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Mariposas bajo la Lluvia

Fandom: Kimetsu no Yaiba

Created: 4/19/2026

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DramaAngstHurt/ComfortRomanceCharacter StudyCanon SettingTragedySurvivalSlice of LifeCurtainfic / Domestic StoryFantasyActionFluffJealousy
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El Eco de una Calma Tormentosa

El silencio en la Finca Mariposa nunca era absoluto. Siempre se escuchaba el murmullo del viento entre las glicinas, el goteo rítmico de la fuente de piedra o el ajetreo distante de las asistentes de enfermería. Sin embargo, para Shinobu Kocho, el silencio que emanaba de la habitación al final del pasillo era ensordecedor. Era un silencio pesado, cargado de esa indiferencia que tanto detestaba.

Caminaba con pasos rápidos, sus sandalias golpeando la madera del suelo con una precisión gélida. Su haori de alas de mariposa ni siquiera ondeaba con su gracia habitual; parecía rígido, reflejando la tensión que recorría cada fibra de su cuerpo. En su mano derecha, sostenía una bandeja con ungüentos y vendas nuevas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.

Normalmente, Shinobu era la personificación de la serenidad. Una sonrisa eterna, una voz suave como la seda y una paciencia que parecía infinita. Pero hoy, la fachada estaba agrietada. Detrás de sus ojos color púrpura, una tormenta de furia negra burbujeaba, amenazando con desbordarse.

Se detuvo frente a la puerta corrediza. Respiró hondo, intentando forzar sus labios a curvarse en esa expresión alegre que todos conocían, pero no pudo. Sus músculos se negaron a obedecer.

Deslizó la puerta con más fuerza de la necesaria. El sonido del impacto contra el marco resonó en la habitación.

Allí estaba él.

Giyu Tomioka yacía sentado en el futón, con el torso desnudo y envuelto en una maraña de vendajes manchados de sangre. Su haori dividido, aquel que siempre llevaba como un recordatorio de sus pérdidas, estaba doblado cuidadosamente a un lado. Su rostro, como siempre, era una máscara de piedra. Sus ojos azules, profundos y gélidos como un lago en invierno, se posaron en ella sin mostrar sorpresa alguna.

— Llegas tarde para el cambio de vendajes —dijo él con una voz monótona, casi desprovista de emoción.

Shinobu sintió que una vena palpitaba en su frente. Dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar con un estrépito metálico.

— ¿Tarde? —Su voz salió más aguda de lo habitual, cargada de una ironía venenosa—. Discúlpame, Tomioka-san. Estaba ocupada preparando el antídoto para el veneno residual que corre por tus venas, ese que decidiste ignorar mientras te enfrentabas a cien demonios tú solo.

Giyu no parpadeó.

— Eran una amenaza para el pueblo cercano. No había tiempo para esperar refuerzos.

— ¡Había tiempo para enviar un cuervo Kasugai antes de lanzarte al suicidio! —estalló ella, dando un paso hacia él—. Eran demonios de nivel cercano a las Lunas Inferiores. ¡Cien de ellos! ¿En qué demonios estabas pensando? ¿O es que tu falta de amigos también te ha quitado el sentido común?

Giyu desvió la mirada hacia la ventana, observando el jardín. Su silencio era su arma más letal, y Shinobu lo sabía.

— No fue un suicidio —respondió él tras un largo momento—. Sigo vivo.

— ¡Por pura suerte! —Shinobu se arrodilló frente a él, comenzando a desatar los vendajes con movimientos bruscos—. Tienes cortes profundos en los hombros, tres costillas rotas y una herida punzante en el costado que casi toca el pulmón. Eres un Pilar, Tomioka-san, no un mártir desechable. Aunque parece que te esfuerzas mucho por ser lo segundo.

Giyu soltó un leve quejido cuando ella retiró una venda pegada a la piel, pero no se quejó verbalmente. La observó trabajar. Shinobu solía ser delicada, casi etérea en sus curaciones, pero hoy sus manos temblaban ligeramente de rabia.

— ¿Por qué estás tan enojada? —preguntó él de repente. Su tono no era desafiante, sino genuinamente confundido, lo que enfureció a Shinobu aún más.

Ella se detuvo, con las manos suspendidas en el aire, empapadas en la sangre de él. Levantó la vista y lo miró directamente a los ojos.

— ¿Que por qué estoy enojada? —preguntó en un susurro que cortaba más que su propia espada—. Estoy enojada porque eres un irresponsable. Porque actúas como si tu vida no valiera nada. Porque cada vez que sales en una misión, espero el informe de que finalmente lograste tu deseo de no volver.

Giyu frunció el ceño, una de las pocas expresiones que se permitía.

— Yo no deseo morir. Solo cumplo con mi deber.

— ¡Mentira! —Shinobu dejó caer las vendas sucias y lo agarró por los hombros, ignorando el hecho de que estaba lastimado—. Cumples con tu deber con un desprecio absoluto por tu propia seguridad. ¿Acaso no te importa lo que dejas atrás? ¿No te importa el vacío que dejas en el Cuerpo? ¿O es que eres tan arrogante que crees que a nadie le dolería tu pérdida?

Giyu se quedó helado. La cercanía de Shinobu le permitía oler el aroma a glicinas que siempre la acompañaba, pero también percibir el calor que emanaba de su cuerpo debido a la agitación. Por primera vez, vio algo más allá de la ira en sus ojos. Vio miedo. Un miedo crudo y antiguo.

