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Luna
Fandom: Enhypen
Created: 4/30/2026
Tags
DarkAngstPsychologicalFantasyDramaHorrorCharacter StudyThrillerGothic NoirAU (Alternate Universe)RomanceCrimeHurt/ComfortTragedyHuman Experimentation
El Perfume de la Inocencia
La noche en Seúl nunca era realmente oscura, no cuando las luces de neón sangraban sobre el asfalto mojado. Pero para los siete miembros de Enhypen, la oscuridad no era una falta de luz, sino un estado del ser. En el corazón del distrito de Gangnam, tras las puertas reforzadas de un ático que funcionaba como centro de operaciones de la organización criminal más temida del país, el tiempo parecía detenerse.
Heeseung observaba la ciudad desde el ventanal, su reflejo devolviéndole una mirada gélida. Sus ojos, que a veces destellaban con un rojo imperceptible para el ojo humano, no mostraban rastro de fatiga. Los vampiros no necesitaban dormir, y los monstruos no conocían el remordimiento.
—El cargamento del puerto ha sido asegurado —informó Jay, entrando en la sala con la elegancia de un depredador. Se ajustó el puño de su camisa negra, manchada con una gota de sangre que no era suya—. Los que intentaron interceptarlo ya no son un problema.
—Como siempre —respondió Heeseung sin volverse—. ¿Y Sunghoon?
—Limpiando los rastros. Sabes que le gusta ser meticuloso.
Eran máquinas perfectas. Sin piedad, sin empatía, movidos únicamente por el poder y la sed. Habían vivido décadas, quizás siglos, forjando un imperio basado en el miedo. Para ellos, los humanos no eran más que ganado o piezas de ajedrez en un tablero aburrido.
Sin embargo, el destino tiene una forma curiosa de jugar con los inmortales.
Sucedió una noche de lluvia torrencial, tres semanas después. Jake y Sunoo regresaban de una "reunión de negocios" particularmente violenta. El coche blindado se detuvo en un semáforo en rojo en un callejón trasero, un atajo que rara vez tomaban.
Fue entonces cuando la vieron.
Una joven, apenas una silueta bajo un paraguas amarillo que desentonaba con el gris del mundo, intentaba ayudar a un perro callejero herido que se escondía bajo unos palets de madera.
—¿Qué hace esa humana ahí fuera a estas horas? —preguntó Sunoo, ladeando la cabeza con curiosidad infantil—. Huele... diferente.
Jake bajó la ventanilla apenas unos milímetros. El aire frío entró, y con él, un aroma que los golpeó como un impacto físico. No era solo el olor de la sangre, era algo más dulce, como flores después de la tormenta, mezclado con una calidez que ellos habían olvidado que existía.
—Parece una idiota —gruñó Jake, aunque sus ojos no se apartaban de ella—. Va a morir de hipotermia o algo peor si se queda ahí.
La joven, ajena a que dos de los asesinos más peligrosos del continente la observaban, logró sacar al animal. Se quitó su propia bufanda de lana y envolvió al perro con una ternura que resultaba casi insultante para seres que solo conocían la crueldad.
—¡Ya está, pequeño! —escucharon que decía con voz suave—. Estás a salvo ahora. No te dejaré solo.
En ese momento, ella resbaló en el pavimento mojado. Antes de que pudiera caer, la puerta del coche se abrió. No fue una decisión consciente; fue un instinto que ninguno de los dos pudo explicar.
Jake la sostuvo por el brazo con una fuerza que intentó suavizar en el último segundo. Ella levantó la vista, encontrándose con los ojos oscuros y profundos del vampiro.
—Oh, muchas gracias —dijo ella, recuperando el equilibrio. Su rostro estaba empapado, pero le dedicó una sonrisa tan genuina que Jake sintió un pinchazo extraño en su pecho inerte—. Ha sido muy amable de su parte.
—Deberías irte a casa —dijo Jake, su voz era un susurro peligroso—. Este no es lugar para alguien como tú.
—Lo sé, pero no podía dejarlo aquí —ella señaló al perro, que ahora descansaba en sus brazos—. Mi nombre es Hana. ¿Viven por aquí?
Sunoo bajó del coche, acercándose con una sonrisa que habría hecho temblar a cualquiera que conociera su verdadera naturaleza.
—Vivimos cerca —mintió Sunoo, extendiendo una mano para tocar la mejilla de la chica. Su piel estaba tan caliente comparada con la de ellos—. Tienes frío, Hana.
