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Five Nights At Freddy's horror y misterios
Fandom: Five Nights At Freddy's Poppy Playtime Little Nightmare Mr.hopp's Playhouse Bubble Guppies Princesas del Mar Wreck-It Ralph
Created: 5/6/2026
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HorrorSurvival HorrorPsychological HorrorCrossoverDarkTragedyMain Character DeathBody HorrorHuman ExperimentationGraphic ViolenceCharacter DeathCrimeAU (Alternate Universe)
La Melodía Silenciada de la Inocencia
El aire dentro de la pizzería de Freddy Fazbear solía oler a pizza recién horneada, sudor infantil y el aroma metálico del aceite de los animatrónicos. Pero esa tarde, el ambiente se había vuelto denso, cargado de un hedor acre que hacía que los oficiales de policía se cubrieran la nariz con sus pañuelos. Las luces de neón parpadeaban, arrojando sombras largas y distorsionadas sobre los rostros desencajados de los padres que abarrotaban la entrada.
Afuera, el caos reinaba. Las luces rojas y azules de las patrullas bañaban la fachada del edificio en un ciclo interminable de alarma. Henry Emily, con el rostro pálido y las manos temblorosas, intentaba mantener la compostura mientras su colega y amigo, Elliot Ludwig, se desmoronaba a su lado.
—¡No aparecen, Henry! ¡Ni Oliver ni Poppy están por ninguna parte! —exclamó Elliot, con la voz quebrada por el pánico. Sus ojos buscaban desesperadamente entre la multitud, esperando ver las cabelleras de sus hijos emergiendo del caos.
Molly, la esposa de Elliot, no estaba en mejor estado. Sus manos apretaban con fuerza los hombros de Susan Ayers, quien sollozaba de forma incontrolable.
—Mi pequeña Jackie... —susurraba Susan entre hipos—. Solo quería ver el espectáculo. George, por favor, dile que la encuentren.
George Ayers, rígido como una estatua, solo podía mirar hacia la puerta de "Partes y Servicios" con una premonición oscura instalada en el pecho. Cerca de ellos, los padres de Oswald, Gabrielle y Esther se agrupaban en un círculo de desesperación silenciosa, compartiendo una angustia que ninguna palabra podía aliviar. Arthur y Faith, los padres de Esther, rezaban en voz baja, aferrados el uno al otro.
A unos metros de la conmoción, Mike Schmidt permanecía inmóvil. Sus ojos estaban fijos en el suelo, pero su mente gritaba el nombre de su hermana.
—Abby... —susurró—. Te dije que te quedaras cerca.
Nadie notó la silueta que se alejaba lentamente por el callejón lateral del restaurante. William Afton, con la respiración aún agitada pero los ojos brillando con una satisfacción tóxica, se detuvo a la sombra de un edificio cercano. Se permitió un momento para recordar el peso del traje de Spring Bonnie sobre sus hombros, la textura del fieltro amarillo y la forma en que su voz, distorsionada por la máscara, había sonado tan reconfortante para los niños.
Había sido tan fácil.
—Vengan conmigo, pequeños —les había dicho, moviendo su mano enguantada—. Tengo una sorpresa especial en la parte de atrás. Una fiesta privada que Freddy y sus amigos han preparado solo para ustedes.
Recordó las caras de asombro. Mono, Six y los demás chicos del grupo de Little Nightmares habían sido los primeros en seguirlo, acostumbrados a buscar refugio en lugares oscuros. Luego, la marea de niños de Sugar Rush, con Vanellope y Taffyta a la cabeza, riendo y compitiendo por quién llegaría primero. Los pequeños de Salacia, las Princesas del Mar como Tiburina y Pulpina, caminaban con curiosidad, ajenos al peligro terrestre. Incluso los dulces niños de Bubble Guppies, como Molly y Gil, habían dejado sus juegos para seguir al conejo dorado.
William cerró los ojos y casi pudo escuchar de nuevo el eco de 143 pares de pies marchando hacia su perdición. Recordó el sonido de la puerta de "Partes y Servicios" al cerrarse con llave. El silencio que siguió a los primeros gritos. El frío acero encontrando su destino una y otra vez. Había sido una sinfonía de caos perfectamente ejecutada.
—Descansen ahora —murmuró William para sí mismo, una sonrisa malévola curvando sus labios mientras observaba el despliegue policial desde la distancia—. Ya son parte de algo mucho más grande.
Se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad de la noche, dejando atrás el nido de horror que había construido.
Dentro del local, el ambiente cambió de la desesperación a un horror absoluto. Un oficial de policía, un hombre joven llamado Miller, se acercó al escenario principal donde Freddy, Bonnie y Chica permanecían apagados, con sus ojos de cristal mirando al vacío.
