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Momentos entre la tortuga y el zorro
Fandom: 백작가의 망나니가 되었다 - 유려한 | Patán de la familia del Conde | Basura de la familia del conde.
Created: 5/2/2026
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DramaAngstHurt/ComfortPsychologicalCharacter StudyCurtainfic / Domestic StoryCanon SettingDarkCrimeThrillerRomanceSlice of LifeJealousyDivergenceAU (Alternate Universe)FluffHumorFantasyIsekai / Portal Fantasy
Lágrimas de ámbar y sombras de seda
El despacho del Conde Deruth Henituse siempre había sido un refugio de orden y pragmatismo, un lugar donde las cifras de la exportación de mármol y los informes de las fronteras dictaban el ritmo del día. Sin embargo, desde la muerte de Jour, el aire en la habitación se sentía pesado, cargado con un polvo invisible que ni siquiera el servicio más eficiente de la región podía limpiar.
Deruth, a sus treinta y tres años, debería estar en el apogeo de su vida como gobernante. Y lo estaba, en cierto sentido. Su territorio prosperaba, su astucia política mantenía a raya a las facciones más voraces de la nobleza del Reino de Roan y su nombre era sinónimo de estabilidad. Pero, al cerrar la puerta y quedar a solas con sus pensamientos, se sentía como un náufrago.
Frente a él, de pie con una postura impecablemente recta, se encontraba Ron Molan.
El mayordomo, de cuarenta años, mantenía esa sonrisa benigna que a ojos de cualquiera resultaría reconfortante, pero que para Deruth, que conocía la verdad oculta tras esos ojos fríos, era una máscara de acero.
—Ron —comenzó Deruth, dejando la pluma sobre el escritorio. Su voz sonó más quebrada de lo que pretendía.
—Dígame, mi señor —respondió Ron, inclinando la cabeza con una elegancia que no pertenecía a un simple sirviente.
Deruth suspiró, frotándose las sienes. El peso de la paternidad le resultaba mucho más abrumador que el de la corona condal. Cale, su pequeño Cale de apenas trece años, se estaba marchitando. El niño que solía correr por los pasillos ahora era una sombra silenciosa que evitaba el contacto visual, un espejo de su propio dolor que Deruth no sabía cómo sostener sin romperse.
—Es sobre Cale —dijo el Conde, levantando la mirada.
Al mencionar a su hijo, la compostura de Deruth vaciló. Sus ojos marrones, profundos y cálidos, comenzaron a brillar. El fenómeno ocurrió de inmediato, como siempre que el dolor por Jour o la preocupación por su hijo lo superaban: las lágrimas se acumularon rápidamente en el borde de sus párpados. No rodaron por sus mejillas; en cambio, se quedaron allí, vibrantes y pesadas, como dos perlas de cristal líquido atrapadas entre sus largas y oscuras pestañas.
—No sé qué hacer, Ron —continuó Deruth, con la voz apenas por encima de un susurro—. Intento acercarme a él, pero parece que cada palabra que digo es un error. Me mira y veo su dolor, y me doy cuenta de que soy incapaz de aliviarlo. Tú... tú pasas todo el día con él. Eres quien lo cuida ahora al cien por ciento. Por favor, ayúdame a conectar con mi hijo.
Ron Molan permaneció en silencio. Sus ojos, agudos como las dagas que solía empuñar en su vida anterior, observaron el rostro de su señor. Había pasado años ocultándose en el territorio Henituse, protegiendo a su propio hijo, Beacrox, tras la masacre de su clan. Siempre había considerado a Deruth Henituse como un hombre astuto pero blando, un buen gobernante que prefería la paz al conflicto.
Sin embargo, en ese momento, Ron se encontró incapaz de apartar la mirada.
Las lágrimas acumuladas en los ojos de Deruth hacían que su mirada brillara con una vulnerabilidad casi etérea. Bajo la luz de las velas del despacho, el Conde se veía... bonito. Era una palabra extraña para que un asesino la aplicara a su señor, pero Ron no pudo encontrar otra. La forma en que las pestañas de Deruth temblaban bajo el peso del llanto contenido le daba un aire de fragilidad noble que resultaba extrañamente atrayente.
