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Esto esta prohibido
Fandom: Dragon Ball Super
Created: 4/25/2026
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RomanceDramaActionScience FictionCharacter StudySpace OperaDivergenceCanon SettingDiscrimination
Entre el Tiempo y la Sangre de Saiyan
El sol del planeta Sadala se ocultaba tras las montañas dentadas, tiñendo el cielo de un color púrpura profundo que recordaba, curiosamente, al tono de piel del guerrero que meditaba sobre la cima de un risco. Hit, el legendario asesino del Universo 6, mantenía los ojos cerrados, su respiración era tan lenta que apenas parecía estar vivo. A sus más de mil años, el tiempo no era un enemigo, sino un aliado que manejaba a su antojo. Sin embargo, en los últimos meses, su percepción de la eternidad había sido alterada por una presencia ruidosa, caótica y rebosante de energía vital.
Un silbido agudo cortó el aire, seguido por una ráfaga de viento que habría derribado a cualquier soldado común. Hit no se movió. Simplemente inclinó la cabeza un milímetro hacia la izquierda. Una bota pasó rozando su sien.
— ¡Te tengo! —gritó una voz femenina, cargada de una confianza casi irritante.
Caulifla, con su cabello negro despeinado y sus ojos brillantes por la adrenalina, aterrizó con agilidad y giró sobre sus talones para lanzar una ráfaga de energía. Antes de que el ataque pudiera siquiera formarse en su mano, Hit ya no estaba allí.
— Lenta —susurró la voz fría del asesino detrás de ella.
Caulifla se sobresaltó, pero reaccionó con una sonrisa arrogante. Se transformó instantáneamente en Super Saiyan, su aura dorada iluminando la penumbra del atardecer.
— ¡No me subestimes, viejo! —exclamó ella, lanzándose de nuevo al ataque—. ¡Solo estaba calentando!
El entrenamiento continuó durante horas. Era una danza extraña: el asesino de movimientos mínimos y precisos contra la guerrera de instinto salvaje y fuerza bruta. Desde que el Torneo del Poder terminó, la dinámica en el Universo 6 había cambiado. La amenaza de la aniquilación total había forjado lazos inesperados. Caulifla, hambrienta de poder y deseosa de superar a Goku, había buscado al único ser en su universo que consideraba lo suficientemente fuerte como para enseñarle algo nuevo.
Hit, por razones que ni él mismo comprendía del todo, había aceptado. Quizás era la curiosidad por el potencial infinito de los Saiyan, o quizás era algo más profundo, un vacío que mil años de soledad no habían logrado llenar.
Finalmente, Caulifla cayó de rodillas, jadeando, con su ropa holgada cubierta de polvo y algunos rasguños en sus brazos. Hit permanecía de pie, impecable en su gabardina oscura, sin que una sola gota de sudor empañara su frente.
— Por hoy es suficiente —dijo Hit, metiendo las manos en sus bolsillos.
— ¡Ni hablar! —protestó Caulifla, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Todavía puedo... todavía puedo seguir.
— Tu cuerpo dice lo contrario. Si sigues forzando tus músculos, el entrenamiento de mañana será inútil.
Caulifla gruñó, pero se dejó caer sobre el suelo pedregoso, mirando hacia las estrellas que empezaban a asomar. Hit se sentó a unos metros de ella, manteniendo esa distancia profesional que siempre lo caracterizaba.
— Oye, Hit —dijo ella después de un silencio inusual—, ¿por qué te tomas la molestia?
El asesino giró levemente la cabeza, sus ojos rojos brillando en la oscuridad.
— ¿A qué te refieres?
— Eres un asesino legendario. Cobras fortunas por un solo trabajo. Y aquí estás, perdiendo el tiempo con una "mocosa" en este planeta olvidado —Caulifla se sentó, cruzando las piernas, su tono perdiendo parte de su arrogancia habitual—. No es por el dinero. Sé que no te estoy pagando nada.
Hit guardó silencio durante un largo rato. El viento soplaba entre las rocas, produciendo un sonido similar a un lamento.
— El Torneo del Poder cambió las prioridades de muchos —respondió él finalmente—. Ver otros universos, ver seres que desafían la lógica del tiempo y el espacio... me hizo darme cuenta de que el estancamiento es la verdadera muerte. Tú no te estancas, Caulifla. Eres un incendio forestal. Consumes todo a tu paso para crecer.
