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smell in great lake city
Fandom: loud house,bob esponja
Created: 4/29/2026
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HumorCrack / Parody HumorSlice of LifeParodySatireBody HorrorCanon Setting
Algo Huele Mal en Great Lakes City
Era un domingo por la mañana en Great Lakes City, y Ronnie Anne Santiago se sentía más inspirada que nunca. Había decidido que ese día sería especial, así que se dirigió a la cocina con una misión: preparar el desayuno más experimental de su vida.
—¡Hoy va a ser un gran día! —exclamó Ronnie Anne, sacando una sartén—. Voy a crear algo... ¡legendario!
Frente a ella, los ingredientes esperaban. Cebollas crudas, una lata de sardinas en aceite y, para darle el toque final, un bloque de queso azul que había estado en el fondo del refrigerador durante semanas. Lo mezcló todo en una masa pegajosa y lo cocinó hasta que soltó un vapor verdoso y denso.
—¡Perfecto! —dijo, devorando el plato de un solo bocado.
Sin embargo, casi al instante, su estómago emitió un rugido que sacudió las ventanas del apartamento. Ronnie Anne no le dio importancia. Se puso su chaqueta, se colgó la mochila y salió a la calle, lista para saludar al mundo.
—¡Hola, mundo! —gritó mientras bajaba las escaleras del edificio.
Al llegar a la acera, vio a un grupo de personas esperando el autobús. Ronnie Anne, con una sonrisa de oreja a oreja, se acercó a ellos.
—¡Buenos días! ¿No es un día precioso? —preguntó con entusiasmo.
En ese momento, un espasmo recorrió sus entrañas. Un sonido sordo, similar al de una trompeta oxidada, escapó de ella. Una pequeña nube de gas color mostaza se disipó rápidamente, pero el efecto fue inmediato.
Los pasajeros del autobús se pusieron azules. Una anciana soltó su bastón y se desmayó. El resto de la gente, presa del pánico, salió corriendo en todas direcciones, cubriéndose la nariz con lo que tenían a mano.
—Vaya... —murmuró Ronnie Anne, rascándose la cabeza—. Deben de tener mucha prisa hoy.
Siguió caminando hacia el parque, donde vio a un mimo haciendo su rutina.
—¡Hola, señor Mimo! —saludó Ronnie Anne, acercándose demasiado.
Otro rugido estomacal. Otra ráfaga invisible pero letal. El mimo, que estaba atrapado en una caja imaginaria, de repente pareció asfixiarse de verdad. Sus ojos se pusieron en blanco y cayó al suelo, rompiendo su pose y gateando desesperadamente hacia una alcantarilla para respirar aire fresco.
—¿Será mi nuevo peinado? —se preguntó Ronnie Anne, mirándose en el reflejo de una vitrina—. No, me veo genial. Quizás es que intimido a la gente con mi estilo urbano.
Decidió ir a buscar a su mejor amiga. Si alguien podía ser honesta con ella, esa era Sid Chang. Encontró a Sid cerca del zoológico, mirando unos flamencos.
—¡Sid! ¡Amiga! —gritó Ronnie Anne mientras corría hacia ella.
—¡Ronnie Anne! —Sid se giró con una sonrisa, pero cuando su amiga llegó a su lado y soltó un suspiro de alivio que vino acompañado de un "regalito" sonoro, la expresión de Sid cambió drásticamente.
Sid no se fue. Sus ojos lagrimearon y su nariz se arrugó tanto que casi desapareció, pero se mantuvo firme.
—¿Hola? —dijo Ronnie Anne, notando que Sid estaba extrañamente callada—. ¿Pasa algo? Todo el mundo huye de mí hoy. ¿Es por mi ropa? ¿O porque no me puse calcetines iguales?
Sid respiró hondo, un error que casi la hace perder el conocimiento.
—Ronnie Anne... —dijo Sid con la voz gangosa, tapándose la nariz con los dedos—. No es tu ropa. Es... es... ¡es que eres fea!
Ronnie Anne retrocedió, horrorizada, llevándose las manos a las mejillas.
—¿Fea? —susurró con la voz quebrada—. ¿Soy... fea?
—¡Espantosamente fea! —exclamó Sid, tratando de abanicarse el aire—. Tan fea que la gente se desmaya de la impresión. ¡Mira a esos flamencos!
