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Enamoradas de tres idiotas

Fandom: Jujutsu Kaisen

Created: 4/19/2026

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RomanceSlice of LifeFluffActionCanon SettingCharacter StudyDramaHurt/ComfortHumorJealousyCurtainfic / Domestic Story
Contents

Latidos bajo el Uniforme

El olor a antiséptico y café cargado siempre impregnaba la oficina de Shoko Ieiri. Era un espacio que, a pesar de su frialdad clínica, ofrecía un extraño refugio del caos exterior de las maldiciones y la muerte. Nobara Kugisaki estaba sentada en la camilla de exploración, balanceando sus piernas cubiertas por medias negras, mientras Shoko le tomaba la presión arterial. A unos metros, Maki Zenin esperaba su turno apoyada contra la pared, con su imponente figura atlética relajada pero alerta, y su característica lanza descansando cerca de la puerta.

—Presión normal, reflejos impecables y una cantidad de energía maldita estable —murmuró Shoko, anotando algo en una carpeta clínica—. Nobara, para alguien que se queja tanto de las misiones en el campo, estás en una forma física envidiable.

Nobara soltó un bufido y se acomodó el cabello castaño claro, ajustándose el cinturón donde colgaban sus clavos y su martillo.

—Es el precio de la belleza y el talento, Shoko-san —respondió con una sonrisa petulante—. Aunque no vendría mal un poco más de presupuesto para cremas hidratantes. El viento de Tokio es terrible para la piel después de exorcizar una categoría dos.

Shoko soltó una pequeña risa seca, esa que rara vez llegaba a sus ojos cansados pero que denotaba afecto. Las ojeras bajo sus ojos castaños parecían un poco más profundas hoy, un recordatorio silencioso de las noches en vela tratando de remendar a hechiceros que apenas llegaban con vida.

—Maki, tu turno —dijo Shoko, haciendo un gesto hacia la camilla.

Maki se acercó con pasos firmes. Su uniforme, que dejaba sus brazos musculosos al descubierto, resaltaba su determinación. Se sentó y permitió que Shoko revisara la cicatrización de algunas heridas menores.

—Estoy bien, Shoko. No he tenido problemas desde la última vez —dijo Maki con su habitual tono directo.

—Lo sé, pero las reglas de la escuela son estrictas con las revisiones trimestrales —replicó Shoko—. Además, parece que has estado entrenando más duro de lo habitual. Tus niveles de fatiga muscular están al límite. ¿Alguna razón en particular? ¿O simplemente quieres superar a todo el clan Zenin antes del próximo mes?

Maki desvió la mirada un segundo, un gesto casi imperceptible si no fuera porque Nobara la estaba observando con ojos de halcón.

—Solo quiero estar lista —respondió Maki con brevedad—. El mundo se está volviendo más peligroso. No puedo permitirme ser un estorbo.

Nobara saltó de la camilla y se cruzó de brazos, entrecerrando los ojos hacia su superior.

—"No ser un estorbo", qué modesta —se burló Nobara—. ¿O tiene algo que ver con cierta llamada que recibiste desde el extranjero la semana pasada? ¿Cómo está Yuta?

El silencio que siguió fue denso. Maki no se inmutó físicamente, pero un ligero matiz rosado cruzó sus mejillas, casi invisible bajo la luz fluorescente.

—Está bien —respondió Maki, tratando de sonar indiferente—. Sigue en África con Miguel. Dice que ha aprendido a controlar mejor su excedente de energía. Nada relevante para el informe médico.

—Oh, claro, "nada relevante" —continuó Nobara, acercándose con una chispa de picardía en los ojos—. Excepto por el hecho de que sonreíste frente al teléfono durante diez minutos. Maki-san, la mujer de hierro, ¡sonriendo! Es el fin del mundo tal como lo conocemos.

—Cállate, Kugisaki —gruñó Maki, aunque no había verdadera ira en su voz—. Al menos yo no paso las tardes de los domingos "practicando combate" con el idiota de Itadori solo para terminar comiendo helado y riendo como una colegiala.

Nobara se congeló en el sitio. El nombre de Yuji Itadori siempre provocaba una reacción en ella, una mezcla de exasperación y algo mucho más cálido que intentaba enterrar bajo su fachada de chica dura de ciudad.

—¡Eso es entrenamiento de resistencia! —exclamó Nobara, gesticulando salvajemente—. Yuji es un saco de boxeo excelente porque no se muere aunque le des con un mazo de demolición. Y el helado es para recuperar glucosa. ¡Es ciencia!

Shoko, que había estado escuchando el intercambio mientras preparaba una jeringuilla, dejó escapar un suspiro largo y exhaló un poco de humo imaginario (había dejado de fumar frente a las estudiantes, pero el hábito mental permanecía).

—Es curioso —dijo Shoko, captando la atención de ambas—. Las tres estamos aquí, supuestamente las mujeres más pragmáticas de la academia, y sin embargo, parece que todas tenemos un punto débil que camina por ahí causando problemas.

Nobara y Maki se miraron entre sí y luego a la doctora.

—¿Usted también, Shoko-san? —preguntó Nobara con curiosidad genuina.

Shoko se apoyó en su escritorio, mirando hacia la ventana que daba al patio de la escuela. Sus ojos se perdieron por un momento en el horizonte.

