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Tortuga dorada y Zorro de acero
Fandom: 백작가의 망나니가 되었다 - 유려한 | Patán de la familia del Conde | Basura de la familia del conde.
Created: 5/1/2026
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DramaAngstPsychologicalDarkCharacter StudyJealousyGothic NoirRomanceCurtainfic / Domestic StoryHistorical
Entre el Aroma del Té y el Filo de una Daga
El condado de Henituse siempre había sido conocido por su mármol, sus vinos y su aparente tranquilidad. Sin embargo, para Deruth Henituse, el joven heredero de cabellos rojizos, la verdadera esencia de su hogar no residía en las piedras preciosas, sino en la sombra constante que caminaba un paso por detrás de él.
Hacía ya varios años que su padre, el actual Conde, lo había llamado a su estudio para presentarle a quien sería su sombra personal. Deruth recordaba aquel día con una nitidez casi dolorosa. Frente a él, un hombre de postura impecable y ojos que ocultaban un abismo de secretos se había inclinado con una gracia que no pertenecía a un sirviente común.
—Este es Ron —había dicho su padre con una voz cargada de una seriedad inusual—. A partir de hoy, su vida te pertenece, y tu seguridad es su única prioridad.
Ron Molan, un hombre cuya familia había sido dispersada por una amenaza que Deruth apenas alcanzaba a comprender, había aceptado el puesto con una sonrisa benigna que nunca llegaba a sus ojos. Para el mundo, Ron era el mayordomo perfecto; para Deruth, era un enigma fascinante y peligroso que lo mantenía despierto por las noches.
Los años pasaron, y el vínculo entre ambos se cimentó en silencios compartidos y tazas de té amargo. Deruth, a pesar de su juventud, demostró ser un administrador astuto, manejando los asuntos del territorio con una mano firme que sorprendía a los nobles veteranos. Pero en la privacidad de sus aposentos, bajo la mirada atenta de Ron, Deruth se sentía como un libro abierto.
Esa tarde, el sol se filtraba por los ventanales de la oficina de Deruth, bañando los mapas y documentos en un tono dorado. Ron entró sin hacer ruido, dejando una bandeja con té sobre el escritorio.
—El joven maestro parece estar distraído hoy —comentó Ron, su voz era como seda rozando el metal.
Deruth levantó la vista, dejando la pluma a un lado. Sus dedos jugaban inconscientemente con el borde de una carta sellada con el emblema de la familia Thames.
—Es Jour —admitió Deruth, sintiendo un leve calor subir por su cuello—. Creo que... creo que estoy enamorado de ella, Ron. Es tan vibrante, tan diferente a todo lo que conozco.
El movimiento de Ron al servir el té no vaciló ni un milímetro, pero el aire en la habitación pareció enfriarse súbitamente. El mayordomo dejó la tetera y observó a su señor con esa sonrisa que Deruth siempre encontraba difícil de descifrar.
—La señorita Jour es, sin duda, una mujer excepcional —dijo Ron, extendiendo la taza hacia Deruth—. Sin embargo, el amor es una emoción que a menudo nubla el juicio de un gobernante, ¿no cree?
—No estoy pidiendo un consejo político, Ron —replicó Deruth con un suspiro, aceptando el té—. Solo... es un sentimiento extraño. Me hace sentir vivo, pero a la vez me aterra.
Deruth no terminó la frase. No podía decirle a Ron que el terror no provenía de Jour, sino del hecho de que, mientras hablaba de ella, su corazón latía con la misma intensidad solo por la forma en que Ron ajustaba los puños de su camisa. Era una traición a sí mismo, un sentimiento prohibido y oscuro que lo vinculaba a su mayordomo de una manera que ningún contrato de servidumbre podría igualar.
Ron se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal del heredero. Sus manos, expertas en el arte de quitar la vida, se posaron con una suavidad engañosa sobre los hombros de Deruth.
—El joven maestro es joven —susurró Ron cerca de su oído—. La señorita Thames es como un fuego artificial: brillante, momentánea. Pero un Henituse necesita estabilidad, algo que permanezca incluso cuando las luces se apagan. ¿Realmente cree que ella podría entender las sombras que usted maneja?
Deruth se tensó bajo el toque. Podía oler el ligero aroma a limón que siempre acompañaba a Ron, mezclado con algo metálico y frío.
—Ella es buena persona, Ron. No todos tienen que entender las sombras para ser amados.
—Quizás —concedió el mayordomo, y Deruth pudo jurar que sintió un ligero apretón en sus hombros—. Pero el amor que nace de la admiración por la luz suele quemarse rápido. Usted necesita a alguien que no se asuste de lo que hay en la oscuridad. Alguien que ya esté allí, esperándolo.