Ronnie Anne miró hacia el estanque. Los flamencos habían escondido la cabeza bajo el agua y algunos estaban flotando panza arriba.
—¡Oh, no! —sollozó Ronnie Anne—. ¡Soy un monstruo! ¡Soy un ataque visual para la sociedad!
Ronnie Anne salió corriendo hacia su casa, llorando dramáticamente. Se encerró en su habitación, cubriendo todos los espejos con sábanas.
—¡Soy fea, soy fea, soy fea! —gritaba mientras se lanzaba a su cama.
De repente, la puerta se abrió. Era Sid, que traía una pinza de ropa en la nariz.
—Ronnie Anne, no puedes esconderte para siempre —dijo Sid, cuya voz sonaba aún más graciosa por la pinza—. Tienes que aceptar tu fealdad. Mírame a mí. Yo no soy fea, pero si lo fuera, lo llevaría con orgullo.
—No lo entiendes, Sid —lloriqueó Ronnie Anne desde debajo de las cobijas—. Tú eres hermosa. Yo soy... un desastre natural.
—Escucha —dijo Sid, sentándose a su lado—. Solo tienes que decir las palabras mágicas. Di: "Soy fea y estoy orgullosa".
Ronnie Anne asomó un ojo por debajo de la manta.
—¿Crees que funcione?
—¡Claro! Dilas.
—Soy fea y estoy orgullosa —susurró Ronnie Anne.
—¡Más fuerte!
—¡Soy fea y estoy orgullosa! —gritó Ronnie Anne, poniéndose de pie.
—¡Más fuerte, que se entere todo el edificio!
Ronnie Anne corrió hacia la ventana, la abrió de par en par y gritó a todo pulmón:
—¡SOY FEA Y ESTOY ORGULLOSA! ¡SOY FEA Y ESTOY ORGULLOSA!
Abajo, en la calle, el abuelo Héctor, que estaba barriendo la entrada de la bodega, levantó la vista.
—¿Y a esta qué le pasa ahora? —se preguntó, justo antes de que una ráfaga de viento llevara el aroma de la habitación de Ronnie Anne hacia él. Héctor soltó la escoba y entró corriendo a la tienda gritando por su vida.
—¿Ves? —dijo Sid—. Se siente bien, ¿verdad?
—¡Tienes razón, Sid! —Ronnie Anne se sentía renovada—. ¡Vamos a la Casagrandes Mercado, tengo hambre de nuevo!
Ambas bajaron a la tienda. Ronnie Anne caminaba con la cabeza en alto, sin importarle que la gente saltara por las ventanas o se escondiera detrás de los estantes cuando ella pasaba.
—¡Hola, familia! —saludó Ronnie Anne a sus tíos y primos, que estaban cerca de la caja registradora.
—¡Ay, Dios mío! —gritó el tío Carlos, dejando caer sus libros—. ¡Es un ataque químico!
—¡Corran por sus vidas! —exclamó Carlitos, siendo el primero en desaparecer hacia el sótano.
Ronnie Anne y Sid se quedaron solas en el pasillo de los refrigeradores.
—No me importa que huyan —dijo Ronnie Anne, tomando una bolsa de papas—. Mi fealdad es mi superpoder.
—Esa es la actitud —dijo Sid, pero de repente, su propio estómago emitió un sonido de baja frecuencia—. Oye, Ronnie Anne, creo que yo también me estoy volviendo "fea".
Sid soltó un gas tan potente que las alarmas de humo del mercado empezaron a sonar. El olor era una mezcla de huevos podridos y calcetines de gimnasia olvidados en un casillero durante un verano entero.
—¡Oh, Sid! —Ronnie Anne se tapó la nariz, pero luego recordó sus palabras—. ¡Bienvenida al club de las feas!
Sid se miró las manos, horrorizada.
—¡No! ¡Soy un monstruo! ¡Mírame, Ronnie Anne! ¡Mírame!
—Cálmate, Sid. Solo tienes que aceptarlo.
—¡No puedo! —Sid empezó a correr en círculos por el pasillo—. ¡Soy demasiado joven para ser tan fea! ¡Ayuda! ¡Ayuda!
