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reencarnado en teyvat con una cuenta de genshin imppact
Fandom: genshin impact
Created: 4/21/2026
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Isekai / Portal FantasyFantasyHurt/ComfortFix-itDramaAdventureCrossoverCanon SettingDivergenceAction
El peso del destino y la marea de justicia
El aire de Fontaine siempre tenía un aroma particular: una mezcla de salitre, ozono y el dulce perfume de los pasteles que se vendían en la Corte. Para Damian, ese olor era ahora más real que cualquier recuerdo de su vida anterior. Ya no era un simple jugador tras una pantalla; ya no era el joven que pasaba horas farmeando materiales para personajes que solo existían en píxeles.
Ahora, al mirarse en el reflejo de una vitrina en el Barrio Lyonnais, veía el rostro de Shido Itsuka: cabello azul alborotado, ojos amables pero con una chispa de determinación que rayaba en lo caótico. Pero lo más importante no era su apariencia, sino el peso invisible que sentía en su alma. Era el acceso total a un arsenal divino. C6, R5, talentos al máximo. Todo el poder de Teyvat residía en su interior, esperando ser invocado.
Damian ajustó su chaqueta y suspiró. No le importaba el poder por el simple hecho de ser fuerte. No le importaban los tesoros ni la gloria de los aventureros. Su mirada se dirigió hacia lo alto, donde el Palacio de Mermonia se alzaba con una elegancia que ocultaba la tragedia que él conocía tan bien.
—Cinco siglos... —susurró Damian para sí mismo, apretando los puños—. Quinientos años de una actuación perfecta, de soledad absoluta. No voy a dejar que termine en tragedia.
Su obsesión con Furina no era algo que pudiera explicar fácilmente. No era simple admiración; era una necesidad visceral de proteger a la "Diva" que cargaba con el peso de una profecía sobre sus hombros mientras el mundo la observaba como si fuera un espectáculo. Él conocía la verdad. Sabía que detrás de esa fachada de arrogancia y teatralidad, había una niña asustada que solo quería que alguien le dijera que ya era suficiente.
Mientras caminaba hacia la plaza central, un grupo de Guardias de la Gestión de la Reserva de Agua pasó a su lado, escoltando a unos comerciantes. Damian los ignoró, pero su presencia no pasó desapercibida. Había algo en su caminar, una confianza que no encajaba con un civil común.
—¡Eh, tú! El del pelo azul —gritó una voz femenina desde un balcón cercano.
Damian se detuvo y levantó la vista. No era quien buscaba, pero reconoció el uniforme de la Gendarmería.
—¿Sí? ¿Puedo ayudarla en algo, oficial? —preguntó Damian, manteniendo una sonrisa educada pero neutra.
—Pareces nuevo en la ciudad. Los forasteros deben registrarse si planean portar armas —dijo la mujer, señalando la ausencia de una visión visible en su ropa—. Aunque no veo que lleves nada.
—No necesito cargar con acero para estar preparado —respondió Damian con una calma que desconcertó a la guardia.
Él sabía que era un caos andante si se lo proponía. En su interior, sentía la energía de Neuvillette, la llama de Arlecchino y la elegancia de Raiden Shogun. Podía ser cualquiera, podía ser todos. Pero para el mundo, él solo era Damian.
—Solo soy un viajero que busca una audiencia —continuó él, retomando su camino—. Dicen que la Hidro Archon ama el drama, y yo tengo una historia que contarle.
El camino hacia la Ópera de la Epíclesis era largo, pero Damian decidió usar el aquabús para calmar sus nervios. Mientras el vehículo se deslizaba sobre el agua, cerró los ojos y accedió a su interfaz mental. Era como un menú flotante que solo él podía ver. Deslizó los iconos de los personajes. Podía sentir sus habilidades, sus memorias de combate.
"Si Neuvillette es el juez, yo seré el verdugo de su destino", pensó con una sonrisa amarga.