Deruth tragó saliva. La astucia de Ron no solo se aplicaba a la protección física; era un maestro de la manipulación psicológica. Cada palabra estaba diseñada para sembrar la duda, para hacer que Jour pareciera un sueño infantil y lejano.
—¿Estás celoso, Ron? —preguntó Deruth, intentando que su voz sonara como una broma, aunque su pulso lo delataba.
Ron soltó sus hombros y retrocedió, recuperando su postura profesional, aunque sus ojos brillaron con una intensidad depredadora.
—Solo soy un humilde sirviente preocupado por el bienestar de su amo —respondió con una inclinación de cabeza—. Me dolería ver que el joven maestro entrega su corazón a alguien que solo conoce la superficie de su ser.
—Ella me hace feliz —insistió Deruth, aunque la afirmación sonó más como una pregunta.
—La felicidad es efímera, joven maestro. La lealtad, sin embargo, es eterna.
Ron caminó hacia la ventana, observando los jardines donde, en ocasiones, Deruth se paseaba con Jour.
—He observado a la señorita Thames —continuó Ron, sin darse la vuelta—. Es inquieta. Su linaje la llama a buscar lo desconocido. Usted, en cambio, es la roca de este territorio. Tarde o temprano, ella sentirá que este lugar es una jaula. ¿Desea usted ser el carcelero de una mujer que ama el viento, o prefiere a alguien que encuentre su propósito en ser su base?
Deruth bajó la mirada hacia su té. Ron siempre hacía eso: presentaba la realidad de una manera tan cruda que hacía que cualquier anhelo romántico pareciera una necedad. Pero lo que más asustaba a Deruth era que Ron tenía razón. Jour Thames era un espíritu libre, y él... él estaba encadenado a su tierra, a su deber y, sobre todo, a este hombre que lo observaba desde las sombras.
—A veces me asustas —confesó Deruth en un susurro.
Ron regresó a su lado y, con una audacia que sobrepasaba sus límites, levantó el mentón de Deruth con un dedo.
—No debería temerme a mí, joven maestro. Debería temer a los sentimientos que intenta disfrazar con el nombre de otra persona.
El silencio que siguió fue denso, cargado de verdades no dichas. Deruth sintió que su secreto estaba expuesto, que Ron sabía perfectamente que cada vez que Deruth mencionaba a Jour, lo hacía para convencerse a sí mismo de que no estaba irremediablemente perdido por el asesino que le servía el té cada mañana.
—¿Qué sugieres que haga entonces? —preguntó Deruth, su voz apenas un hilo.
—Sugiero que deje de mirar hacia afuera —respondió Ron, su rostro a escasos centímetros del de Deruth—. Todo lo que necesita, todo lo que realmente le pertenece, ya está aquí, dentro de estos muros. Bajo su mando.
Ron se alejó de repente, rompiendo la tensión como si nunca hubiera existido.
—Prepararé un baño para usted, joven maestro. Ha tenido un día largo pensando en... nimiedades.
Deruth lo vio salir de la habitación con una mezcla de alivio y desesperación. Sabía lo que Ron estaba haciendo. Lo estaba aislando, erosionando su interés por Jour con una precisión quirúrgica, recordándole sutilmente que nadie lo conocería jamás como él lo hacía.
Y lo peor de todo era que Deruth quería dejarse convencer. Quería ignorar el miedo que le producía la naturaleza violenta de Ron y entregarse a esa devoción posesiva que lo hacía sentir como el centro del universo de un hombre que no servía a nadie más.
Unas horas más tarde, Deruth se encontraba en la tina, el vapor empañando los espejos. Ron estaba detrás de él, lavando su cabello con movimientos lentos y metódicos. No hablaban, pero la atmósfera ya no era tensa; era pesada, casi íntima.
—Jour me pidió que la acompañara al festival de la cosecha la próxima semana —dijo Deruth, cerrando los ojos ante el contacto de las manos de Ron en su cuero cabelludo.
—Es una lástima —comentó Ron con suavidad—. Ese mismo día tenemos la revisión de las cuentas de las minas de mármol. Es una tarea tediosa, pero vital para el condado. Supongo que la señorita Thames entenderá que el deber de un heredero es lo primero.
Deruth soltó una risa amarga.
—Siempre tienes una excusa, ¿verdad?
—No son excusas, joven maestro. Son prioridades.
Ron vertió agua tibia sobre la cabeza de Deruth, obligándolo a inclinarla hacia atrás. Sus ojos se encontraron por un breve instante. En los de Ron, no había sumisión, sino una posesividad absoluta.
