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Tiempo a solas
Fandom: Jujutsu Kaisen
Created: 4/19/2026
Tags
RomanceDramaAngstSlice of LifeHurt/ComfortFluffCharacter StudyCanon Setting
Entre el Infinito y el Humo de un Cigarro
El sol de la tarde caía sobre el campo de entrenamiento de la Academia de Hechicería de Tokio, tiñendo las nubes de un naranja violáceo que Shoko Ieiri siempre había asociado con el final de algo. Apoyada contra la barandilla de madera del porche, Shoko exhaló una larga bocanada de humo. El cigarrillo, su eterno compañero de fatigas, se consumía lentamente entre sus dedos.
A lo lejos, Satoru Gojo estaba instruyendo a sus alumnos.
No era la imagen habitual de Satoru: el payaso de la clase, el hombre que compraba dulces en medio de una misión crítica o que interrumpía reuniones serias con bromas de mal gusto. Hoy, Satoru no llevaba su venda habitual, sino las gafas oscuras que permitían vislumbrar sus ojos, esos Seis Ojos que contenían el cielo mismo. Se movía con una fluidez depredadora, esquivando los ataques coordinados de Itadori y Megumi mientras Nobara intentaba flanquearlo.
Shoko lo observó en silencio. Había algo diferente en su postura. La ligereza seguía ahí, pero estaba subrayada por una seriedad magnética. Era el hombre más fuerte del mundo, un pilar que sostenía el frágil equilibrio de su sociedad, y por un momento, Shoko vio el peso de esa responsabilidad en la tensión de sus hombros.
—Es un idiota —susurró ella para sí misma, aunque sus ojos decían lo contrario.
Lo encontraba increíblemente atractivo así. No solo por su físico —esa estatura de 190 centímetros que siempre la obligaba a mirar hacia arriba, o ese cabello blanco que brillaba bajo el sol como si fuera seda—, sino por la chispa de genuina devoción que mostraba hacia esos chicos. Era entrañable. Satoru Gojo, el hombre que podía destruir el mundo, estaba riendo mientras corregía la postura de Megumi con una ternura que solo alguien que lo conociera desde hacía una década podría detectar.
Shoko suspiró, sintiendo el peso de los años en sus propios párpados. Las ojeras bajo sus ojos castaños parecían más profundas hoy. Había pasado años enterrando lo que sentía por él, asfixiando esos sentimientos bajo informes médicos, autopsias y el pragmatismo necesario para sobrevivir en su mundo. Después de lo de Suguru, después de todo lo que habían perdido, Shoko había decidido que la distancia emocional era su única armadura.
Pero el tiempo era un traidor. Los días se le escapaban entre los dedos como arena, convirtiéndose en minutos, en segundos. La guerra se sentía cerca, el aire estaba cargado de una premonición que no podía ignorar. Si no decía nada ahora, si no buscaba un momento de paz, temía que el "mañana" nunca llegara a materializarse.
—¡Muy bien, niños! —La voz de Gojo resonó en el patio, vibrante y juvenil—. ¡Suficiente por hoy! Si siguen así, Panda se pondrá celoso de su progreso. ¡Vayan a bañarse, huelen a maldición de grado bajo!
Los chicos se quejaron, pero obedecieron, arrastrando los pies hacia los dormitorios. Satoru se quedó solo en medio del campo, sacudiéndose el polvo de sus pantalones oscuros. Se pasó una mano por el cabello blanco, despeinándolo aún más, y luego se giró. Sus ojos se fijaron directamente en la posición de Shoko, a pesar de la distancia.
Él sonrió y levantó una mano, saludándola con entusiasmo. Shoko no se movió, solo dejó que el último resto de su cigarrillo cayera al suelo y lo aplastó con la punta de su zapato de tacón.
—Sabía que me estabas admirando, Shoko —dijo Gojo, apareciendo frente a ella en un parpadeo, utilizando su técnica para acortar la distancia. La sonrisa en su rostro era la de siempre, pero había un brillo de curiosidad en sus ojos azules—. ¿Te has quedado sin cadáveres que diseccionar?
—Los muertos no se van a ninguna parte, Satoru —respondió ella con su tono monocorde habitual, aunque por dentro su corazón dio un vuelco que no esperaba—. Pero tú sí pareces estar siempre en movimiento.
Gojo se apoyó en la barandilla, justo al lado de ella, invadiendo su espacio personal con esa confianza despreocupada que lo caracterizaba. Olía a aire fresco y a esa extraña energía limpia que siempre emanaba del Infinito.
