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Fandom: CORTIS
Created: 4/17/2026
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Slice of LifeFluffCurtainfic / Domestic StoryRomanceCharacter StudyJealousy
Entre el aroma y el silencio
El apartamento de CORTIS solía ser un epicentro de caos vibrante. Entre las risas estrepitosas de los más jóvenes, los ensayos improvisados en medio del pasillo y el sonido constante de las notificaciones de los teléfonos, el silencio era un visitante extraño, casi un intruso. Sin embargo, esa tarde de descanso, el aire se sentía denso y tranquilo, cargado con una quietud inusual que solo se rompía por el zumbido lejano del refrigerador y el roce de la ropa contra el sofá.
James, el mayor del grupo y la figura que solía poner orden al desorden, se había marchado temprano. Su destino era una tienda especializada en el otro extremo de la ciudad, un viaje largo que le aseguraba a los demás varias horas de autonomía sin su supervisión fraternal. Martin, el líder, estaba físicamente presente pero mentalmente a kilómetros de distancia; encerrado en la habitación que compartía con los menores, llevaba los auriculares puestos a un volumen que lo aislaba por completo del mundo exterior. Sus dedos tamborileaban sobre el escritorio mientras se perdía en la composición de nuevos ritmos, ignorando que, fuera de su puerta, la tensión empezaba a cobrar una forma distinta.
En la sala, Seonghyeon yacía desparramado sobre el sofá con una languidez elegante. Su cuerpo, que aunque carecía de la musculatura pesada de otros atletas poseía una fuerza interna y una estructura firme, se hundía en los cojines. Sus rasgos finos y pulidos estaban fijos en la pantalla de su celular, pero su atención no estaba realmente en las redes sociales. Sus ojos castaños, profundos y a veces severos, se desviaban ocasionalmente hacia la dirección de la cocina. Había algo en su expresión, una mezcla de aburrimiento y una chispa de posesividad latente, que delataba que su calma era solo superficial.
A pocos metros de allí, en la cocina, la atmósfera era mucho más cargada.
Juhoon estaba de espaldas, concentrado en la pequeña olla donde el agua comenzaba a burbujear. Su figura era la viva imagen de la delicadeza; el cabello castaño, ligeramente largo, caía sobre su nuca en ondas suaves, enmarcando la elegancia natural que le había ganado el apodo de la "princesa" del grupo. Vestía una camiseta algo holgada que, sin embargo, no lograba ocultar la curva estrecha de su cintura, esa finura casi etérea que contrastaba con la ligera definición de sus brazos. Se movía con una parsimonia reservada, ajeno —o quizás fingiendo estarlo— a la mirada que quemaba su espalda.
Detrás de él, Keonho era una presencia vibrante y abrumadora. El maknae, con su complexión de nadador y hombros anchos que superaban ligeramente en altura a Juhoon, no se molestaba en ocultar sus intenciones. Tenía los brazos cruzados sobre la encimera, el mentón apoyado en ellos, y sus ojos grandes y brillantes seguían cada movimiento de Juhoon con una intensidad casi devota. Sus cejas prominentes se contraían en un puchero juguetón, una expresión de súplica silenciosa que desmentía la madurez que a veces mostraba en el escenario.
—¿Vas a ignorarme todo el día, hyung? —La voz de Keonho rompió finalmente el silencio, baja y con un deje de reproche infantil.
Juhoon no se giró de inmediato. Vertió el sobre de condimento en el ramen, observando cómo el caldo cambiaba de color. Sus facciones suaves permanecieron impasibles, aunque un ligero brillo de diversión cruzó sus ojos expresivos.
—Estoy cocinando, Keonho-ya —respondió Juhoon. Su voz era directa, significativa, con esa calma que siempre parecía poner a los menores en un estado de alerta—. El ramen necesita atención.
—Yo también necesito atención —replicó el menor, estirando una mano para rozar apenas la tela de la camiseta de Juhoon, justo a la altura de su cintura pequeña.