—Estoy bien, de verdad —respondió ella, aunque sus dientes castañeaban—. Gracias por la ayuda. Espero que tengan una buena noche.
Vieron cómo se alejaba, caminando con cuidado bajo su paraguas amarillo. No la mataron. No la drenaron. Simplemente se quedaron allí, bajo la lluvia, sintiendo que algo en su mundo perfectamente ordenado se había agrietado.
Durante los días siguientes, la obsesión comenzó a filtrarse en la mansión como un veneno lento. Lo que empezó como una curiosidad de Jake y Sunoo se extendió al resto del grupo. Investigar a Hana fue fácil. Era una estudiante de arte, trabajaba en una pequeña cafetería y vivía sola en un apartamento modesto. No tenía secretos oscuros, no tenía conexiones con la mafia. Era, sencillamente, buena.
—Es una pérdida de tiempo —sentenció Jungwon una noche, observando las fotografías que Ni-ki había tomado de ella sin que se diera cuenta—. Es una humana común.
—Entonces, ¿por qué no puedes dejar de mirar su foto, líder? —se burló Ni-ki, señalando la mano de Jungwon, que apretaba el borde de la mesa.
Jungwon no respondió. No podía admitir que el video de Hana alimentando a los pájaros en el parque lo había mantenido hipnotizado durante horas. Había algo en su amabilidad desinteresada que los irritaba y los atraía por igual. Era un concepto que no podían procesar.
Decidieron que debían "estudiarla" más de cerca. Uno a uno, los miembros de Enhypen comenzaron a frecuentar la cafetería donde ella trabajaba.
Una tarde, fue el turno de Sunghoon. Entró en el local, su presencia gélida haciendo que los demás clientes se sintieran incómodos instintivamente. Se sentó en la esquina más apartada, esperando que ella se acercara.
—¡Hola de nuevo! —dijo Hana al reconocerlo. Ella recordaba a todos los que habían estado con Jake aquella noche—. Eres el amigo de los chicos del coche, ¿verdad?
—Me llamo Sunghoon —dijo él, su tono seco y distante.
—Un placer, Sunghoon. ¿Qué puedo traerte? Hoy tenemos unos muffins de arándanos recién salidos del horno. Pareces alguien que necesita algo dulce para alegrar el día.
Sunghoon la miró intensamente. Si supiera quién era él, si supiera cuántas vidas habían terminado bajo sus manos, saldría corriendo gritando de terror. Pero ella solo le sonreía, esperando su pedido con una paciencia infinita.
—Solo un café negro —respondió él—. Y no necesito que me alegren el día.
—Todo el mundo lo necesita a veces —insistió ella con dulzura, dejando una pequeña galleta con forma de corazón junto a su taza cuando regresó—. Esta va por cuenta de la casa. Te ves muy cansado, espero que esto ayude.
Cuando Hana se alejó para atender a otro cliente, Sunghoon tomó la galleta entre sus dedos. Debería haberla aplastado. En su lugar, se encontró guardándola en el bolsillo de su abrigo como si fuera un tesoro prohibido.
La situación escaló rápidamente. La obsesión se convirtió en posesividad. Empezaron a seguirla por turnos, asegurándose de que nadie más se acercara a ella. Un hombre que intentó coquetear con ella de forma agresiva en un bar desapareció a la mañana siguiente sin dejar rastro. Un jefe que le gritó por llegar tarde encontró su negocio en la ruina en menos de veinticuatro horas.
Hana no sabía que tenía siete ángeles caídos protegiéndola desde las sombras, o más bien, siete demonios que estaban empezando a considerar que el mundo no era lo suficientemente seguro para ella.
Una noche, Heeseung decidió que ya era suficiente de observar desde lejos. Hana caminaba hacia su casa después de un turno doble. El callejón estaba oscuro, y el aire era pesado.
—Hana —llamó Heeseung, saliendo de las sombras.
Ella se sobresaltó, pero al ver su rostro, su expresión se relajó.
—¡Heeseung! Me asustaste. ¿Qué haces aquí a estas horas?
—Estaba preocupado —dijo él, acercándose hasta que solo unos centímetros los separaban. Podía escuchar el latido de su corazón, rápido y rítmico. Era una melodía que lo volvía loco—. No deberías caminar sola.
—Seúl es seguro, no te preocupes —dijo ella, poniendo una mano en su hombro.