Al llegar a la isla de Erinias, el ambiente cambió. La atmósfera era más pesada, cargada con la anticipación de un juicio inminente. Damian sabía en qué punto de la historia se encontraba. El juicio de Furina estaba cerca. La profecía estaba alcanzando su clímax.
—Deténgase —dijo un guardia en la entrada de la Ópera—. Solo se permite el paso con invitación o si es parte del jurado.
Damian no se detuvo. En un parpadeo, su apariencia cambió. No fue una transformación lenta; fue un estallido de partículas elementales que nadie pudo procesar a tiempo. Donde antes estaba el joven de cabello azul, ahora se encontraba una figura imponente, envuelta en una túnica oscura con detalles dorados y una lanza larga que emanaba un poder telúrico.
Zhongli.
—Tengo asuntos que tratar con la encargada de este establecimiento —dijo Damian, su voz ahora profunda y resonante, cargada con la autoridad de miles de años.
Los guardias retrocedieron, tropezando entre ellos. La sola presencia del Arconte Geo (o de su copia perfecta) era suficiente para doblegar la voluntad de cualquier mortal. Damian aprovechó el asombro para cruzar las puertas doradas. Una vez dentro, en las sombras del pasillo, volvió a su forma original.
—Demasiado llamativo —se recriminó a sí mismo, aunque una parte de él disfrutaba del caos—. Pero efectivo.
Caminó por los pasillos laterales, evitando las cámaras y los ojos curiosos de los Melusines, hasta que llegó a las habitaciones privadas detrás del escenario principal. Allí, el aire se sentía diferente. Había una fragancia a flores dulces y un silencio sepulcral.
Y entonces la vio.
Furina estaba sentada frente a un espejo, pero no se estaba mirando. Tenía la cabeza gacha, los hombros hundidos. No había rastro de la "Focalors" que el público adoraba. Solo era una mujer exhausta, contando los segundos para que el telón cayera de una vez por todas.
Damian sintió un nudo en la garganta. Su deseo de salvarla, esa obsesión que lo había perseguido desde que llegó a este mundo, se intensificó. No era solo por la trama del juego; era porque nadie merecía tal soledad.
—Es una actuación impresionante —dijo Damian suavemente, saliendo de las sombras.
Furina se sobresaltó, saltando de su silla con una agilidad nacida del miedo. Rápidamente, se puso su "máscara", irguiendo la espalda y señalándolo con un dedo tembloroso pero firme.
—¡¿Quién osa interrumpir el descanso de la Archon de la Justicia?! —exclamó con su voz teatral, aunque Damian pudo notar el quiebre en su tono—. ¡Guardias! ¡Seguridad! ¡Un intruso ha burlado las defensas de la Ópera!
—No vendrán —dijo Damian, dando un paso hacia la luz—. Y no soy un intruso. Soy alguien que sabe cuánto pesan quinientos años de silencio.
Furina se quedó helada. Sus ojos, de diferentes tonalidades de azul, se abrieron de par en par. La máscara empezó a agrietarse.
—¿De qué... de qué estás hablando, tonto mortal? —intentó reír, pero el sonido fue seco—. ¿Acaso has bebido demasiada agua del mar de Teyvat?
—Sé quién eres, Furina —dijo él, ignorando su provocación—. Y no me refiero a la deidad que todos ven. Sé quién es la chica que llora cuando las luces se apagan. Sé que no tienes un poder divino, y sé que has estado fingiendo para engañar al orden celestial.
El silencio que siguió fue absoluto. Furina retrocedió hasta que su espalda chocó contra la mesa de maquillaje, tirando un frasco de perfume que se rompió en el suelo. El aroma a jazmín inundó la habitación. Ella temblaba visiblemente.
—¿Quién eres? —susurró ella, esta vez sin rastro de actuación—. ¿Eres un enviado de Celestia? ¿Has venido a castigarme?
Damian se acercó lentamente, manteniendo sus manos a la vista para mostrar que no era una amenaza. Su mirada, usualmente neutral o caótica, se suavizó por completo.
