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Fandom: House of dragón

Created: 5/7/2026

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El Sacrificio de la Sal y la Sangre

El aire en Rocadragón se había vuelto pesado, cargado con el olor a azufre y algo mucho más antiguo, algo que olía a carne quemada y magia negra. Daemon Targaryen no era un hombre que perdonara, y mucho menos un hombre que olvidara. Cuando los susurros sobre Rhaenyra y aquel caballero de pacotilla, Criston Cole, llegaron a sus oídos, algo dentro del Príncipe Canalla se rompió, dejando paso a una oscuridad que ni siquiera Caraxes podía contener.

Daemon no buscó venganza contra Cole de inmediato; eso sería demasiado simple. Él quería herir a Rhaenyra donde más le doliera: en su orgullo y en su linaje. Por eso, cuando el sol se ocultaba sobre las aguas de Marcaderiva, Daemon no descendió sobre la fortaleza de los Velaryon para parlamentar. Descendió como una sombra de muerte.

Laenor Velaryon, con su cabello de plata y su belleza etérea, era el trofeo perfecto. No importaba que fuera el esposo de Rhaenyra ante los ojos de los dioses. Para Daemon, las leyes de los hombres eran sugerencias que él pisoteaba con sus botas de montar.

Ahora, en la penumbra de la cámara principal de Rocadragón, Laenor se encontraba encadenado, no con hierro común, sino con eslabones de acero valyrio grabados con runas que brillaban con un fulgor violáceo. Daemon estaba de pie frente al ventanal, observando la tormenta que rugía afuera. Su silueta era imponente, la armadura oscura reflejaba los relámpagos.

—¿Por qué me haces esto, Daemon? —La voz de Laenor temblaba, aunque intentaba mantener la dignidad de un jinete de dragón—. Rhaenyra te amaba. Si esto es por lo que dicen de Cole...

Daemon se giró con una lentitud depredadora. Sus ojos, antes de un violeta pálido, parecían ahora dos pozos de fuego oscuro. Se acercó a Laenor, y el joven sintió el frío de la muerte emanando de él.

—Rhaenyra ha manchado la sangre del dragón con la de un plebeyo —dijo Daemon, su voz era un susurro que cortaba como Hermana Oscura—. Ella eligió la debilidad. Yo elijo el poder. Y tú, Laenor, eres la criatura más hermosa de estos Siete Reinos. Eres demasiado valioso para desperdiciarte en una mujer que no sabe apreciar lo que tiene entre las manos.

—No soy un objeto —escupió Laenor, forcejeando con las cadenas—. ¡Suéltame! Lord Corlys enviará a toda la flota. El Rey Viserys no permitirá esta locura.

Daemon soltó una carcajada seca, un sonido carente de cualquier rastro de humanidad.

—Tu padre está demasiado ocupado llorando su relevancia perdida, y mi hermano... mi hermano es un cadáver que aún respira en el Trono de Hierro —Daemon se inclinó, tomando el mentón de Laenor con una mano enguantada—. Nadie vendrá por ti. He sellado esta isla con ritos que tu padre no podría comprender ni en mil años. Ahora eres mío. Mi consorte. Mi sacrificio. Mi juguete.

Daemon se alejó hacia una mesa de piedra donde reposaban libros antiguos, forrados en piel humana, y cuencos con sustancias que burbujeaban sin fuego. Desde que se había instalado en la isla, el príncipe se había sumergido en las artes prohibidas de la Antigua Valyria. Sus manos estaban manchadas de una tinta negra que parecía moverse bajo su piel.

—¿Qué has hecho? —preguntó Laenor, horrorizado al ver los extraños símbolos pintados en el suelo—. Esto es brujería.

—Es herencia —corrigió Daemon sin mirarlo—. Los Targaryen no somos hombres, Laenor. Somos dioses que olvidaron cómo sangrar. Yo solo estoy recordando.

El príncipe tomó una daga de obsidiana y se acercó de nuevo a su prisionero. Laenor cerró los ojos, esperando el golpe mortal, pero solo sintió el frío metal rozando su mejilla con una delicadeza aterradora.

—No te mataré —susurró Daemon al oído de Laenor—. Te haré eterno. Te haré parte de la sombra que consumirá este reino.

—Prefiero morir —respondió Laenor con fiereza.

—Esa no es una opción que te pertenezca —sentenció Daemon.

Pasaron los días, o quizás semanas; en Rocadragón el tiempo se había vuelto elástico y confuso. Laenor apenas dormía. Los gritos de los sirvientes que se atrevían a desobedecer a Daemon resonaban por los pasillos, seguidos de un silencio sepulcral que indicaba que ya no volverían a hablar. El Príncipe Canalla se había vuelto sanguinario. Ya no se conformaba con la guerra; ahora buscaba el terror absoluto.

Una noche, aprovechando que Daemon parecía sumido en un trance frente a las llamas de la chimenea, Laenor logró deslizar una pequeña ganzúa que había ocultado en su bota desde el día de su captura. Con manos temblorosas y el corazón martilleando contra sus costillas, logró liberar uno de sus grilletes.

