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Fandom: CORTIS
Created: 4/19/2026
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PWP (Plot? What Plot?)DarkDramaSlice of LifeCurtainfic / Domestic StoryExplicit LanguageCanon Setting
Sinfonía de Carne y Humo
El aire en la cocina se había vuelto irrespirable, cargado de un aroma a sexo, sudor y el persistente rastro del ramen que se consumía en el olvido sobre la estufa. Juhoon estaba crucificado entre los dos cuerpos de sus menores, con la espalda arqueada sobre el granito frío y las piernas temblando violentamente. La doble penetración lo había llevado a un estado de shock sensorial donde el dolor y el placer se habían fusionado en una masa incandescente dentro de su vientre.
—Mírate, Juhoon-ah... —jadeó Seonghyeon, su voz era un susurro ronco que vibraba contra los labios del mayor—. Estás tan abierto, tan lleno... ¿Sientes cómo te reclamamos?
Seonghyeon no se conformó con la profundidad que ya había alcanzado. Con un movimiento fluido y dominante, sujetó la pierna derecha de Juhoon por debajo de la rodilla y la alzó, obligándolo a rodear su propia cintura con ella. Esta nueva posición permitió que el ángulo de sus embestidas fuera más agresivo, golpeando directamente contra el cuello de la matriz de Juhoon. El sonido del choque de sus pelvis era un chapoteo rítmico y obsceno, un eco de carne contra carne que llenaba el espacio.
—¡Ah! ¡Seong... hyeon! —Juhoon soltó un alarido quebrado, sus ojos rodando hacia atrás mientras su cabeza golpeaba suavemente la encimera.
Desde atrás, Keonho no se quedaba atrás. Sus manos, grandes y firmes, se hundían en las nalgas pálidas de Juhoon, dejando marcas rojas que pronto se convertirían en moratones. Cada vez que Seonghyeon empujaba hacia adelante, Keonho respondía con una estocada ascendente y brutal en su retaguardia, creando un efecto de sándwich que hacía que el cuerpo de Juhoon convulsionara.
—Maldita sea, hyung... —gruñó Keonho, apretando los dientes con tanta fuerza que su mandíbula se marcó con violencia—. Me vas a romper... Me aprietas tanto que parece que quieres arrancármelo. ¡Relájate o voy a correrme ahora mismo y no quiero terminar todavía!
—No... no puedo... —sollozó Juhoon, las lágrimas de puro éxtasis resbalando por sus sienes—. Es demasiado... me siento... tan lleno...
Seonghyeon soltó una risa baja, una vibración cargada de una malicia oscura y seductora. Mientras seguía bombeando con una cadencia implacable, bajó una de sus manos hacia la entrepierna de Juhoon. Sus dedos, ya empapados en el lubricante natural y el semen que empezaba a filtrarse, encontraron el clítoris hinchado y palpitante del mayor. Con un movimiento experto, comenzó a pellizcarlo y a rotar su pulgar sobre la zona hipersensible.
—¿Demasiado? —preguntó Seonghyeon, aumentando el ritmo de sus dedos—. Si esto es demasiado, ¿qué vas a hacer cuando te des hagamos por completo, princesa? Mira cómo chorreas... Estás empapando mis muslos con tu jugo. Eres una pequeña fuente de placer, ¿verdad?
El estímulo fue el detonante final. Juhoon soltó un grito gutural, un sonido que no parecía humano, mientras su interior comenzaba a contraerse en espasmos rítmicos y violentos. Su vagina se cerró sobre el miembro de Seonghyeon como una trampa, mientras su esfínter succionaba con desesperación a Keonho. El fluido vaginal saltó en pequeñas salpicaduras, manchando el abdomen de Seonghyeon y la superficie de la encimera.
—¡Eso es! ¡Vente para nosotros! —exclamó Keonho, perdiendo el control de su propia fuerza. Sus embestidas se volvieron frenéticas, casi salvajes, buscando el fondo de Juhoon mientras sentía cómo las paredes internas del mayor lo ordeñaban con cada espasmo del orgasmo.
