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No te perderé
Fandom: Jujutsu Kaisen
Created: 4/20/2026
Tags
RomanceDramaAngstHurt/ComfortFluffFix-itCanon SettingDivergence
El eco de un martillo sobre el destino
El aire en el pasillo de la escuela de hechicería siempre se sentía cargado de una mezcla de incienso, humedad y el peso invisible de la energía maldita. Sin embargo, para Yuji Itadori, ese lugar se había convertido en un laberinto de fantasmas. Cada rincón le recordaba a alguien que ya no estaba, cada sombra parecía la silueta de un amigo perdido en el caos de Shibuya o en las masacres que le siguieron.
Caminaba con la cabeza baja, sus pasos pesados resonando contra el suelo de madera. Sus manos, marcadas por cicatrices que contaban historias de batallas desesperadas, estaban hundidas en los bolsillos de su sudadera roja. Había aceptado su papel como un recipiente, como un arma, como alguien que simplemente debía seguir adelante hasta que su propia vida se extinguiera.
Entonces, la vio.
Al final del corredor, recortada contra la luz dorada del atardecer que se filtraba por los ventanales, había una figura. Era una estatura que conocía de memoria, una postura desafiante que había visitado sus sueños más amargos.
Yuji se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco tan violento que sintió un dolor físico en el pecho. Por un segundo, pensó que era otra jugarreta de su mente agotada, una alucinación nacida del trauma.
—¿Te vas a quedar ahí parado con esa cara de idiota todo el día, Itadori? —La voz era aguda, vibrante y cargada de una arrogancia familiar que le hizo flaquear las rodillas.
La joven se dio la vuelta. Llevaba un parche sobre el ojo izquierdo, pero el derecho, de un naranja intenso, brillaba con la misma chispa indomable de siempre. Su cabello corto, del mismo color, estaba ligeramente despeinado por el viento. Nobara Kugisaki estaba allí, apoyada contra la pared con una sonrisa ladeada, como si solo se hubiera ido a comprar ropa a Ginza y acabara de regresar.
—¿No vas a decir nada? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. Sé que soy un espectáculo para la vista, pero esto es un poco exagerado incluso para ti.
Yuji no pudo responder de inmediato. Sus labios temblaron y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Dio un paso vacilante, luego otro, hasta que la distancia entre ellos se redujo a apenas un par de metros.
—Nobara... —susurró él, su voz rompiéndose en el medio.
—La misma que viste y calza —respondió ella, suavizando un poco su expresión al notar el estado de shock de su amigo—. Siento haber tardado tanto. Los médicos de Shoko son unos pesados con eso de "no morir" y la "rehabilitación".
Yuji no esperó más. Se lanzó hacia adelante, envolviéndola en un abrazo tan desesperado que casi la levanta del suelo. Enterró su rostro en el hombro de ella, aspirando el olor a champú barato y a la energía metálica que siempre la acompañaba. Era real. Estaba sólida bajo sus brazos, estaba cálida, estaba viva.
—¡Oye! ¡Cuidado con el uniforme! —protestó Nobara, aunque no hizo ningún intento por apartarlo. Al contrario, sus manos subieron lentamente hasta la espalda de Yuji, apretando la tela de su sudadera negra—. Estás apretando demasiado, tonto. Me vas a romper las costillas.
—Pensé que te habías ido —sollozó Yuji, sin soltarla—. Nobara, yo vi... yo vi lo que pasó. No podía... no podía dejar de pensar en que fue mi culpa.
Nobara suspiró y apoyó la cabeza contra la de él. La diferencia de altura siempre había sido evidente, pero en ese momento, la cercanía eliminaba cualquier distancia.
—No seas tan egocéntrico, Itadori —dijo ella en voz baja, con una ternura que rara vez mostraba—. Lo que me pasó fue decisión mía. Yo elegí pelear. Y elegí no morir. No te atrevas a cargar con mi vida como si fuera uno de tus fetiches de mártir.
Yuji se separó lo suficiente para mirarla a la cara. Sus ojos estaban rojos y empañados por las lágrimas. Nobara extendió una mano y, con el pulgar, le limpió una lágrima que rodaba por su mejilla.
—Mírate —se burló ella con suavidad—, eres un desastre. ¿Qué ha estado haciendo Fushiguro mientras yo no estaba? Seguro que se volvió más deprimente y tú te volviste más llorón.
—Él también te extrañó —logró decir Yuji, esbozando una sonrisa temblorosa—. Todos lo hicimos. Pero yo... yo sentía que me faltaba una parte del alma.