El silencio era su único aliado. Se deslizó por las sombras, evitando las antorchas que ardían con un fuego verde antinatural. Conocía los pasadizos de la fortaleza, o eso creía, pero las paredes parecían moverse, las gárgolas de piedra parecían girar sus cabezas para seguir su rastro.

Llegó a las cuevas que daban al mar. El aire salado le devolvió la esperanza. Si tan solo pudiera llegar a Bruma, su dragón...

—Es un hermoso esfuerzo, Laenor. Casi me hace sentir nostalgia por la juventud.

La voz de Daemon surgió de la oscuridad absoluta de la cueva. Laenor se detuvo en seco. Frente a él, el príncipe emergió de las sombras. No llevaba armadura, solo una túnica negra abierta que revelaba marcas rúnicas grabadas a fuego en su pecho. Detrás de él, los ojos rojos de Caraxes brillaron en la penumbra.

—Déjame ir, Daemon —suplicó Laenor, retrocediendo hacia el borde del acantilado—. Esto no es amor, ni es poder. Es locura.

—La locura es el nombre que los pequeños le dan a la ambición —dijo Daemon, caminando hacia él con pasos lentos y rítmicos—. ¿A dónde irías? ¿Con Rhaenyra? Ella ya te ha reemplazado en su cama. ¿Con tu padre? Él ya te ha dado por muerto.

—¡Mientes! —gritó Laenor.

—He visto el futuro en las llamas, dulce primo —Daemon estaba ahora a solo un paso de él. Su presencia era abrumadora, el olor a sangre y magia envolvía a Laenor como una mortaja—. He visto caer las casas, he visto dragones morir en el barro. Pero tú y yo... nosotros estaremos por encima de la ceniza.

Daemon extendió una mano. No era una invitación, era una orden.

—Vuelve a la torre, consorte. O tendré que recordarte por qué me llaman el Lord de las Pulgas.

Laenor, desesperado, intentó lanzarse al mar, prefiriendo el abrazo de las olas y los dioses de su madre a la oscuridad de Daemon. Pero antes de que pudiera saltar, sintió un tirón invisible. Sus pies se clavaron al suelo. No podía moverse.

Daemon sonrió, y fue la visión más aterradora que Laenor había presenciado jamás. El príncipe levantó una mano y los hilos de la magia negra se tensaron.

—Te dije que no podías escapar —dijo Daemon, acercándose hasta que sus rostros casi se tocaban—. Eres mi ancla en este mundo, Laenor. Mi belleza en medio de la carnicería.

—Eres un monstruo —susurró Laenor, las lágrimas rodando por sus mejillas.

—Soy un dragón —corrigió Daemon, rodeando el cuello de Laenor con su mano—. Y los dragones no piden permiso para tomar lo que desean.

Daemon lo arrastró de vuelta hacia el castillo. En el camino, pasaron frente a los guardias, hombres que antes eran leales a la corona y que ahora permanecían inmóviles, con los ojos vacíos y las lenguas cortadas, sirvientes de un maestro que ya no respondía ante ningún rey.

Al llegar a la cámara, Daemon lanzó a Laenor sobre el lecho de pieles. El joven Velaryon se encogió, temblando, mientras Daemon desenvainaba a Hermana Oscura y la colocaba sobre la mesa.

—Mañana —dijo Daemon mientras se desataba el cinturón—, el reino sabrá que Rocadragón tiene un nuevo soberano. Y sabrán que cualquiera que se atreva a mirar hacia esta isla con intenciones de guerra, terminará alimentando a los dioses que he despertado.

—¿Qué vas a hacer conmigo? —preguntó Laenor en un hilo de voz.

Daemon se sentó en el borde de la cama y pasó sus dedos largos por el cabello plateado de Laenor, un gesto que habría sido tierno si no fuera por la crueldad que brillaba en su mirada.

—Voy a hacerte mi igual —dijo Daemon—. Voy a romperte hasta que no quede nada de ese niño que jugaba a los barcos, y luego te reconstruiré con sangre y fuego. Serás el consorte del Rey de la Ceniza.

—Rhaenyra vendrá por ti —dijo Laenor, intentando encontrar un último rastro de valentía.

Daemon se inclinó y lo besó, un beso que sabía a hierro y a poder prohibido. Cuando se separó, sus ojos ardían con una intensidad inhumana.

—Que venga —susurró Daemon contra sus labios—. Caraxes tiene hambre, y yo tengo ganas de ver cómo arde el mundo que se atrevió a traicionarme.

Esa noche, los gritos de Laenor no fueron de dolor físico, sino del terror de ver cómo su propia voluntad se desvanecía bajo el peso de la magia de Daemon. El Príncipe Canalla ya no era solo un hombre peligroso; se había convertido en algo que los Siete Reinos no estaban preparados para enfrentar. Un dios oscuro reclamando su trono, con su consorte de plata encadenado a su sombra para siempre.

Nadie se atrevió a desafiarlo. Los barcos que pasaban cerca de Rocadragón daban media vuelta, temiendo las brumas negras que ahora rodeaban la isla. Daemon Targaryen había regresado a sus raíces valyrias, y en su búsqueda de justicia por la traición de Rhaenyra, había encontrado algo mucho más satisfactorio: el control absoluto sobre la vida, la muerte y el hombre más hermoso que jamás hubiera cruzado su camino.
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