—El joven maestro Cale está pasando por un proceso difícil, Conde-nim —respondió Ron, su voz suavizándose inconscientemente—. Perder a una madre a esa edad es una herida que no cierra con palabras, sino con presencia.
—Pero mi presencia parece incomodarlo —insistió Deruth. Una de las perlas en sus ojos amenazó con caer, pero él parpadeó con fuerza, manteniéndola en el borde—. Dime qué necesita. Dime qué puedo hacer para que no se sienta solo.
Ron sintió una punzada de algo parecido a la empatía, mezclada con una creciente curiosidad por el hombre que tenía delante. Él mismo había cometido errores catastróficos con Beacrox; lo había criado en las sombras, entre el olor a sangre y la frialdad de la huida. No era quién para juzgar a Deruth por no saber ser padre, pero el esfuerzo del Conde era genuino.
—Quizás —dijo Ron, dando un paso hacia adelante, rompiendo la distancia profesional habitual—, no debería intentar hablar tanto. El joven maestro necesita saber que usted está ahí, incluso en el silencio. Permítame asistirle más de cerca, mi señor. Si coordinamos mejor sus horarios y las actividades del joven maestro, podremos crear esos espacios de encuentro.
Deruth asintió, sintiéndose un poco más aliviado.
—Te lo agradezco, Ron. De verdad. No sé qué haría sin ti para cuidar de él.
Ron hizo una reverencia profunda.
—Es mi deber, mi señor. Y si me permite... —Ron se acercó a la mesa y, con una delicadeza inusual, tomó la jarra de té que se había enfriado—. Le traeré un té de limón fresco. Le ayudará a calmar los nervios.
Deruth parpadeó, sorprendido por el ofrecimiento adicional.
—Oh, gracias, Ron. Eso sería... amable.
Cuando el mayordomo salió de la habitación, Deruth se quedó mirando la puerta cerrada. Había algo diferente en la actitud de Ron. No es que no fuera servicial antes, pero había una nueva intensidad en su atención, una especie de vigilancia suave que Deruth no sabía cómo interpretar.
"¿Será que he sido demasiado obvio con mi desesperación?", pensó el Conde, secándose finalmente los ojos con un pañuelo de seda.
Deruth sabía quién era Ron Molan. No los detalles exactos de su linaje de asesinos, pero sí que no era un simple refugiado. Había visto a Ron moverse en las sombras del castillo con una gracia depredadora que ningún sirviente común poseería jamás. Lo mantenía a su lado porque Ron era útil, letal y, por encima de todo, leal a la seguridad que el nombre Henituse le proporcionaba. Pero esa lealtad siempre había sido un contrato silencioso de mutuo beneficio.
Este nuevo comportamiento... lo hacía sentir alagado, pero también ligeramente amenazado. ¿Estaba Ron empezando a ver sus debilidades como una oportunidad, o era algo más?
En la cocina, Ron preparaba el té con una precisión quirúrgica. Beacrox lo observaba desde un rincón, afilando un cuchillo con ritmo metódico.
—Estás tardando más de lo habitual con el Conde —comentó Beacrox sin levantar la vista.
—El Conde está pasando por un momento de gran carga emocional —respondió Ron, vertiendo el agua caliente—. Es un hombre... interesante de observar.
Ron recordó la imagen de los ojos de Deruth, llenos de esas lágrimas que se negaban a caer. Había algo en esa resistencia, en esa forma de mantener el tipo mientras el corazón se le rompía, que despertaba en Ron un instinto que no era el de matar. Era un instinto de posesión, de querer ver cuánto más podía aguantar ese hombre antes de que las perlas finalmente rodaran por su rostro.
Durante los días siguientes, la presencia de Ron en la vida diaria de Deruth se volvió constante.
Ya no se limitaba a supervisar a Cale; Ron parecía estar en todas partes donde Deruth estuviera. Si el Conde se quedaba hasta tarde trabajando, Ron aparecía con una manta y una cena ligera. Si Deruth caminaba por los jardines pensando en Jour, Ron estaba a unos pasos de distancia, ofreciendo el brazo o un comentario oportuno sobre el clima para distraerlo de su melancolía.