—Capitán... —la voz de Miller salió como un graznido—. Aquí hay algo mal.
Un líquido oscuro y espeso goteaba desde las articulaciones de las piernas de Freddy Fazbear. No era aceite. Era demasiado rojo, demasiado denso. El olor que antes era molesto se volvió insoportable al acercarse.
—Abran el traje —ordenó el capitán con voz ronca.
Dos oficiales se acercaron con herramientas. Al retirar los seguros del torso de Freddy, el cuerpo de un niño cayó hacia adelante, atrapado entre los resortes y el endoesqueleto. Era Gabriel. Su rostro estaba congelado en una expresión de sorpresa eterna.
—¡Oh, Dios mío! —gritó una mujer al fondo, rompiendo el cordón policial.
Lo que siguió fue un descenso al infierno. Uno a uno, los animatrónicos y las cajas de repuestos en "Partes y Servicios" fueron abiertos. El horror no tenía fin.
Encontraron a los niños de Little Nightmares —Mono, Six, Raincoat Girl— hacinados en un rincón, sus cuerpos entrelazados como si hubieran intentado protegerse mutuamente hasta el último aliento. Low y Alone estaban cerca, con sus máscaras aún puestas, ahora manchadas de un carmesí que no pertenecía a ningún juego.
—¡Aquí hay más! —gritó otro oficial desde el almacén.
Allí, dentro de los contenedores de piezas de repuesto, yacían los niños de Poppy Playtime. Oliver y Poppy Ludwig estaban juntos, la mano de Oliver aún apretando con fuerza la de su hermana. Theodore, Rachel, Adam y el resto de los 43 niños de esa delegación habían sido apilados con una crueldad metódica.
Elliot Ludwig, al ver los cuerpos de sus hijos, cayó de rodillas, emitiendo un alarido que pareció desgarrar el aire mismo del restaurante. Molly se desmayó en los brazos de Henry Emily, quien miraba la escena con una mezcla de horror y una creciente sospecha que le quemaba las entrañas.
—William... —susurró Henry, sintiendo que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
La masacre continuaba revelándose. Los pequeños de Sugar Rush, que momentos antes soñaban con carreras y dulces, estaban esparcidos por la habitación. Vanellope von Schweetz, Rancis, Candlehead... sus ropas coloridas eran ahora un recordatorio macabro de la alegría que les habían arrebatado. Los niños de Bubble Guppies —Molly, Gil, Goby, Nonny— yacían cerca de los conductos de ventilación, como si hubieran intentado nadar hacia una salida que nunca existió.
Incluso las Princesas del Mar no se habían salvado. Tiburina, Ester y Pulpina parecían muñecas rotas descartadas en un rincón oscuro. El oficial Miller se apartó y vomitó, incapaz de procesar la magnitud del genocidio infantil.
—Son 143... —dijo el capitán, contando con voz temblorosa mientras leía la lista de desaparecidos—. Están todos aquí.
—No solo están muertos —observó un forense, acercándose con una linterna—. Mira estas marcas. Esto no fue rápido. Hubo tortura. Cortes precisos, puñaladas... este monstruo se tomó su tiempo con cada uno de ellos.
Mike Schmidt logró burlar la vigilancia y entró corriendo al área de servicio. Lo que vio lo perseguiría por el resto de sus días. Abby estaba allí, junto a Cassidy y Jeremy. Sus ojos, antes llenos de vida y curiosidad, estaban fijos en el techo, vacíos.
—¡Abby! ¡No, no, no! —Mike se lanzó sobre el cuerpo de su hermana, sollozando violentamente—. ¡Despierta, por favor! ¡Solo era un juego, despierta!
La escena era un cuadro de desesperación absoluta. Los padres de los niños de Blacklands Manor —Isaac, Molly, Esther— se agolpaban en la puerta, gritando los nombres de sus hijos mientras la policía intentaba, en vano, impedirles el paso a la carnicería.
Afuera, la lluvia comenzó a caer, lavando la sangre que se filtraba por debajo de la puerta trasera de la pizzería. El establecimiento, que alguna vez fue un lugar de fantasía y alegría, se había transformado en el mausoleo más grande que la ciudad hubiera conocido jamás.
Henry Emily salió del local, tambaleándose. Se apoyó contra una de las paredes de ladrillo, viendo cómo las ambulancias cargaban bolsas negras en lugar de heridos. Sabía que nada volvería a ser igual. La confianza se había roto. La inocencia había sido asesinada y ocultada tras una sonrisa de plástico y metal.
—Lo pagarás, William —juró Henry en voz baja, mirando hacia la oscuridad donde su antiguo amigo se había desvanecido—. Aunque me tome el resto de mi vida, te encontraré.