—He estado ocupado —admitió él, mirando hacia el horizonte—. Los chicos están mejorando. Me hace pensar que, tal vez, el futuro no sea tan oscuro como dicen los viejos del Consejo.
Shoko lo miró de reojo. El lunar bajo su ojo derecho pareció acentuarse cuando frunció levemente el ceño.
—Satoru.
—¿Mmm?
—Deja de trabajar por hoy —dijo ella, sorprendiéndose a sí misma por la firmeza de su voz—. Vámonos de aquí. Lejos de la academia, lejos de los informes y de los alumnos. Solo un par de horas.
Gojo se quedó inmóvil. Se bajó un poco las gafas, permitiendo que sus ojos azules, esos iris que parecían contener galaxias enteras, se encontraran con los de ella. El juego infantil desapareció de su rostro por un instante, reemplazado por una sorpresa genuina.
—¿Una cita, Shoko? —preguntó, recuperando su tono burlón, aunque había un matiz de vulnerabilidad en su voz—. Pensé que yo era demasiado molesto para tus estándares de "mujer madura y cansada".
—Lo eres —asintió ella, empezando a caminar hacia la salida sin esperar a que él aceptara—. Eres un dolor de cabeza constante. Pero tengo hambre y no quiero comer sola. ¿Vienes o vas a quedarte ahí parado como un poste de luz albino?
Satoru soltó una carcajada limpia, un sonido que Shoko siempre había secretamente atesorado.
—¡No me dejes atrás! —exclamó él, alcanzándola con sus largas zancadas—. Conozco un lugar en Roppongi que sirve unos postres que te harían llorar, aunque sé que tú prefieres algo más... amargo. Como tu alma.
—Cállate, Satoru.
***
Terminaron en un pequeño bar en una calle lateral de Shinjuku, un lugar que Shoko frecuentaba porque el dueño no hacía preguntas y el ambiente era lo suficientemente oscuro como para ocultar a cualquiera. Gojo, a pesar de su altura y su cabello llamativo, parecía extrañamente cómodo en ese rincón estrecho. Había dejado sus gafas sobre la mesa de madera y pidió una limonada excesivamente dulce, mientras que Shoko se conformó con un whisky solo.
El silencio entre ellos no era incómodo. Era el silencio de dos personas que habían compartido un pasado traumático y un presente agotador.
—Te ves cansada, Shoko —dijo Satoru de repente. Su voz era suave, desprovista de la teatralidad habitual.
—Lo estoy —admitió ella, observando el ámbar del licor en su vaso—. Pero no es el tipo de cansancio que se quita durmiendo. Es... como si el mundo se estuviera acelerando. ¿No lo sientes?
Satoru tamborileó sus dedos largos sobre la mesa.
—Lo siento cada segundo. El Infinito me permite percibirlo todo, pero a veces me gustaría poder apagarlo. El tiempo no pasa igual para mí, pero veo cómo los demás se desgastan.
Shoko se atrevió a mirarlo directamente. Sin la barrera de las gafas o la venda, la intensidad de su mirada era casi insoportable. Era hermoso, sí, pero era la soledad que emanaba de él lo que siempre le dolía a Shoko. El hombre más fuerte del mundo siempre estaba solo en la cima.
—Por eso quería salir —dijo Shoko, bajando la voz—. Porque no quiero que el tiempo pase y darme cuenta de que solo fuimos colegas que compartieron una morgue y un campo de batalla.
Gojo dejó de tamborilear. Se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ellos en el pequeño reservado.
—Shoko, ¿estás intentando decirme algo sentimental? —preguntó con una sonrisa pequeña, una que no llegaba a ser una burla—. Porque si es así, voy a tener que grabar esto para la posteridad.
—No me hagas arrepentirme, idiota —respondió ella, aunque una pequeña sonrisa curvó sus labios—. Solo digo que... te he observado hoy. Con los chicos. Te ves bien cuando no estás intentando ser el centro de atención. Te ves como alguien que realmente quiere proteger algo.
Satoru se quedó callado por un largo momento. El bullicio del bar parecía desvanecerse, dejando solo el sonido de sus respiraciones.
—Siempre he querido protegerte a ti también —dijo él, y la honestidad en su tono hizo que a Shoko se le cortara el aliento—. Pero siempre pareces tenerlo todo bajo control. Eres la doctora. La que cura a todos. A veces olvido que tú también necesitas que alguien te cuide.
