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Fandom: Cookie Run: Kingdom

Created: 4/18/2026

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DarkFantasyDramaAngstPsychologicalJealousyExplicit LanguagePedophiliaOOC (Out of Character)
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Bajo la Mirada del Ojo de la Verdad

El aire en el Reino de la Vainilla siempre olía a azúcar tostada y a flores frescas, un aroma que solía calmar los nervios de cualquiera. Freiliana caminaba con pasos ligeros sobre el puente de piedra que cruzaba el lago cristalino del jardín real. El dobladillo de su vestido azul cielo, con su elegante cola ondulada, rozaba los pétalos caídos mientras ella se detenía a observar su reflejo. A sus trescientos seis años, todavía se sentía como una pequeña criatura ante la inmensidad de aquel castillo, y más aún ante la figura de su tutor y salvador, Pure Vanilla.

Sus manos, pequeñas y suaves, se apoyaron en la barandilla de piedra. Freiliana era una joven de complexión generosa, con curvas que a menudo trataba de ocultar bajo las capas de su refinada vestimenta, aunque el escote de hombros caídos de su vestido dejaba al descubierto la blancura de su cuello y el inicio de su busto, que subía y bajaba con su respiración tranquila. Ella amaba este rincón; aquí, el silencio solo era interrumpido por el murmullo del agua.

—Sabía que te encontraría aquí —una voz profunda, melódica y cargada de una autoridad serena resonó a sus espaldas.

Freiliana dio un respingo, pero al girarse, su expresión se iluminó con una calidez genuina.

—¡Padre Pure Vanilla! —exclamó ella, olvidando por un momento su timidez natural. Corrió hacia él con esa energía pegajosa que tanto la caracterizaba, envolviendo sus brazos alrededor de la cintura del altísimo monarca.

Pure Vanilla medía más de dos metros; era una torre de elegancia y poder sagrado. Al recibir el impacto del abrazo de Freiliana, sus manos enguantadas dudaron un segundo antes de posarse sobre los hombros de la joven. Sus ojos, usualmente cerrados en una expresión de paz eterna, se abrieron apenas una rendija, revelando un azul tan profundo que parecía contener el cielo entero.

—Te he dicho que no es necesario que corras así, Freili —dijo él, su voz era suave, pero había un matiz extraño, una vibración de tensión que ella, en su inocencia, no lograba descifrar—. Podrías tropezar con tu vestido.

—Es que me alegra mucho verlo —respondió ella, frotando su mejilla contra la lujosa tela de la túnica real de él. Freiliana apenas llegaba a la altura de su pecho, sintiendo el calor que emanaba de la masa de vainilla del rey.

Pure Vanilla sintió un nudo en su garganta. Para el mundo, él era el santo, el sanador, el rey que cargaba con la culpa de una guerra antigua y que ahora se preparaba para un matrimonio de estado con el fin de asegurar la paz de su linaje. Pero por dentro, una tormenta oscura y obsesiva rugía cada vez que Freiliana lo tocaba. La amaba. La deseaba con una intensidad que rayaba en lo pecaminoso. La diferencia de mil años entre ellos y su papel como su figura paterna adoptiva deberían haber sido barreras infranqueables, pero solo servían para alimentar un fuego que lo consumía.

Él bajó una de sus manos y, con una lentitud casi dolorosa, apretó una de las mejillas de Freiliana.

—Eres tan pequeña… tan suave —murmuró Pure Vanilla, sus dedos hundiéndose en la piel de la joven—. A veces me pregunto si eres real o solo un sueño de azúcar que se desvanecerá si cierro los ojos demasiado tiempo.

—Soy real —rio ella, disfrutando del afecto, ignorando que los dedos de Pure Vanilla temblaban de deseo de bajar más, de reclamar lo que su mente obsesiva ya consideraba suyo—. Y siempre estaré aquí, con usted.

Pure Vanilla retiró la mano bruscamente, el Báculo de la Verdad golpeando el suelo con un sonido seco. El Ojo de la Verdad, en la parte superior del bastón, pareció parpadear, juzgando los pensamientos impuros de su portador.

—Vuelve al palacio, Freiliana. Debo prepararme para la llegada de mi prometida. No es decoroso que estés aquí afuera sola —su tono se volvió frío, distante, una máscara de hielo que usaba para protegerse de sus propios impulsos.

Freiliana parpadeó, desconcertada por el cambio de humor.

—Pero… ¿hice algo malo?

—Solo vete —sentenció él, dándole la espalda.



Esa noche, la tormenta no solo estaba en el cielo. Pure Vanilla se encontraba en sus aposentos privados, una habitación vasta decorada con vitrales que narraban historias de gloria que él sentía que no merecía. El peso de su compromiso, la presión de ser el faro de luz para su pueblo y la imagen constante de Freiliana lo estaban quebrando.

Un suave golpe en la puerta interrumpió su agonía mental.

—¿Quién es? —rugió, su paciencia agotada.

—Soy yo… traje algo de té caliente —la voz de Freiliana sonaba pequeña, temerosa.

Pure Vanilla abrió la puerta de un tirón. La luz de las velas bañaba a la joven, que sostenía una bandeja. El escote de su vestido parecía más bajo de lo normal, o tal vez era solo la perspectiva de Pure Vanilla desde su gran altura. Sus ojos se fijaron en el pecho de ella, en la curva perfecta que se asomaba tras la tela azul. El fetiche que había intentado reprimir durante años estalló en su pecho como una supernova.

—Pasa —dijo él con una voz que no parecía la suya. Era ronca, peligrosa.