—Llevo años curando las heridas de Satoru —dijo Shoko en voz baja—. Es el hombre más fuerte del mundo, el "intocable", y aun así, es el que más cuidado necesita. No físicamente, claro, pero mantener esa fachada de perfección agota a cualquiera. A veces creo que soy la única que lo ve cuando se quita la venda y simplemente es... Satoru. Un idiota arrogante con demasiada carga sobre sus hombros.

El ambiente en la enfermería cambió. La ligereza de las bromas fue sustituida por una honestidad cruda. Tres generaciones de hechiceras unidas por una carga similar: estar enamoradas de hombres que cargaban con el destino del mundo.

—Yuta es... diferente —dijo Maki, rompiendo el silencio—. No es como los otros chicos del clan. No me mira como si fuera un fracaso por no tener energía maldita. Me mira como si fuera la persona más fuerte que conoce. A veces, cuando hablamos, olvido que es un grado especial que podría arrasar una ciudad. Solo es Yuta. Y me molesta que esté tan lejos.

Nobara se sentó de nuevo, esta vez de forma más tranquila. Sus dedos jugaron con el borde de su falda negra.

—Itadori es un idiota —comenzó Nobara, con un tono mucho más suave—. Es ruidoso, no tiene sentido del estilo y su idea de una cita es ir a un buffet de albóndigas. Pero... tiene ese corazón que no encaja en este mundo podrido. A veces me da miedo que este lugar lo rompa. Y me da más miedo darme cuenta de que, si él desaparece, este lugar ya no me importaría tanto.

Shoko asintió, comprendiendo perfectamente. Ella había visto a sus propios compañeros de clase, Gojo y Geto, cambiar y romperse. Sabía mejor que nadie que el amor en el mundo de la hechicería era tanto una bendición como una maldición.

—Es una ironía, ¿no? —dijo Shoko, levantándose para finalizar el chequeo—. Somos hechiceras. Se supone que debemos exorcizar sentimientos negativos, pero aquí estamos, alimentando los más peligrosos de todos: los que nos hacen vulnerables.

—No creo que sea una vulnerabilidad —intervino Maki, ajustando sus gafas—. Es lo que nos mantiene cuerdas. Si no tuviera a alguien por quien valga la pena cambiar el mundo, ya me habría convertido en algo peor que los monstruos que cazo.

Nobara sonrió, recuperando su chispa habitual.

—Bueno, si Itadori intenta hacerse el héroe y morir de nuevo, lo traeré de vuelta solo para matarlo yo misma —declaró Nobara, levantando un puño—. Y Maki-san, cuando Yuta vuelva, más te vale que lo traigas a Shibuya. Necesito que alguien con dinero pague mis compras.

Maki soltó una carcajada, una de las pocas que se permitía.

—Cuenta con ello, Kugisaki.

Shoko cerró las carpetas y guardó su estetoscopio. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo la enfermería de un tono anaranjado melancólico.

—Vayan a descansar —ordenó Shoko—. Mañana tienen entrenamiento temprano. Y Nobara... dile a Itadori que deje de comer esas cosas extrañas que encuentra en la calle. No quiero tener que lavarle el estómago otra vez.

—¡Se lo diré! Aunque probablemente no me escuche —respondió Nobara mientras caminaba hacia la puerta junto a Maki.

Cuando las dos jóvenes salieron, el silencio regresó a la habitación. Shoko se quedó sola, mirando su teléfono sobre el escritorio. Una notificación brillaba en la pantalla: un mensaje de Satoru Gojo preguntando si quería cenar algo.

—Idiota —susurró Shoko con una sonrisa triste pero genuina—. Siempre llegas tarde.

Afuera, en los pasillos de la academia, Nobara y Maki caminaban hombro con hombro. Eran guerreras, eran decididas y eran fuertes. Pero en ese momento, bajo la luz del atardecer, solo eran dos jóvenes que llevaban un secreto compartido en el pecho.

—Oye, Maki-san —dijo Nobara mientras bajaban las escaleras.

—¿Qué pasa?

—¿Crees que ellos saben? —preguntó la pelirroja, mirando sus botas negras.

Maki se detuvo un momento, mirando hacia los campos de entrenamiento donde, a lo lejos, se divisaba la silueta de un joven de cabello rosado practicando golpes contra un árbol.

—Yuta es despistado, Itadori es un tonto y Gojo es un egocéntrico —respondió Maki con una sonrisa de suficiencia—. No tienen ni la más remota idea. Y mejor que sea así por ahora.

Nobara soltó una risita maliciosa.

—Tienes razón. Sería demasiado fácil para ellos saber que tienen a las mejores mujeres de la hechicería comiendo de su mano.

—Exacto. Vamos, te invito a un té. Pero tú pagas la próxima vez.

Las dos siguieron su camino, dejando atrás la enfermería y los secretos revelados. En un mundo donde la muerte acechaba en cada sombra, esos pequeños momentos de confesión eran las anclas que las mantenían unidas a su humanidad. Shoko las observó desde su ventana, deseando en silencio que, a diferencia de su generación, ellas pudieran tener un final donde el amor no fuera solo un recuerdo doloroso, sino una realidad cotidiana.

Porque al final del día, incluso los más poderosos necesitaban un lugar al cual volver, y ese lugar siempre tenía nombre y apellido. Para Nobara era un chico de gran corazón; para Maki, un joven de inmenso poder y bondad; y para Shoko, un hombre que cargaba el cielo en sus ojos.

El examen trimestral había terminado, y aunque sus cuerpos estaban sanos, sus corazones estaban más llenos que nunca, listos para enfrentar cualquier maldición que el destino decidiera arrojarles.
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