Shoko sintió un calor inusual en sus mejillas. Extendió la mano y, por primera vez en años, inició el contacto físico que no fuera por motivos médicos. Puso su mano sobre la de Satoru. La piel de él estaba fresca, pero la calidez de su energía maldita palpitaba debajo.
—No necesito que me cuides, Satoru. Solo necesito que estés aquí. Que no te vayas a ningún lado donde no pueda encontrarte.
Gojo giró su mano para entrelazar sus dedos con los de ella. Sus dedos eran mucho más largos, envolviendo los de Shoko con una firmeza que la hizo sentir, por un breve momento, que el mundo no se estaba acabando.
—No me voy a ningún lado —prometió él—. El Infinito es un lugar bastante grande, pero siempre hay espacio para ti.
Shoko soltó una risa seca, sintiendo cómo la tensión de años empezaba a ceder.
—Qué cursi eres. Realmente eres insufrible.
—Y aun así, me pediste que viniera —replicó él, recuperando su brillo travieso—. Admítelo, Shoko. Estás loca por mí. Es el cabello, ¿verdad? ¿O es mi altura impresionante?
—Es el hecho de que eres el único que queda que recuerda cómo era el té en la azotea de la escuela —dijo ella, su voz volviéndose nostálgica—. Eres el único que sabe quién era yo antes de que mis ojos se llenaran de ojeras.
La expresión de Satoru se suavizó. Se acercó un poco más, tanto que Shoko podía ver el reflejo del cielo en sus iris, las pequeñas fracturas de luz que hacían que sus ojos parecieran gemas preciosas.
—Todavía eres esa Shoko —murmuró él—. Solo que ahora eres más... letal. Me gusta.
—Cállate y bebe tu azúcar con agua —dijo ella, aunque no retiró su mano.
Se quedaron así un rato más, compartiendo historias que no tenían nada que ver con maldiciones, ancianos corruptos o destinos trágicos. Hablaron de las tonterías de Itadori, de la terquedad de Megumi y de cómo Nobara probablemente terminaría gastándose todo su salario en ropa de marca en su primera misión en solitario.
Por unas horas, el estrés del trabajo fue una sombra lejana. Shoko se permitió disfrutar de la calidez que emanaba de Satoru, de la forma en que sus ojos se iluminaban cuando se reía de sus propios chistes malos, y de la sensación de sus dedos entrelazados.
Cuando finalmente salieron del bar, la noche de Tokio los recibió con sus luces de neón y su ruido incesante. Caminaron por las calles abarrotadas, pero Satoru mantuvo su mano unida a la de ella, creando una burbuja de espacio personal que nadie se atrevía a romper.
—¿Sabes? —dijo Satoru mientras caminaban hacia la estación—. Deberíamos hacer esto más seguido. Es refrescante ver que no te has convertido completamente en un bloque de hielo, Shoko.
—No te acostumbres —respondió ella, aunque apretó su mano—. Mañana volveré a decirte que eres un idiota y a pedirte que dejes de ensuciar mi oficina con envoltorios de dulces.
—Lo espero con ansias —rio él.
Se detuvieron en la entrada del metro. Satoru la miró, y por un segundo, Shoko pensó que la besaría. El aire entre ellos estaba cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con sus técnicas rituales. Era algo humano, algo frágil y precioso.
Satoru se inclinó y depositó un beso suave en su frente, justo por encima de sus cejas pobladas. Fue un gesto tan tierno, tan alejado de la imagen del "Hechicero más Fuerte", que Shoko se quedó sin palabras.
—Descansa, Shoko —susurró él—. Mañana el mundo seguirá ahí, pero esta noche es nuestra.
Ella lo vio alejarse, su figura alta y blanca destacando entre la multitud como un faro. Shoko se llevó una mano a la frente, sintiendo aún el calor de sus labios. Sacó otro cigarrillo, pero esta vez no lo encendió. Simplemente lo sostuvo entre sus dedos, mirando al cielo nocturno de Tokio.
Había pasado años reprimiendo lo que sentía, temiendo que el amor fuera una debilidad en un mundo diseñado para romperlos. Pero mientras veía a Satoru desaparecer entre la gente, se dio cuenta de que no era una debilidad. Era el ancla.
—Idiota —susurró de nuevo, pero esta vez con una sonrisa que iluminó su rostro cansado.