—No soy un dios, ni un juez —respondió Damian—. Soy alguien que ha cruzado mundos solo para decirte que no tienes que hacerlo sola. He venido a ser tu escudo, Furina. No el de la Archon, sino el tuyo.
—No puedes ayudarme —dijo ella, las lágrimas empezando a asomar en las comisuras de sus ojos—. Nadie puede. El destino de Fontaine está escrito en las estrellas, y yo... yo solo soy una actriz atrapada en el papel principal.
—Entonces cambiaremos el guion —afirmó Damian con una convicción que la dejó sin aliento.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Neuvillette entró, con su expresión severa y su bastón resonando contra el suelo de mármol. Se detuvo en seco al ver a Damian tan cerca de Furina.
—¿Qué significa esto? —preguntó el Juez Supremo, su poder Hydro empezando a agitarse en el aire—. Aléjese de Lady Furina de inmediato.
Damian no se inmutó. Se giró lentamente para encarar al Dragón Hidro. Sabía que, en términos de poder puro, Neuvillette era una fuerza de la naturaleza. Pero Damian tenía el arsenal de un mundo entero en su interior.
—Iudex Neuvillette —dijo Damian, asintiendo con respeto—. Llegas en un momento oportuno. Estaba explicándole a Lady Furina que el acto final no tiene por qué terminar en sacrificio.
—No sé quién eres ni cómo has entrado aquí —dijo Neuvillette, sus ojos brillando con una luz azul peligrosa—, pero tus palabras rozan la traición al protocolo de Fontaine.
—El protocolo no salvará a la gente de la inundación —replicó Damian, dando un paso adelante, colocándose deliberadamente entre Neuvillette y Furina—. Pero yo sí puedo. Tengo el poder de todos los héroes que han pisado esta tierra y de los que vendrán.
Para demostrar su punto, Damian extendió una mano. En un instante, el aire se volvió gélido y fragmentos de hielo comenzaron a flotar a su alrededor. Luego, con un giro de su muñeca, una ráfaga de viento anemo disipó el frío, seguida por el crepitar de rayos morados que danzaron entre sus dedos.
Neuvillette entrecerró los ojos, visiblemente impresionado pero manteniendo su guardia.
—Usas múltiples elementos sin una visión... —observó el Juez—. Eres como el Viajero, pero tu energía es... diferente. Más densa. Más completa.
—Soy Damian —dijo él, volviendo a su estado normal—. Y mi única lealtad en este momento es hacia ella.
Señaló a Furina, quien observaba la escena con una mezcla de confusión y una chispa de esperanza que no se había atrevido a sentir en siglos.
—¿Por qué? —preguntó Furina en voz baja, casi inaudible—. ¿Por qué te importaría tanto una mentirosa como yo?
Damian se giró hacia ella. Se arrodilló, no como un súbdito ante una reina, sino como un protector ante lo más valioso que poseía.
—Porque la verdad más grande de este mundo es que nadie debería sufrir en soledad —dijo Damian, mirándola directamente a los ojos—. Te he observado desde lejos, he visto tu carga, y he decidido que el destino se equivoca. Si el mundo quiere justicia, se la daremos. Pero si el mundo quiere tu vida, tendrá que pasar sobre la mía primero.
Furina se cubrió la boca con la mano, sollozando silenciosamente. Por primera vez en quinientos años, alguien no le pedía un milagro, ni una bendición, ni una actuación. Alguien simplemente le ofrecía su protección.
Neuvillette relajó su postura, aunque su expresión seguía siendo seria.
—Si realmente posees el poder que afirmas, entonces el juicio que se avecina tomará un rumbo inesperado —dijo el Iudex—. Pero ten cuidado, forastero. Jugar con el destino de una nación tiene consecuencias.
—Estoy acostumbrado a las consecuencias —respondió Damian, levantándose—. De hecho, suelo ser yo quien las provoca.
Damian miró a Furina y le tendió la mano.
—Lady Furina, ¿me permitiría ser su guardia personal? No para el espectáculo, sino para lo que viene después.