—Pareces muy atento últimamente, Ron —dijo Deruth una tarde, mientras el mayordomo le ayudaba a ajustarse la capa para una reunión con los barones locales.
—Solo deseo que el señor de la casa esté en las mejores condiciones para guiar al joven maestro —respondió Ron, sus dedos rozando "accidentalmente" el cuello de Deruth al colocar el broche de oro.
Deruth se tensó ligeramente. La cercanía de Ron era abrumadora. Podía oler el ligero aroma a té y algo más metálico, más frío, que siempre emanaba del hombre.
—Ron —dijo Deruth, bajando la voz y mirando al mayordomo directamente a los ojos—, eres un hombre muy capaz. A veces me pregunto si un territorio tan tranquilo como este no te resulta... aburrido.
Ron detuvo sus movimientos. Sus ojos se entrecerraron imperceptiblemente.
—¿Aburrido, mi señor? Para nada. Este territorio tiene sus propios encantos ocultos.
—Ya veo —murmuró Deruth. Sus ojos volvieron a humedecerse, esta vez por la tensión del momento y la incertidumbre—. Solo espero que sigas encontrando motivos para quedarte. No me gustaría perder a alguien tan... eficaz.
Ron observó cómo las lágrimas volvían a formarse, enmarcando las hermosas pestañas del Conde. Era una visión cautivadora. Pero en las palabras de Deruth había un subtexto que Ron no pudo ignorar.
"¿Por qué va con tanto cuidado conmigo?", se preguntó el asesino. "Esa pregunta sobre el aburrimiento... no fue casual".
Ron comenzó a analizar cada interacción de los últimos años. Deruth Henituse siempre le había dado una libertad inusual. Nunca había cuestionado las extrañas habilidades de Beacrox en la cocina o en la limpieza, ni las desapariciones ocasionales de Ron durante la noche.
—¿Sabe algo? —se preguntó Ron en el silencio de su mente mientras terminaba de arreglar la ropa del Conde—. ¿Sabe quién soy realmente y aun así me permite estar cerca de su hijo?
La idea de que el "bonito" y "débil" Conde supiera su secreto y estuviera jugando un juego de política y sombras con él resultó ser extrañamente excitante para Ron. Si Deruth lo sabía y lo mantenía allí, significaba que el Conde era mucho más astuto y peligroso de lo que aparentaba. O quizás, que confiaba en él de una manera que Ron no había experimentado nunca.
—No tiene que preocuparse por mi partida, Conde-nim —dijo Ron, dando un paso atrás y recuperando su máscara de mayordomo perfecto—. Tengo muchas razones para permanecer a su lado. Más de las que tenía cuando llegué.
Deruth le dedicó una sonrisa triste, una que no llegaba a sus ojos aún brillantes por el llanto contenido.
—Me alegra oír eso, Ron. Cale te necesita. Y yo... yo también agradezco el té de limón.
Ron se retiró con una inclinación, pero esta vez, su mente no estaba en Cale. Estaba en la curva del cuello de Deruth, en el brillo de sus ojos marrones y en el intrigante rompecabezas que resultaba ser su señor.
Si el Conde quería jugar a las sombras, Ron Molan era el maestro de ese juego. Pero por primera vez en su vida, el asesino no quería eliminar a su objetivo. Quería protegerlo, observar cómo sus lágrimas brillaban bajo la luna y, quizás, algún día, ser él quien las secara con sus propios dedos.
Mientras tanto, en el pasillo, el pequeño Cale los observaba desde lejos, con una expresión ilegible en su rostro de trece años. Pero esa era una historia para otro momento. En ese despacho, entre un Conde que sabía demasiado y un asesino que empezaba a sentir demasiado, el aire se había vuelto mucho más cálido de lo que el invierno permitía.
—Mañana —se dijo Ron a sí mismo mientras caminaba hacia la cocina—, le llevaré el té un poco más temprano. Quiero ver si sus ojos brillan igual con la luz de la mañana.