Caulifla soltó una carcajada, aunque sus mejillas se tiñeron de un leve rubor que por suerte la oscuridad ocultaba.
— Vaya, no sabía que el gran Hit fuera un poeta. Pensé que solo sabías romper cuellos.
— Sé hacer muchas cosas —replicó él con una pizca de ironía.
La joven Saiyan se acercó un poco más, arrastrándose por el suelo hasta quedar a menos de un metro de él. La diferencia entre ellos era palpable. Ella era la encarnación de la juventud, de la impulsividad, de una especie que vivía rápido y moría en batalla. Él era una reliquia de eras pasadas, un ser que había visto imperios caer y nacer, alguien cuya piel morada no mostraba el paso del tiempo pero cuya mirada cargaba con el peso de siglos.
— ¿Cuántos años tienes exactamente? —preguntó ella, con una curiosidad genuina.
— Más de mil. He perdido la cuenta de las décadas exactas.
Caulifla silbó, impresionada.
— ¡Maldición! Eres realmente viejo. Yo apenas tengo veinte. Para cuando yo sea una anciana arrugada, tú seguirás viéndote igual de serio y aburrido, ¿verdad?
— Es probable. Mi especie vive mucho tiempo. Para nosotros, un siglo es como un cambio de estación para ti.
Caulifla bajó la mirada, jugueteando con una piedra pequeña.
— Eso es un poco triste, ¿no crees? Ver a todos los que conoces desaparecer mientras tú sigues ahí.
Hit no respondió de inmediato. Nunca lo había visto de esa manera. Para él, la longevidad era una herramienta para perfeccionar su técnica. Pero ahora, mirando la vitalidad desbordante de la chica a su lado, sintió una punzada extraña en el pecho. Un anacronismo emocional.
— Es la naturaleza de mi existencia —dijo él—. No se puede echar de menos lo que nunca se ha tenido. La compañía constante no era parte de mi contrato con la vida.
— Pues ahora lo es —declaró Caulifla con firmeza, mirándolo directamente a los ojos—. Porque no pienso irme a ninguna parte. Voy a ser tan fuerte que incluso el tiempo tendrá miedo de tocarme. Y vas a tener que aguantarme mucho, mucho tiempo.
Hit sintió una leve presión en su mano. Caulifla había puesto la suya sobre la de él. La piel de ella estaba caliente, llena de vida, contrastando con la temperatura fría y regulada de la piel de Hit. El asesino no retiró la mano. Por primera vez en mil años, permitió que alguien entrara en su espacio personal sin una intención letal.
— Sabes que esto es... inusual —murmuró Hit—. En Sadala, y en el resto del universo, no verían con buenos ojos que el asesino más temido y una joven guerrera Saiyan compartieran algo más que golpes.
— ¡Que se vayan al infierno! —exclamó Caulifla, recuperando su fuego—. Desde cuándo te importa lo que piensen los demás? Eres Hit. Yo soy Caulifla. Si alguien tiene un problema con que entrenemos juntos, o con que... bueno, con lo que sea, que vengan y traten de detenernos. Les daré una paliza que no olvidarán.
Hit permitió que una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomara en la comisura de sus labios.
— Tu arrogancia no tiene límites.
— Es confianza, viejo. Deberías aprender un poco de ella.
El ambiente cambió. La tensión del entrenamiento se transformó en algo más denso, más íntimo. Hit se giró hacia ella, y por un momento, el tiempo pareció detenerse de verdad, sin necesidad de usar su técnica de Salto Temporal. El rostro de Caulifla, usualmente contraído en una mueca de desafío, se veía suave bajo la luz de las lunas de Sadala.
— Mil años es mucho tiempo para esperar por algo que no sabía que buscaba —dijo Hit en voz baja.
Caulifla no respondió con una broma esta vez. Se acercó más, rompiendo la última barrera de aire entre ellos.
— Entonces deja de buscar y pon atención a lo que tienes delante.
Ella se inclinó y presionó sus labios contra la mejilla de Hit. Fue un gesto rápido, casi tímido, algo impropio de la reina de los bajos fondos de Sadala. Pero antes de que pudiera alejarse y ponerse a la defensiva, sintió la mano de Hit en su nuca. No era un agarre violento, sino firme y protector.
— Caulifla —pronunció su nombre como si fuera una palabra sagrada—, mi mundo es oscuro y está lleno de sombras. El tuyo es luz y ruido. No sé si estas dos cosas pueden coexistir sin destruirse.