—Ella no se quedará, Deruth —dijo Ron, usando su nombre sin títulos por primera vez en años. El sonido causó un escalofrío en la columna del pelirrojo—. Ella se irá en busca de sus misterios. Yo, en cambio, estaré aquí cuando el sol se ponga y cuando vuelva a salir. Estaré aquí incluso si este mundo se cae a pedazos.
Deruth extendió una mano temblorosa y agarró la muñeca de Ron. Podía sentir el pulso firme del hombre, la fuerza contenida en esos tendones.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Deruth—. ¿Por qué te esfuerzas tanto en alejarme de ella?
Ron se inclinó, su aliento rozando la oreja de Deruth.
—Porque usted es mío, joven maestro. Mi familia fue destruida, mi hogar se perdió. No permitiré que una mujer con sueños de grandeza me arrebate lo único que he decidido proteger... y conservar.
Deruth cerró los ojos con fuerza. El miedo estaba ahí, sí, pero también una satisfacción oscura que lo avergonzaba. Amaba a Jour por su luz, por la esperanza que representaba. Pero deseaba a Ron por la oscuridad, por la seguridad de ser el único objeto de la obsesión de un monstruo.
—Eres un hombre terrible, Ron Molan —susurró Deruth, soltando su muñeca.
—Lo soy —coincidió Ron con una sonrisa genuina, una que mostraba sus dientes—. Y usted es el único que lo sabe y aún así me permite tocarlo. Eso nos hace tal para cual, ¿no cree?
Deruth no respondió. Se limitó a hundirse más en el agua caliente, dejando que el aroma a limón y la presencia asfixiante de su mayordomo lo envolvieran por completo. Sabía que, al día siguiente, enviaría una nota a Jour cancelando su cita. Sabía que Ron ganaría, como siempre lo hacía.
Porque al final del día, Deruth Henituse era un hombre astuto, y sabía que era mucho más seguro estar del lado del asesino que le ofrecía una lealtad sangrienta, que del lado de una mujer que solo le ofrecía un corazón que él no sabía cómo cuidar sin mancharlo de sombras.
Ron continuó lavando el cabello de su señor, sus movimientos ahora casi cariñosos. En el silencio de la estancia, el mayordomo se permitió disfrutar de su pequeña victoria. Jour Thames era solo un obstáculo temporal; él era la constante. Y mientras Deruth siguiera temiendo y deseando su toque a partes iguales, Ron se aseguraría de que nadie más tuviera un lugar en el corazón del futuro Conde Henituse.
—Buen chico —murmuró Ron para sí mismo, viendo cómo Deruth se relajaba bajo su cuidado—. Muy buen chico.
Hacía ya varios años que su padre, el actual Conde, lo había llamado a su estudio para presentarle a quien sería su sombra personal. Deruth recordaba aquel día con una nitidez casi dolorosa. Frente a él, un hombre de postura impecable y ojos que ocultaban un abismo de secretos se había inclinado con una gracia que no pertenecía a un sirviente común.
—Este es Ron —había dicho su padre con una voz cargada de una seriedad inusual—. A partir de hoy, su vida te pertenece, y tu seguridad es su única prioridad.
Ron Molan, un hombre cuya familia había sido dispersada por una amenaza que Deruth apenas alcanzaba a comprender, había aceptado el puesto con una sonrisa benigna que nunca llegaba a sus ojos. Para el mundo, Ron era el mayordomo perfecto; para Deruth, era un enigma fascinante y peligroso que lo mantenía despierto por las noches.
Los años pasaron, y el vínculo entre ambos se cimentó en silencios compartidos y tazas de té amargo. Deruth, a pesar de su juventud, demostró ser un administrador astuto, manejando los asuntos del territorio con una mano firme que sorprendía a los nobles veteranos. Pero en la privacidad de sus aposentos, bajo la mirada atenta de Ron, Deruth se sentía como un libro abierto.
Esa tarde, el sol se filtraba por los ventanales de la oficina de Deruth, bañando los mapas y documentos en un tono dorado. Ron entró sin hacer ruido, dejando una bandeja con té sobre el escritorio.
—El joven maestro parece estar distraído hoy —comentó Ron, su voz era como seda rozando el metal.
Deruth levantó la vista, dejando la pluma a un lado. Sus dedos jugaban inconscientemente con el borde de una carta sellada con el emblema de la familia Thames.
—Es Jour —admitió Deruth, sintiendo un leve calor subir por su cuello—. Creo que... creo que estoy enamorado de ella, Ron. Es tan vibrante, tan diferente a todo lo que conozco.