Juhoon estaba en medio de una convulsión total. Sus dedos se enterraban en los hombros de Seonghyeon, sus uñas rasgando la piel joven del menor en un intento desesperado por no desvanecerse. El placer era tan agudo que se sentía como una quemadura, una sobreestimulación que lo hacía suplicar por piedad y, al mismo tiempo, por más.
—¡Más, por favor... no paren! —gemía Juhoon entrecortadamente, su lengua asomando entre sus labios mientras el aire le faltaba—. ¡Me voy a morir... ahhh!
—No te vas a morir, hyung —murmuró Keonho al oído de Juhoon, mordiendo el lóbulo de su oreja con fuerza suficiente para causar un pequeño pinchazo de dolor—. Solo te estamos enseñando a quién perteneces.
Seonghyeon, sintiendo que sus propios límites estaban a punto de colapsar, no dejó que Juhoon descansara. A pesar de que el mayor acababa de alcanzar el clímax, continuó moviéndose con una urgencia renovada. Sus ojos estaban fijos en el rostro deshecho de Juhoon, disfrutando de cada mueca de agonía placentera.
—Mira qué sucio estás, Juhoon —dijo Seonghyeon con una voz que destilaba una mezcla de adoración y desprecio erótico—. Estás cubierto de todo lo que sale de ti. Hueles a sexo puro. Eres nuestra pequeña perra de Cortis, ¿no es así? Di que eres nuestra.
—Soy... de ustedes... —balbuceó Juhoon, su mente completamente nublada por la lujuria—. Soy de Seonghyeon... de Keonho... por favor...
Keonho soltó un gruñido animal. La confesión de Juhoon, unida a la presión asfixiante de su interior, fue la gota que colmó el vaso. Sus movimientos se volvieron cortos, rápidos y devastadores. Cada golpe de su pelvis contra el trasero de Juhoon sonaba como un latigazo en el silencio tenso de la cocina.
—Maldita sea... maldita sea... —maldijo Keonho, su respiración volviéndose un silbido pesado—. ¡Juhoon, me voy... me voy dentro!
Seonghyeon también sintió el calor subir por su columna, una marea inevitable que amenazaba con desbordarse. Se aferró a la cintura de Juhoon, clavando sus dedos en la carne suave de su cadera, y dio tres estocadas finales, tan profundas que sintió el latido del corazón de Juhoon contra la punta de su glande.
—¡Yo también! —gritó Seonghyeon, enterrándose por completo.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por los jadeos pesados de los tres jóvenes. Keonho se hundió profundamente en el recto de Juhoon, llenándolo con una descarga cálida y abundante que hizo que el mayor soltara un último suspiro de rendición. Casi al mismo tiempo, Seonghyeon se vació en su vagina, sintiendo cómo su propia semilla se mezclaba con los fluidos de Juhoon en una unión desordenada y prohibida.
Se quedaron así, unidos, formando una escultura de carne y sudor sobre los muebles de la cocina. Juhoon estaba completamente ido, con la mirada fija en el techo y el pecho subiendo y bajando de forma errática. Sus músculos aún sufrían pequeños espasmos, tratando de procesar la inmensidad de lo que acababa de ocurrir.
—Eso fue... —comenzó Keonho, apoyando su frente en la espalda de Juhoon, todavía dentro de él—. Joder, eso fue lo mejor de mi vida.
Seonghyeon, con una sonrisa triunfal y el rostro perlado de sudor, se inclinó para besar la frente de Juhoon.
—Te dijimos que serías nuestra princesa hoy —susurró con dulzura, aunque sus manos seguían sujetando con posesividad el cuerpo del mayor.
Fue en ese preciso instante cuando el sonido metálico de una llave girando en la cerradura de la puerta principal rompió el hechizo. El eco de la puerta abriéndose y el sonido de pasos familiares hicieron que la sangre de los tres se congelara.