— Entonces nos destruiremos juntos —respondió ella, desafiante—. Pero te aseguro que será el espectáculo más increíble que este universo haya visto jamás.
Hit cerró los ojos y, por primera vez, dejó de calcular. Dejó de analizar los puntos vitales, de predecir los movimientos del enemigo y de preocuparse por el flujo del tiempo. Simplemente se dejó llevar por el calor de la joven Saiyan.
Sin embargo, en las sombras de la montaña, una figura observaba. Cabba, el joven discípulo de Vegeta, permanecía oculto, con el corazón acelerado. Había ido a buscar a Caulifla para informarle sobre una misión de las Fuerzas de Defensa de Sadala, pero lo que había presenciado lo dejó sin aliento. No era solo la sorpresa de ver a su mentora con el asesino, sino el peso de lo que eso significaba.
Las leyes de Sadala eran estrictas, y la reputación de Hit era la de un criminal internacional, aunque hubiera ayudado a salvar el universo. Una relación así sería vista como una traición a la pureza de la raza Saiyan y un peligro para la seguridad del planeta.
Cabba se retiró en silencio, con la mente llena de dudas. Sabía que Caulifla no escucharía razones, y sabía que Hit era intocable. Pero el universo no era solo ellos dos.
Mientras tanto, en la cima del risco, ajenos a las conspiraciones y a los prejuicios que pronto caerían sobre ellos, el asesino y la guerrera permanecían juntos.
— Mañana —dijo Hit, recuperando su tono serio pero con un matiz de suavidad—, no tendré piedad en el entrenamiento.
— Eso espero —respondió Caulifla con una sonrisa de suficiencia mientras se recostaba contra su hombro—. Porque si me lo pones fácil, me aburriré de ti en menos de un siglo.
Hit miró hacia el horizonte infinito. Mil años habían pasado en un suspiro, pero el tiempo que tenía por delante con Caulifla se sentía, por primera vez, como algo que realmente valía la pena vivir, segundo a segundo.
— No dejaré que te aburras —prometió él—. El tiempo es lo único que me sobra.
La noche cayó finalmente sobre Sadala, envolviendo a la pareja improbable. Eran dos seres de mundos distintos, de eras diferentes, unidos por la batalla y algo que desafiaba la lógica de sus propias naturalezas. El asesino que no sentía y la guerrera que lo sentía todo demasiado fuerte habían encontrado un punto de equilibrio en el caos del universo. Y aunque el camino por delante estaría lleno de juicios, enemigos y la inevitable brecha de sus especies, en ese momento, el tiempo se había detenido solo para ellos.
Un silbido agudo cortó el aire, seguido por una ráfaga de viento que habría derribado a cualquier soldado común. Hit no se movió. Simplemente inclinó la cabeza un milímetro hacia la izquierda. Una bota pasó rozando su sien.
— ¡Te tengo! —gritó una voz femenina, cargada de una confianza casi irritante.
Caulifla, con su cabello negro despeinado y sus ojos brillantes por la adrenalina, aterrizó con agilidad y giró sobre sus talones para lanzar una ráfaga de energía. Antes de que el ataque pudiera siquiera formarse en su mano, Hit ya no estaba allí.
— Lenta —susurró la voz fría del asesino detrás de ella.
Caulifla se sobresaltó, pero reaccionó con una sonrisa arrogante. Se transformó instantáneamente en Super Saiyan, su aura dorada iluminando la penumbra del atardecer.
— ¡No me subestimes, viejo! —exclamó ella, lanzándose de nuevo al ataque—. ¡Solo estaba calentando!
El entrenamiento continuó durante horas. Era una danza extraña: el asesino de movimientos mínimos y precisos contra la guerrera de instinto salvaje y fuerza bruta. Desde que el Torneo del Poder terminó, la dinámica en el Universo 6 había cambiado. La amenaza de la aniquilación total había forjado lazos inesperados. Caulifla, hambrienta de poder y deseosa de superar a Goku, había buscado al único ser en su universo que consideraba lo suficientemente fuerte como para enseñarle algo nuevo.
Hit, por razones que ni él mismo comprendía del todo, había aceptado. Quizás era la curiosidad por el potencial infinito de los Saiyan, o quizás era algo más profundo, un vacío que mil años de soledad no habían logrado llenar.