Ronnie Anne la atrapó por los hombros y la sacudió.
—¡Reacciona! ¡Eres fea y estás orgullosa!
Sid se detuvo, respirando agitadamente.
—¿De verdad? ¿Crees que pueda superarlo?
—Claro que sí. Espera... —Ronnie Anne se detuvo y olfateó el aire—. Sid... ese olor... no es fealdad.
—¿No? —preguntó Sid, esperanzada.
—No. Huele exactamente como... —Ronnie Anne tomó el envase de helado de cebolla y sardina que Sid había estado comiendo antes de encontrarse—. ¡Huele a esto!
Ronnie Anne se olió su propio aliento en la palma de su mano. Por primera vez en el día, sintió el verdadero impacto de su creación culinaria. Sus propios ojos se pusieron rojos y casi se desmaya.
—¡Sid! ¡No somos feas! —exclamó Ronnie Anne con una mezcla de alivio y vergüenza—. ¡Solo tenemos un aliento y unos pedos horribles!
Sid parpadeó, procesando la información. Se olió la axila, luego sopló en su mano y olió.
—¡Es verdad! —gritó Sid, saltando de alegría—. ¡Solo apestamos! ¡No somos feas, solo somos tóxicas!
—¡Qué alivio! —dijo Ronnie Anne, riendo—. Por un momento pensé que realmente mi cara había cambiado.
—Sí, qué susto —coincidió Sid—. Oye, ¿quieres terminarte ese helado de cebolla?
—Claro, pero mejor vamos a la azotea —dijo Ronnie Anne—. No creo que la estructura del edificio soporte otro "concierto" aquí abajo.
Ambas amigas subieron a la azotea, riendo y dejando tras de sí un rastro de aire distorsionado que hacía que los pájaros cayeran del cielo. En Great Lakes City, la gente aprendió una lección importante ese día: nunca confundas un mal domingo con un problema de estética, especialmente si Ronnie Anne Santiago ha estado cocinando.
—¡Oye, Ronnie Anne! —dijo Sid entre risas, mientras el eco de otro gas resonaba en los edificios vecinos.
—¿Qué pasa, Sid?
—Creo que acabamos de inventar un nuevo tipo de contaminación ambiental.
—¡Y estamos orgullosas! —respondieron ambas al unísono, mientras la ciudad, a sus pies, se cubría de una neblina verde muy sospechosa.
—¡Hoy va a ser un gran día! —exclamó Ronnie Anne, sacando una sartén—. Voy a crear algo... ¡legendario!
Frente a ella, los ingredientes esperaban. Cebollas crudas, una lata de sardinas en aceite y, para darle el toque final, un bloque de queso azul que había estado en el fondo del refrigerador durante semanas. Lo mezcló todo en una masa pegajosa y lo cocinó hasta que soltó un vapor verdoso y denso.
—¡Perfecto! —dijo, devorando el plato de un solo bocado.
Sin embargo, casi al instante, su estómago emitió un rugido que sacudió las ventanas del apartamento. Ronnie Anne no le dio importancia. Se puso su chaqueta, se colgó la mochila y salió a la calle, lista para saludar al mundo.
—¡Hola, mundo! —gritó mientras bajaba las escaleras del edificio.
Al llegar a la acera, vio a un grupo de personas esperando el autobús. Ronnie Anne, con una sonrisa de oreja a oreja, se acercó a ellos.
—¡Buenos días! ¿No es un día precioso? —preguntó con entusiasmo.
En ese momento, un espasmo recorrió sus entrañas. Un sonido sordo, similar al de una trompeta oxidada, escapó de ella. Una pequeña nube de gas color mostaza se disipó rápidamente, pero el efecto fue inmediato.
Los pasajeros del autobús se pusieron azules. Una anciana soltó su bastón y se desmayó. El resto de la gente, presa del pánico, salió corriendo en todas direcciones, cubriéndose la nariz con lo que tenían a mano.
—Vaya... —murmuró Ronnie Anne, rascándose la cabeza—. Deben de tener mucha prisa hoy.
Siguió caminando hacia el parque, donde vio a un mimo haciendo su rutina.
—¡Hola, señor Mimo! —saludó Ronnie Anne, acercándose demasiado.