El tiempo seguía pasando, los días seguían convirtiéndose en minutos, pero por primera vez en mucho tiempo, Shoko Ieiri no tenía miedo de lo que vendría después. Porque mientras el Infinito estuviera a su lado, incluso el humo de un cigarrillo podía sentirse como la eternidad.
A lo lejos, Satoru Gojo estaba instruyendo a sus alumnos.
No era la imagen habitual de Satoru: el payaso de la clase, el hombre que compraba dulces en medio de una misión crítica o que interrumpía reuniones serias con bromas de mal gusto. Hoy, Satoru no llevaba su venda habitual, sino las gafas oscuras que permitían vislumbrar sus ojos, esos Seis Ojos que contenían el cielo mismo. Se movía con una fluidez depredadora, esquivando los ataques coordinados de Itadori y Megumi mientras Nobara intentaba flanquearlo.
Shoko lo observó en silencio. Había algo diferente en su postura. La ligereza seguía ahí, pero estaba subrayada por una seriedad magnética. Era el hombre más fuerte del mundo, un pilar que sostenía el frágil equilibrio de su sociedad, y por un momento, Shoko vio el peso de esa responsabilidad en la tensión de sus hombros.
—Es un idiota —susurró ella para sí misma, aunque sus ojos decían lo contrario.
Lo encontraba increíblemente atractivo así. No solo por su físico —esa estatura de 190 centímetros que siempre la obligaba a mirar hacia arriba, o ese cabello blanco que brillaba bajo el sol como si fuera seda—, sino por la chispa de genuina devoción que mostraba hacia esos chicos. Era entrañable. Satoru Gojo, el hombre que podía destruir el mundo, estaba riendo mientras corregía la postura de Megumi con una ternura que solo alguien que lo conociera desde hacía una década podría detectar.
Shoko suspiró, sintiendo el peso de los años en sus propios párpados. Las ojeras bajo sus ojos castaños parecían más profundas hoy. Había pasado años enterrando lo que sentía por él, asfixiando esos sentimientos bajo informes médicos, autopsias y el pragmatismo necesario para sobrevivir en su mundo. Después de lo de Suguru, después de todo lo que habían perdido, Shoko había decidido que la distancia emocional era su única armadura.
Pero el tiempo era un traidor. Los días se le escapaban entre los dedos como arena, convirtiéndose en minutos, en segundos. La guerra se sentía cerca, el aire estaba cargado de una premonición que no podía ignorar. Si no decía nada ahora, si no buscaba un momento de paz, temía que el "mañana" nunca llegara a materializarse.
—¡Muy bien, niños! —La voz de Gojo resonó en el patio, vibrante y juvenil—. ¡Suficiente por hoy! Si siguen así, Panda se pondrá celoso de su progreso. ¡Vayan a bañarse, huelen a maldición de grado bajo!
Los chicos se quejaron, pero obedecieron, arrastrando los pies hacia los dormitorios. Satoru se quedó solo en medio del campo, sacudiéndose el polvo de sus pantalones oscuros. Se pasó una mano por el cabello blanco, despeinándolo aún más, y luego se giró. Sus ojos se fijaron directamente en la posición de Shoko, a pesar de la distancia.
Él sonrió y levantó una mano, saludándola con entusiasmo. Shoko no se movió, solo dejó que el último resto de su cigarrillo cayera al suelo y lo aplastó con la punta de su zapato de tacón.
—Sabía que me estabas admirando, Shoko —dijo Gojo, apareciendo frente a ella en un parpadeo, utilizando su técnica para acortar la distancia. La sonrisa en su rostro era la de siempre, pero había un brillo de curiosidad en sus ojos azules—. ¿Te has quedado sin cadáveres que diseccionar?
—Los muertos no se van a ninguna parte, Satoru —respondió ella con su tono monocorde habitual, aunque por dentro su corazón dio un vuelco que no esperaba—. Pero tú sí pareces estar siempre en movimiento.
Gojo se apoyó en la barandilla, justo al lado de ella, invadiendo su espacio personal con esa confianza despreocupada que lo caracterizaba. Olía a aire fresco y a esa extraña energía limpia que siempre emanaba del Infinito.
—He estado ocupado —admitió él, mirando hacia el horizonte—. Los chicos están mejorando. Me hace pensar que, tal vez, el futuro no sea tan oscuro como dicen los viejos del Consejo.