Heeseung se tensó. El contacto físico era algo que él evitaba a toda costa, pero el calor de la mano de Hana atravesó su ropa, quemándolo de una manera que no le resultaba desagradable.
—No tienes ni idea de lo que hay en este mundo, Hana —susurró Heeseung, su voz cargada de una advertencia que ella no comprendió—. Hay monstruos que no puedes ver.
—Si los hay, estoy segura de que también tienen algo de bueno en ellos —respondió ella con esa fe ciega que los volvía locos—. Nadie es completamente malo, Heeseung. Solo necesitan a alguien que los cuide.
Heeseung sintió un impulso violento de reír y, al mismo tiempo, de proteger esa inocencia a cualquier precio. La tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Eres demasiado ingenua. Algún día, esa bondad te meterá en problemas de los que no podrás salir.
—¿Y tú me salvarás si eso pasa? —preguntó ella, desafiante pero dulce.
Heeseung no respondió con palabras. En su lugar, la guio hacia su edificio, observando cómo entraba de forma segura.
Cuando regresó al ático, los otros seis lo esperaban. La tensión en la sala era palpable. Ya no se trataba solo de curiosidad. Se habían vuelto adictos a ella, a su luz, a la forma en que los trataba como si fueran seres humanos normales y no los depredadores que realmente eran.
—No podemos dejar que siga así —dijo Jay, rompiendo el silencio—. Otros grupos de la mafia están empezando a notar que tenemos una debilidad. Si descubren quién es ella...
—Nadie la tocará —interrumpió Jungwon, su voz fría como el hielo—. Ella es nuestra.
—Ella no sabe lo que somos —recordó Ni-ki—. Si se entera, nos odiará. Nos tendrá miedo.
—Entonces no se lo diremos —dijo Sunoo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. La mantendremos cerca. La protegeremos de todo, incluso de ella misma.
—¿Y si ella no quiere estar con nosotros? —preguntó Jake.
Heeseung miró a sus hermanos. Todos compartían el mismo brillo de obsesión en sus ojos. No eran hombres buenos. No eran héroes. Eran vampiros que habían encontrado algo hermoso en medio de su existencia sangrienta y no estaban dispuestos a dejarlo ir.
—Ella no tiene elección —sentenció Heeseung—. Hana nos pertenece ahora. La traeremos aquí, donde estará segura. Donde nadie pueda verla más que nosotros.
—Se sentirá sola —comentó Sunghoon, recordando la galleta en su bolsillo.
—Le daremos todo lo que desee —dijo Jungwon—. Joyas, ropa, arte... todo el mundo a sus pies. Pero nunca saldrá de este lugar sin nosotros.
Esa noche, el plan fue trazado. No la secuestrarían de forma violenta; usarían su amabilidad contra ella. Crearían una situación donde ella no tuviera a dónde ir más que a ellos. Era cruel, era manipulador, pero era la única forma que conocían de amar.
Unos días después, el pequeño apartamento de Hana sufrió un "incendio accidental". Ella se quedó en la calle, bajo la lluvia, con nada más que su gato y una maleta pequeña. Antes de que pudiera llamar a alguien, un coche negro se detuvo frente a ella.
La puerta se abrió y Heeseung salió, ofreciéndole su mano.
—No tienes a dónde ir, Hana. Ven con nosotros. Estarás a salvo.
Hana miró a Heeseung, y luego a los otros seis que la observaban desde el interior del vehículo. Vio preocupación en sus rostros, una preocupación que ella creía genuina. No vio la red que se estaba cerrando a su alrededor. No vio que estaba entrando voluntariamente en la guarida de los lobos.
—Gracias —susurró ella, aceptando la mano de Heeseung—. No sé qué haría sin ustedes.
—Nunca tendrás que preocuparte por eso —dijo Heeseung, cerrando la puerta tras ella.
Mientras el coche se alejaba, los siete miembros de Enhypen sintieron una satisfacción oscura. Tenían su tesoro. Hana, con su corazón amable y su sonrisa de luz, ahora estaba atrapada en su mundo de sombras. Ellos no podían sentir amor de la forma en que los humanos lo hacían, pero lo que sentían por ella era mucho más fuerte y peligroso.
Era una obsesión eterna. Y Hana, en su infinita bondad, aún no sabía que acababa de entregar su libertad a los monstruos más despiadados de la ciudad. Pero para ellos, eso no importaba. Mientras ella estuviera allí, mientras pudieran oler su perfume y sentir su calor, el resto del mundo podía arder.
