Fanfy
.studio
Loading...
Background image
← Back
0 likes

Olas del amor

Fandom: Taekook

Created: 4/22/2026

Tags

RomanceDramaHurt/ComfortSlice of LifeCharacter StudyCurtainfic / Domestic StoryRealism
Contents

Pinceladas de Sal y Silencio

El rugido del motor del avión se sentía como un eco distante en comparación con el estruendo que aún resonaba en la cabeza de Taehyung. Al cerrar los ojos, no veía las nubes ni el azul del cielo, sino el destello de los flashes y el rostro ensangrentado de aquel modelo cuyo nombre ni siquiera quería recordar. El video se había vuelto viral en cuestión de segundos: Kim Taehyung, el prodigio de la pintura contemporánea, el hombre de la elegancia imperturbable y los trajes de diseñador, perdiendo los estribos en una fiesta de gala.

Había sido el límite de meses de provocaciones, de comentarios sibilinos sobre su falta de talento real y de manos que se posaban donde no debían. Pero al mundo no le importaba el contexto. El mundo solo veía a un artista violento.

Cuando sus pies tocaron la tierra de la isla de Jeju, Taehyung respiró hondo. El aire aquí era diferente; olía a sal, a pino y a una libertad que había olvidado entre las paredes de las galerías de Seúl. Vestía un abrigo largo de color café, pantalones de tela impecables y una boina que ocultaba parte de su rostro. Su maleta, pesada no solo por la ropa sino por los lienzos en blanco que se negaba a tocar, golpeaba suavemente contra su pierna mientras caminaba hacia la salida del aeropuerto.

Necesitaba desaparecer. Necesitaba que Kim Taehyung, el pintor, muriera por un momento para que el hombre pudiera sobrevivir.

Se instaló en una pequeña cabaña alquilada frente a la costa, lejos de los complejos turísticos. Sin embargo, el silencio de la primera noche fue asfixiante. Sus manos temblaban. No sabía si era por la abstinencia del pincel o por la rabia acumulada. Al segundo día, el hambre y la necesidad de ruido humano lo llevaron a caminar por la orilla hasta toparse con un establecimiento de madera oscura y luces cálidas que colgaban como estrellas bajas: "El Refugio del Mar".

Al entrar, el aroma a calamar asado y madera vieja lo envolvió. No era un lugar lujoso, pero desprendía una dignidad que lo hizo sentir inmediatamente fuera de lugar con su atuendo perfectamente coordinado.

— ¡Bienvenido! —Una voz vibrante rompió sus pensamientos—. Puedes sentarte donde prefieras, aunque la barra tiene la mejor vista de la cocina si tienes hambre de verdad.

Taehyung levantó la vista y se encontró con una mujer de ojos brillantes y una sonrisa que parecía capaz de desarmar a cualquier ejército. Tenía el cabello recogido en una coleta alta y un delantal manchado de lo que parecía ser salsa picante.

— Una mesa en el rincón estará bien, gracias —respondió Taehyung con su voz profunda, manteniendo la mirada baja.

— Oh, un caballero misterioso —dijo ella, riendo sin malicia mientras le acercaba un menú—. Soy Seolhwa. Mi hermano y yo somos los dueños. Si necesitas algo que no esté en la carta, solo pídelo. A veces inventamos platos según el humor del cliente.

Taehyung asintió levemente, sorprendido por la amabilidad desinteresada.

— Gracias, Seolhwa. Solo... algo ligero y una cerveza.

Pasaron los minutos. Taehyung observaba el mar a través del ventanal, preguntándose si alguna vez volvería a sentir el deseo de plasmar esos colores en un cuadro. Se sentía vacío.

— Aquí tienes —dijo Seolhwa regresando con una bandeja—. Cortesía de la casa, unos aperitivos de algas. Te ves como alguien que tiene mucho en qué pensar y poco tiempo para perdonarse a sí mismo.

Taehyung se tensó. ¿Lo había reconocido? ¿Había visto el video?

— ¿Por qué dices eso? —preguntó, clavando sus ojos oscuros en ella.

— Porque eres pintor —respondió ella con naturalidad, señalando las manchas casi imperceptibles de pigmento ocre que aún quedaban bajo las uñas del hombre—. Los artistas que vienen aquí suelen tener esa misma mirada de "el mundo se acaba mañana". Pero te diré un secreto: Jeju no deja que nada se acabe. Aquí todo fluye.

Taehyung bajó la guardia. No había rastro de juicio en el rostro de Seolhwa, solo una nobleza genuina.

— He perdido el norte —confesó él, sorprendiéndose de su propia sinceridad—. No sé si lo que hago tiene sentido ya.