Desde el sofá, Seonghyeon dejó escapar un suspiro sonoro, dejando claro que, aunque no estaba en la habitación, estaba escuchando todo. Se incorporó lentamente, su estilo limpio y su imagen pulida dándole un aire de superioridad tranquila mientras caminaba hacia la cocina. No era tan alto como Keonho, pero su presencia era igual de imponente debido a la fijeza de su mirada.
—Deja de molestar a Juhoon, Keonho —dijo Seonghyeon al entrar, aunque su tono no era de regaño, sino más bien de alguien que quería participar en la dinámica—. Vas a hacer que se queme.
Juhoon finalmente se giró, sosteniendo los palillos con elegancia. Al ver a los dos menores rodeándolo, se sintió como el centro de un sistema solar muy particular. A sus dieciocho años, siendo el segundo mayor, a veces le resultaba difícil procesar la forma en que estos dos lo trataban. Eran protectores, a veces demasiado, y siempre parecían competir por un espacio en su burbuja personal.
—No me voy a quemar —dijo Juhoon, mirando a Seonghyeon con esos ojos profundos que siempre parecían decir más de lo que sus palabras permitían—. Pero si siguen aquí parados, el ramen se va a pasar.
—Podemos compartirlo —sugirió Keonho, enderezándose y reduciendo la distancia. Su cuerpo atlético y marcado hacía que Juhoon pareciera aún más menudo y fino a su lado—. O mejor aún, Juhoon-hyung puede alimentarnos. Como la princesa que es.
Juhoon frunció el ceño, aunque sus mejillas se tiñeron de un rosa casi imperceptible.
—No me llames así —murmuró, aunque sabía que era una batalla perdida.
Seonghyeon se acercó por el otro lado, apoyando la cadera contra el mueble de la cocina, atrapando a Juhoon entre el calor de los fideos y la presencia de los dos chicos.
—Es difícil no hacerlo cuando te ves así —comentó Seonghyeon con una sonrisa de lado, su mirada recorriendo el rostro de facciones suaves de su hyung—. Tan delicado, pero tan terco.
Keonho soltó una risita y, aprovechando el espacio, rodeó la cintura de Juhoon con un brazo, pegándolo ligeramente a su costado. La diferencia de complexión era evidente; la firmeza del cuerpo de Keonho contra la suavidad de Juhoon creaba un contraste eléctrico.
—Hyung es nuestro —declaró Keonho, mirando a Seonghyeon con un destello de posesividad juguetona—. Aunque hoy te dejaré estar cerca porque Martin-hyung está en su propio mundo y James no está para salvarnos.
Juhoon suspiró, dejando los palillos a un lado. Sabía que cuando sus dos menores se ponían en este plan, lo mejor era dejarse querer, aunque su naturaleza reservada lo hiciera sentir un poco abrumado por tanta atención.
—Ustedes dos son imposibles —dijo Juhoon, aunque permitió que Keonho mantuviera el brazo alrededor de él.
—Solo contigo —respondió Seonghyeon, extendiendo una mano para apartar un mechón de cabello castaño de la frente de Juhoon—. Solo contigo perdemos el sentido del tiempo.
El silencio que antes reinaba en el apartamento había sido reemplazado por una tensión cálida, una que no necesitaba de gritos ni de música para llenar el espacio. En ese pequeño rincón de la cocina, entre el aroma del ramen y las miradas intensas de dos chicos que lo adoraban, Juhoon se permitió relajar los hombros. Eran jóvenes, eran ambiciosos y el mundo los esperaba afuera, pero en ese momento, bajo la luz tenue de la tarde, solo importaba la conexión silenciosa y profunda que los mantenía unidos.
—Está bien —cedió Juhoon con una pequeña sonrisa que iluminó su rostro elegante—. Compartiremos el ramen. Pero Keonho, suéltame un poco, no puedo moverme.
—Nunca —bromeó el maknae, apretando el agarre solo un segundo más antes de reír y besar la coronilla de su hyung.
