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Operación: Seducción
Fandom: Jujutsu Kaisen
Created: 5/3/2026
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RomanceSlice of LifeCharacter StudyCanon SettingDramaPsychologicalFluffHumor
Humo y Tensión Superficial
El humo del cigarrillo de Shoko se elevaba en espirales perezosas, perdiéndose en el techo de la morgue. Era un lugar frío, aséptico y silencioso, justo como a ella le gustaba. Sin embargo, ese silencio se veía interrumpido habitualmente por la presencia más ruidosa, brillante y exasperante del mundo de la hechicería.
Satoru Gojo estaba sentado sobre una de las mesas de metal, balanceando sus largas piernas como si fuera un niño en un parque de juegos y no el hombre que cargaba con el peso del equilibrio mundial sobre sus hombros.
—Shoko, Shoko, Shoko... —canturreó él, ajustándose la venda negra sobre los ojos—. Ichiji dice que estás de mal humor. ¿Es por el exceso de trabajo? ¿O es que extrañas mis visitas? Sé que soy el rayo de sol en tu lúgubre mazmorra.
Shoko no respondió de inmediato. Apoyó el cigarrillo en el borde del cenicero y se volvió hacia él. Sus ojeras eran profundas, un recordatorio constante de las noches en vela curando heridas que nadie más podía cerrar, pero hoy sus ojos castaños tenían un brillo diferente. No era cansancio. Era determinación.
Estaba harta. Harta de los chistes infantiles, de la distancia de seguridad que Satoru mantenía con todo el mundo y, sobre todo, de ese "Infinito" que no solo lo protegía de los ataques, sino que parecía actuar como un aislante emocional contra cualquier cosa que ella intentara proyectar.
"Operación: Seducción", había nombrado mentalmente a su plan esa misma mañana mientras se ponía sus tacones crema. Si Satoru Gojo era el hechicero más fuerte, ella era la mujer que mejor conocía su anatomía, sus debilidades y, por encima de todo, su ego.
—Satoru —dijo ella, caminando lentamente hacia él. El sonido de sus tacones resonaba con un eco metálico y autoritario—. Bájate de la mesa. Estás contaminando un área esterilizada.
—¡Ay, qué estricta! —Gojo saltó al suelo con una agilidad felina, aterrizando a escasos centímetros de ella. Se inclinó un poco, su rostro quedando a la altura del de Shoko—. ¿Y qué vas a hacer si no obedezco? ¿Me vas a poner un reporte con los altos mandos? Sabes que los uso para hacer aviones de papel.
Shoko no retrocedió. Normalmente, ella simplemente suspiraría, lo llamaría idiota y volvería a sus informes. Pero hoy, Shoko Ieiri decidió que la barrera de Satoru iba a recibir su primer impacto directo.
En lugar de apartarse, Shoko dio un paso más, invadiendo el espacio personal de Gojo de una manera que pocas personas se atrevían a hacer. Levantó una mano, sus dedos largos y delgados rozando apenas la mandíbula del hechicero. Pudo sentir la vibración casi imperceptible de la técnica del Infinito, esa frontera invisible que separaba a Satoru de la realidad.
—No voy a ponerte un reporte —susurró ella, bajando el tono de voz hasta que se volvió algo aterciopelado y peligroso—. Pero podrías ser un poco más útil que un simple adorno, ¿no crees?
Gojo se quedó congelado. No era una reacción de combate, sino de pura sorpresa. Podía ver, a través de sus Seis Ojos, cada fluctuación de energía, cada latido del corazón de Shoko, y en ese momento, ella estaba extrañamente... calmada. Demasiado calmada.
—¿Útil? —repitió él con una sonrisa que flaqueó por un segundo—. Soy muy útil. He traído dulces de Sendai. Están en la bolsa...
Shoko no lo dejó terminar. Sus dedos subieron por su mejilla hasta llegar al borde de la venda negra. Con un movimiento lento y deliberado, deslizó la tela hacia arriba, lo justo para revelar uno de esos ojos azules que parecían contener el cielo entero.
—Tienes algo aquí —mintió ella, acercándose aún más.
La distancia se redujo a nada. Shoko podía oler el aroma a jabón y a esos dulces empalagosos que él siempre comía, mientras que Satoru fue embestido por el olor a tabaco, café fuerte y un perfume floral muy sutil que nunca antes había notado en ella. Ella se puso de puntillas, su rostro a milímetros del suyo. Por un instante, Satoru creyó que ella lo besaría, y su cerebro, capaz de procesar billones de datos por segundo, se detuvo en seco.
Pero Shoko no lo besó.
En lugar de eso, sopló suavemente sobre su ojo expuesto y luego, con una sonrisa felina que rara vez mostraba, usó su otra mano para tirar suavemente del cuello de la chaqueta negra de Gojo, obligándolo a inclinarse más.