— El arte no tiene que tener sentido para el mundo, solo para ti —Seolhwa se apoyó en la mesa cercana—. Mi hermano dice que cuando dejas de pintar con el corazón, empiezas a golpear con las manos. Quizás solo necesitas cambiar el enfoque.

Taehyung se quedó helado. Ella sabía quién era, pero lo decía con una calidez que no buscaba herir. Antes de que pudiera responder, una puerta trasera se abrió y un joven entró cargando una caja de madera llena de botellas.

— ¡Seolhwa! Te dije que yo me encargaría de los proveedores, no tienes que cargar nada —exclamó el recién llegado.

Taehyung se giró. El chico era casi idéntico a Seolhwa, pero sus facciones eran más marcadas, envueltas en una energía eléctrica. Llevaba una camiseta blanca ajustada que dejaba ver unos brazos fuertes y tatuados, y su cabello negro caía desordenado sobre su frente. Al notar la presencia de Taehyung, el joven se detuvo en seco.

— Jungkook, llega justo a tiempo —dijo Seolhwa con una chispa de travesura en los ojos—. Él es... un visitante que busca un poco de paz. Taehyung, este es mi mellizo, Jungkook. Él es el verdadero alma de este bar, aunque yo soy la jefa.

Jungkook dejó la caja en el suelo y se limpió las manos en los pantalones antes de acercarse. Su mirada era intensa, curiosa, pero extrañamente reconfortante.

— Mucho gusto, Taehyung —dijo Jungkook, extendiendo una mano. Su voz era más suave de lo que su apariencia sugería—. No solemos recibir a gente tan elegante por aquí. Espero que la comida de mi hermana no te espante.

Taehyung estrechó su mano. Sintió una calidez repentina, un contacto físico que, por primera vez en meses, no se sentía como una amenaza ni como una obligación social.

— El gusto es mío —respondió Taehyung, y por primera vez en días, una pequeña y genuina sonrisa curvó sus labios.

— Se va a quedar en la cabaña de los acantilados —añadió Seolhwa, guiñándole un ojo a su hermano—. Jungkook suele ir allí a pescar por las mañanas. Si quieres ver un amanecer de verdad, deberías acompañarlo.

— Seolhwa, no molestes al invitado —la regañó Jungkook, aunque sus ojos no se apartaban de Taehyung—. Pero... si te interesa, estaré allí a las cinco. No hace falta que hables. A veces el mar dice todo lo necesario.

Taehyung asintió, sintiendo un extraño magnetismo hacia aquel chico que parecía tan conectado con la tierra y el agua, todo lo contrario a su mundo de cristal y mármol en la ciudad.

Esa noche, Taehyung no tuvo pesadillas.

A la mañana siguiente, el frío de la madrugada calaba en los huesos, pero Taehyung estaba allí, sentado en una roca, observando cómo la oscuridad se teñía de violeta. Jungkook apareció puntualmente, cargando su equipo de pesca. No vestía para impresionar; llevaba una sudadera vieja y botas de goma, pero a los ojos de Taehyung, se veía más real que cualquier modelo de pasarela.

— Viniste —dijo Jungkook, sentándose a unos metros de él.

— No podía dormir —mintió Taehyung. En realidad, tenía curiosidad.

Pasaron una hora en silencio. No era un silencio incómodo, sino uno compartido, como si ambos estuvieran escuchando la misma melodía en las olas. Jungkook manejaba la caña con una destreza casi poética.

— ¿Por qué lo hiciste? —preguntó Jungkook de repente, sin mirarlo.

Taehyung no necesitó preguntar a qué se refería.

— Me llamó "producto vacío" —susurró Taehyung—. Dijo que mis cuadros eran como yo: bonitos por fuera, pero sin alma. Y luego... tocó algo que no debía tocar.

Jungkook dejó la caña a un lado y se giró para verlo. La luz del sol empezaba a iluminar su rostro, resaltando la cicatriz en su mejilla y la profundidad de sus ojos.

— La gente que no crea nada suele ser la que más ruido hace criticando lo que otros construyen —dijo Jungkook con calma—. No creo que estés vacío, Taehyung. Creo que estás demasiado lleno y no sabes cómo dejarlo salir sin que te queme.

Taehyung sintió un nudo en la garganta. Nadie en Seúl, ni sus agentes ni sus supuestos amigos, lo habían analizado con tanta precisión.

— ¿Y tú? ¿Qué creas tú, Jungkook?

Jungkook se encogió de hombros, mirando hacia el horizonte.

— Yo creo momentos. Hago que la gente olvide sus problemas con una buena cena o una conversación. No es arte que se cuelga en una pared, pero es real.

Taehyung se levantó y se acercó a él. La brisa marina agitó su cabello. Por un instante, el deseo de dibujar a Jungkook, de capturar esa luz dorada sobre su piel y la serenidad de su expresión, fue tan fuerte que le dolieron las manos.