El movimiento de Ron al servir el té no vaciló ni un milímetro, pero el aire en la habitación pareció enfriarse súbitamente. El mayordomo dejó la tetera y observó a su señor con esa sonrisa que Deruth siempre encontraba difícil de descifrar.
—La señorita Jour es, sin duda, una mujer excepcional —dijo Ron, extendiendo la taza hacia Deruth—. Sin embargo, el amor es una emoción que a menudo nubla el juicio de un gobernante, ¿no cree?
—No estoy pidiendo un consejo político, Ron —replicó Deruth con un suspiro, aceptando el té—. Solo... es un sentimiento extraño. Me hace sentir vivo, pero a la vez me aterra.
Deruth no terminó la frase. No podía decirle a Ron que el terror no provenía de Jour, sino del hecho de que, mientras hablaba de ella, su corazón latía con la misma intensidad solo por la forma en que Ron ajustaba los puños de su camisa. Era una traición a sí mismo, un sentimiento prohibido y oscuro que lo vinculaba a su mayordomo de una manera que ningún contrato de servidumbre podría igualar.
Ron se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal del heredero. Sus manos, expertas en el arte de quitar la vida, se posaron con una suavidad engañosa sobre los hombros de Deruth.
—El joven maestro es joven —susurró Ron cerca de su oído—. La señorita Thames es como un fuego artificial: brillante, momentánea. Pero un Henituse necesita estabilidad, algo que permanezca incluso cuando las luces se apagan. ¿Realmente cree que ella podría entender las sombras que usted maneja?
Deruth se tensó bajo el toque. Podía oler el ligero aroma a limón que siempre acompañaba a Ron, mezclado con algo metálico y frío.
—Ella es buena persona, Ron. No todos tienen que entender las sombras para ser amados.
—Quizás —concedió el mayordomo, y Deruth pudo jurar que sintió un ligero apretón en sus hombros—. Pero el amor que nace de la admiración por la luz suele quemarse rápido. Usted necesita a alguien que no se asuste de lo que hay en la oscuridad. Alguien que ya esté allí, esperándolo.
Deruth tragó saliva. La astucia de Ron no solo se aplicaba a la protección física; era un maestro de la manipulación psicológica. Cada palabra estaba diseñada para sembrar la duda, para hacer que Jour pareciera un sueño infantil y lejano.
—¿Estás celoso, Ron? —preguntó Deruth, intentando que su voz sonara como una broma, aunque su pulso lo delataba.
Ron soltó sus hombros y retrocedió, recuperando su postura profesional, aunque sus ojos brillaron con una intensidad depredadora.
—Solo soy un humilde sirviente preocupado por el bienestar de su amo —respondió con una inclinación de cabeza—. Me dolería ver que el joven maestro entrega su corazón a alguien que solo conoce la superficie de su ser.
—Ella me hace feliz —insistió Deruth, aunque la afirmación sonó más como una pregunta.
—La felicidad es efímera, joven maestro. La lealtad, sin embargo, es eterna.
Ron caminó hacia la ventana, observando los jardines donde, en ocasiones, Deruth se paseaba con Jour.
—He observado a la señorita Thames —continuó Ron, sin darse la vuelta—. Es inquieta. Su linaje la llama a buscar lo desconocido. Usted, en cambio, es la roca de este territorio. Tarde o temprano, ella sentirá que este lugar es una jaula. ¿Desea usted ser el carcelero de una mujer que ama el viento, o prefiere a alguien que encuentre su propósito en ser su base?
Deruth bajó la mirada hacia su té. Ron siempre hacía eso: presentaba la realidad de una manera tan cruda que hacía que cualquier anhelo romántico pareciera una necedad. Pero lo que más asustaba a Deruth era que Ron tenía razón. Jour Thames era un espíritu libre, y él... él estaba encadenado a su tierra, a su deber y, sobre todo, a este hombre que lo observaba desde las sombras.
—A veces me asustas —confesó Deruth en un susurro.
Ron regresó a su lado y, con una audacia que sobrepasaba sus límites, levantó el mentón de Deruth con un dedo.
—No debería temerme a mí, joven maestro. Debería temer a los sentimientos que intenta disfrazar con el nombre de otra persona.
El silencio que siguió fue denso, cargado de verdades no dichas. Deruth sintió que su secreto estaba expuesto, que Ron sabía perfectamente que cada vez que Deruth mencionaba a Jour, lo hacía para convencerse a sí mismo de que no estaba irremediablemente perdido por el asesino que le servía el té cada mañana.
—¿Qué sugieres que haga entonces? —preguntó Deruth, su voz apenas un hilo.