Deruth, por su parte, se sentó de nuevo en su escritorio, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza inusual. No sabía si lo que sentía por Ron era miedo, gratitud o algo que aún no se atrevía a nombrar, pero de algo estaba seguro: el mayordomo ya no era solo una herramienta para proteger su casa. Se había convertido en algo mucho más personal.
Y aunque las lágrimas seguían allí, por primera vez en mucho tiempo, Deruth no se sintió tan solo en medio de su dolor.
Deruth, a sus treinta y tres años, debería estar en el apogeo de su vida como gobernante. Y lo estaba, en cierto sentido. Su territorio prosperaba, su astucia política mantenía a raya a las facciones más voraces de la nobleza del Reino de Roan y su nombre era sinónimo de estabilidad. Pero, al cerrar la puerta y quedar a solas con sus pensamientos, se sentía como un náufrago.
Frente a él, de pie con una postura impecablemente recta, se encontraba Ron Molan.
El mayordomo, de cuarenta años, mantenía esa sonrisa benigna que a ojos de cualquiera resultaría reconfortante, pero que para Deruth, que conocía la verdad oculta tras esos ojos fríos, era una máscara de acero.
—Ron —comenzó Deruth, dejando la pluma sobre el escritorio. Su voz sonó más quebrada de lo que pretendía.
—Dígame, mi señor —respondió Ron, inclinando la cabeza con una elegancia que no pertenecía a un simple sirviente.
Deruth suspiró, frotándose las sienes. El peso de la paternidad le resultaba mucho más abrumador que el de la corona condal. Cale, su pequeño Cale de apenas trece años, se estaba marchitando. El niño que solía correr por los pasillos ahora era una sombra silenciosa que evitaba el contacto visual, un espejo de su propio dolor que Deruth no sabía cómo sostener sin romperse.
—Es sobre Cale —dijo el Conde, levantando la mirada.
Al mencionar a su hijo, la compostura de Deruth vaciló. Sus ojos marrones, profundos y cálidos, comenzaron a brillar. El fenómeno ocurrió de inmediato, como siempre que el dolor por Jour o la preocupación por su hijo lo superaban: las lágrimas se acumularon rápidamente en el borde de sus párpados. No rodaron por sus mejillas; en cambio, se quedaron allí, vibrantes y pesadas, como dos perlas de cristal líquido atrapadas entre sus largas y oscuras pestañas.
—No sé qué hacer, Ron —continuó Deruth, con la voz apenas por encima de un susurro—. Intento acercarme a él, pero parece que cada palabra que digo es un error. Me mira y veo su dolor, y me doy cuenta de que soy incapaz de aliviarlo. Tú... tú pasas todo el día con él. Eres quien lo cuida ahora al cien por ciento. Por favor, ayúdame a conectar con mi hijo.
Ron Molan permaneció en silencio. Sus ojos, agudos como las dagas que solía empuñar en su vida anterior, observaron el rostro de su señor. Había pasado años ocultándose en el territorio Henituse, protegiendo a su propio hijo, Beacrox, tras la masacre de su clan. Siempre había considerado a Deruth Henituse como un hombre astuto pero blando, un buen gobernante que prefería la paz al conflicto.
Sin embargo, en ese momento, Ron se encontró incapaz de apartar la mirada.
Las lágrimas acumuladas en los ojos de Deruth hacían que su mirada brillara con una vulnerabilidad casi etérea. Bajo la luz de las velas del despacho, el Conde se veía... bonito. Era una palabra extraña para que un asesino la aplicara a su señor, pero Ron no pudo encontrar otra. La forma en que las pestañas de Deruth temblaban bajo el peso del llanto contenido le daba un aire de fragilidad noble que resultaba extrañamente atrayente.
—El joven maestro Cale está pasando por un proceso difícil, Conde-nim —respondió Ron, su voz suavizándose inconscientemente—. Perder a una madre a esa edad es una herida que no cierra con palabras, sino con presencia.
—Pero mi presencia parece incomodarlo —insistió Deruth. Una de las perlas en sus ojos amenazó con caer, pero él parpadeó con fuerza, manteniéndola en el borde—. Dime qué necesita. Dime qué puedo hacer para que no se sienta solo.