Furina miró la mano de Damian. Era la mano de un extraño, de alguien que no debería existir en su realidad. Pero había algo en su mirada, una mezcla de locura protectora y amabilidad genuina, que la hizo sentir, por primera vez en siglos, que podía respirar.
—Eres un hombre muy extraño, Damian —dijo ella, limpiándose las lágrimas y tratando de recuperar un poco de su compostura, aunque su voz seguía temblando—. Entrar aquí, amenazar al Iudex y declarar tales cosas... es casi un insulto a mi grandeza.
—Lo sé —sonrió él—. Es bastante caótico de mi parte.
Furina dudó un segundo más y luego, con elegancia, puso su mano sobre la de él.
—Está bien. Si tanto insistes en ser mi escudo, no seré yo quien te prive de tal honor —dijo, intentando sonar arrogante, pero fallando miserablemente al esbozar una pequeña y verdadera sonrisa—. Pero te advierto, ¡mi agenda está muy llena!
Damian apretó suavemente su mano. El sistema en su mente parpadeó, confirmando su nueva posición en el mundo de Teyvat. No era solo un jugador con una cuenta máxima; era el factor variable que Fontaine no esperaba.
—Que el espectáculo continúe entonces —dijo Damian, mirando hacia la sala de la Ópera—. Pero esta vez, Furina, yo me encargaré de que el final sea feliz.
Mientras salían de la habitación, Damian ya estaba planeando sus siguientes movimientos. Sabía que la Ballena Devoradora de Estrellas vendría, sabía que el Agua del Mar Primordial era una amenaza real. Pero con el poder de cada personaje a su disposición y su voluntad inquebrantable de proteger a la mujer que tenía a su lado, Damian estaba listo para desafiar a los mismos principios celestiales si era necesario.
El caos apenas estaba comenzando, y él era el director de la nueva orquesta.
—Por cierto —dijo Damian mientras caminaban por el pasillo—, si alguna vez tienes ganas de comer un pastel que no sea de Fontaine, conozco un lugar en Mondstadt que hace unos panqueques increíbles.
Furina soltó una risita, una auténtica y ligera.
—¿Panqueques? Bueno... supongo que después de salvar el mundo, podré hacer un espacio en mi dieta.
Damian sonrió. Sí, definitivamente valía la pena haber reencarnado solo por ese momento. El protector caótico había encontrado su causa, y Teyvat nunca volvería a ser el mismo.
Ahora, al mirarse en el reflejo de una vitrina en el Barrio Lyonnais, veía el rostro de Shido Itsuka: cabello azul alborotado, ojos amables pero con una chispa de determinación que rayaba en lo caótico. Pero lo más importante no era su apariencia, sino el peso invisible que sentía en su alma. Era el acceso total a un arsenal divino. C6, R5, talentos al máximo. Todo el poder de Teyvat residía en su interior, esperando ser invocado.
Damian ajustó su chaqueta y suspiró. No le importaba el poder por el simple hecho de ser fuerte. No le importaban los tesoros ni la gloria de los aventureros. Su mirada se dirigió hacia lo alto, donde el Palacio de Mermonia se alzaba con una elegancia que ocultaba la tragedia que él conocía tan bien.
—Cinco siglos... —susurró Damian para sí mismo, apretando los puños—. Quinientos años de una actuación perfecta, de soledad absoluta. No voy a dejar que termine en tragedia.
Su obsesión con Furina no era algo que pudiera explicar fácilmente. No era simple admiración; era una necesidad visceral de proteger a la "Diva" que cargaba con el peso de una profecía sobre sus hombros mientras el mundo la observaba como si fuera un espectáculo. Él conocía la verdad. Sabía que detrás de esa fachada de arrogancia y teatralidad, había una niña asustada que solo quería que alguien le dijera que ya era suficiente.
Mientras caminaba hacia la plaza central, un grupo de Guardias de la Gestión de la Reserva de Agua pasó a su lado, escoltando a unos comerciantes. Damian los ignoró, pero su presencia no pasó desapercibida. Había algo en su caminar, una confianza que no encajaba con un civil común.