—¡Ya llegué! Traje la ropa de la tintorería y algunas cosas para la ce...
La voz de James, clara y llena de la energía habitual del líder, se cortó abruptamente. El silencio que siguió fue mucho más aterrador que cualquier grito. James apareció en el arco de la cocina, con los brazos cargados de bolsas y perchas. Su rostro, inicialmente relajado, pasó por una gama de colores que fue del rosa al blanco cenizo en cuestión de segundos.
Las bolsas de papel resbalaron de sus manos, golpeando el suelo con un sonido sordo que pareció un trueno en la estancia. Sus ojos, desorbitados, recorrieron la escena: la encimera cubierta de fluidos, la olla de ramen echando un humo negro y espeso detrás de ellos, y a sus tres compañeros entrelazados en una postura que no dejaba nada a la imaginación.
—¿Qué... qué diablos creen que están haciendo? —James finalmente recuperó el habla, aunque su voz temblaba de indignación y puro shock—. ¡Juhoon! ¡¿Qué le han hecho a Juhoon?! ¡Está medio muerto!
Juhoon, al escuchar la voz de su hyung, intentó reaccionar, pero sus extremidades no le respondían. Solo pudo girar la cabeza débilmente, con el cabello castaño pegado a la frente por el sudor y los labios hinchados.
—James... —susurró, pero su voz no era más que un hilo roto.
Seonghyeon y Keonho intentaron separarse con una torpeza cómica, buscando desesperadamente sus prendas de ropa esparcidas por el suelo, pero la mirada de James se desvió hacia algo más urgente.
—¿Es que están locos? —gritó James, señalando la estufa con un dedo tembloroso—. ¡Dejaron la olla prendida! ¡Hay un olor a quemado que se siente desde el pasillo! ¿Cuánto tiempo llevan aquí metidos que ni siquiera se dieron cuenta de que casi incendian el apartamento? ¡Podríamos haber muerto todos por su culpa!
Keonho, que ya había logrado cubrirse con sus pantalones aunque todavía estaba descalzo y despeinado, soltó una risa nerviosa y se rascó la nuca con un gesto de culpabilidad infantil.
—Ups... creo que nos distrajimos un poco, hyung. La situación se nos fue de las manos.
Seonghyeon, recuperando su habitual aire de superioridad a pesar de estar solo en ropa interior, señaló a Keonho con una frialdad calculada.
—Fue culpa de Keonho. Él empezó masturbando a Juhoon sobre la encimera y perdimos la noción del tiempo. Yo solo... intenté que no se cayera.
James cerró los ojos con fuerza, apretando el puente de su nariz con los dedos. El agotamiento de ser el líder de un grupo de idols que parecían tener las hormonas a flor de piel lo golpeó como un camión de carga. Suspiró profundamente, un sonido cargado de una resignación infinita.
—Fuera de aquí. Los tres —ordenó James con una voz monótona, sin querer mirar más allá de lo estrictamente necesario—. Báñense, vístanse y ni una palabra de esto a Martin cuando salga de su estudio. No quiero tener que explicarle al mánager por qué hay marcas de dedos en las caderas de Juhoon.
James dio un paso hacia la estufa, apagando el fuego con un movimiento brusco y apartando la olla carbonizada. El olor a ramen quemado era casi tan fuerte como el aroma del sexo que impregnaba la cocina.
—Y por el amor de Dios... —añadió James, dándose la vuelta para salir de la cocina sin mirar atrás—. Alguien limpie esa encimera antes de que el olor se quede pegado a las cortinas para siempre. No quiero volver a ver una superficie de granito en esta casa sin sentir náuseas.