Mientras tanto, en lo profundo de las sombras de la ciudad, William Afton se quitaba los restos de sangre de las manos con una calma aterradora. El eco de los gritos todavía resonaba en sus oídos como una dulce melodía. Había comenzado algo que ni la muerte misma podría detener. Los niños ya no estaban, pero sus almas... sus almas ahora pertenecían al metal. Y él era el dueño de su destino.
Afuera, el caos reinaba. Las luces rojas y azules de las patrullas bañaban la fachada del edificio en un ciclo interminable de alarma. Henry Emily, con el rostro pálido y las manos temblorosas, intentaba mantener la compostura mientras su colega y amigo, Elliot Ludwig, se desmoronaba a su lado.
—¡No aparecen, Henry! ¡Ni Oliver ni Poppy están por ninguna parte! —exclamó Elliot, con la voz quebrada por el pánico. Sus ojos buscaban desesperadamente entre la multitud, esperando ver las cabelleras de sus hijos emergiendo del caos.
Molly, la esposa de Elliot, no estaba en mejor estado. Sus manos apretaban con fuerza los hombros de Susan Ayers, quien sollozaba de forma incontrolable.
—Mi pequeña Jackie... —susurraba Susan entre hipos—. Solo quería ver el espectáculo. George, por favor, dile que la encuentren.
George Ayers, rígido como una estatua, solo podía mirar hacia la puerta de "Partes y Servicios" con una premonición oscura instalada en el pecho. Cerca de ellos, los padres de Oswald, Gabrielle y Esther se agrupaban en un círculo de desesperación silenciosa, compartiendo una angustia que ninguna palabra podía aliviar. Arthur y Faith, los padres de Esther, rezaban en voz baja, aferrados el uno al otro.
A unos metros de la conmoción, Mike Schmidt permanecía inmóvil. Sus ojos estaban fijos en el suelo, pero su mente gritaba el nombre de su hermana.
—Abby... —susurró—. Te dije que te quedaras cerca.
Nadie notó la silueta que se alejaba lentamente por el callejón lateral del restaurante. William Afton, con la respiración aún agitada pero los ojos brillando con una satisfacción tóxica, se detuvo a la sombra de un edificio cercano. Se permitió un momento para recordar el peso del traje de Spring Bonnie sobre sus hombros, la textura del fieltro amarillo y la forma en que su voz, distorsionada por la máscara, había sonado tan reconfortante para los niños.
Había sido tan fácil.
—Vengan conmigo, pequeños —les había dicho, moviendo su mano enguantada—. Tengo una sorpresa especial en la parte de atrás. Una fiesta privada que Freddy y sus amigos han preparado solo para ustedes.
Recordó las caras de asombro. Mono, Six y los demás chicos del grupo de Little Nightmares habían sido los primeros en seguirlo, acostumbrados a buscar refugio en lugares oscuros. Luego, la marea de niños de Sugar Rush, con Vanellope y Taffyta a la cabeza, riendo y compitiendo por quién llegaría primero. Los pequeños de Salacia, las Princesas del Mar como Tiburina y Pulpina, caminaban con curiosidad, ajenos al peligro terrestre. Incluso los dulces niños de Bubble Guppies, como Molly y Gil, habían dejado sus juegos para seguir al conejo dorado.
William cerró los ojos y casi pudo escuchar de nuevo el eco de 143 pares de pies marchando hacia su perdición. Recordó el sonido de la puerta de "Partes y Servicios" al cerrarse con llave. El silencio que siguió a los primeros gritos. El frío acero encontrando su destino una y otra vez. Había sido una sinfonía de caos perfectamente ejecutada.
—Descansen ahora —murmuró William para sí mismo, una sonrisa malévola curvando sus labios mientras observaba el despliegue policial desde la distancia—. Ya son parte de algo mucho más grande.
Se dio la vuelta y desapareció en la oscuridad de la noche, dejando atrás el nido de horror que había construido.
Dentro del local, el ambiente cambió de la desesperación a un horror absoluto. Un oficial de policía, un hombre joven llamado Miller, se acercó al escenario principal donde Freddy, Bonnie y Chica permanecían apagados, con sus ojos de cristal mirando al vacío.
—Capitán... —la voz de Miller salió como un graznido—. Aquí hay algo mal.
Un líquido oscuro y espeso goteaba desde las articulaciones de las piernas de Freddy Fazbear. No era aceite. Era demasiado rojo, demasiado denso. El olor que antes era molesto se volvió insoportable al acercarse.
—Abran el traje —ordenó el capitán con voz ronca.