Shoko lo miró de reojo. El lunar bajo su ojo derecho pareció acentuarse cuando frunció levemente el ceño.
—Satoru.
—¿Mmm?
—Deja de trabajar por hoy —dijo ella, sorprendiéndose a sí misma por la firmeza de su voz—. Vámonos de aquí. Lejos de la academia, lejos de los informes y de los alumnos. Solo un par de horas.
Gojo se quedó inmóvil. Se bajó un poco las gafas, permitiendo que sus ojos azules, esos iris que parecían contener galaxias enteras, se encontraran con los de ella. El juego infantil desapareció de su rostro por un instante, reemplazado por una sorpresa genuina.
—¿Una cita, Shoko? —preguntó, recuperando su tono burlón, aunque había un matiz de vulnerabilidad en su voz—. Pensé que yo era demasiado molesto para tus estándares de "mujer madura y cansada".
—Lo eres —asintió ella, empezando a caminar hacia la salida sin esperar a que él aceptara—. Eres un dolor de cabeza constante. Pero tengo hambre y no quiero comer sola. ¿Vienes o vas a quedarte ahí parado como un poste de luz albino?
Satoru soltó una carcajada limpia, un sonido que Shoko siempre había secretamente atesorado.
—¡No me dejes atrás! —exclamó él, alcanzándola con sus largas zancadas—. Conozco un lugar en Roppongi que sirve unos postres que te harían llorar, aunque sé que tú prefieres algo más... amargo. Como tu alma.
—Cállate, Satoru.
***
Terminaron en un pequeño bar en una calle lateral de Shinjuku, un lugar que Shoko frecuentaba porque el dueño no hacía preguntas y el ambiente era lo suficientemente oscuro como para ocultar a cualquiera. Gojo, a pesar de su altura y su cabello llamativo, parecía extrañamente cómodo en ese rincón estrecho. Había dejado sus gafas sobre la mesa de madera y pidió una limonada excesivamente dulce, mientras que Shoko se conformó con un whisky solo.
El silencio entre ellos no era incómodo. Era el silencio de dos personas que habían compartido un pasado traumático y un presente agotador.
—Te ves cansada, Shoko —dijo Satoru de repente. Su voz era suave, desprovista de la teatralidad habitual.
—Lo estoy —admitió ella, observando el ámbar del licor en su vaso—. Pero no es el tipo de cansancio que se quita durmiendo. Es... como si el mundo se estuviera acelerando. ¿No lo sientes?
Satoru tamborileó sus dedos largos sobre la mesa.
—Lo siento cada segundo. El Infinito me permite percibirlo todo, pero a veces me gustaría poder apagarlo. El tiempo no pasa igual para mí, pero veo cómo los demás se desgastan.
Shoko se atrevió a mirarlo directamente. Sin la barrera de las gafas o la venda, la intensidad de su mirada era casi insoportable. Era hermoso, sí, pero era la soledad que emanaba de él lo que siempre le dolía a Shoko. El hombre más fuerte del mundo siempre estaba solo en la cima.
—Por eso quería salir —dijo Shoko, bajando la voz—. Porque no quiero que el tiempo pase y darme cuenta de que solo fuimos colegas que compartieron una morgue y un campo de batalla.
Gojo dejó de tamborilear. Se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ellos en el pequeño reservado.
—Shoko, ¿estás intentando decirme algo sentimental? —preguntó con una sonrisa pequeña, una que no llegaba a ser una burla—. Porque si es así, voy a tener que grabar esto para la posteridad.
—No me hagas arrepentirme, idiota —respondió ella, aunque una pequeña sonrisa curvó sus labios—. Solo digo que... te he observado hoy. Con los chicos. Te ves bien cuando no estás intentando ser el centro de atención. Te ves como alguien que realmente quiere proteger algo.
Satoru se quedó callado por un largo momento. El bullicio del bar parecía desvanecerse, dejando solo el sonido de sus respiraciones.
—Siempre he querido protegerte a ti también —dijo él, y la honestidad en su tono hizo que a Shoko se le cortara el aliento—. Pero siempre pareces tenerlo todo bajo control. Eres la doctora. La que cura a todos. A veces olvido que tú también necesitas que alguien te cuide.
Shoko sintió un calor inusual en sus mejillas. Extendió la mano y, por primera vez en años, inició el contacto físico que no fuera por motivos médicos. Puso su mano sobre la de Satoru. La piel de él estaba fresca, pero la calidez de su energía maldita palpitaba debajo.