—¡Eh, tú! El del pelo azul —gritó una voz femenina desde un balcón cercano.
Damian se detuvo y levantó la vista. No era quien buscaba, pero reconoció el uniforme de la Gendarmería.
—¿Sí? ¿Puedo ayudarla en algo, oficial? —preguntó Damian, manteniendo una sonrisa educada pero neutra.
—Pareces nuevo en la ciudad. Los forasteros deben registrarse si planean portar armas —dijo la mujer, señalando la ausencia de una visión visible en su ropa—. Aunque no veo que lleves nada.
—No necesito cargar con acero para estar preparado —respondió Damian con una calma que desconcertó a la guardia.
Él sabía que era un caos andante si se lo proponía. En su interior, sentía la energía de Neuvillette, la llama de Arlecchino y la elegancia de Raiden Shogun. Podía ser cualquiera, podía ser todos. Pero para el mundo, él solo era Damian.
—Solo soy un viajero que busca una audiencia —continuó él, retomando su camino—. Dicen que la Hidro Archon ama el drama, y yo tengo una historia que contarle.
El camino hacia la Ópera de la Epíclesis era largo, pero Damian decidió usar el aquabús para calmar sus nervios. Mientras el vehículo se deslizaba sobre el agua, cerró los ojos y accedió a su interfaz mental. Era como un menú flotante que solo él podía ver. Deslizó los iconos de los personajes. Podía sentir sus habilidades, sus memorias de combate.
"Si Neuvillette es el juez, yo seré el verdugo de su destino", pensó con una sonrisa amarga.
Al llegar a la isla de Erinias, el ambiente cambió. La atmósfera era más pesada, cargada con la anticipación de un juicio inminente. Damian sabía en qué punto de la historia se encontraba. El juicio de Furina estaba cerca. La profecía estaba alcanzando su clímax.
—Deténgase —dijo un guardia en la entrada de la Ópera—. Solo se permite el paso con invitación o si es parte del jurado.
Damian no se detuvo. En un parpadeo, su apariencia cambió. No fue una transformación lenta; fue un estallido de partículas elementales que nadie pudo procesar a tiempo. Donde antes estaba el joven de cabello azul, ahora se encontraba una figura imponente, envuelta en una túnica oscura con detalles dorados y una lanza larga que emanaba un poder telúrico.
Zhongli.
—Tengo asuntos que tratar con la encargada de este establecimiento —dijo Damian, su voz ahora profunda y resonante, cargada con la autoridad de miles de años.
Los guardias retrocedieron, tropezando entre ellos. La sola presencia del Arconte Geo (o de su copia perfecta) era suficiente para doblegar la voluntad de cualquier mortal. Damian aprovechó el asombro para cruzar las puertas doradas. Una vez dentro, en las sombras del pasillo, volvió a su forma original.
—Demasiado llamativo —se recriminó a sí mismo, aunque una parte de él disfrutaba del caos—. Pero efectivo.
Caminó por los pasillos laterales, evitando las cámaras y los ojos curiosos de los Melusines, hasta que llegó a las habitaciones privadas detrás del escenario principal. Allí, el aire se sentía diferente. Había una fragancia a flores dulces y un silencio sepulcral.
Y entonces la vio.
Furina estaba sentada frente a un espejo, pero no se estaba mirando. Tenía la cabeza gacha, los hombros hundidos. No había rastro de la "Focalors" que el público adoraba. Solo era una mujer exhausta, contando los segundos para que el telón cayera de una vez por todas.
Damian sintió un nudo en la garganta. Su deseo de salvarla, esa obsesión que lo había perseguido desde que llegó a este mundo, se intensificó. No era solo por la trama del juego; era porque nadie merecía tal soledad.
—Es una actuación impresionante —dijo Damian suavemente, saliendo de las sombras.
Furina se sobresaltó, saltando de su silla con una agilidad nacida del miedo. Rápidamente, se puso su "máscara", irguiendo la espalda y señalándolo con un dedo tembloroso pero firme.