Nobara se quedó en silencio por un momento, observando la intensidad en los ojos de Yuji. Él siempre había sido honesto, a veces dolorosamente transparente, pero había algo diferente en su mirada ahora. El chico que solo quería "una muerte digna" parecía haber encontrado una razón para aferrarse a la vida con uñas y dientes.
—Bueno, ya estoy aquí —sentenció ella, recuperando su tono habitual y dándole un pequeño golpe en el pecho—. Así que deja de llorar. Tenemos mucho que recuperar. He visto que han abierto una pastelería nueva cerca de la estación y me debes al menos diez meriendas por el susto que me diste en Shibuya.
—Te compraré la pastelería entera si quieres —respondió Yuji, riendo entre dientes mientras se sorbía la nariz.
—No me tientes, porque aceptaré —advirtió ella, aunque su sonrisa la delataba.
Caminaron juntos por el pasillo, pero Yuji no se alejó ni un centímetro de su lado. Su mano buscó instintivamente la de ella y, tras un momento de vacilación, Nobara entrelazó sus dedos con los de él. Sus manos eran diferentes; las de él eran grandes y callosas, las de ella más pequeñas pero firmes, marcadas por el uso constante de sus clavos y su martillo.
—Nobara —dijo él de repente, deteniéndose de nuevo.
—¿Ahora qué? —preguntó ella, girándose.
—No vuelvas a hacerlo —le pidió, y esta vez no había rastro de broma en su voz. Era una súplica absoluta—. No me dejes de nuevo. No importa lo que pase, no importa quién sea el enemigo... prométeme que te quedarás.
Nobara lo observó en silencio. Podía ver el peso del mundo sobre los hombros de ese chico, las cicatrices que Sukuna y las maldiciones habían dejado no solo en su piel, sino en su espíritu. Ella siempre había sido la chica práctica, la que no creía en promesas vacías en un mundo tan cruel como el de la hechicería. Pero esto era Itadori. Y Itadori siempre lo daba todo.
—Eres un idiota —murmuró ella, acortando la distancia que quedaba entre ambos.
Nobara se puso de puntillas y, antes de que Yuji pudiera procesar lo que estaba sucediendo, presionó sus labios contra los de él. Fue un beso breve, un poco torpe debido a la sorpresa, pero cargado de una pasión contenida y de meses de palabras no dichas. Sabía a sal por las lágrimas de Yuji y a la determinación feroz que definía a Nobara Kugisaki.
Cuando se separaron, Yuji estaba completamente rojo, con los ojos muy abiertos.
—Eso... eso fue... —balbuceó él.
—Eso fue una promesa, estúpido —lo interrumpió ella, con su propio rostro adquiriendo un tono carmesí que rivalizaba con el de su cabello—. No planeo irme a ninguna parte. Todavía tengo que ver cómo termina esta historia, y no pienso dejar que la termines solo.
Yuji sintió que una calidez que no había experimentado en años se extendía por su cuerpo. Ya no era solo el calor de la energía maldita o la adrenalina de la batalla. Era esperanza. Era el sentimiento de tener un hogar al que regresar, incluso si ese hogar era una chica obstinada con un martillo y un solo ojo.
—Te amo, Nobara —dijo él, con esa honestidad brutal que la desarmaba siempre.
Nobara resopló, tratando de recuperar su compostura, aunque no soltó su mano.
—Lo sé. Es difícil no hacerlo, soy increíble —respondió ella, aunque luego apretó su mano con fuerza—. Y yo... supongo que también te he echado de menos. Mucho. Más de lo que es saludable para mi imagen pública.
Yuji soltó una carcajada auténtica, la primera que realmente nacía desde lo más profundo de su ser en mucho tiempo. El mundo exterior podía estar cayéndose a pedazos, las maldiciones podían seguir acechando en las sombras y el futuro podía ser incierto, pero en ese momento, bajo la luz del atardecer en el Colegio Técnico de Magia, todo estaba bien.
—¿Vamos a buscar a Fushiguro? —preguntó Yuji, empezando a caminar de nuevo, esta vez con un paso mucho más ligero.
—Sí —asintió Nobara—. Tenemos que darle un susto de muerte. Probablemente intente hacerse el duro y diga que no le importa que haya vuelto, pero apuesto a que llorará más que tú.
—¡Oye, yo no lloré tanto! —protestó Yuji.
—Itadori, tienes la cara hinchada —señaló ella con una sonrisa maliciosa—. Pero no te preocupes, te sigo queriendo así de feo.