Juhoon, todavía recuperando el aliento sobre el pecho de Seonghyeon que lo ayudaba a bajar de la encimera, soltó un pequeño suspiro. La burbuja de éxtasis se había roto de la forma más mundana posible, pero mientras sus compañeros lo guiaban hacia las duchas, sabía que el calor de aquella tarde en la cocina tardaría mucho tiempo en enfriarse. El humo del ramen quemado se disipaba, pero el fuego que habían encendido entre los tres seguiría ardiendo en las sombras de Cortis.
—Mírate, Juhoon-ah... —jadeó Seonghyeon, su voz era un susurro ronco que vibraba contra los labios del mayor—. Estás tan abierto, tan lleno... ¿Sientes cómo te reclamamos?
Seonghyeon no se conformó con la profundidad que ya había alcanzado. Con un movimiento fluido y dominante, sujetó la pierna derecha de Juhoon por debajo de la rodilla y la alzó, obligándolo a rodear su propia cintura con ella. Esta nueva posición permitió que el ángulo de sus embestidas fuera más agresivo, golpeando directamente contra el cuello de la matriz de Juhoon. El sonido del choque de sus pelvis era un chapoteo rítmico y obsceno, un eco de carne contra carne que llenaba el espacio.
—¡Ah! ¡Seong... hyeon! —Juhoon soltó un alarido quebrado, sus ojos rodando hacia atrás mientras su cabeza golpeaba suavemente la encimera.
Desde atrás, Keonho no se quedaba atrás. Sus manos, grandes y firmes, se hundían en las nalgas pálidas de Juhoon, dejando marcas rojas que pronto se convertirían en moratones. Cada vez que Seonghyeon empujaba hacia adelante, Keonho respondía con una estocada ascendente y brutal en su retaguardia, creando un efecto de sándwich que hacía que el cuerpo de Juhoon convulsionara.
—Maldita sea, hyung... —gruñó Keonho, apretando los dientes con tanta fuerza que su mandíbula se marcó con violencia—. Me vas a romper... Me aprietas tanto que parece que quieres arrancármelo. ¡Relájate o voy a correrme ahora mismo y no quiero terminar todavía!
—No... no puedo... —sollozó Juhoon, las lágrimas de puro éxtasis resbalando por sus sienes—. Es demasiado... me siento... tan lleno...
Seonghyeon soltó una risa baja, una vibración cargada de una malicia oscura y seductora. Mientras seguía bombeando con una cadencia implacable, bajó una de sus manos hacia la entrepierna de Juhoon. Sus dedos, ya empapados en el lubricante natural y el semen que empezaba a filtrarse, encontraron el clítoris hinchado y palpitante del mayor. Con un movimiento experto, comenzó a pellizcarlo y a rotar su pulgar sobre la zona hipersensible.
—¿Demasiado? —preguntó Seonghyeon, aumentando el ritmo de sus dedos—. Si esto es demasiado, ¿qué vas a hacer cuando te des hagamos por completo, princesa? Mira cómo chorreas... Estás empapando mis muslos con tu jugo. Eres una pequeña fuente de placer, ¿verdad?
El estímulo fue el detonante final. Juhoon soltó un grito gutural, un sonido que no parecía humano, mientras su interior comenzaba a contraerse en espasmos rítmicos y violentos. Su vagina se cerró sobre el miembro de Seonghyeon como una trampa, mientras su esfínter succionaba con desesperación a Keonho. El fluido vaginal saltó en pequeñas salpicaduras, manchando el abdomen de Seonghyeon y la superficie de la encimera.
—¡Eso es! ¡Vente para nosotros! —exclamó Keonho, perdiendo el control de su propia fuerza. Sus embestidas se volvieron frenéticas, casi salvajes, buscando el fondo de Juhoon mientras sentía cómo las paredes internas del mayor lo ordeñaban con cada espasmo del orgasmo.
Juhoon estaba en medio de una convulsión total. Sus dedos se enterraban en los hombros de Seonghyeon, sus uñas rasgando la piel joven del menor en un intento desesperado por no desvanecerse. El placer era tan agudo que se sentía como una quemadura, una sobreestimulación que lo hacía suplicar por piedad y, al mismo tiempo, por más.
