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Celos

Fandom: Band Of Brothers

Created: 4/23/2026

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La tinta y la sangre

El aire en Haguenau era pesado, cargado con el olor a río estancado, pólvora vieja y la humedad persistente de un invierno que se negaba a soltar su presa sobre Alsacia. Joseph Liebgott estaba sentado en el borde de un catre desvencijado, limpiando su bayoneta con una saña que rozaba lo obsesivo. Sus movimientos eran mecánicos, precisos, pero sus ojos oscuros traicionaban una agitación que nada tenía que ver con los alemanes al otro lado del Moder.

La puerta del cuartel improvisado se abrió de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire gélido y la figura de un hombre que parecía haber salido de un anuncio de reclutamiento tras pasar seis meses en un balneario.

David Webster entró con esa zancada larga y elegante que tanto irritaba a Liebgott. Sus ojos azules, brillantes de una inteligencia que siempre parecía estar juzgando su entorno, recorrieron la estancia con una mezcla de familiaridad y distancia. El cabello castaño, ligeramente rizado y perfectamente peinado bajo el casco, parecía no haber sufrido los rigores de la guerra que el resto de la Compañía Easy llevaba grabados en la piel.

—¡Miren quién decidió honrarnos con su presencia! —exclamó Liebgott, sin levantar la vista de su arma, aunque su voz goteaba un sarcasmo letal—. El profesor ha vuelto de su retiro literario en el hospital. ¿Ya terminaste de escribir tus memorias o solo viniste por más material, Webster?

Webster se detuvo, ajustándose la correa del fusil al hombro. Una pequeña sonrisa, cargada de esa arrogancia educada que lo caracterizaba, curvó sus labios.

—Es bueno verte también, Liebgott —respondió David con voz pausada y culta—. Veo que tu encanto personal sigue intacto.

—No me vengas con palabras bonitas, universitario —escupió Joe, poniéndose en pie. Era un poco más bajo que Webster, pero su presencia era eléctrica, una mecha corta a punto de prenderse—. Te perdiste el infierno de Bastogne. Te perdiste los bosques de las Ardenas mientras te daban sábanas limpias y sopa caliente.

Webster sostuvo la mirada. Su idealismo, aunque algo mermado por la realidad de la guerra, seguía allí, dándole un aire de superioridad moral que a Liebgott le daban ganas de borrarle a puñetazos.

—No elegí que me hirieran, Joe. Pero estoy aquí ahora. Y no vengo solo.

Fue entonces cuando Liebgott se percató de la figura que aguardaba en el umbral. Era un joven de aspecto impecable, con el uniforme tan nuevo que todavía conservaba los pliegues de la caja. Tenía unos veintidós años, una expresión disciplinada y correctísima, y unas barras de segundo teniente que brillaban con una insolencia insultante bajo la luz mortecina de la habitación.

—Caballeros —dijo Webster, haciendo un gesto hacia el oficial—, les presento al Teniente Henry Jones. Recién llegado de West Point para unirse a la Easy.

Jones dio un paso al frente, manteniendo una postura rígida, casi de manual.

—Es un honor estar aquí —dijo Jones con una voz reservada y práctica—. He oído mucho sobre la Compañía Easy. Espero estar a la altura del mando.

Liebgott sintió una punzada de asco instantáneo en la boca del estómago. No era solo que Jones fuera un "novato"; era la forma en que Webster se movía a su alrededor, casi como un guía turístico orgulloso, compartiendo esa aura de privilegio y educación que los demás soldados no poseían.

—Otro oficial con pañales —murmuró Liebgott, lo suficientemente alto para que Jones lo oyera—. Justo lo que necesitábamos. Más carne fresca que cree que la guerra se gana con libros de táctica.

—Sargento —dijo Jones, corrigiéndolo con suavidad pero con firmeza—, soy consciente de mi falta de experiencia en combate, pero le aseguro que mi intención es servir a la unidad de la mejor manera posible.

—Claro que sí, Teniente —replicó Joe con una sonrisa falsa que no llegó a sus ojos—. Webster, asegúrate de que no se ensucie mucho las botas. No querríamos que West Point se decepcionara.

Sin esperar respuesta, Liebgott guardó su bayoneta y salió de la habitación a zancadas, ignorando la mirada de reproche de Webster y la confusión disciplinada de Jones.

Minutos después, Liebgott se encontraba en la esquina de un edificio derruido, encendiendo un cigarrillo con manos temblorosas de pura rabia. Chuck Grant apareció por el callejón, con su complexión robusta y esa expresión de quien siempre sabe algo que tú no.

—Vaya, vaya —dijo Grant, apoyándose contra la pared—. Parece que has visto a un fantasma. O al menos a un fantasma con un título universitario.

—Es el colmo, Chuck —dijo Liebgott, soltando una densa nube de humo—. Webster vuelve como si fuera el dueño del lugar, y trae de la mano a un niño rico que dice ser nuestro nuevo oficial. Jones, se llama. Parecen dos gotas de agua, cortados por el mismo patrón de privilegio.

Grant soltó una carcajada ronca, ajustándose el casco.

—¿El Profesor ha vuelto con un becario? Eso es oro puro. Me pregunto si el Teniente también sabe citar a Shakespeare mientras nos disparan los 88.

—No tiene ni idea de dónde está parado —gruñó Joe—. Y Webster... Dios, me enferma. Actúa como si nada hubiera pasado. Como si no nos hubiera dejado solos en el frío mientras él leía poesía en una cama de hospital.

Grant entrecerró los ojos, observando a su amigo con una diversión maliciosa.

—Sabes, Joe, te quejas mucho de Webster. Demasiado, incluso para ti.