Otro rugido estomacal. Otra ráfaga invisible pero letal. El mimo, que estaba atrapado en una caja imaginaria, de repente pareció asfixiarse de verdad. Sus ojos se pusieron en blanco y cayó al suelo, rompiendo su pose y gateando desesperadamente hacia una alcantarilla para respirar aire fresco.
—¿Será mi nuevo peinado? —se preguntó Ronnie Anne, mirándose en el reflejo de una vitrina—. No, me veo genial. Quizás es que intimido a la gente con mi estilo urbano.
Decidió ir a buscar a su mejor amiga. Si alguien podía ser honesta con ella, esa era Sid Chang. Encontró a Sid cerca del zoológico, mirando unos flamencos.
—¡Sid! ¡Amiga! —gritó Ronnie Anne mientras corría hacia ella.
—¡Ronnie Anne! —Sid se giró con una sonrisa, pero cuando su amiga llegó a su lado y soltó un suspiro de alivio que vino acompañado de un "regalito" sonoro, la expresión de Sid cambió drásticamente.
Sid no se fue. Sus ojos lagrimearon y su nariz se arrugó tanto que casi desapareció, pero se mantuvo firme.
—¿Hola? —dijo Ronnie Anne, notando que Sid estaba extrañamente callada—. ¿Pasa algo? Todo el mundo huye de mí hoy. ¿Es por mi ropa? ¿O porque no me puse calcetines iguales?
Sid respiró hondo, un error que casi la hace perder el conocimiento.
—Ronnie Anne... —dijo Sid con la voz gangosa, tapándose la nariz con los dedos—. No es tu ropa. Es... es... ¡es que eres fea!
Ronnie Anne retrocedió, horrorizada, llevándose las manos a las mejillas.
—¿Fea? —susurró con la voz quebrada—. ¿Soy... fea?
—¡Espantosamente fea! —exclamó Sid, tratando de abanicarse el aire—. Tan fea que la gente se desmaya de la impresión. ¡Mira a esos flamencos!
Ronnie Anne miró hacia el estanque. Los flamencos habían escondido la cabeza bajo el agua y algunos estaban flotando panza arriba.
—¡Oh, no! —sollozó Ronnie Anne—. ¡Soy un monstruo! ¡Soy un ataque visual para la sociedad!
Ronnie Anne salió corriendo hacia su casa, llorando dramáticamente. Se encerró en su habitación, cubriendo todos los espejos con sábanas.
—¡Soy fea, soy fea, soy fea! —gritaba mientras se lanzaba a su cama.
De repente, la puerta se abrió. Era Sid, que traía una pinza de ropa en la nariz.
—Ronnie Anne, no puedes esconderte para siempre —dijo Sid, cuya voz sonaba aún más graciosa por la pinza—. Tienes que aceptar tu fealdad. Mírame a mí. Yo no soy fea, pero si lo fuera, lo llevaría con orgullo.
—No lo entiendes, Sid —lloriqueó Ronnie Anne desde debajo de las cobijas—. Tú eres hermosa. Yo soy... un desastre natural.
—Escucha —dijo Sid, sentándose a su lado—. Solo tienes que decir las palabras mágicas. Di: "Soy fea y estoy orgullosa".
Ronnie Anne asomó un ojo por debajo de la manta.
—¿Crees que funcione?
—¡Claro! Dilas.
—Soy fea y estoy orgullosa —susurró Ronnie Anne.
—¡Más fuerte!
—¡Soy fea y estoy orgullosa! —gritó Ronnie Anne, poniéndose de pie.
—¡Más fuerte, que se entere todo el edificio!
Ronnie Anne corrió hacia la ventana, la abrió de par en par y gritó a todo pulmón:
—¡SOY FEA Y ESTOY ORGULLOSA! ¡SOY FEA Y ESTOY ORGULLOSA!
Abajo, en la calle, el abuelo Héctor, que estaba barriendo la entrada de la bodega, levantó la vista.
—¿Y a esta qué le pasa ahora? —se preguntó, justo antes de que una ráfaga de viento llevara el aroma de la habitación de Ronnie Anne hacia él. Héctor soltó la escoba y entró corriendo a la tienda gritando por su vida.
—¿Ves? —dijo Sid—. Se siente bien, ¿verdad?