—Bienvenida a casa, Hana —susurró Sunoo al oído de la joven, mientras ella se acurrucaba contra el hombro de Jake, buscando consuelo.
Ella no vio la mirada que los siete intercambiaron sobre su cabeza. Una mirada que decía claramente que, a partir de ese momento, ella era su propiedad más preciada. Y que nunca, bajo ninguna circunstancia, la dejarían marchar.
Heeseung observaba la ciudad desde el ventanal, su reflejo devolviéndole una mirada gélida. Sus ojos, que a veces destellaban con un rojo imperceptible para el ojo humano, no mostraban rastro de fatiga. Los vampiros no necesitaban dormir, y los monstruos no conocían el remordimiento.
—El cargamento del puerto ha sido asegurado —informó Jay, entrando en la sala con la elegancia de un depredador. Se ajustó el puño de su camisa negra, manchada con una gota de sangre que no era suya—. Los que intentaron interceptarlo ya no son un problema.
—Como siempre —respondió Heeseung sin volverse—. ¿Y Sunghoon?
—Limpiando los rastros. Sabes que le gusta ser meticuloso.
Eran máquinas perfectas. Sin piedad, sin empatía, movidos únicamente por el poder y la sed. Habían vivido décadas, quizás siglos, forjando un imperio basado en el miedo. Para ellos, los humanos no eran más que ganado o piezas de ajedrez en un tablero aburrido.
Sin embargo, el destino tiene una forma curiosa de jugar con los inmortales.
Sucedió una noche de lluvia torrencial, tres semanas después. Jake y Sunoo regresaban de una "reunión de negocios" particularmente violenta. El coche blindado se detuvo en un semáforo en rojo en un callejón trasero, un atajo que rara vez tomaban.
Fue entonces cuando la vieron.
Una joven, apenas una silueta bajo un paraguas amarillo que desentonaba con el gris del mundo, intentaba ayudar a un perro callejero herido que se escondía bajo unos palets de madera.
—¿Qué hace esa humana ahí fuera a estas horas? —preguntó Sunoo, ladeando la cabeza con curiosidad infantil—. Huele... diferente.
Jake bajó la ventanilla apenas unos milímetros. El aire frío entró, y con él, un aroma que los golpeó como un impacto físico. No era solo el olor de la sangre, era algo más dulce, como flores después de la tormenta, mezclado con una calidez que ellos habían olvidado que existía.
—Parece una idiota —gruñó Jake, aunque sus ojos no se apartaban de ella—. Va a morir de hipotermia o algo peor si se queda ahí.
La joven, ajena a que dos de los asesinos más peligrosos del continente la observaban, logró sacar al animal. Se quitó su propia bufanda de lana y envolvió al perro con una ternura que resultaba casi insultante para seres que solo conocían la crueldad.
—¡Ya está, pequeño! —escucharon que decía con voz suave—. Estás a salvo ahora. No te dejaré solo.
En ese momento, ella resbaló en el pavimento mojado. Antes de que pudiera caer, la puerta del coche se abrió. No fue una decisión consciente; fue un instinto que ninguno de los dos pudo explicar.
Jake la sostuvo por el brazo con una fuerza que intentó suavizar en el último segundo. Ella levantó la vista, encontrándose con los ojos oscuros y profundos del vampiro.
—Oh, muchas gracias —dijo ella, recuperando el equilibrio. Su rostro estaba empapado, pero le dedicó una sonrisa tan genuina que Jake sintió un pinchazo extraño en su pecho inerte—. Ha sido muy amable de su parte.
—Deberías irte a casa —dijo Jake, su voz era un susurro peligroso—. Este no es lugar para alguien como tú.
—Lo sé, pero no podía dejarlo aquí —ella señaló al perro, que ahora descansaba en sus brazos—. Mi nombre es Hana. ¿Viven por aquí?
Sunoo bajó del coche, acercándose con una sonrisa que habría hecho temblar a cualquiera que conociera su verdadera naturaleza.
—Vivimos cerca —mintió Sunoo, extendiendo una mano para tocar la mejilla de la chica. Su piel estaba tan caliente comparada con la de ellos—. Tienes frío, Hana.
—Estoy bien, de verdad —respondió ella, aunque sus dientes castañeaban—. Gracias por la ayuda. Espero que tengan una buena noche.
Vieron cómo se alejaba, caminando con cuidado bajo su paraguas amarillo. No la mataron. No la drenaron. Simplemente se quedaron allí, bajo la lluvia, sintiendo que algo en su mundo perfectamente ordenado se había agrietado.
