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Batalla privada

Fandom: Kengan ashura

Created: 4/23/2026

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PWP (Plot? What Plot?)DarkExplicit LanguageGraphic ViolenceOOC (Out of Character)Canon Setting
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La Devoción de la Bestia

Yamashita Kazuo caminaba por los senderos serpenteantes de la isla Ganryu, con el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. El sudor frío le empapaba la camisa. Había escuchado rumores, susurros entre los pasillos del coliseo sobre una amenaza inminente para Ohma. Alguien quería su cabeza, y el viejo salaryman no podía permitir que su luchador estrella, el hombre que le había devuelto el sentido a su vida, fuera emboscado.

—¡Ohma-san! ¡Ohma-san! —gritó con voz temblorosa, pero solo el eco del bosque le devolvió el llamado.

Se adentró en una zona más densa, donde la vegetación parecía devorar la luz del sol. De repente, dos hombres altos, vestidos con trajes negros y rostros inexpresivos, le cerraron el paso. Eran guardaespaldas de la Asociación Kengan.

—No puedes pasar por aquí, Yamashita-dono —dijo uno de ellos, cruzando los brazos sobre su pecho macizo.

Kazuo bajó la mirada y notó algo inquietante. Entre los árboles, una cinta amarilla, similar a la que se usa en las escenas de crimen, delimitaba el perímetro. El miedo se transformó en pánico. ¿Acaso ya había sucedido algo? ¿Estaba Ohma herido?

—Pero... ¡tengo que verle! ¡Está en peligro! —suplicó Yamashita, pero los guardias no se movieron.

Desesperado, Kazuo fingió retroceder, pero en cuanto los guardaespaldas se distrajeron, se escabulló por un sendero lateral, trepando entre matorrales y rocas. El sonido de la maleza crujiendo bajo sus pies era lo único que oía, hasta que un gemido rompió el silencio del bosque. Era un sonido agudo, cargado de una mezcla de agonía y éxtasis.

Yamashita se detuvo en seco. Se asomó tras un grueso tronco y lo que vio le heló la sangre, pero no por la violencia que esperaba.

En un claro iluminado por rayos de luz filtrada, Ohma Tokita estaba frente a Kiryu Setsuna. Yamashita pensó que se estarían matando, que la rivalidad de años habría estallado finalmente. Pero la tensión en el aire no era de odio, sino de algo mucho más oscuro y carnal.

Ohma, con una expresión de dominio absoluto que Kazuo nunca había visto, agarró a Kiryu por el cuello de su camisa. El "Bello Tesoro" tenía la prenda completamente desabotonada, revelando unos abdominales tallados en mármol y pectorales que subían y bajaban con una respiración errática. Sin mediar palabra, Ohma tiró con fuerza de los pantalones de Setsuna, arrancándolos prácticamente en un alarde de fuerza bruta.

—Ohma... mi Dios... —susurró Kiryu, con los ojos vidriosos y las mejillas encendidas.

Ohma no respondió con palabras. Enredó sus dedos en el cabello largo y oscuro de Setsuna y lo atrajo hacia sí, sellando sus labios en un beso salvaje. No había ternura en el contacto; era una colisión de dientes y lenguas, una lucha por el control que Ohma ganó instantáneamente.

—Arrodíllate —ordenó Ohma con una voz ronca que hizo vibrar el aire.

Setsuna obedeció con una devoción casi religiosa. Sus rodillas golpearon la tierra húmeda sin dudarlo. Con manos temblorosas, desabrochó el pantalón de Ohma. El miembro del Ashura saltó a la vista, imponente y listo. Setsuna lo miró como si fuera un objeto sagrado antes de rodearlo con sus labios, lamiendo la longitud con una desesperación hambrienta antes de introducirlo por completo en su garganta.

Yamashita, oculto tras el árbol, se tapó la boca para no gritar. No podía apartar la vista. El contraste entre la brutalidad de Ohma y la sumisión absoluta de Kiryu era hipnótico.

Después de unos minutos de una felación ruidosa y profunda, Ohma se apartó y golpeó suavemente la mejilla de Setsuna.

—Ponte en cuclillas —mandó Ohma—. Ahora.

Setsuna, temblando de anticipación, se colocó en la posición indicada. Su trasero tonificado y pálido quedó expuesto a la luz del claro. Con los dedos, abrió sus propias piernas, revelando su rosado y contraído ano, que parecía suplicar por atención. La vista era obscena y hermosa a la vez.

Ohma levantó la mano y descargó una nalgada tan fuerte que el sonido resonó en todo el claro.

—¡Ahhh! —Setsuna soltó un gemido que terminó en un sollozo de pura felicidad. Lágrimas de éxtasis comenzaron a correr por su rostro.