—¡Tienes razón, Sid! —Ronnie Anne se sentía renovada—. ¡Vamos a la Casagrandes Mercado, tengo hambre de nuevo!
Ambas bajaron a la tienda. Ronnie Anne caminaba con la cabeza en alto, sin importarle que la gente saltara por las ventanas o se escondiera detrás de los estantes cuando ella pasaba.
—¡Hola, familia! —saludó Ronnie Anne a sus tíos y primos, que estaban cerca de la caja registradora.
—¡Ay, Dios mío! —gritó el tío Carlos, dejando caer sus libros—. ¡Es un ataque químico!
—¡Corran por sus vidas! —exclamó Carlitos, siendo el primero en desaparecer hacia el sótano.
Ronnie Anne y Sid se quedaron solas en el pasillo de los refrigeradores.
—No me importa que huyan —dijo Ronnie Anne, tomando una bolsa de papas—. Mi fealdad es mi superpoder.
—Esa es la actitud —dijo Sid, pero de repente, su propio estómago emitió un sonido de baja frecuencia—. Oye, Ronnie Anne, creo que yo también me estoy volviendo "fea".
Sid soltó un gas tan potente que las alarmas de humo del mercado empezaron a sonar. El olor era una mezcla de huevos podridos y calcetines de gimnasia olvidados en un casillero durante un verano entero.
—¡Oh, Sid! —Ronnie Anne se tapó la nariz, pero luego recordó sus palabras—. ¡Bienvenida al club de las feas!
Sid se miró las manos, horrorizada.
—¡No! ¡Soy un monstruo! ¡Mírame, Ronnie Anne! ¡Mírame!
—Cálmate, Sid. Solo tienes que aceptarlo.
—¡No puedo! —Sid empezó a correr en círculos por el pasillo—. ¡Soy demasiado joven para ser tan fea! ¡Ayuda! ¡Ayuda!
Ronnie Anne la atrapó por los hombros y la sacudió.
—¡Reacciona! ¡Eres fea y estás orgullosa!
Sid se detuvo, respirando agitadamente.
—¿De verdad? ¿Crees que pueda superarlo?
—Claro que sí. Espera... —Ronnie Anne se detuvo y olfateó el aire—. Sid... ese olor... no es fealdad.
—¿No? —preguntó Sid, esperanzada.
—No. Huele exactamente como... —Ronnie Anne tomó el envase de helado de cebolla y sardina que Sid había estado comiendo antes de encontrarse—. ¡Huele a esto!
Ronnie Anne se olió su propio aliento en la palma de su mano. Por primera vez en el día, sintió el verdadero impacto de su creación culinaria. Sus propios ojos se pusieron rojos y casi se desmaya.
—¡Sid! ¡No somos feas! —exclamó Ronnie Anne con una mezcla de alivio y vergüenza—. ¡Solo tenemos un aliento y unos pedos horribles!
Sid parpadeó, procesando la información. Se olió la axila, luego sopló en su mano y olió.
—¡Es verdad! —gritó Sid, saltando de alegría—. ¡Solo apestamos! ¡No somos feas, solo somos tóxicas!
—¡Qué alivio! —dijo Ronnie Anne, riendo—. Por un momento pensé que realmente mi cara había cambiado.
—Sí, qué susto —coincidió Sid—. Oye, ¿quieres terminarte ese helado de cebolla?
—Claro, pero mejor vamos a la azotea —dijo Ronnie Anne—. No creo que la estructura del edificio soporte otro "concierto" aquí abajo.
Ambas amigas subieron a la azotea, riendo y dejando tras de sí un rastro de aire distorsionado que hacía que los pájaros cayeran del cielo. En Great Lakes City, la gente aprendió una lección importante ese día: nunca confundas un mal domingo con un problema de estética, especialmente si Ronnie Anne Santiago ha estado cocinando.
—¡Oye, Ronnie Anne! —dijo Sid entre risas, mientras el eco de otro gas resonaba en los edificios vecinos.
—¿Qué pasa, Sid?
—Creo que acabamos de inventar un nuevo tipo de contaminación ambiental.
—¡Y estamos orgullosas! —respondieron ambas al unísono, mientras la ciudad, a sus pies, se cubría de una neblina verde muy sospechosa.
