir a ella, sino que estaba dispuesto a bailar en su centro.