— Kocho… —empezó a decir, pero ella lo interrumpió.

— No. No digas nada —dijo ella, y su voz se quebró ligeramente—. Es agotador, Giyu. Es agotador fingir que no me importa. Es agotador sonreírle a todos mientras me pregunto si tú estás desangrándote en algún bosque oscuro porque decidiste que no necesitabas ayuda.

El uso de su nombre de pila, sin honoríficos, golpeó a Giyu con más fuerza que cualquier ataque de demonio. El silencio regresó, pero esta vez no era pesado, sino frágil.

Giyu bajó la mirada hacia las manos de Shinobu, que seguían sujetando sus hombros. Lentamente, levantó una de sus manos, todavía vendada, y cubrió la mano de ella. Sus dedos estaban fríos, pero su toque fue sorprendentemente suave.

— No quería preocuparte —dijo él, con una honestidad que rara vez mostraba.

— Pues lo haces. Todo el tiempo. —Shinobu apartó sus manos, tratando de recuperar su compostura, aunque sus ojos seguían húmedos—. Eres desconsiderado. No piensas en cómo se sienten los demás al verte regresar en este estado. ¿Crees que soy de piedra?

— No —respondió Giyu, mirándola fijamente—. Sé que no lo eres. Eres la persona más fuerte que conozco precisamente porque llevas el peso de todos nosotros.

Shinobu soltó una risa amarga, limpiándose una lágrima traicionera con el dorso de la mano.

— Qué irónico que el hombre que no tiene amigos diga algo así.

— Tengo amigos —dijo él en voz baja—. Al menos, creo que tengo una.

Ella se quedó quieta. El enojo comenzó a disiparse, reemplazado por una fatiga emocional que la dejó exhausta. Se sentó sobre sus talones, observando las heridas de Giyu. La rabia se había convertido en una tristeza sorda.

— Si de verdad me consideras tu amiga, deja de hacerme esto —pidió ella, su voz recuperando esa suavidad melancólica—. No puedo perder a nadie más, Giyu. Ya no me queda espacio para más tumbas en mi corazón.

Giyu sintió una punzada de dolor en el pecho que no tenía nada que ver con sus heridas físicas. Recordó a Sabito, a Makomo, a su hermana Tsutako. Recordó el peso de la culpa que cargaba cada día por estar vivo mientras ellos no. Siempre había pensado que su vida era un préstamo, algo que podía gastar en cualquier momento para salvar a otros. Nunca se detuvo a pensar que alguien pudiera estar contando los días para su regreso.

— Lo intentaré —dijo finalmente. Era una promesa pequeña, pero para alguien como Giyu Tomioka, era un juramento.

Shinobu suspiró, tomando un nuevo rollo de vendas. Esta vez, sus movimientos fueron lentos y cuidadosos.

— Más te vale. Porque si vuelves a hacer algo así, yo misma me encargaré de que tu recuperación sea mucho más dolorosa que la batalla.

Giyu asintió levemente.

— Entiendo.

— Y deja de poner esa cara de indiferencia —añadió ella, recuperando un poco de su chispa habitual—. Es irritante. Por eso a nadie le gustas, ¿sabes?

Giyu guardó silencio por un momento, procesando el comentario.

— A mí no me disgusta la gente —murmuró.

— Pero a la gente sí le disgustas tú. —Shinobu terminó de asegurar el vendaje en su pecho y le dio un pequeño golpe juguetón, justo donde sabía que no le dolería—. Excepto a mí, supongo. Por alguna razón que todavía estoy tratando de descifrar.

Giyu la observó mientras ella comenzaba a recoger los implementos médicos. La luz del atardecer entraba por la ventana, bañando la habitación en tonos anaranjados y dorados. Por un instante, la fachada de Shinobu no estaba allí. No había una sonrisa falsa, ni una máscara de alegría. Solo estaba la mujer que se preocupaba demasiado por un mundo que no dejaba de quitarle cosas.

— Kocho —la llamó él cuando ella se dirigía a la puerta.

Ella se detuvo y giró la cabeza, su haori de mariposa brillando bajo la luz crepuscular.

— ¿Qué pasa ahora, Tomioka-san?

— Gracias —dijo él.

Shinobu lo miró por un largo segundo. Una sonrisa pequeña, genuina y un poco cansada apareció en sus labios.

— No me des las gracias. Solo mantente vivo. Es lo único que te pido.

Cerró la puerta tras de sí, dejando a Giyu en la penumbra de la habitación. Él se quedó allí, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no se sentía vacío. Se sentía como una tregua.

Giyu se recostó en el futón, cerrando los ojos. El aroma a glicinas de Shinobu todavía flotaba en el aire, envolviéndolo como una promesa silenciosa. No podía prometer que no volvería a arriesgarse; el mundo de los cazadores de demonios no permitía tales lujos. Pero, por primera vez, sintió que tenía una razón para esforzarse un poco más en regresar a casa.

Porque en la Finca Mariposa, alguien estaba esperando, y esa persona ya no aceptaría un "no" por respuesta.

Afuera, la noche comenzaba a caer, y las flores de glicina se mecían suavemente bajo la luna, protegiendo el santuario donde, por una noche, dos almas heridas habían encontrado un momento de amarga pero necesaria paz.
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