— Escribiste sobre el alma —dijo Taehyung en voz baja—. Creo que la tuya es la más brillante que he visto en mucho tiempo.

Jungkook se levantó también, quedando a pocos centímetros de él. La diferencia de altura era mínima, pero la tensión entre ambos era vasta como el océano frente a ellos. Jungkook extendió una mano y, con una delicadeza asombrosa, rozó la mejilla de Taehyung.

— Entonces úsala —susurró Jungkook—. Úsala para volver a pintar. No para ellos, sino para ti. Y si te pierdes de nuevo, búscame en el bar. Siempre habrá un sitio para ti.

Los días siguientes se convirtieron en una rutina de descubrimiento. Taehyung pasaba las tardes en el restaurante, ayudando a Seolhwa a decorar las cartas o simplemente escuchando sus historias sobre la isla. Ella se convirtió en su confidente, en la hermana que nunca tuvo, guiándolo con su sabiduría práctica hacia una reconciliación con su pasado.

— Sabes —le dijo Seolhwa una tarde mientras limpiaban la barra—, Jungkook no suele traer a nadie a sus mañanas de pesca. Es su santuario.

Taehyung sintió un calor subir por su cuello.

— Es un buen guía —respondió él, intentando sonar casual.

— Es más que eso y lo sabes —ella le sonrió con complicidad—. Él te mira como si fueras la obra de arte más importante que jamás ha visto. Y tú... tú has vuelto a tener color en las mejillas.

Era cierto. Taehyung había vuelto a comprar óleos. Ya no pintaba retratos de la alta sociedad ni abstracciones frías. Pintaba el mar, pintaba las manos de Seolhwa cocinando y, sobre todo, pintaba a Jungkook.

Una noche, después de que el bar cerrara, Jungkook invitó a Taehyung a caminar por la playa. La luna llena iluminaba la arena como si fuera nieve.

— Mañana se cumple un mes desde que llegaste —dijo Jungkook, rompiendo el silencio—. ¿Piensas volver a Seúl?

Taehyung se detuvo. La pregunta le dolió. Seúl representaba el ruido, la presión y el juicio. Jeju representaba a Jungkook.

— Tengo asuntos que resolver —admitió Taehyung con tristeza—. Mi carrera, los contratos... No puedo huir para siempre.

Jungkook asintió, aunque sus ojos reflejaban una chispa de decepción que intentó ocultar.

— Lo entiendo. Un hombre como tú no pertenece a un pueblo de pescadores.

Taehyung lo tomó del brazo, obligándolo a detenerse.

— No digas eso. Nunca me he sentido más en casa que aquí. Contigo.

La confesión quedó suspendida en el aire, mezclándose con el sonido de las olas. Jungkook acortó la distancia, sus frentes se rozaron. El aroma a madera y sal de Jungkook embriagó a Taehyung, quien cerró los ojos, entregándose a la sensación.

— Entonces no te vayas del todo —pidió Jungkook en un susurro contra sus labios—. Déjame ser tu ancla.

— Ya lo eres —respondió Taehyung antes de sellar la promesa con un beso.

Fue un beso lento, cargado de la paciencia de la isla y la intensidad del fuego que ambos habían estado alimentando en silencio. Taehyung sintió que sus pinceladas por fin encontraban el lienzo adecuado. Ya no era el pintor que golpeaba; era el hombre que amaba.

Al separarse, Jungkook lo miró con una sonrisa radiante, la misma que Seolhwa le daba, pero con una profundidad que solo pertenecía a ellos dos.

— Mañana —dijo Jungkook—, quiero ver ese cuadro que has estado escondiendo en tu cabaña. Seolhwa dice que es magnífico.

Taehyung rió, sintiéndose ligero por primera vez en años.

— Es solo un boceto de alguien que me salvó la vida.

— ¿Ah sí? —Jungkook lo abrazó por la cintura—. Pues espero que el modelo sea guapo.

— El más guapo del mundo —afirmó Taehyung, sabiendo que, aunque tuviera que volver a enfrentarse a las cámaras de Seúl, ya no lo haría solo.

Jeju le había devuelto el arte, pero Jungkook le había devuelto el alma. Y mientras caminaban de regreso al "Refugio del Mar", bajo la mirada protectora de las estrellas y el eco de la risa de Seolhwa a lo lejos, Taehyung supo que su futuro no estaba en las galerías de mármol, sino en cada pincelada que lograra capturar la luz de aquel rincón del mundo donde el amor sabía a sal y a libertad.
Contents

Want to write your own fanfic?

Sign up on Fanfy and create your own stories!

Create my fanfic