Finalmente, Caulifla cayó de rodillas, jadeando, con su ropa holgada cubierta de polvo y algunos rasguños en sus brazos. Hit permanecía de pie, impecable en su gabardina oscura, sin que una sola gota de sudor empañara su frente.
— Por hoy es suficiente —dijo Hit, metiendo las manos en sus bolsillos.
— ¡Ni hablar! —protestó Caulifla, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Todavía puedo... todavía puedo seguir.
— Tu cuerpo dice lo contrario. Si sigues forzando tus músculos, el entrenamiento de mañana será inútil.
Caulifla gruñó, pero se dejó caer sobre el suelo pedregoso, mirando hacia las estrellas que empezaban a asomar. Hit se sentó a unos metros de ella, manteniendo esa distancia profesional que siempre lo caracterizaba.
— Oye, Hit —dijo ella después de un silencio inusual—, ¿por qué te tomas la molestia?
El asesino giró levemente la cabeza, sus ojos rojos brillando en la oscuridad.
— ¿A qué te refieres?
— Eres un asesino legendario. Cobras fortunas por un solo trabajo. Y aquí estás, perdiendo el tiempo con una "mocosa" en este planeta olvidado —Caulifla se sentó, cruzando las piernas, su tono perdiendo parte de su arrogancia habitual—. No es por el dinero. Sé que no te estoy pagando nada.
Hit guardó silencio durante un largo rato. El viento soplaba entre las rocas, produciendo un sonido similar a un lamento.
— El Torneo del Poder cambió las prioridades de muchos —respondió él finalmente—. Ver otros universos, ver seres que desafían la lógica del tiempo y el espacio... me hizo darme cuenta de que el estancamiento es la verdadera muerte. Tú no te estancas, Caulifla. Eres un incendio forestal. Consumes todo a tu paso para crecer.
Caulifla soltó una carcajada, aunque sus mejillas se tiñeron de un leve rubor que por suerte la oscuridad ocultaba.
— Vaya, no sabía que el gran Hit fuera un poeta. Pensé que solo sabías romper cuellos.
— Sé hacer muchas cosas —replicó él con una pizca de ironía.
La joven Saiyan se acercó un poco más, arrastrándose por el suelo hasta quedar a menos de un metro de él. La diferencia entre ellos era palpable. Ella era la encarnación de la juventud, de la impulsividad, de una especie que vivía rápido y moría en batalla. Él era una reliquia de eras pasadas, un ser que había visto imperios caer y nacer, alguien cuya piel morada no mostraba el paso del tiempo pero cuya mirada cargaba con el peso de siglos.
— ¿Cuántos años tienes exactamente? —preguntó ella, con una curiosidad genuina.
— Más de mil. He perdido la cuenta de las décadas exactas.
Caulifla silbó, impresionada.
— ¡Maldición! Eres realmente viejo. Yo apenas tengo veinte. Para cuando yo sea una anciana arrugada, tú seguirás viéndote igual de serio y aburrido, ¿verdad?
— Es probable. Mi especie vive mucho tiempo. Para nosotros, un siglo es como un cambio de estación para ti.
Caulifla bajó la mirada, jugueteando con una piedra pequeña.
— Eso es un poco triste, ¿no crees? Ver a todos los que conoces desaparecer mientras tú sigues ahí.
Hit no respondió de inmediato. Nunca lo había visto de esa manera. Para él, la longevidad era una herramienta para perfeccionar su técnica. Pero ahora, mirando la vitalidad desbordante de la chica a su lado, sintió una punzada extraña en el pecho. Un anacronismo emocional.
— Es la naturaleza de mi existencia —dijo él—. No se puede echar de menos lo que nunca se ha tenido. La compañía constante no era parte de mi contrato con la vida.
— Pues ahora lo es —declaró Caulifla con firmeza, mirándolo directamente a los ojos—. Porque no pienso irme a ninguna parte. Voy a ser tan fuerte que incluso el tiempo tendrá miedo de tocarme. Y vas a tener que aguantarme mucho, mucho tiempo.
Hit sintió una leve presión en su mano. Caulifla había puesto la suya sobre la de él. La piel de ella estaba caliente, llena de vida, contrastando con la temperatura fría y regulada de la piel de Hit. El asesino no retiró la mano. Por primera vez en mil años, permitió que alguien entrara en su espacio personal sin una intención letal.
— Sabes que esto es... inusual —murmuró Hit—. En Sadala, y en el resto del universo, no verían con buenos ojos que el asesino más temido y una joven guerrera Saiyan compartieran algo más que golpes.