—¡¿Quién osa interrumpir el descanso de la Archon de la Justicia?! —exclamó con su voz teatral, aunque Damian pudo notar el quiebre en su tono—. ¡Guardias! ¡Seguridad! ¡Un intruso ha burlado las defensas de la Ópera!
—No vendrán —dijo Damian, dando un paso hacia la luz—. Y no soy un intruso. Soy alguien que sabe cuánto pesan quinientos años de silencio.
Furina se quedó helada. Sus ojos, de diferentes tonalidades de azul, se abrieron de par en par. La máscara empezó a agrietarse.
—¿De qué... de qué estás hablando, tonto mortal? —intentó reír, pero el sonido fue seco—. ¿Acaso has bebido demasiada agua del mar de Teyvat?
—Sé quién eres, Furina —dijo él, ignorando su provocación—. Y no me refiero a la deidad que todos ven. Sé quién es la chica que llora cuando las luces se apagan. Sé que no tienes un poder divino, y sé que has estado fingiendo para engañar al orden celestial.
El silencio que siguió fue absoluto. Furina retrocedió hasta que su espalda chocó contra la mesa de maquillaje, tirando un frasco de perfume que se rompió en el suelo. El aroma a jazmín inundó la habitación. Ella temblaba visiblemente.
—¿Quién eres? —susurró ella, esta vez sin rastro de actuación—. ¿Eres un enviado de Celestia? ¿Has venido a castigarme?
Damian se acercó lentamente, manteniendo sus manos a la vista para mostrar que no era una amenaza. Su mirada, usualmente neutral o caótica, se suavizó por completo.
—No soy un dios, ni un juez —respondió Damian—. Soy alguien que ha cruzado mundos solo para decirte que no tienes que hacerlo sola. He venido a ser tu escudo, Furina. No el de la Archon, sino el tuyo.
—No puedes ayudarme —dijo ella, las lágrimas empezando a asomar en las comisuras de sus ojos—. Nadie puede. El destino de Fontaine está escrito en las estrellas, y yo... yo solo soy una actriz atrapada en el papel principal.
—Entonces cambiaremos el guion —afirmó Damian con una convicción que la dejó sin aliento.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Neuvillette entró, con su expresión severa y su bastón resonando contra el suelo de mármol. Se detuvo en seco al ver a Damian tan cerca de Furina.
—¿Qué significa esto? —preguntó el Juez Supremo, su poder Hydro empezando a agitarse en el aire—. Aléjese de Lady Furina de inmediato.
Damian no se inmutó. Se giró lentamente para encarar al Dragón Hidro. Sabía que, en términos de poder puro, Neuvillette era una fuerza de la naturaleza. Pero Damian tenía el arsenal de un mundo entero en su interior.
—Iudex Neuvillette —dijo Damian, asintiendo con respeto—. Llegas en un momento oportuno. Estaba explicándole a Lady Furina que el acto final no tiene por qué terminar en sacrificio.
—No sé quién eres ni cómo has entrado aquí —dijo Neuvillette, sus ojos brillando con una luz azul peligrosa—, pero tus palabras rozan la traición al protocolo de Fontaine.
—El protocolo no salvará a la gente de la inundación —replicó Damian, dando un paso adelante, colocándose deliberadamente entre Neuvillette y Furina—. Pero yo sí puedo. Tengo el poder de todos los héroes que han pisado esta tierra y de los que vendrán.
Para demostrar su punto, Damian extendió una mano. En un instante, el aire se volvió gélido y fragmentos de hielo comenzaron a flotar a su alrededor. Luego, con un giro de su muñeca, una ráfaga de viento anemo disipó el frío, seguida por el crepitar de rayos morados que danzaron entre sus dedos.
Neuvillette entrecerró los ojos, visiblemente impresionado pero manteniendo su guardia.
—Usas múltiples elementos sin una visión... —observó el Juez—. Eres como el Viajero, pero tu energía es... diferente. Más densa. Más completa.
—Soy Damian —dijo él, volviendo a su estado normal—. Y mi única lealtad en este momento es hacia ella.