Siguieron caminando, sus sombras alargándose sobre el suelo de madera, unidas por las manos y por un hilo de destino que se había negado a romperse. El milagro de Shibuya no era solo que ella estuviera viva, sino que, en medio de la oscuridad, habían encontrado una luz que ninguna maldición podría apagar jamás. Yuji se hizo una promesa silenciosa a sí mismo mientras miraba el perfil de la chica a su lado: la protegería con cada fibra de su ser, no porque fuera débil, sino porque ella era la razón por la que su corazón seguía latiendo con fuerza. Jamás la dejaría de nuevo. Jamás.
Caminaba con la cabeza baja, sus pasos pesados resonando contra el suelo de madera. Sus manos, marcadas por cicatrices que contaban historias de batallas desesperadas, estaban hundidas en los bolsillos de su sudadera roja. Había aceptado su papel como un recipiente, como un arma, como alguien que simplemente debía seguir adelante hasta que su propia vida se extinguiera.
Entonces, la vio.
Al final del corredor, recortada contra la luz dorada del atardecer que se filtraba por los ventanales, había una figura. Era una estatura que conocía de memoria, una postura desafiante que había visitado sus sueños más amargos.
Yuji se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco tan violento que sintió un dolor físico en el pecho. Por un segundo, pensó que era otra jugarreta de su mente agotada, una alucinación nacida del trauma.
—¿Te vas a quedar ahí parado con esa cara de idiota todo el día, Itadori? —La voz era aguda, vibrante y cargada de una arrogancia familiar que le hizo flaquear las rodillas.
La joven se dio la vuelta. Llevaba un parche sobre el ojo izquierdo, pero el derecho, de un naranja intenso, brillaba con la misma chispa indomable de siempre. Su cabello corto, del mismo color, estaba ligeramente despeinado por el viento. Nobara Kugisaki estaba allí, apoyada contra la pared con una sonrisa ladeada, como si solo se hubiera ido a comprar ropa a Ginza y acabara de regresar.
—¿No vas a decir nada? —preguntó ella, cruzándose de brazos—. Sé que soy un espectáculo para la vista, pero esto es un poco exagerado incluso para ti.
Yuji no pudo responder de inmediato. Sus labios temblaron y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Dio un paso vacilante, luego otro, hasta que la distancia entre ellos se redujo a apenas un par de metros.
—Nobara... —susurró él, su voz rompiéndose en el medio.
—La misma que viste y calza —respondió ella, suavizando un poco su expresión al notar el estado de shock de su amigo—. Siento haber tardado tanto. Los médicos de Shoko son unos pesados con eso de "no morir" y la "rehabilitación".
Yuji no esperó más. Se lanzó hacia adelante, envolviéndola en un abrazo tan desesperado que casi la levanta del suelo. Enterró su rostro en el hombro de ella, aspirando el olor a champú barato y a la energía metálica que siempre la acompañaba. Era real. Estaba sólida bajo sus brazos, estaba cálida, estaba viva.
—¡Oye! ¡Cuidado con el uniforme! —protestó Nobara, aunque no hizo ningún intento por apartarlo. Al contrario, sus manos subieron lentamente hasta la espalda de Yuji, apretando la tela de su sudadera negra—. Estás apretando demasiado, tonto. Me vas a romper las costillas.
—Pensé que te habías ido —sollozó Yuji, sin soltarla—. Nobara, yo vi... yo vi lo que pasó. No podía... no podía dejar de pensar en que fue mi culpa.
Nobara suspiró y apoyó la cabeza contra la de él. La diferencia de altura siempre había sido evidente, pero en ese momento, la cercanía eliminaba cualquier distancia.
—No seas tan egocéntrico, Itadori —dijo ella en voz baja, con una ternura que rara vez mostraba—. Lo que me pasó fue decisión mía. Yo elegí pelear. Y elegí no morir. No te atrevas a cargar con mi vida como si fuera uno de tus fetiches de mártir.
Yuji se separó lo suficiente para mirarla a la cara. Sus ojos estaban rojos y empañados por las lágrimas. Nobara extendió una mano y, con el pulgar, le limpió una lágrima que rodaba por su mejilla.
—Mírate —se burló ella con suavidad—, eres un desastre. ¿Qué ha estado haciendo Fushiguro mientras yo no estaba? Seguro que se volvió más deprimente y tú te volviste más llorón.
—Él también te extrañó —logró decir Yuji, esbozando una sonrisa temblorosa—. Todos lo hicimos. Pero yo... yo sentía que me faltaba una parte del alma.
Nobara se quedó en silencio por un momento, observando la intensidad en los ojos de Yuji. Él siempre había sido honesto, a veces dolorosamente transparente, pero había algo diferente en su mirada ahora. El chico que solo quería "una muerte digna" parecía haber encontrado una razón para aferrarse a la vida con uñas y dientes.