—Estás despeinado, Satoru —dijo ella, pasando sus dedos por el cabello blanco, desordenándolo aún más a propósito—. Te ves... vulnerable. Me gusta.
Gojo tragó saliva. El hombre que podía destruir ciudades con un movimiento de dedos sentía que sus rodillas estaban a punto de fallar. El Infinito seguía ahí, técnicamente, pero Shoko lo estaba ignorando de una forma tan absoluta que era como si no existiera. Ella no intentaba atravesarlo con fuerza; simplemente estaba actuando como si Satoru fuera un hombre de carne y hueso, y eso era mucho más efectivo que cualquier expansión de dominio.
—Shoko... —La voz de Gojo salió un poco más ronca de lo habitual—. ¿Qué estás haciendo?
Ella se apartó de golpe, recuperando su postura relajada y profesional en un abrir y cerrar de ojos. Se dio la vuelta, regresando a su escritorio como si nada hubiera pasado, dejando a Gojo parado en medio de la morgue con la venda medio torcida y el corazón martilleando contra sus costillas.
—Solo te quitaba una pestaña —respondió ella con indiferencia, dándole una calada a su cigarrillo—. Puedes irte ya. Tengo autopsias que terminar y tu presencia me quita luz.
Gojo se quedó allí, parpadeando. El hechicero más fuerte del mundo se sentía, por primera vez en años, completamente fuera de su elemento. Sus Seis Ojos intentaban analizar la situación, buscando una amenaza, un rastro de energía maldita, una broma... pero solo encontraba a Shoko, escribiendo tranquilamente en su computadora.
—¿Eso fue todo? —preguntó él, rascándose la nuca, sintiéndose extrañamente decepcionado y nervioso al mismo tiempo.
—¿Esperabas algo más? —Shoko lo miró por encima del hombro, con una ceja levantada y una expresión de burla silenciosa—. Vete, Satoru. No hagas esperar a tus alumnos.
Gojo soltó una risa nerviosa, se ajustó la venda con manos ligeramente temblorosas y caminó hacia la puerta.
—Sí... claro. Los alumnos. El deber llama. ¡Nos vemos luego, Shoko! ¡No trabajes tanto!
Casi salió corriendo. Sus pasos rápidos resonaron por el pasillo hasta que el silencio volvió a reinar en la habitación.
Shoko soltó el aire que había estado reteniendo y permitió que una sonrisa genuina curvara sus labios. Apagó el cigarrillo en el cenicero y se recostó en su silla. Había sido un movimiento arriesgado, pero ver la cara de confusión absoluta de Satoru había valido cada segundo. El "invencible" Gojo Satoru tenía una grieta en su armadura, y ella acababa de insertar la primera cuña.
—Uno a cero, Satoru —susurró para sí misma.
Mientras tanto, en los pasillos de la escuela técnica, Gojo caminaba a pasos agigantados, ignorando los saludos de los estudiantes. Su mente era un caos. ¿Qué había sido eso? Shoko nunca se comportaba así. Shoko era su roca, la persona que siempre estaba ahí, estable, cínica y predecible. Pero hoy... hoy se había sentido como estar frente a una maldición de grado especial que no quería exorcizar, sino que quería entender.
Se llevó una mano al cuello, donde ella lo había sujetado. Todavía podía sentir el calor de sus dedos.
—Esa mujer... —murmuró Gojo, deteniéndose en seco en medio del patio. Se cubrió el rostro con una mano, sintiendo que sus mejillas ardían—. ¿Qué demonios acaba de pasar?
Por primera vez en su vida, el Infinito no se sentía como una protección. Se sentía como una jaula que Shoko Ieiri acababa de empezar a desmantelar, pieza por pieza, con la precisión de un cirujano.
Y lo peor —o lo mejor— era que Satoru no tenía ni la menor idea de cómo defenderse de eso.
Shoko, en su oficina, tomó su teléfono y envió un mensaje rápido a un contacto que simplemente decía "Suguru" en su memoria, aunque sabía que nunca recibiría respuesta. Era un hábito viejo, una forma de hablar con el vacío.
"Satoru sigue siendo un idiota, pero hoy he descubierto que es un idiota que se sonroja. Esto va a ser divertido".
Guardó el teléfono, se puso sus guantes de látex y volvió al trabajo. La Operación Seducción apenas acababa de comenzar, y Shoko Ieiri no tenía ninguna intención de ser piadosa. Satoru Gojo creía que el mundo estaba a sus pies, pero estaba a punto de descubrir que, en lo que respectaba a ella, él era quien tendría que aprender a seguirle el ritmo.