Dos oficiales se acercaron con herramientas. Al retirar los seguros del torso de Freddy, el cuerpo de un niño cayó hacia adelante, atrapado entre los resortes y el endoesqueleto. Era Gabriel. Su rostro estaba congelado en una expresión de sorpresa eterna.
—¡Oh, Dios mío! —gritó una mujer al fondo, rompiendo el cordón policial.
Lo que siguió fue un descenso al infierno. Uno a uno, los animatrónicos y las cajas de repuestos en "Partes y Servicios" fueron abiertos. El horror no tenía fin.
Encontraron a los niños de Little Nightmares —Mono, Six, Raincoat Girl— hacinados en un rincón, sus cuerpos entrelazados como si hubieran intentado protegerse mutuamente hasta el último aliento. Low y Alone estaban cerca, con sus máscaras aún puestas, ahora manchadas de un carmesí que no pertenecía a ningún juego.
—¡Aquí hay más! —gritó otro oficial desde el almacén.
Allí, dentro de los contenedores de piezas de repuesto, yacían los niños de Poppy Playtime. Oliver y Poppy Ludwig estaban juntos, la mano de Oliver aún apretando con fuerza la de su hermana. Theodore, Rachel, Adam y el resto de los 43 niños de esa delegación habían sido apilados con una crueldad metódica.
Elliot Ludwig, al ver los cuerpos de sus hijos, cayó de rodillas, emitiendo un alarido que pareció desgarrar el aire mismo del restaurante. Molly se desmayó en los brazos de Henry Emily, quien miraba la escena con una mezcla de horror y una creciente sospecha que le quemaba las entrañas.
—William... —susurró Henry, sintiendo que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
La masacre continuaba revelándose. Los pequeños de Sugar Rush, que momentos antes soñaban con carreras y dulces, estaban esparcidos por la habitación. Vanellope von Schweetz, Rancis, Candlehead... sus ropas coloridas eran ahora un recordatorio macabro de la alegría que les habían arrebatado. Los niños de Bubble Guppies —Molly, Gil, Goby, Nonny— yacían cerca de los conductos de ventilación, como si hubieran intentado nadar hacia una salida que nunca existió.
Incluso las Princesas del Mar no se habían salvado. Tiburina, Ester y Pulpina parecían muñecas rotas descartadas en un rincón oscuro. El oficial Miller se apartó y vomitó, incapaz de procesar la magnitud del genocidio infantil.
—Son 143... —dijo el capitán, contando con voz temblorosa mientras leía la lista de desaparecidos—. Están todos aquí.
—No solo están muertos —observó un forense, acercándose con una linterna—. Mira estas marcas. Esto no fue rápido. Hubo tortura. Cortes precisos, puñaladas... este monstruo se tomó su tiempo con cada uno de ellos.
Mike Schmidt logró burlar la vigilancia y entró corriendo al área de servicio. Lo que vio lo perseguiría por el resto de sus días. Abby estaba allí, junto a Cassidy y Jeremy. Sus ojos, antes llenos de vida y curiosidad, estaban fijos en el techo, vacíos.
—¡Abby! ¡No, no, no! —Mike se lanzó sobre el cuerpo de su hermana, sollozando violentamente—. ¡Despierta, por favor! ¡Solo era un juego, despierta!
La escena era un cuadro de desesperación absoluta. Los padres de los niños de Blacklands Manor —Isaac, Molly, Esther— se agolpaban en la puerta, gritando los nombres de sus hijos mientras la policía intentaba, en vano, impedirles el paso a la carnicería.
Afuera, la lluvia comenzó a caer, lavando la sangre que se filtraba por debajo de la puerta trasera de la pizzería. El establecimiento, que alguna vez fue un lugar de fantasía y alegría, se había transformado en el mausoleo más grande que la ciudad hubiera conocido jamás.
Henry Emily salió del local, tambaleándose. Se apoyó contra una de las paredes de ladrillo, viendo cómo las ambulancias cargaban bolsas negras en lugar de heridos. Sabía que nada volvería a ser igual. La confianza se había roto. La inocencia había sido asesinada y ocultada tras una sonrisa de plástico y metal.
—Lo pagarás, William —juró Henry en voz baja, mirando hacia la oscuridad donde su antiguo amigo se había desvanecido—. Aunque me tome el resto de mi vida, te encontraré.
Mientras tanto, en lo profundo de las sombras de la ciudad, William Afton se quitaba los restos de sangre de las manos con una calma aterradora. El eco de los gritos todavía resonaba en sus oídos como una dulce melodía. Había comenzado algo que ni la muerte misma podría detener. Los niños ya no estaban, pero sus almas... sus almas ahora pertenecían al metal. Y él era el dueño de su destino.