— ¡Que se vayan al infierno! —exclamó Caulifla, recuperando su fuego—. Desde cuándo te importa lo que piensen los demás? Eres Hit. Yo soy Caulifla. Si alguien tiene un problema con que entrenemos juntos, o con que... bueno, con lo que sea, que vengan y traten de detenernos. Les daré una paliza que no olvidarán.
Hit permitió que una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomara en la comisura de sus labios.
— Tu arrogancia no tiene límites.
— Es confianza, viejo. Deberías aprender un poco de ella.
El ambiente cambió. La tensión del entrenamiento se transformó en algo más denso, más íntimo. Hit se giró hacia ella, y por un momento, el tiempo pareció detenerse de verdad, sin necesidad de usar su técnica de Salto Temporal. El rostro de Caulifla, usualmente contraído en una mueca de desafío, se veía suave bajo la luz de las lunas de Sadala.
— Mil años es mucho tiempo para esperar por algo que no sabía que buscaba —dijo Hit en voz baja.
Caulifla no respondió con una broma esta vez. Se acercó más, rompiendo la última barrera de aire entre ellos.
— Entonces deja de buscar y pon atención a lo que tienes delante.
Ella se inclinó y presionó sus labios contra la mejilla de Hit. Fue un gesto rápido, casi tímido, algo impropio de la reina de los bajos fondos de Sadala. Pero antes de que pudiera alejarse y ponerse a la defensiva, sintió la mano de Hit en su nuca. No era un agarre violento, sino firme y protector.
— Caulifla —pronunció su nombre como si fuera una palabra sagrada—, mi mundo es oscuro y está lleno de sombras. El tuyo es luz y ruido. No sé si estas dos cosas pueden coexistir sin destruirse.
— Entonces nos destruiremos juntos —respondió ella, desafiante—. Pero te aseguro que será el espectáculo más increíble que este universo haya visto jamás.
Hit cerró los ojos y, por primera vez, dejó de calcular. Dejó de analizar los puntos vitales, de predecir los movimientos del enemigo y de preocuparse por el flujo del tiempo. Simplemente se dejó llevar por el calor de la joven Saiyan.
Sin embargo, en las sombras de la montaña, una figura observaba. Cabba, el joven discípulo de Vegeta, permanecía oculto, con el corazón acelerado. Había ido a buscar a Caulifla para informarle sobre una misión de las Fuerzas de Defensa de Sadala, pero lo que había presenciado lo dejó sin aliento. No era solo la sorpresa de ver a su mentora con el asesino, sino el peso de lo que eso significaba.
Las leyes de Sadala eran estrictas, y la reputación de Hit era la de un criminal internacional, aunque hubiera ayudado a salvar el universo. Una relación así sería vista como una traición a la pureza de la raza Saiyan y un peligro para la seguridad del planeta.
Cabba se retiró en silencio, con la mente llena de dudas. Sabía que Caulifla no escucharía razones, y sabía que Hit era intocable. Pero el universo no era solo ellos dos.
Mientras tanto, en la cima del risco, ajenos a las conspiraciones y a los prejuicios que pronto caerían sobre ellos, el asesino y la guerrera permanecían juntos.
— Mañana —dijo Hit, recuperando su tono serio pero con un matiz de suavidad—, no tendré piedad en el entrenamiento.
— Eso espero —respondió Caulifla con una sonrisa de suficiencia mientras se recostaba contra su hombro—. Porque si me lo pones fácil, me aburriré de ti en menos de un siglo.
Hit miró hacia el horizonte infinito. Mil años habían pasado en un suspiro, pero el tiempo que tenía por delante con Caulifla se sentía, por primera vez, como algo que realmente valía la pena vivir, segundo a segundo.
— No dejaré que te aburras —prometió él—. El tiempo es lo único que me sobra.
La noche cayó finalmente sobre Sadala, envolviendo a la pareja improbable. Eran dos seres de mundos distintos, de eras diferentes, unidos por la batalla y algo que desafiaba la lógica de sus propias naturalezas. El asesino que no sentía y la guerrera que lo sentía todo demasiado fuerte habían encontrado un punto de equilibrio en el caos del universo. Y aunque el camino por delante estaría lleno de juicios, enemigos y la inevitable brecha de sus especies, en ese momento, el tiempo se había detenido solo para ellos.
