Fanfy
.studio
Loading...
Background image
← Back
0 likes

Tortuga astuta y zorro confundido

Fandom: 백작가의 망나니가 되었다 - 유려한 | Patán de la familia del Conde | Basura de la familia del conde.

Created: 4/30/2026

Tags

RomanceDramaAngstHurt/ComfortPsychologicalCurtainfic / Domestic StoryCharacter StudyCanon SettingExplicit Language
Contents

Entre las Sombras y el Terciopelo

La lluvia golpeaba con una monotonía metálica contra los ventanales del despacho del Conde. El ambiente dentro de la habitación estaba cargado con el aroma del papel viejo, el té de limón amargo y el persistente eco de un luto que se negaba a abandonar los rincones.

Deruth Henituse permanecía sentado frente a su escritorio, con la mirada perdida en un retrato en miniatura de Jour. Sus dedos, finos y pálidos, acariciaban el borde del marco. El dolor ya no era una herida abierta, sino una cicatriz que tiraba de su piel cada vez que el silencio se volvía demasiado denso.

Un suave clic anunció la entrada de alguien. No era necesario mirar para saber quién era. El paso era demasiado silencioso, demasiado preciso.

—Traigo su té de la tarde, mi señor —anunció Ron Molan con una voz que era como seda sobre acero.

El mayordomo dejó la bandeja sobre la mesa. Sus movimientos eran fluidos, una danza coreografiada por décadas de servicio y algo más que Deruth no terminaba de descifrar. Ron se detuvo un momento más de lo necesario, observando la curvatura de los hombros del Conde.

—¿Desea que encienda la chimenea? El frío no es bueno para su salud, especialmente ahora que los jóvenes maestros Cale y Rok Soo exigen tanto de su energía.

Deruth levantó la vista. Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, una señal de que el cansancio y la melancolía habían ganado la batalla esa tarde.

—Hazlo, Ron. Gracias.

Ron se arrodilló ante la chimenea. Mientras avivaba el fuego, sus ojos, agudos como los de un depredador, se desviaron hacia el reflejo del Conde en el cristal. Ver a Deruth así, con esa vulnerabilidad que solo mostraba en la intimidad de su despacho, provocaba algo extraño en el pecho del ex asesino.

No era lástima. Ron Molan no sentía lástima por los débiles. Era una fascinación oscura. Le gustaba ver cómo los ojos del Conde brillaban con el inicio de las lágrimas. Había una belleza trágica en su dolor, una pureza que Ron encontraba extrañamente adictiva. En su mente, una imagen intrusiva cruzó como un relámpago: el Conde llorando, pero no de tristeza, sino con el rostro encendido y la respiración entrecortada bajo el peso de un placer abrumador.

Ron sacudió la cabeza imperceptiblemente, desechando el pensamiento con la misma frialdad con la que limpiaba sus dagas.

—Los niños se han quedado dormidos —comentó Ron, poniéndose de pie—. El joven maestro Rok Soo es especialmente perspicaz; me preguntó si usted estaba llorando de nuevo.

Deruth dejó escapar una risa seca, casi un suspiro.

—Ese niño ve demasiado. Supongo que tengo suerte de tenerte aquí, Ron. No solo para cuidarlos a ellos, sino para soportarme a mí.

—Es mi deber, mi señor —respondió Ron, haciendo una reverencia perfecta.

—Sabes que no es solo deber —replicó Deruth, fijando su mirada en el mayordomo—. Sé quién eres, Ron. Sé lo que dejaste atrás. Podrías haberte ido a cualquier parte, pero elegiste quedarte en este rincón del reino.

Ron mantuvo la sonrisa benigna que siempre usaba como máscara.

—Este lugar es... tranquilo. Y usted es un hombre que sabe valorar la lealtad por encima de las preguntas incómodas.

Deruth asintió, pero no apartó la vista. Había algo en la forma en que Ron lo miraba, una intensidad que iba más allá del servicio. El Conde, a pesar de su apariencia de hombre tranquilo y algo distraído, poseía una astucia forjada en la política noble. Empezó a notar que Ron no solo lo cuidaba por contrato o por la promesa de seguridad para su hijo Beacrox.