Señaló a Furina, quien observaba la escena con una mezcla de confusión y una chispa de esperanza que no se había atrevido a sentir en siglos.
—¿Por qué? —preguntó Furina en voz baja, casi inaudible—. ¿Por qué te importaría tanto una mentirosa como yo?
Damian se giró hacia ella. Se arrodilló, no como un súbdito ante una reina, sino como un protector ante lo más valioso que poseía.
—Porque la verdad más grande de este mundo es que nadie debería sufrir en soledad —dijo Damian, mirándola directamente a los ojos—. Te he observado desde lejos, he visto tu carga, y he decidido que el destino se equivoca. Si el mundo quiere justicia, se la daremos. Pero si el mundo quiere tu vida, tendrá que pasar sobre la mía primero.
Furina se cubrió la boca con la mano, sollozando silenciosamente. Por primera vez en quinientos años, alguien no le pedía un milagro, ni una bendición, ni una actuación. Alguien simplemente le ofrecía su protección.
Neuvillette relajó su postura, aunque su expresión seguía siendo seria.
—Si realmente posees el poder que afirmas, entonces el juicio que se avecina tomará un rumbo inesperado —dijo el Iudex—. Pero ten cuidado, forastero. Jugar con el destino de una nación tiene consecuencias.
—Estoy acostumbrado a las consecuencias —respondió Damian, levantándose—. De hecho, suelo ser yo quien las provoca.
Damian miró a Furina y le tendió la mano.
—Lady Furina, ¿me permitiría ser su guardia personal? No para el espectáculo, sino para lo que viene después.
Furina miró la mano de Damian. Era la mano de un extraño, de alguien que no debería existir en su realidad. Pero había algo en su mirada, una mezcla de locura protectora y amabilidad genuina, que la hizo sentir, por primera vez en siglos, que podía respirar.
—Eres un hombre muy extraño, Damian —dijo ella, limpiándose las lágrimas y tratando de recuperar un poco de su compostura, aunque su voz seguía temblando—. Entrar aquí, amenazar al Iudex y declarar tales cosas... es casi un insulto a mi grandeza.
—Lo sé —sonrió él—. Es bastante caótico de mi parte.
Furina dudó un segundo más y luego, con elegancia, puso su mano sobre la de él.
—Está bien. Si tanto insistes en ser mi escudo, no seré yo quien te prive de tal honor —dijo, intentando sonar arrogante, pero fallando miserablemente al esbozar una pequeña y verdadera sonrisa—. Pero te advierto, ¡mi agenda está muy llena!
Damian apretó suavemente su mano. El sistema en su mente parpadeó, confirmando su nueva posición en el mundo de Teyvat. No era solo un jugador con una cuenta máxima; era el factor variable que Fontaine no esperaba.
—Que el espectáculo continúe entonces —dijo Damian, mirando hacia la sala de la Ópera—. Pero esta vez, Furina, yo me encargaré de que el final sea feliz.
Mientras salían de la habitación, Damian ya estaba planeando sus siguientes movimientos. Sabía que la Ballena Devoradora de Estrellas vendría, sabía que el Agua del Mar Primordial era una amenaza real. Pero con el poder de cada personaje a su disposición y su voluntad inquebrantable de proteger a la mujer que tenía a su lado, Damian estaba listo para desafiar a los mismos principios celestiales si era necesario.
El caos apenas estaba comenzando, y él era el director de la nueva orquesta.
—Por cierto —dijo Damian mientras caminaban por el pasillo—, si alguna vez tienes ganas de comer un pastel que no sea de Fontaine, conozco un lugar en Mondstadt que hace unos panqueques increíbles.
Furina soltó una risita, una auténtica y ligera.
—¿Panqueques? Bueno... supongo que después de salvar el mundo, podré hacer un espacio en mi dieta.
Damian sonrió. Sí, definitivamente valía la pena haber reencarnado solo por ese momento. El protector caótico había encontrado su causa, y Teyvat nunca volvería a ser el mismo.