—Es un arrogante —insistió Liebgott—. Se cree mejor que nosotros porque fue a Harvard y sabe usar palabras de diez sílabas.

—Sí, es un estirado —asintió Grant, cruzando los brazos sobre el pecho—, pero lo que te molesta no es su vocabulario. Te molesta que haya llegado con ese tal Jones.

Liebgott se tensó, mirando a Grant con hostilidad.

—¿De qué demonios hablas?

—Hablo de que pareces una novia despechada, Joe —se burló Grant, soltando una risita—. Webster se va un par de meses, regresa con un reemplazo joven, guapo y educado, y tú te pones a afilar la bayoneta como si quisieras degollar a medio regimiento. Estás celoso.

—¡Cierra la boca, Grant! —exclamó Liebgott, dándole un empujón juguetón pero cargado de irritación—. No estoy celoso de un oficial novato ni de un escritor que no sabe sostener un fusil sin mancharse de tinta.

—Claro que no —dijo Grant, manteniendo el tono burlón—. Por eso estás aquí afuera echando humo en lugar de estar dentro dándole la bienvenida al Profesor. Admítelo, te duele que Webster haya encontrado a alguien que habla su mismo idioma "intelectual".

—Su idioma es una estupidez —masculló Liebgott, aunque en el fondo, una parte de él odiaba la veracidad en las palabras de Grant—. Jones es solo otro tipo que tenemos que mantener vivo. Y Webster... Webster es un problema.

—Webster es un buen soldado cuando quiere, y lo sabes —dijo Grant, volviéndose más serio por un momento—. Pero tienes razón en algo: ese Jones tiene mucho que aprender si quiere que la Easy lo respete. Y Webster va a tener que trabajar el doble para volver a encajar aquí.

—No va a encajar —sentenció Joe—. Se ha vuelto demasiado suave. Y ese oficial... ese oficial va a hacer que nos maten si sigue siguiendo las reglas de West Point en un lugar como este.

En ese momento, Webster y Jones salieron del edificio, caminando hacia el puesto de mando del Capitán Winters. Webster iba señalando los puntos de interés de la ciudad en ruinas, gesticulando con una mano mientras la otra descansaba en la correa de su fusil. Jones escuchaba con atención, asintiendo con una corrección casi mecánica.

—Mira eso —susurró Grant al oído de Liebgott—. Parecen dos caballeros paseando por un parque de Boston. El "Profesor" y su "Aprendiz".

Liebgott tiró la colilla del cigarrillo al suelo y la aplastó con la bota con una fuerza innecesaria.

—Si Jones quiere ser un oficial de verdad, va a tener que ensuciarse las manos. Y si Webster cree que puede volver y ser el mismo de antes, está muy equivocado. Las cosas han cambiado, Chuck. Nosotros hemos cambiado.

—Tú eres el que no cambia, Joe —dijo Grant, dándole una palmada en el hombro—. Sigues siendo el mismo judío cascarrabias de Chicago. Y por mucho que ladres, sé que te alegra que el Profesor esté de vuelta. Aunque solo sea para tener a alguien a quien insultar con propiedad.

Liebgott no respondió. Observó la espalda de Webster alejarse, notando la forma en que el sol pálido de la tarde destacaba los reflejos castaños de su cabello. Había una parte de él, una parte muy pequeña y profundamente enterrada, que recordaba las conversaciones nocturnas en Inglaterra, antes de los saltos, antes de la sangre, cuando la voz de Webster era un bálsamo contra el miedo irracional a la muerte. Pero eso era antes. Antes de Bastogne. Antes de que el frío le calara los huesos de una manera que ninguna calefacción de hospital podría curar.

—No me alegra nada —mintió Liebgott en voz baja, más para sí mismo que para Grant.

—Lo que tú digas, Joe —respondió Grant, alejándose hacia las cocinas—. Pero intenta no matar al nuevo teniente en su primer día. Winters se pondría furioso.

Liebgott se quedó solo en la calle, sintiendo el peso de su propia amargura. Sabía que la llegada de Jones y el regreso de Webster marcaban un nuevo capítulo para la compañía, uno en el que las jerarquías y las amistades se pondrían a prueba bajo la presión constante del frente.

Se ajustó la chaqueta y comenzó a caminar en dirección contraria a la que habían tomado Webster y Jones. Tenía una patrulla que organizar y una guerra que terminar. No tenía tiempo para oficiales pulcros ni para escritores idealistas. Sin embargo, mientras cruzaba la esquina, no pudo evitar echar una última mirada hacia atrás.

Webster se había detenido y miraba hacia el río, con esa expresión contemplativa que tanto irritaba a Joe porque le recordaba que había un mundo fuera de la guerra, un mundo de libros, de arte y de paz al que Webster pertenecía y él, tal vez, nunca podría regresar.

—Maldito profesor —susurró Liebgott, sintiendo una mezcla confusa de rabia y algo que se negaba a admitir como alivio.

La noche empezaba a caer sobre Haguenau, y con ella, el sonido lejano de la artillería alemana recordándoles a todos que, sin importar cuántos títulos universitarios o barras de oficial tuvieran, en el barro de Alsacia, todos estaban hechos de la misma carne vulnerable.

Liebgott se internó en las sombras, con la mandíbula apretada y el corazón blindado, listo para enfrentar lo que viniera, incluso si eso significaba tener que lidiar con la presencia constante de David Webster y su nueva sombra de West Point. La guerra seguía allí, implacable, y en ese tablero, las palabras de Webster y la disciplina de Jones pronto tendrían que enfrentarse a la cruda y sangrienta realidad que Liebgott conocía tan bien.
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