La próxima vez, pensó Shoko mientras hacía el primer corte en el informe médico, no usaría solo sus manos. La próxima vez, se aseguraría de que Satoru Gojo olvidara por completo cómo usar su técnica maldita.
Después de todo, ella era la médico. Y sabía exactamente dónde dolía... y dónde se sentía bien.
Satoru Gojo estaba sentado sobre una de las mesas de metal, balanceando sus largas piernas como si fuera un niño en un parque de juegos y no el hombre que cargaba con el peso del equilibrio mundial sobre sus hombros.
—Shoko, Shoko, Shoko... —canturreó él, ajustándose la venda negra sobre los ojos—. Ichiji dice que estás de mal humor. ¿Es por el exceso de trabajo? ¿O es que extrañas mis visitas? Sé que soy el rayo de sol en tu lúgubre mazmorra.
Shoko no respondió de inmediato. Apoyó el cigarrillo en el borde del cenicero y se volvió hacia él. Sus ojeras eran profundas, un recordatorio constante de las noches en vela curando heridas que nadie más podía cerrar, pero hoy sus ojos castaños tenían un brillo diferente. No era cansancio. Era determinación.
Estaba harta. Harta de los chistes infantiles, de la distancia de seguridad que Satoru mantenía con todo el mundo y, sobre todo, de ese "Infinito" que no solo lo protegía de los ataques, sino que parecía actuar como un aislante emocional contra cualquier cosa que ella intentara proyectar.
"Operación: Seducción", había nombrado mentalmente a su plan esa misma mañana mientras se ponía sus tacones crema. Si Satoru Gojo era el hechicero más fuerte, ella era la mujer que mejor conocía su anatomía, sus debilidades y, por encima de todo, su ego.
—Satoru —dijo ella, caminando lentamente hacia él. El sonido de sus tacones resonaba con un eco metálico y autoritario—. Bájate de la mesa. Estás contaminando un área esterilizada.
—¡Ay, qué estricta! —Gojo saltó al suelo con una agilidad felina, aterrizando a escasos centímetros de ella. Se inclinó un poco, su rostro quedando a la altura del de Shoko—. ¿Y qué vas a hacer si no obedezco? ¿Me vas a poner un reporte con los altos mandos? Sabes que los uso para hacer aviones de papel.
Shoko no retrocedió. Normalmente, ella simplemente suspiraría, lo llamaría idiota y volvería a sus informes. Pero hoy, Shoko Ieiri decidió que la barrera de Satoru iba a recibir su primer impacto directo.
En lugar de apartarse, Shoko dio un paso más, invadiendo el espacio personal de Gojo de una manera que pocas personas se atrevían a hacer. Levantó una mano, sus dedos largos y delgados rozando apenas la mandíbula del hechicero. Pudo sentir la vibración casi imperceptible de la técnica del Infinito, esa frontera invisible que separaba a Satoru de la realidad.
—No voy a ponerte un reporte —susurró ella, bajando el tono de voz hasta que se volvió algo aterciopelado y peligroso—. Pero podrías ser un poco más útil que un simple adorno, ¿no crees?
Gojo se quedó congelado. No era una reacción de combate, sino de pura sorpresa. Podía ver, a través de sus Seis Ojos, cada fluctuación de energía, cada latido del corazón de Shoko, y en ese momento, ella estaba extrañamente... calmada. Demasiado calmada.
—¿Útil? —repitió él con una sonrisa que flaqueó por un segundo—. Soy muy útil. He traído dulces de Sendai. Están en la bolsa...
Shoko no lo dejó terminar. Sus dedos subieron por su mejilla hasta llegar al borde de la venda negra. Con un movimiento lento y deliberado, deslizó la tela hacia arriba, lo justo para revelar uno de esos ojos azules que parecían contener el cielo entero.
—Tienes algo aquí —mintió ella, acercándose aún más.
La distancia se redujo a nada. Shoko podía oler el aroma a jabón y a esos dulces empalagosos que él siempre comía, mientras que Satoru fue embestido por el olor a tabaco, café fuerte y un perfume floral muy sutil que nunca antes había notado en ella. Ella se puso de puntillas, su rostro a milímetros del suyo. Por un instante, Satoru creyó que ella lo besaría, y su cerebro, capaz de procesar billones de datos por segundo, se detuvo en seco.
Pero Shoko no lo besó.
En lugar de eso, sopló suavemente sobre su ojo expuesto y luego, con una sonrisa felina que rara vez mostraba, usó su otra mano para tirar suavemente del cuello de la chaqueta negra de Gojo, obligándolo a inclinarse más.
—Estás despeinado, Satoru —dijo ella, pasando sus dedos por el cabello blanco, desordenándolo aún más a propósito—. Te ves... vulnerable. Me gusta.