Seonghyeon observó la escena con una mirada satisfecha. Sabía que Juhoon era especial, una joya de belleza única y corazón sensible que ellos tenían la suerte de custodiar. Y mientras James estuviera fuera y Martin siguiera perdido en sus melodías, el tiempo parecía haberse detenido solo para ellos tres.
James, el mayor del grupo y la figura que solía poner orden al desorden, se había marchado temprano. Su destino era una tienda especializada en el otro extremo de la ciudad, un viaje largo que le aseguraba a los demás varias horas de autonomía sin su supervisión fraternal. Martin, el líder, estaba físicamente presente pero mentalmente a kilómetros de distancia; encerrado en la habitación que compartía con los menores, llevaba los auriculares puestos a un volumen que lo aislaba por completo del mundo exterior. Sus dedos tamborileaban sobre el escritorio mientras se perdía en la composición de nuevos ritmos, ignorando que, fuera de su puerta, la tensión empezaba a cobrar una forma distinta.
En la sala, Seonghyeon yacía desparramado sobre el sofá con una languidez elegante. Su cuerpo, que aunque carecía de la musculatura pesada de otros atletas poseía una fuerza interna y una estructura firme, se hundía en los cojines. Sus rasgos finos y pulidos estaban fijos en la pantalla de su celular, pero su atención no estaba realmente en las redes sociales. Sus ojos castaños, profundos y a veces severos, se desviaban ocasionalmente hacia la dirección de la cocina. Había algo en su expresión, una mezcla de aburrimiento y una chispa de posesividad latente, que delataba que su calma era solo superficial.
A pocos metros de allí, en la cocina, la atmósfera era mucho más cargada.
Juhoon estaba de espaldas, concentrado en la pequeña olla donde el agua comenzaba a burbujear. Su figura era la viva imagen de la delicadeza; el cabello castaño, ligeramente largo, caía sobre su nuca en ondas suaves, enmarcando la elegancia natural que le había ganado el apodo de la "princesa" del grupo. Vestía una camiseta algo holgada que, sin embargo, no lograba ocultar la curva estrecha de su cintura, esa finura casi etérea que contrastaba con la ligera definición de sus brazos. Se movía con una parsimonia reservada, ajeno —o quizás fingiendo estarlo— a la mirada que quemaba su espalda.
Detrás de él, Keonho era una presencia vibrante y abrumadora. El maknae, con su complexión de nadador y hombros anchos que superaban ligeramente en altura a Juhoon, no se molestaba en ocultar sus intenciones. Tenía los brazos cruzados sobre la encimera, el mentón apoyado en ellos, y sus ojos grandes y brillantes seguían cada movimiento de Juhoon con una intensidad casi devota. Sus cejas prominentes se contraían en un puchero juguetón, una expresión de súplica silenciosa que desmentía la madurez que a veces mostraba en el escenario.
—¿Vas a ignorarme todo el día, hyung? —La voz de Keonho rompió finalmente el silencio, baja y con un deje de reproche infantil.
Juhoon no se giró de inmediato. Vertió el sobre de condimento en el ramen, observando cómo el caldo cambiaba de color. Sus facciones suaves permanecieron impasibles, aunque un ligero brillo de diversión cruzó sus ojos expresivos.
—Estoy cocinando, Keonho-ya —respondió Juhoon. Su voz era directa, significativa, con esa calma que siempre parecía poner a los menores en un estado de alerta—. El ramen necesita atención.
—Yo también necesito atención —replicó el menor, estirando una mano para rozar apenas la tela de la camiseta de Juhoon, justo a la altura de su cintura pequeña.
Desde el sofá, Seonghyeon dejó escapar un suspiro sonoro, dejando claro que, aunque no estaba en la habitación, estaba escuchando todo. Se incorporó lentamente, su estilo limpio y su imagen pulida dándole un aire de superioridad tranquila mientras caminaba hacia la cocina. No era tan alto como Keonho, pero su presencia era igual de imponente debido a la fijeza de su mirada.