Durante los días siguientes, la obsesión comenzó a filtrarse en la mansión como un veneno lento. Lo que empezó como una curiosidad de Jake y Sunoo se extendió al resto del grupo. Investigar a Hana fue fácil. Era una estudiante de arte, trabajaba en una pequeña cafetería y vivía sola en un apartamento modesto. No tenía secretos oscuros, no tenía conexiones con la mafia. Era, sencillamente, buena.
—Es una pérdida de tiempo —sentenció Jungwon una noche, observando las fotografías que Ni-ki había tomado de ella sin que se diera cuenta—. Es una humana común.
—Entonces, ¿por qué no puedes dejar de mirar su foto, líder? —se burló Ni-ki, señalando la mano de Jungwon, que apretaba el borde de la mesa.
Jungwon no respondió. No podía admitir que el video de Hana alimentando a los pájaros en el parque lo había mantenido hipnotizado durante horas. Había algo en su amabilidad desinteresada que los irritaba y los atraía por igual. Era un concepto que no podían procesar.
Decidieron que debían "estudiarla" más de cerca. Uno a uno, los miembros de Enhypen comenzaron a frecuentar la cafetería donde ella trabajaba.
Una tarde, fue el turno de Sunghoon. Entró en el local, su presencia gélida haciendo que los demás clientes se sintieran incómodos instintivamente. Se sentó en la esquina más apartada, esperando que ella se acercara.
—¡Hola de nuevo! —dijo Hana al reconocerlo. Ella recordaba a todos los que habían estado con Jake aquella noche—. Eres el amigo de los chicos del coche, ¿verdad?
—Me llamo Sunghoon —dijo él, su tono seco y distante.
—Un placer, Sunghoon. ¿Qué puedo traerte? Hoy tenemos unos muffins de arándanos recién salidos del horno. Pareces alguien que necesita algo dulce para alegrar el día.
Sunghoon la miró intensamente. Si supiera quién era él, si supiera cuántas vidas habían terminado bajo sus manos, saldría corriendo gritando de terror. Pero ella solo le sonreía, esperando su pedido con una paciencia infinita.
—Solo un café negro —respondió él—. Y no necesito que me alegren el día.
—Todo el mundo lo necesita a veces —insistió ella con dulzura, dejando una pequeña galleta con forma de corazón junto a su taza cuando regresó—. Esta va por cuenta de la casa. Te ves muy cansado, espero que esto ayude.
Cuando Hana se alejó para atender a otro cliente, Sunghoon tomó la galleta entre sus dedos. Debería haberla aplastado. En su lugar, se encontró guardándola en el bolsillo de su abrigo como si fuera un tesoro prohibido.
La situación escaló rápidamente. La obsesión se convirtió en posesividad. Empezaron a seguirla por turnos, asegurándose de que nadie más se acercara a ella. Un hombre que intentó coquetear con ella de forma agresiva en un bar desapareció a la mañana siguiente sin dejar rastro. Un jefe que le gritó por llegar tarde encontró su negocio en la ruina en menos de veinticuatro horas.
Hana no sabía que tenía siete ángeles caídos protegiéndola desde las sombras, o más bien, siete demonios que estaban empezando a considerar que el mundo no era lo suficientemente seguro para ella.
Una noche, Heeseung decidió que ya era suficiente de observar desde lejos. Hana caminaba hacia su casa después de un turno doble. El callejón estaba oscuro, y el aire era pesado.
—Hana —llamó Heeseung, saliendo de las sombras.
Ella se sobresaltó, pero al ver su rostro, su expresión se relajó.
—¡Heeseung! Me asustaste. ¿Qué haces aquí a estas horas?
—Estaba preocupado —dijo él, acercándose hasta que solo unos centímetros los separaban. Podía escuchar el latido de su corazón, rápido y rítmico. Era una melodía que lo volvía loco—. No deberías caminar sola.
—Seúl es seguro, no te preocupes —dijo ella, poniendo una mano en su hombro.
Heeseung se tensó. El contacto físico era algo que él evitaba a toda costa, pero el calor de la mano de Hana atravesó su ropa, quemándolo de una manera que no le resultaba desagradable.
—No tienes ni idea de lo que hay en este mundo, Hana —susurró Heeseung, su voz cargada de una advertencia que ella no comprendió—. Hay monstruos que no puedes ver.