—Bueno, ya estoy aquí —sentenció ella, recuperando su tono habitual y dándole un pequeño golpe en el pecho—. Así que deja de llorar. Tenemos mucho que recuperar. He visto que han abierto una pastelería nueva cerca de la estación y me debes al menos diez meriendas por el susto que me diste en Shibuya.
—Te compraré la pastelería entera si quieres —respondió Yuji, riendo entre dientes mientras se sorbía la nariz.
—No me tientes, porque aceptaré —advirtió ella, aunque su sonrisa la delataba.
Caminaron juntos por el pasillo, pero Yuji no se alejó ni un centímetro de su lado. Su mano buscó instintivamente la de ella y, tras un momento de vacilación, Nobara entrelazó sus dedos con los de él. Sus manos eran diferentes; las de él eran grandes y callosas, las de ella más pequeñas pero firmes, marcadas por el uso constante de sus clavos y su martillo.
—Nobara —dijo él de repente, deteniéndose de nuevo.
—¿Ahora qué? —preguntó ella, girándose.
—No vuelvas a hacerlo —le pidió, y esta vez no había rastro de broma en su voz. Era una súplica absoluta—. No me dejes de nuevo. No importa lo que pase, no importa quién sea el enemigo... prométeme que te quedarás.
Nobara lo observó en silencio. Podía ver el peso del mundo sobre los hombros de ese chico, las cicatrices que Sukuna y las maldiciones habían dejado no solo en su piel, sino en su espíritu. Ella siempre había sido la chica práctica, la que no creía en promesas vacías en un mundo tan cruel como el de la hechicería. Pero esto era Itadori. Y Itadori siempre lo daba todo.
—Eres un idiota —murmuró ella, acortando la distancia que quedaba entre ambos.
Nobara se puso de puntillas y, antes de que Yuji pudiera procesar lo que estaba sucediendo, presionó sus labios contra los de él. Fue un beso breve, un poco torpe debido a la sorpresa, pero cargado de una pasión contenida y de meses de palabras no dichas. Sabía a sal por las lágrimas de Yuji y a la determinación feroz que definía a Nobara Kugisaki.
Cuando se separaron, Yuji estaba completamente rojo, con los ojos muy abiertos.
—Eso... eso fue... —balbuceó él.
—Eso fue una promesa, estúpido —lo interrumpió ella, con su propio rostro adquiriendo un tono carmesí que rivalizaba con el de su cabello—. No planeo irme a ninguna parte. Todavía tengo que ver cómo termina esta historia, y no pienso dejar que la termines solo.
Yuji sintió que una calidez que no había experimentado en años se extendía por su cuerpo. Ya no era solo el calor de la energía maldita o la adrenalina de la batalla. Era esperanza. Era el sentimiento de tener un hogar al que regresar, incluso si ese hogar era una chica obstinada con un martillo y un solo ojo.
—Te amo, Nobara —dijo él, con esa honestidad brutal que la desarmaba siempre.
Nobara resopló, tratando de recuperar su compostura, aunque no soltó su mano.
—Lo sé. Es difícil no hacerlo, soy increíble —respondió ella, aunque luego apretó su mano con fuerza—. Y yo... supongo que también te he echado de menos. Mucho. Más de lo que es saludable para mi imagen pública.
Yuji soltó una carcajada auténtica, la primera que realmente nacía desde lo más profundo de su ser en mucho tiempo. El mundo exterior podía estar cayéndose a pedazos, las maldiciones podían seguir acechando en las sombras y el futuro podía ser incierto, pero en ese momento, bajo la luz del atardecer en el Colegio Técnico de Magia, todo estaba bien.
—¿Vamos a buscar a Fushiguro? —preguntó Yuji, empezando a caminar de nuevo, esta vez con un paso mucho más ligero.
—Sí —asintió Nobara—. Tenemos que darle un susto de muerte. Probablemente intente hacerse el duro y diga que no le importa que haya vuelto, pero apuesto a que llorará más que tú.
—¡Oye, yo no lloré tanto! —protestó Yuji.
—Itadori, tienes la cara hinchada —señaló ella con una sonrisa maliciosa—. Pero no te preocupes, te sigo queriendo así de feo.
Siguieron caminando, sus sombras alargándose sobre el suelo de madera, unidas por las manos y por un hilo de destino que se había negado a romperse. El milagro de Shibuya no era solo que ella estuviera viva, sino que, en medio de la oscuridad, habían encontrado una luz que ninguna maldición podría apagar jamás. Yuji se hizo una promesa silenciosa a sí mismo mientras miraba el perfil de la chica a su lado: la protegería con cada fibra de su ser, no porque fuera débil, sino porque ella era la razón por la que su corazón seguía latiendo con fuerza. Jamás la dejaría de nuevo. Jamás.