—Deja de molestar a Juhoon, Keonho —dijo Seonghyeon al entrar, aunque su tono no era de regaño, sino más bien de alguien que quería participar en la dinámica—. Vas a hacer que se queme.
Juhoon finalmente se giró, sosteniendo los palillos con elegancia. Al ver a los dos menores rodeándolo, se sintió como el centro de un sistema solar muy particular. A sus dieciocho años, siendo el segundo mayor, a veces le resultaba difícil procesar la forma en que estos dos lo trataban. Eran protectores, a veces demasiado, y siempre parecían competir por un espacio en su burbuja personal.
—No me voy a quemar —dijo Juhoon, mirando a Seonghyeon con esos ojos profundos que siempre parecían decir más de lo que sus palabras permitían—. Pero si siguen aquí parados, el ramen se va a pasar.
—Podemos compartirlo —sugirió Keonho, enderezándose y reduciendo la distancia. Su cuerpo atlético y marcado hacía que Juhoon pareciera aún más menudo y fino a su lado—. O mejor aún, Juhoon-hyung puede alimentarnos. Como la princesa que es.
Juhoon frunció el ceño, aunque sus mejillas se tiñeron de un rosa casi imperceptible.
—No me llames así —murmuró, aunque sabía que era una batalla perdida.
Seonghyeon se acercó por el otro lado, apoyando la cadera contra el mueble de la cocina, atrapando a Juhoon entre el calor de los fideos y la presencia de los dos chicos.
—Es difícil no hacerlo cuando te ves así —comentó Seonghyeon con una sonrisa de lado, su mirada recorriendo el rostro de facciones suaves de su hyung—. Tan delicado, pero tan terco.
Keonho soltó una risita y, aprovechando el espacio, rodeó la cintura de Juhoon con un brazo, pegándolo ligeramente a su costado. La diferencia de complexión era evidente; la firmeza del cuerpo de Keonho contra la suavidad de Juhoon creaba un contraste eléctrico.
—Hyung es nuestro —declaró Keonho, mirando a Seonghyeon con un destello de posesividad juguetona—. Aunque hoy te dejaré estar cerca porque Martin-hyung está en su propio mundo y James no está para salvarnos.
Juhoon suspiró, dejando los palillos a un lado. Sabía que cuando sus dos menores se ponían en este plan, lo mejor era dejarse querer, aunque su naturaleza reservada lo hiciera sentir un poco abrumado por tanta atención.
—Ustedes dos son imposibles —dijo Juhoon, aunque permitió que Keonho mantuviera el brazo alrededor de él.
—Solo contigo —respondió Seonghyeon, extendiendo una mano para apartar un mechón de cabello castaño de la frente de Juhoon—. Solo contigo perdemos el sentido del tiempo.
El silencio que antes reinaba en el apartamento había sido reemplazado por una tensión cálida, una que no necesitaba de gritos ni de música para llenar el espacio. En ese pequeño rincón de la cocina, entre el aroma del ramen y las miradas intensas de dos chicos que lo adoraban, Juhoon se permitió relajar los hombros. Eran jóvenes, eran ambiciosos y el mundo los esperaba afuera, pero en ese momento, bajo la luz tenue de la tarde, solo importaba la conexión silenciosa y profunda que los mantenía unidos.
—Está bien —cedió Juhoon con una pequeña sonrisa que iluminó su rostro elegante—. Compartiremos el ramen. Pero Keonho, suéltame un poco, no puedo moverme.
—Nunca —bromeó el maknae, apretando el agarre solo un segundo más antes de reír y besar la coronilla de su hyung.
Seonghyeon observó la escena con una mirada satisfecha. Sabía que Juhoon era especial, una joya de belleza única y corazón sensible que ellos tenían la suerte de custodiar. Y mientras James estuviera fuera y Martin siguiera perdido en sus melodías, el tiempo parecía haberse detenido solo para ellos tres.