—¡Más, por favor... no paren! —gemía Juhoon entrecortadamente, su lengua asomando entre sus labios mientras el aire le faltaba—. ¡Me voy a morir... ahhh!
—No te vas a morir, hyung —murmuró Keonho al oído de Juhoon, mordiendo el lóbulo de su oreja con fuerza suficiente para causar un pequeño pinchazo de dolor—. Solo te estamos enseñando a quién perteneces.
Seonghyeon, sintiendo que sus propios límites estaban a punto de colapsar, no dejó que Juhoon descansara. A pesar de que el mayor acababa de alcanzar el clímax, continuó moviéndose con una urgencia renovada. Sus ojos estaban fijos en el rostro deshecho de Juhoon, disfrutando de cada mueca de agonía placentera.
—Mira qué sucio estás, Juhoon —dijo Seonghyeon con una voz que destilaba una mezcla de adoración y desprecio erótico—. Estás cubierto de todo lo que sale de ti. Hueles a sexo puro. Eres nuestra pequeña perra de Cortis, ¿no es así? Di que eres nuestra.
—Soy... de ustedes... —balbuceó Juhoon, su mente completamente nublada por la lujuria—. Soy de Seonghyeon... de Keonho... por favor...
Keonho soltó un gruñido animal. La confesión de Juhoon, unida a la presión asfixiante de su interior, fue la gota que colmó el vaso. Sus movimientos se volvieron cortos, rápidos y devastadores. Cada golpe de su pelvis contra el trasero de Juhoon sonaba como un latigazo en el silencio tenso de la cocina.
—Maldita sea... maldita sea... —maldijo Keonho, su respiración volviéndose un silbido pesado—. ¡Juhoon, me voy... me voy dentro!
Seonghyeon también sintió el calor subir por su columna, una marea inevitable que amenazaba con desbordarse. Se aferró a la cintura de Juhoon, clavando sus dedos en la carne suave de su cadera, y dio tres estocadas finales, tan profundas que sintió el latido del corazón de Juhoon contra la punta de su glande.
—¡Yo también! —gritó Seonghyeon, enterrándose por completo.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por los jadeos pesados de los tres jóvenes. Keonho se hundió profundamente en el recto de Juhoon, llenándolo con una descarga cálida y abundante que hizo que el mayor soltara un último suspiro de rendición. Casi al mismo tiempo, Seonghyeon se vació en su vagina, sintiendo cómo su propia semilla se mezclaba con los fluidos de Juhoon en una unión desordenada y prohibida.
Se quedaron así, unidos, formando una escultura de carne y sudor sobre los muebles de la cocina. Juhoon estaba completamente ido, con la mirada fija en el techo y el pecho subiendo y bajando de forma errática. Sus músculos aún sufrían pequeños espasmos, tratando de procesar la inmensidad de lo que acababa de ocurrir.
—Eso fue... —comenzó Keonho, apoyando su frente en la espalda de Juhoon, todavía dentro de él—. Joder, eso fue lo mejor de mi vida.
Seonghyeon, con una sonrisa triunfal y el rostro perlado de sudor, se inclinó para besar la frente de Juhoon.
—Te dijimos que serías nuestra princesa hoy —susurró con dulzura, aunque sus manos seguían sujetando con posesividad el cuerpo del mayor.
Fue en ese preciso instante cuando el sonido metálico de una llave girando en la cerradura de la puerta principal rompió el hechizo. El eco de la puerta abriéndose y el sonido de pasos familiares hicieron que la sangre de los tres se congelara.
—¡Ya llegué! Traje la ropa de la tintorería y algunas cosas para la ce...