Ron sintió una punzada de algo parecido a la empatía, mezclada con una creciente curiosidad por el hombre que tenía delante. Él mismo había cometido errores catastróficos con Beacrox; lo había criado en las sombras, entre el olor a sangre y la frialdad de la huida. No era quién para juzgar a Deruth por no saber ser padre, pero el esfuerzo del Conde era genuino.
—Quizás —dijo Ron, dando un paso hacia adelante, rompiendo la distancia profesional habitual—, no debería intentar hablar tanto. El joven maestro necesita saber que usted está ahí, incluso en el silencio. Permítame asistirle más de cerca, mi señor. Si coordinamos mejor sus horarios y las actividades del joven maestro, podremos crear esos espacios de encuentro.
Deruth asintió, sintiéndose un poco más aliviado.
—Te lo agradezco, Ron. De verdad. No sé qué haría sin ti para cuidar de él.
Ron hizo una reverencia profunda.
—Es mi deber, mi señor. Y si me permite... —Ron se acercó a la mesa y, con una delicadeza inusual, tomó la jarra de té que se había enfriado—. Le traeré un té de limón fresco. Le ayudará a calmar los nervios.
Deruth parpadeó, sorprendido por el ofrecimiento adicional.
—Oh, gracias, Ron. Eso sería... amable.
Cuando el mayordomo salió de la habitación, Deruth se quedó mirando la puerta cerrada. Había algo diferente en la actitud de Ron. No es que no fuera servicial antes, pero había una nueva intensidad en su atención, una especie de vigilancia suave que Deruth no sabía cómo interpretar.
"¿Será que he sido demasiado obvio con mi desesperación?", pensó el Conde, secándose finalmente los ojos con un pañuelo de seda.
Deruth sabía quién era Ron Molan. No los detalles exactos de su linaje de asesinos, pero sí que no era un simple refugiado. Había visto a Ron moverse en las sombras del castillo con una gracia depredadora que ningún sirviente común poseería jamás. Lo mantenía a su lado porque Ron era útil, letal y, por encima de todo, leal a la seguridad que el nombre Henituse le proporcionaba. Pero esa lealtad siempre había sido un contrato silencioso de mutuo beneficio.
Este nuevo comportamiento... lo hacía sentir alagado, pero también ligeramente amenazado. ¿Estaba Ron empezando a ver sus debilidades como una oportunidad, o era algo más?
En la cocina, Ron preparaba el té con una precisión quirúrgica. Beacrox lo observaba desde un rincón, afilando un cuchillo con ritmo metódico.
—Estás tardando más de lo habitual con el Conde —comentó Beacrox sin levantar la vista.
—El Conde está pasando por un momento de gran carga emocional —respondió Ron, vertiendo el agua caliente—. Es un hombre... interesante de observar.
Ron recordó la imagen de los ojos de Deruth, llenos de esas lágrimas que se negaban a caer. Había algo en esa resistencia, en esa forma de mantener el tipo mientras el corazón se le rompía, que despertaba en Ron un instinto que no era el de matar. Era un instinto de posesión, de querer ver cuánto más podía aguantar ese hombre antes de que las perlas finalmente rodaran por su rostro.
Durante los días siguientes, la presencia de Ron en la vida diaria de Deruth se volvió constante.
Ya no se limitaba a supervisar a Cale; Ron parecía estar en todas partes donde Deruth estuviera. Si el Conde se quedaba hasta tarde trabajando, Ron aparecía con una manta y una cena ligera. Si Deruth caminaba por los jardines pensando en Jour, Ron estaba a unos pasos de distancia, ofreciendo el brazo o un comentario oportuno sobre el clima para distraerlo de su melancolía.
—Pareces muy atento últimamente, Ron —dijo Deruth una tarde, mientras el mayordomo le ayudaba a ajustarse la capa para una reunión con los barones locales.
—Solo deseo que el señor de la casa esté en las mejores condiciones para guiar al joven maestro —respondió Ron, sus dedos rozando "accidentalmente" el cuello de Deruth al colocar el broche de oro.