Freiliana entró, dejando la bandeja en una mesa cercana. Antes de que pudiera decir una palabra, sintió la presencia de Pure Vanilla cerrándose sobre ella como una sombra inmensa. Él cerró la puerta con llave sin quitarle los ojos de encima.

—¿Padre? —preguntó ella, retrocediendo hasta que sus muslos chocaron con el borde de la gran cama real.

—No me llames así —siseó él, acortando la distancia. Su mano se cerró sobre el cuello de Freiliana, no para lastimarla, sino para obligarla a mirarlo—. No cuando me miras con esos ojos tan puros mientras yo me pudro por dentro deseándote.

Freiliana tembló, pero no de miedo, sino de una confusión abrumadora que empezaba a transformarse en algo más. Pure Vanilla nunca le había hablado así.

—Estás comprometido… —susurró ella, su voz quebrándose.

—¡Esa mujer no es nada! —gritó él, su compostura rompiéndose finalmente—. Tú eres mi obsesión, Freiliana. Mi pequeña, dulce y gorda galleta. Te he visto crecer, te he cuidado, y ahora solo quiero destruirte y reconstruirte a mi imagen.

Sin previo aviso, Pure Vanilla la empujó sobre el colchón de seda. La diferencia de tamaño era ridícula; él la cubría por completo, sus largos brazos atrapándola contra las sábanas. No hubo dulzura en su primer beso; fue una colisión de necesidad y odio reprimido. Él la besaba como si quisiera devorarla, sus manos buscando desesperadamente la suavidad de su cuerpo.

—Tan pequeña… tan insignificante comparada conmigo —murmuró él contra su piel, sus palabras cargadas de una degradación que buscaba humillarla para elevar su propio sentido de control—. No eres más que una niña jugando a ser mujer. Mírate, temblando bajo el peso de tu rey.

Freiliana sollozó, pero sus manos se aferraron a la capa de vainilla de él. La dualidad de Pure Vanilla la confundía; sus elogios sobre su suavidad se mezclaban con insultos sobre su debilidad.

—Dilo —exigió él, sus manos apretando con fuerza el busto de ella, deleitándose en la sensación de la masa elástica y cálida—. Di que no eres nada sin mí. Que eres mi juguete.

—Soy… soy suya —jadeó ella, las lágrimas rodando por sus mejillas mientras la intensidad del encuentro la superaba.

La respuesta de Pure Vanilla fue un gruñido animal. El sexo que siguió fue furioso, desprovisto de la benevolencia que el mundo asociaba con su nombre. Cada movimiento era rudo, una descarga de años de frustración y deseo prohibido. Él la trataba con una tosquedad que rozaba la crueldad, sus dedos dejando marcas en sus caderas, su cuerpo de más de dos metros dominando cada centímetro de la pequeña forma de Freiliana.

En el clímax de su pasión oscura, Pure Vanilla se inclinó hacia su oído, su aliento caliente quemando su piel.

—Voy a llenarte, Freiliana. Voy a dejar mi marca tan profundo que ninguna otra galleta podrá siquiera mirarte. Quiero que lleves mi semilla, quiero que tu vientre se hinche con mi heredero mientras yo me caso con otra por deber. Serás mi secreto más sucio y mi tesoro más preciado.

Freiliana no podía responder, solo podía sentir el abrumador olor a vainilla pura y el calor de los fluidos que los unían en aquel acto de posesión absoluta. Él la miraba desde arriba, con una expresión que mezclaba la devoción religiosa con la lujuria más baja.

—Eres tan patética —dijo él, aunque sus manos acariciaban sus cabellos castaños con una extraña ternura—. Tan pequeña y tan llena de mí. Mírate, ni siquiera puedes dejar de llorar.

Él se retiró, dejándola exhausta y temblorosa sobre las sábanas revueltas. Pure Vanilla se ajustó la túnica, recuperando en segundos su aire de majestad imperturbable, aunque sus ojos seguían brillando con una luz salvaje. Se acercó a ella una última vez, apretando sus cachetes con fuerza, obligándola a mirarlo una vez más.

—Mañana sonreirás en el banquete. Serás la hija perfecta, la protegida humilde. Pero cada vez que me mires a los ojos frente a mi prometida, recordarás cómo te sentiste esta noche. Recordarás que me perteneces, en cuerpo y alma, hasta que el azúcar de tu masa se desmorone.

Freiliana asintió débilmente, su mente nublada por la intensidad de lo ocurrido. Pure Vanilla se alejó hacia la ventana, observando su reino bajo la luz de la luna. El Ojo de la Verdad en su báculo brillaba en la oscuridad, un testigo silencioso de la caída del santo y la ascensión del hombre obsesionado.

—Vete a tu habitación ahora —ordenó él, sin mirarla—. Y límpiate. No quiero que nadie más huela mi aroma en ti.

Freiliana se levantó como pudo, arreglando su vestido destrozado. Al salir de la habitación, el aire del pasillo se sintió frío. Sabía que nada volvería a ser igual. Su "padre" era un monstruo de luz y sombra, y ella, atrapada en su red de obsesión, no tenía otro camino que seguirlo hacia la oscuridad.

En la habitación, Pure Vanilla cerró los ojos y aspiró el aroma que aún quedaba en sus manos. Era el aroma de Freiliana, mezclado con el suyo. Una sonrisa cruel y satisfecha se dibujó en su rostro. El Rey de la Vainilla había encontrado su verdadera paz, no en la oración ni en la curación, sino en la posesión total de la única cosa que el destino le había prohibido tener.
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