La voz de James, clara y llena de la energía habitual del líder, se cortó abruptamente. El silencio que siguió fue mucho más aterrador que cualquier grito. James apareció en el arco de la cocina, con los brazos cargados de bolsas y perchas. Su rostro, inicialmente relajado, pasó por una gama de colores que fue del rosa al blanco cenizo en cuestión de segundos.
Las bolsas de papel resbalaron de sus manos, golpeando el suelo con un sonido sordo que pareció un trueno en la estancia. Sus ojos, desorbitados, recorrieron la escena: la encimera cubierta de fluidos, la olla de ramen echando un humo negro y espeso detrás de ellos, y a sus tres compañeros entrelazados en una postura que no dejaba nada a la imaginación.
—¿Qué... qué diablos creen que están haciendo? —James finalmente recuperó el habla, aunque su voz temblaba de indignación y puro shock—. ¡Juhoon! ¡¿Qué le han hecho a Juhoon?! ¡Está medio muerto!
Juhoon, al escuchar la voz de su hyung, intentó reaccionar, pero sus extremidades no le respondían. Solo pudo girar la cabeza débilmente, con el cabello castaño pegado a la frente por el sudor y los labios hinchados.
—James... —susurró, pero su voz no era más que un hilo roto.
Seonghyeon y Keonho intentaron separarse con una torpeza cómica, buscando desesperadamente sus prendas de ropa esparcidas por el suelo, pero la mirada de James se desvió hacia algo más urgente.
—¿Es que están locos? —gritó James, señalando la estufa con un dedo tembloroso—. ¡Dejaron la olla prendida! ¡Hay un olor a quemado que se siente desde el pasillo! ¿Cuánto tiempo llevan aquí metidos que ni siquiera se dieron cuenta de que casi incendian el apartamento? ¡Podríamos haber muerto todos por su culpa!
Keonho, que ya había logrado cubrirse con sus pantalones aunque todavía estaba descalzo y despeinado, soltó una risa nerviosa y se rascó la nuca con un gesto de culpabilidad infantil.
—Ups... creo que nos distrajimos un poco, hyung. La situación se nos fue de las manos.
Seonghyeon, recuperando su habitual aire de superioridad a pesar de estar solo en ropa interior, señaló a Keonho con una frialdad calculada.
—Fue culpa de Keonho. Él empezó masturbando a Juhoon sobre la encimera y perdimos la noción del tiempo. Yo solo... intenté que no se cayera.
James cerró los ojos con fuerza, apretando el puente de su nariz con los dedos. El agotamiento de ser el líder de un grupo de idols que parecían tener las hormonas a flor de piel lo golpeó como un camión de carga. Suspiró profundamente, un sonido cargado de una resignación infinita.
—Fuera de aquí. Los tres —ordenó James con una voz monótona, sin querer mirar más allá de lo estrictamente necesario—. Báñense, vístanse y ni una palabra de esto a Martin cuando salga de su estudio. No quiero tener que explicarle al mánager por qué hay marcas de dedos en las caderas de Juhoon.
James dio un paso hacia la estufa, apagando el fuego con un movimiento brusco y apartando la olla carbonizada. El olor a ramen quemado era casi tan fuerte como el aroma del sexo que impregnaba la cocina.
—Y por el amor de Dios... —añadió James, dándose la vuelta para salir de la cocina sin mirar atrás—. Alguien limpie esa encimera antes de que el olor se quede pegado a las cortinas para siempre. No quiero volver a ver una superficie de granito en esta casa sin sentir náuseas.
Juhoon, todavía recuperando el aliento sobre el pecho de Seonghyeon que lo ayudaba a bajar de la encimera, soltó un pequeño suspiro. La burbuja de éxtasis se había roto de la forma más mundana posible, pero mientras sus compañeros lo guiaban hacia las duchas, sabía que el calor de aquella tarde en la cocina tardaría mucho tiempo en enfriarse. El humo del ramen quemado se disipaba, pero el fuego que habían encendido entre los tres seguiría ardiendo en las sombras de Cortis.