—No necesito que me cuides, Satoru. Solo necesito que estés aquí. Que no te vayas a ningún lado donde no pueda encontrarte.
Gojo giró su mano para entrelazar sus dedos con los de ella. Sus dedos eran mucho más largos, envolviendo los de Shoko con una firmeza que la hizo sentir, por un breve momento, que el mundo no se estaba acabando.
—No me voy a ningún lado —prometió él—. El Infinito es un lugar bastante grande, pero siempre hay espacio para ti.
Shoko soltó una risa seca, sintiendo cómo la tensión de años empezaba a ceder.
—Qué cursi eres. Realmente eres insufrible.
—Y aun así, me pediste que viniera —replicó él, recuperando su brillo travieso—. Admítelo, Shoko. Estás loca por mí. Es el cabello, ¿verdad? ¿O es mi altura impresionante?
—Es el hecho de que eres el único que queda que recuerda cómo era el té en la azotea de la escuela —dijo ella, su voz volviéndose nostálgica—. Eres el único que sabe quién era yo antes de que mis ojos se llenaran de ojeras.
La expresión de Satoru se suavizó. Se acercó un poco más, tanto que Shoko podía ver el reflejo del cielo en sus iris, las pequeñas fracturas de luz que hacían que sus ojos parecieran gemas preciosas.
—Todavía eres esa Shoko —murmuró él—. Solo que ahora eres más... letal. Me gusta.
—Cállate y bebe tu azúcar con agua —dijo ella, aunque no retiró su mano.
Se quedaron así un rato más, compartiendo historias que no tenían nada que ver con maldiciones, ancianos corruptos o destinos trágicos. Hablaron de las tonterías de Itadori, de la terquedad de Megumi y de cómo Nobara probablemente terminaría gastándose todo su salario en ropa de marca en su primera misión en solitario.
Por unas horas, el estrés del trabajo fue una sombra lejana. Shoko se permitió disfrutar de la calidez que emanaba de Satoru, de la forma en que sus ojos se iluminaban cuando se reía de sus propios chistes malos, y de la sensación de sus dedos entrelazados.
Cuando finalmente salieron del bar, la noche de Tokio los recibió con sus luces de neón y su ruido incesante. Caminaron por las calles abarrotadas, pero Satoru mantuvo su mano unida a la de ella, creando una burbuja de espacio personal que nadie se atrevía a romper.
—¿Sabes? —dijo Satoru mientras caminaban hacia la estación—. Deberíamos hacer esto más seguido. Es refrescante ver que no te has convertido completamente en un bloque de hielo, Shoko.
—No te acostumbres —respondió ella, aunque apretó su mano—. Mañana volveré a decirte que eres un idiota y a pedirte que dejes de ensuciar mi oficina con envoltorios de dulces.
—Lo espero con ansias —rio él.
Se detuvieron en la entrada del metro. Satoru la miró, y por un segundo, Shoko pensó que la besaría. El aire entre ellos estaba cargado de una electricidad que no tenía nada que ver con sus técnicas rituales. Era algo humano, algo frágil y precioso.
Satoru se inclinó y depositó un beso suave en su frente, justo por encima de sus cejas pobladas. Fue un gesto tan tierno, tan alejado de la imagen del "Hechicero más Fuerte", que Shoko se quedó sin palabras.
—Descansa, Shoko —susurró él—. Mañana el mundo seguirá ahí, pero esta noche es nuestra.
Ella lo vio alejarse, su figura alta y blanca destacando entre la multitud como un faro. Shoko se llevó una mano a la frente, sintiendo aún el calor de sus labios. Sacó otro cigarrillo, pero esta vez no lo encendió. Simplemente lo sostuvo entre sus dedos, mirando al cielo nocturno de Tokio.
Había pasado años reprimiendo lo que sentía, temiendo que el amor fuera una debilidad en un mundo diseñado para romperlos. Pero mientras veía a Satoru desaparecer entre la gente, se dio cuenta de que no era una debilidad. Era el ancla.
—Idiota —susurró de nuevo, pero esta vez con una sonrisa que iluminó su rostro cansado.
El tiempo seguía pasando, los días seguían convirtiéndose en minutos, pero por primera vez en mucho tiempo, Shoko Ieiri no tenía miedo de lo que vendría después. Porque mientras el Infinito estuviera a su lado, incluso el humo de un cigarrillo podía sentirse como la eternidad.