Sin previo aviso y sin lubricación, Ohma se posicionó y se hundió dentro de él con una estocada violenta. El impacto fue tal que el cuerpo de Setsuna se arqueó hacia adelante. La entrada de Ohma fue tan profunda que golpeó directamente la próstata de Kiryu, provocando que este soltara un grito desgarrador que asustó a las aves cercanas.

—¡Más! ¡Ohma, rompe mi cuerpo! —suplicaba Setsuna mientras Ohma comenzaba a moverse con una velocidad y fuerza inhumanas.

Mientras tanto, a unos metros de allí, tres jóvenes que caminaban por el bosque en busca de un lugar tranquilo para beber, se detuvieron al escuchar los ruidos. Eran chicos del público, fanáticos de las luchas Kengan. Siguiendo los sonidos de los gemidos y el impacto de la carne contra la carne, se toparon con la escena.

Se escondieron detrás de una roca gigante, con los ojos como platos.

—Ese es... ¿ese es el Ashura? —susurró uno de ellos, con la respiración entrecortada.

—Y el otro es Kiryu Setsuna... Dios, mira cómo lo está usando —respondió el segundo, sintiendo una erección instantánea al ver a la "Bella Bestia" reducida a un juguete sexual.

Desde su escondite, los chicos veían a Setsuna solo con la camisa desabotonada, que ondeaba con cada embestida de Ohma. El pecho de Kiryu estaba lleno de marcas de mordidas violáceas y sus pezones estaban rojos e hinchados. Había restos de semen en sus labios y sobre sus abdominales, brillando bajo la luz del sol. Ohma, por su parte, mantenía sus pantalones caídos a la altura de las rodillas, moviéndose con una cadencia destructiva.

—Es increíble... —murmuró el tercer chico—. Siempre pensé que Kiryu era un monstruo, pero ahora parece una puta... Me encantaría estar en el lugar de Ohma y destrozarlo yo mismo.

En el claro, Ohma cambió la posición. Se sentó en un tronco caído y tiró de Setsuna para que se sentara sobre él.

—Hazlo tú —dijo Ohma, apretando los dientes—. Muévete rápido.

Setsuna se elevó y se dejó caer, permitiendo que el pene de Ohma entrara hasta lo más profundo de su ser. El gemido que soltó fue casi inhumano, una nota de placer puro que rozaba la locura. Comenzó a saltar sobre Ohma, con sus manos apoyadas en los hombros del luchador, mientras sus cabellos negros bailaban al ritmo de sus movimientos.

Ohma no se quedó pasivo. Estiró las manos y agarró los pezones de Setsuna, pellizcándolos y retorciéndolos con una fuerza que habría hecho gritar de dolor a cualquier otro, pero que a Kiryu solo le servía de combustible.

—¡Sí! ¡Pégame, Ohma! ¡Úsame! —gritaba Setsuna, con los ojos en blanco, completamente perdido en el trance del sexo violento.

Los chicos tras la roca estaban hipnotizados. La imagen de Setsuna, uno de los luchadores más temidos del torneo, moviéndose con tal desesperación encima de Ohma, era algo que nunca olvidarían. Se imaginaban a sí mismos tomando turnos con el cuerpo de Kiryu, sometiendo a la bestia, llenándolo de su propia semilla mientras él les pedía más con esa voz quebrada.

Yamashita, por su parte, sintió que sus piernas fallaban. No podía procesar lo que veía. El peligro del que quería advertir a Ohma parecía inexistente en ese momento; en ese rincón del bosque, Ohma era el único peligro, y Kiryu Setsuna era su víctima y adorador más ferviente.

El ritmo en el claro se volvió frenético. Los sonidos de la penetración eran crudos, húmedos y constantes. Ohma agarró a Setsuna por la cintura y lo obligó a bajar con más fuerza, mientras él subía la cadera para encontrarse en un choque brutal.

—¡Ohmaaaaa! —el grito de Setsuna alcanzó su clímax cuando sus músculos se contrajeron violentamente.

Ohma gruñó, un sonido animal que venía desde lo más profundo de su pecho, y descargó su simiente dentro de Kiryu con tal presión que Setsuna colapsó sobre su pecho, temblando incontrolablemente.

El silencio volvió al bosque, solo roto por las respiraciones pesadas de ambos hombres. Ohma empujó suavemente a Setsuna, quien cayó al suelo, exhausto pero con una sonrisa de absoluta plenitud en el rostro.

—Límpiate —dijo Ohma, subiéndose los pantalones sin mostrar un ápice de fatiga—. Tenemos que volver.

Setsuna, aún en el suelo, lamió un poco de semen que corría por su muslo con una mirada de adoración.

—Lo que digas... mi Dios.

Los tres chicos se retiraron en silencio, con el corazón a mil por hora, llevando consigo la imagen de la sumisión de la Bella Bestia. Yamashita, todavía temblando, se alejó por donde vino, comprendiendo que en el mundo de los luchadores Kengan, las batallas no siempre se libraban en la arena y que, a veces, la rendición era la victoria más dulce.
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