Había una devoción casi obsesiva en la forma en que Ron preparaba su ropa, en cómo se aseguraba de que nadie interrumpiera sus momentos de descanso, y en la manera en que sus ojos se oscurecían cada vez que Deruth le dedicaba una sonrisa genuina.

"¿Podría ser?", pensó Deruth con una chispa de curiosidad que no sentía desde hacía años.

Los meses pasaron y la relación de soporte se volvió la columna vertebral del Condado Henituse. Deruth se apoyaba en Ron para los asuntos que requerían una mano invisible y letal, mientras que Ron encontraba en Deruth una ancla que lo mantenía unido a su humanidad restante.

Sin embargo, Deruth decidió que era hora de probar su teoría. Si Ron Molan, el gran asesino del continente oriental, sentía algo por él, sería un pecado no divertirse un poco con ello.

Una noche, mientras Ron le ayudaba a quitarse la pesada túnica oficial tras una cena con nobles locales, Deruth se movió con deliberada lentitud.

—Ron —llamó en voz baja.

—¿Sí, mi señor?

—Siento los hombros muy tensos. ¿Podrías... ayudarme?

Ron se tensó por una fracción de segundo, un movimiento casi imperceptible para cualquiera que no fuera un experto en lenguaje corporal.

—Por supuesto.

Las manos de Ron se posaron sobre los hombros de Deruth. Eran manos grandes, callosas por el uso de las armas, pero se movieron con una delicadeza asombrosa. Deruth dejó escapar un gemido bajo, cerrando los ojos.

—Ahí... justo ahí. Tienes unas manos maravillosas, Ron. A veces olvido lo fuertes que son.

El Conde inclinó la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea de su cuello. Pudo sentir cómo la respiración de Ron se volvía un poco más pesada.

—Es usted muy amable, mi señor —dijo Ron. Su voz sonaba un poco más ronca de lo habitual.

Deruth se giró de repente, quedando a escasos centímetros del rostro del mayordomo. Ron no retrocedió, pero sus pupilas se dilataron, delatando su estado de alerta.

—¿Sabes, Ron? A veces me pregunto qué pasa por tu cabeza cuando me miras así —susurró Deruth, dejando que una mano rozara "accidentalmente" el antebrazo del sirviente—. Pareces un cazador esperando que su presa cometa un error.

Ron mantuvo su sonrisa de anciano amable, aunque sus ojos ardían con una intensidad peligrosa.

—Un buen mayordomo siempre debe estar atento a las necesidades de su señor, incluso antes de que él mismo las conozca.

—¿Incluso si esas necesidades no son... convencionales? —preguntó Deruth con una sonrisa juguetona, dando un paso hacia el espacio personal de Ron.

Ron sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el miedo. El Conde lo estaba provocando. El hombre que él consideraba una criatura delicada a la que debía proteger y observar estaba mostrando colmillos.

—Especialmente entonces —respondió Ron, bajando la voz hasta que fue apenas un susurro compartido entre ellos.

Deruth se rió entre dientes y se apartó, rompiendo la tensión como si nada hubiera pasado.

—Eres un hombre fascinante, Ron Molan. Ve a descansar. Mañana será un día largo con los gemelos.

Ron hizo una reverencia, sus manos temblando ligeramente dentro de sus guantes blancos. Salió de la habitación con el corazón martilleando contra sus costillas. "Cariño", se dijo a sí mismo con una mueca interna. "¿Es esto lo que llaman enamorarse?". Era una sensación molesta, una debilidad que no debería permitirse, y sin embargo, la idea de ver a Deruth mirándolo con ese brillo de complicidad lo hacía sentir más vivo que cualquier asesinato que hubiera cometido en el pasado.

Por su parte, Deruth se quedó solo en la habitación, mirando la puerta cerrada. Su plan original era simplemente divertirse, poner nervioso al imperturbable mayordomo para sacarlo de su zona de confort. Pero mientras recordaba la calidez de las manos de Ron y la oscuridad hambrienta en su mirada, sintió un calor inusual en su propio pecho.