—Sugiero que deje de mirar hacia afuera —respondió Ron, su rostro a escasos centímetros del de Deruth—. Todo lo que necesita, todo lo que realmente le pertenece, ya está aquí, dentro de estos muros. Bajo su mando.
Ron se alejó de repente, rompiendo la tensión como si nunca hubiera existido.
—Prepararé un baño para usted, joven maestro. Ha tenido un día largo pensando en... nimiedades.
Deruth lo vio salir de la habitación con una mezcla de alivio y desesperación. Sabía lo que Ron estaba haciendo. Lo estaba aislando, erosionando su interés por Jour con una precisión quirúrgica, recordándole sutilmente que nadie lo conocería jamás como él lo hacía.
Y lo peor de todo era que Deruth quería dejarse convencer. Quería ignorar el miedo que le producía la naturaleza violenta de Ron y entregarse a esa devoción posesiva que lo hacía sentir como el centro del universo de un hombre que no servía a nadie más.
Unas horas más tarde, Deruth se encontraba en la tina, el vapor empañando los espejos. Ron estaba detrás de él, lavando su cabello con movimientos lentos y metódicos. No hablaban, pero la atmósfera ya no era tensa; era pesada, casi íntima.
—Jour me pidió que la acompañara al festival de la cosecha la próxima semana —dijo Deruth, cerrando los ojos ante el contacto de las manos de Ron en su cuero cabelludo.
—Es una lástima —comentó Ron con suavidad—. Ese mismo día tenemos la revisión de las cuentas de las minas de mármol. Es una tarea tediosa, pero vital para el condado. Supongo que la señorita Thames entenderá que el deber de un heredero es lo primero.
Deruth soltó una risa amarga.
—Siempre tienes una excusa, ¿verdad?
—No son excusas, joven maestro. Son prioridades.
Ron vertió agua tibia sobre la cabeza de Deruth, obligándolo a inclinarla hacia atrás. Sus ojos se encontraron por un breve instante. En los de Ron, no había sumisión, sino una posesividad absoluta.
—Ella no se quedará, Deruth —dijo Ron, usando su nombre sin títulos por primera vez en años. El sonido causó un escalofrío en la columna del pelirrojo—. Ella se irá en busca de sus misterios. Yo, en cambio, estaré aquí cuando el sol se ponga y cuando vuelva a salir. Estaré aquí incluso si este mundo se cae a pedazos.
Deruth extendió una mano temblorosa y agarró la muñeca de Ron. Podía sentir el pulso firme del hombre, la fuerza contenida en esos tendones.
—¿Por qué haces esto? —preguntó Deruth—. ¿Por qué te esfuerzas tanto en alejarme de ella?
Ron se inclinó, su aliento rozando la oreja de Deruth.
—Porque usted es mío, joven maestro. Mi familia fue destruida, mi hogar se perdió. No permitiré que una mujer con sueños de grandeza me arrebate lo único que he decidido proteger... y conservar.
Deruth cerró los ojos con fuerza. El miedo estaba ahí, sí, pero también una satisfacción oscura que lo avergonzaba. Amaba a Jour por su luz, por la esperanza que representaba. Pero deseaba a Ron por la oscuridad, por la seguridad de ser el único objeto de la obsesión de un monstruo.
—Eres un hombre terrible, Ron Molan —susurró Deruth, soltando su muñeca.
—Lo soy —coincidió Ron con una sonrisa genuina, una que mostraba sus dientes—. Y usted es el único que lo sabe y aún así me permite tocarlo. Eso nos hace tal para cual, ¿no cree?
Deruth no respondió. Se limitó a hundirse más en el agua caliente, dejando que el aroma a limón y la presencia asfixiante de su mayordomo lo envolvieran por completo. Sabía que, al día siguiente, enviaría una nota a Jour cancelando su cita. Sabía que Ron ganaría, como siempre lo hacía.
Porque al final del día, Deruth Henituse era un hombre astuto, y sabía que era mucho más seguro estar del lado del asesino que le ofrecía una lealtad sangrienta, que del lado de una mujer que solo le ofrecía un corazón que él no sabía cómo cuidar sin mancharlo de sombras.
Ron continuó lavando el cabello de su señor, sus movimientos ahora casi cariñosos. En el silencio de la estancia, el mayordomo se permitió disfrutar de su pequeña victoria. Jour Thames era solo un obstáculo temporal; él era la constante. Y mientras Deruth siguiera temiendo y deseando su toque a partes iguales, Ron se aseguraría de que nadie más tuviera un lugar en el corazón del futuro Conde Henituse.
—Buen chico —murmuró Ron para sí mismo, viendo cómo Deruth se relajaba bajo su cuidado—. Muy buen chico.