—Si los hay, estoy segura de que también tienen algo de bueno en ellos —respondió ella con esa fe ciega que los volvía locos—. Nadie es completamente malo, Heeseung. Solo necesitan a alguien que los cuide.
Heeseung sintió un impulso violento de reír y, al mismo tiempo, de proteger esa inocencia a cualquier precio. La tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Eres demasiado ingenua. Algún día, esa bondad te meterá en problemas de los que no podrás salir.
—¿Y tú me salvarás si eso pasa? —preguntó ella, desafiante pero dulce.
Heeseung no respondió con palabras. En su lugar, la guio hacia su edificio, observando cómo entraba de forma segura.
Cuando regresó al ático, los otros seis lo esperaban. La tensión en la sala era palpable. Ya no se trataba solo de curiosidad. Se habían vuelto adictos a ella, a su luz, a la forma en que los trataba como si fueran seres humanos normales y no los depredadores que realmente eran.
—No podemos dejar que siga así —dijo Jay, rompiendo el silencio—. Otros grupos de la mafia están empezando a notar que tenemos una debilidad. Si descubren quién es ella...
—Nadie la tocará —interrumpió Jungwon, su voz fría como el hielo—. Ella es nuestra.
—Ella no sabe lo que somos —recordó Ni-ki—. Si se entera, nos odiará. Nos tendrá miedo.
—Entonces no se lo diremos —dijo Sunoo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. La mantendremos cerca. La protegeremos de todo, incluso de ella misma.
—¿Y si ella no quiere estar con nosotros? —preguntó Jake.
Heeseung miró a sus hermanos. Todos compartían el mismo brillo de obsesión en sus ojos. No eran hombres buenos. No eran héroes. Eran vampiros que habían encontrado algo hermoso en medio de su existencia sangrienta y no estaban dispuestos a dejarlo ir.
—Ella no tiene elección —sentenció Heeseung—. Hana nos pertenece ahora. La traeremos aquí, donde estará segura. Donde nadie pueda verla más que nosotros.
—Se sentirá sola —comentó Sunghoon, recordando la galleta en su bolsillo.
—Le daremos todo lo que desee —dijo Jungwon—. Joyas, ropa, arte... todo el mundo a sus pies. Pero nunca saldrá de este lugar sin nosotros.
Esa noche, el plan fue trazado. No la secuestrarían de forma violenta; usarían su amabilidad contra ella. Crearían una situación donde ella no tuviera a dónde ir más que a ellos. Era cruel, era manipulador, pero era la única forma que conocían de amar.
Unos días después, el pequeño apartamento de Hana sufrió un "incendio accidental". Ella se quedó en la calle, bajo la lluvia, con nada más que su gato y una maleta pequeña. Antes de que pudiera llamar a alguien, un coche negro se detuvo frente a ella.
La puerta se abrió y Heeseung salió, ofreciéndole su mano.
—No tienes a dónde ir, Hana. Ven con nosotros. Estarás a salvo.
Hana miró a Heeseung, y luego a los otros seis que la observaban desde el interior del vehículo. Vio preocupación en sus rostros, una preocupación que ella creía genuina. No vio la red que se estaba cerrando a su alrededor. No vio que estaba entrando voluntariamente en la guarida de los lobos.
—Gracias —susurró ella, aceptando la mano de Heeseung—. No sé qué haría sin ustedes.
—Nunca tendrás que preocuparte por eso —dijo Heeseung, cerrando la puerta tras ella.
Mientras el coche se alejaba, los siete miembros de Enhypen sintieron una satisfacción oscura. Tenían su tesoro. Hana, con su corazón amable y su sonrisa de luz, ahora estaba atrapada en su mundo de sombras. Ellos no podían sentir amor de la forma en que los humanos lo hacían, pero lo que sentían por ella era mucho más fuerte y peligroso.
Era una obsesión eterna. Y Hana, en su infinita bondad, aún no sabía que acababa de entregar su libertad a los monstruos más despiadados de la ciudad. Pero para ellos, eso no importaba. Mientras ella estuviera allí, mientras pudieran oler su perfume y sentir su calor, el resto del mundo podía arder.
—Bienvenida a casa, Hana —susurró Sunoo al oído de la joven, mientras ella se acurrucaba contra el hombro de Jake, buscando consuelo.
Ella no vio la mirada que los siete intercambiaron sobre su cabeza. Una mirada que decía claramente que, a partir de ese momento, ella era su propiedad más preciada. Y que nunca, bajo ninguna circunstancia, la dejarían marchar.