No era solo un juego.

—Vaya... —murmuró Deruth para sí mismo, tocándose los labios—. Esto podría ser más complicado de lo que pensé.

Días después, la dinámica había cambiado. Ya no era solo Ron quien buscaba la presencia del Conde; era Deruth quien encontraba excusas para llamar a su mayordomo.

—Ron, este nudo de la corbata no queda bien —decía Deruth, aunque lo había hecho perfectamente bien frente al espejo minutos antes.

Ron se acercaba, sus dedos rozando la garganta de Deruth mientras deshacía y volvía a hacer el nudo. El Conde aprovechaba para observar las pestañas de Ron, la firmeza de su mandíbula y ese aura de peligro contenido que siempre lo rodeaba.

—¿Está satisfecho ahora, mi señor? —preguntó Ron, sus ojos encontrándose con los de Deruth a una distancia peligrosamente corta.

—Casi —respondió Deruth. Se acercó un poco más, inhalando el aroma a té y afilado metal que siempre desprendía el mayordomo—. Pero creo que te falta algo.

—¿Ah, sí? ¿Y qué sería eso?

—Un poco de honestidad, Ron —dijo Deruth, su voz cargada de una intención que hizo que el vello de la nuca de Ron se erizara—. Ambos sabemos que esto ya no se trata solo de ser un buen sirviente y un buen señor.

Ron dejó caer las manos, pero no se alejó. Su máscara de amabilidad se resquebrajó, revelando al hombre que realmente era: un depredador, un superviviente, alguien que había visto lo peor del mundo y había decidido que lo único que valía la pena era lo que tenía frente a él.

—Usted es un hombre muy cruel, Conde Henituse —dijo Ron, y esta vez no había rastro de la fachada de anciano—. Le gusta jugar con fuego en una casa llena de papel.

Deruth sonrió, una expresión astuta y llena de una confianza que solo un hombre que sabe que tiene el control puede permitirse.

—Tal vez me gusta el riesgo. O tal vez confío en que mi mayordomo no dejará que me queme.

Ron sintió ese impulso intrusivo de nuevo. Quería ver a este hombre, tan seguro de sí mismo, romperse bajo su toque. Quería ver esas lágrimas de placer que tanto había imaginado, quería oír su nombre salir de sus labios en un ruego.

—No dejaré que se queme solo, mi señor —respondió Ron, dando un paso que eliminó cualquier distancia restante—. Si el fuego nos consume, nos consumirá a ambos.

Deruth sintió un escalofrío de anticipación. Sus propios sentimientos, antes enterrados bajo el peso del luto y la responsabilidad, estaban floreciendo con una intensidad que lo asustaba y lo excitaba a partes iguales. Ya no era solo por Jour, ya no era solo por sus hijos. Era por él mismo, y por el hombre oscuro y leal que lo sostenía en las sombras.

—Entonces —dijo Deruth, extendiendo una mano para acariciar la mejilla de Ron, quien se inclinó hacia el contacto casi inconscientemente—, supongo que deberíamos dejar de jugar y empezar a ser sinceros.

Ron tomó la mano de Deruth y depositó un beso en la palma, su mirada fija en los ojos del Conde con una promesa silenciosa y letal.

—Como usted desee, mi señor. Después de todo, siempre he sido suyo.

En ese momento, en la penumbra de la habitación, el contrato entre un señor y su sirviente se transformó en algo mucho más profundo, más oscuro y infinitamente más real. El Conde y su asesino habían encontrado un nuevo tipo de paz, una forjada en la provocación y el deseo, un refugio donde el dolor del pasado finalmente podía empezar a transformarse en algo nuevo.

Y mientras la lluvia seguía cayendo afuera, dentro de los muros del Condado Henituse, dos hombres que creían haberlo perdido todo descubrieron que todavía tenían mucho por lo que arriesgarse.
Contents

Want to write your own fanfic?

Sign up on Fanfy and create your own stories!

Create my fanfic