Deruth se tensó ligeramente. La cercanía de Ron era abrumadora. Podía oler el ligero aroma a té y algo más metálico, más frío, que siempre emanaba del hombre.
—Ron —dijo Deruth, bajando la voz y mirando al mayordomo directamente a los ojos—, eres un hombre muy capaz. A veces me pregunto si un territorio tan tranquilo como este no te resulta... aburrido.
Ron detuvo sus movimientos. Sus ojos se entrecerraron imperceptiblemente.
—¿Aburrido, mi señor? Para nada. Este territorio tiene sus propios encantos ocultos.
—Ya veo —murmuró Deruth. Sus ojos volvieron a humedecerse, esta vez por la tensión del momento y la incertidumbre—. Solo espero que sigas encontrando motivos para quedarte. No me gustaría perder a alguien tan... eficaz.
Ron observó cómo las lágrimas volvían a formarse, enmarcando las hermosas pestañas del Conde. Era una visión cautivadora. Pero en las palabras de Deruth había un subtexto que Ron no pudo ignorar.
"¿Por qué va con tanto cuidado conmigo?", se preguntó el asesino. "Esa pregunta sobre el aburrimiento... no fue casual".
Ron comenzó a analizar cada interacción de los últimos años. Deruth Henituse siempre le había dado una libertad inusual. Nunca había cuestionado las extrañas habilidades de Beacrox en la cocina o en la limpieza, ni las desapariciones ocasionales de Ron durante la noche.
—¿Sabe algo? —se preguntó Ron en el silencio de su mente mientras terminaba de arreglar la ropa del Conde—. ¿Sabe quién soy realmente y aun así me permite estar cerca de su hijo?
La idea de que el "bonito" y "débil" Conde supiera su secreto y estuviera jugando un juego de política y sombras con él resultó ser extrañamente excitante para Ron. Si Deruth lo sabía y lo mantenía allí, significaba que el Conde era mucho más astuto y peligroso de lo que aparentaba. O quizás, que confiaba en él de una manera que Ron no había experimentado nunca.
—No tiene que preocuparse por mi partida, Conde-nim —dijo Ron, dando un paso atrás y recuperando su máscara de mayordomo perfecto—. Tengo muchas razones para permanecer a su lado. Más de las que tenía cuando llegué.
Deruth le dedicó una sonrisa triste, una que no llegaba a sus ojos aún brillantes por el llanto contenido.
—Me alegra oír eso, Ron. Cale te necesita. Y yo... yo también agradezco el té de limón.
Ron se retiró con una inclinación, pero esta vez, su mente no estaba en Cale. Estaba en la curva del cuello de Deruth, en el brillo de sus ojos marrones y en el intrigante rompecabezas que resultaba ser su señor.
Si el Conde quería jugar a las sombras, Ron Molan era el maestro de ese juego. Pero por primera vez en su vida, el asesino no quería eliminar a su objetivo. Quería protegerlo, observar cómo sus lágrimas brillaban bajo la luna y, quizás, algún día, ser él quien las secara con sus propios dedos.
Mientras tanto, en el pasillo, el pequeño Cale los observaba desde lejos, con una expresión ilegible en su rostro de trece años. Pero esa era una historia para otro momento. En ese despacho, entre un Conde que sabía demasiado y un asesino que empezaba a sentir demasiado, el aire se había vuelto mucho más cálido de lo que el invierno permitía.
—Mañana —se dijo Ron a sí mismo mientras caminaba hacia la cocina—, le llevaré el té un poco más temprano. Quiero ver si sus ojos brillan igual con la luz de la mañana.
Deruth, por su parte, se sentó de nuevo en su escritorio, sintiendo que el corazón le latía con una fuerza inusual. No sabía si lo que sentía por Ron era miedo, gratitud o algo que aún no se atrevía a nombrar, pero de algo estaba seguro: el mayordomo ya no era solo una herramienta para proteger su casa. Se había convertido en algo mucho más personal.
Y aunque las lágrimas seguían allí, por primera vez en mucho tiempo, Deruth no se sintió tan solo en medio de su dolor.