Gojo tragó saliva. El hombre que podía destruir ciudades con un movimiento de dedos sentía que sus rodillas estaban a punto de fallar. El Infinito seguía ahí, técnicamente, pero Shoko lo estaba ignorando de una forma tan absoluta que era como si no existiera. Ella no intentaba atravesarlo con fuerza; simplemente estaba actuando como si Satoru fuera un hombre de carne y hueso, y eso era mucho más efectivo que cualquier expansión de dominio.
—Shoko... —La voz de Gojo salió un poco más ronca de lo habitual—. ¿Qué estás haciendo?
Ella se apartó de golpe, recuperando su postura relajada y profesional en un abrir y cerrar de ojos. Se dio la vuelta, regresando a su escritorio como si nada hubiera pasado, dejando a Gojo parado en medio de la morgue con la venda medio torcida y el corazón martilleando contra sus costillas.
—Solo te quitaba una pestaña —respondió ella con indiferencia, dándole una calada a su cigarrillo—. Puedes irte ya. Tengo autopsias que terminar y tu presencia me quita luz.
Gojo se quedó allí, parpadeando. El hechicero más fuerte del mundo se sentía, por primera vez en años, completamente fuera de su elemento. Sus Seis Ojos intentaban analizar la situación, buscando una amenaza, un rastro de energía maldita, una broma... pero solo encontraba a Shoko, escribiendo tranquilamente en su computadora.
—¿Eso fue todo? —preguntó él, rascándose la nuca, sintiéndose extrañamente decepcionado y nervioso al mismo tiempo.
—¿Esperabas algo más? —Shoko lo miró por encima del hombro, con una ceja levantada y una expresión de burla silenciosa—. Vete, Satoru. No hagas esperar a tus alumnos.
Gojo soltó una risa nerviosa, se ajustó la venda con manos ligeramente temblorosas y caminó hacia la puerta.
—Sí... claro. Los alumnos. El deber llama. ¡Nos vemos luego, Shoko! ¡No trabajes tanto!
Casi salió corriendo. Sus pasos rápidos resonaron por el pasillo hasta que el silencio volvió a reinar en la habitación.
Shoko soltó el aire que había estado reteniendo y permitió que una sonrisa genuina curvara sus labios. Apagó el cigarrillo en el cenicero y se recostó en su silla. Había sido un movimiento arriesgado, pero ver la cara de confusión absoluta de Satoru había valido cada segundo. El "invencible" Gojo Satoru tenía una grieta en su armadura, y ella acababa de insertar la primera cuña.
—Uno a cero, Satoru —susurró para sí misma.
Mientras tanto, en los pasillos de la escuela técnica, Gojo caminaba a pasos agigantados, ignorando los saludos de los estudiantes. Su mente era un caos. ¿Qué había sido eso? Shoko nunca se comportaba así. Shoko era su roca, la persona que siempre estaba ahí, estable, cínica y predecible. Pero hoy... hoy se había sentido como estar frente a una maldición de grado especial que no quería exorcizar, sino que quería entender.
Se llevó una mano al cuello, donde ella lo había sujetado. Todavía podía sentir el calor de sus dedos.
—Esa mujer... —murmuró Gojo, deteniéndose en seco en medio del patio. Se cubrió el rostro con una mano, sintiendo que sus mejillas ardían—. ¿Qué demonios acaba de pasar?
Por primera vez en su vida, el Infinito no se sentía como una protección. Se sentía como una jaula que Shoko Ieiri acababa de empezar a desmantelar, pieza por pieza, con la precisión de un cirujano.
Y lo peor —o lo mejor— era que Satoru no tenía ni la menor idea de cómo defenderse de eso.
Shoko, en su oficina, tomó su teléfono y envió un mensaje rápido a un contacto que simplemente decía "Suguru" en su memoria, aunque sabía que nunca recibiría respuesta. Era un hábito viejo, una forma de hablar con el vacío.
"Satoru sigue siendo un idiota, pero hoy he descubierto que es un idiota que se sonroja. Esto va a ser divertido".
Guardó el teléfono, se puso sus guantes de látex y volvió al trabajo. La Operación Seducción apenas acababa de comenzar, y Shoko Ieiri no tenía ninguna intención de ser piadosa. Satoru Gojo creía que el mundo estaba a sus pies, pero estaba a punto de descubrir que, en lo que respectaba a ella, él era quien tendría que aprender a seguirle el ritmo.
La próxima vez, pensó Shoko mientras hacía el primer corte en el informe médico, no usaría solo sus manos. La próxima vez, se aseguraría de que Satoru Gojo olvidara por completo cómo usar su técnica maldita.
Después de todo, ella era la médico. Y sabía exactamente dónde dolía... y dónde se sentía bien.
