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Y
Fandom: national treasure
Created: 5/7/2026
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DarkThrillerCrimePsychologicalAngstDramaHurt/ComfortAU (Alternate Universe)
El Tesoro Oculto de Howe
La libertad tenía un sabor metálico para Ian Howe, una mezcla de triunfo y de paciencia recompensada. Tras su salida de prisión, no había perdido el tiempo lamentándose; mientras el mundo creía que un hombre como él se escondería en las sombras, Ian había reconstruido su imperio con la precisión de un relojero. Poseía recursos, contactos y, sobre todo, una voluntad inquebrantable. Aquella tarde, mientras caminaba por las calles de Washington D.C., oculto tras unas gafas de sol de diseño y un abrigo que gritaba poder discreto, no buscaba problemas. Solo buscaba observar.
Entonces, lo vio.
Riley Poole caminaba distraído, como siempre, peleándose con un dispositivo electrónico mientras esquivaba transeúntes. Parecía más delgado, quizás un poco más cansado, pero conservaba esa aura de vulnerabilidad intelectual que Ian siempre había encontrado... fascinante. Riley era el cerebro que Ben Gates no merecía, la pieza tecnológica que hacía que todo funcionara. Y ahora, estaba solo.
Ian no creía en las coincidencias; creía en las oportunidades.
—Hola, Riley —susurró Ian para sí mismo, una sonrisa depredadora curvando sus labios—. Parece que el destino se siente generoso hoy.
El secuestro fue una ejecución quirúrgica. Riley apenas tuvo tiempo de sentir un pinchazo en el cuello antes de que el mundo se volviera borroso. Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, no estaba en su desordenado apartamento ni en el laboratorio de Ben.
El techo era alto, decorado con molduras de escayola finas y elegantes. El aire olía a madera de sándalo y a cuero caro. Riley intentó incorporarse, pero un mareo violento lo devolvió a las almohadas de seda.
—No te apresures, Riley. El sedante todavía está en tu sistema.
La voz era profunda, aterciopelada y peligrosamente familiar. Riley giró la cabeza con brusquedad, ignorando las punzadas de dolor. Sentado en un sillón de orejas, con una pierna cruzada sobre la otra y una copa de cristal tallado en la mano, estaba Ian Howe. Se veía imponente, más fuerte que en sus días de búsqueda de tesoros, con una mirada que parecía atravesar la piel de Riley.
—¿Ian? —La voz de Riley era un hilo—. ¿Qué... dónde estoy? ¿Estás muerto? No, espera, estabas en la cárcel.
Ian soltó una risa seca y se levantó, caminando hacia la cama con la elegancia de un pantera.
—La cárcel es para aquellos que no saben cómo manejar el sistema, y yo siempre he sido un excelente administrador —dijo Ian, deteniéndose al borde del colchón—. Estás en mi casa. Mi refugio privado. Un lugar que no figura en ningún mapa, Riley. Ni siquiera con tus satélites podrías encontrar este código postal.
Riley sintió que el pánico finalmente rompía la neblina del sedante. Intentó retroceder, arrastrándose por la cama, pero sus extremidades se sentían pesadas.
—¿Por qué? —preguntó Riley, su respiración acelerándose—. Si es por el tesoro de los Templarios, ya no queda nada. El FBI lo tiene todo. Ben no tiene nada...
—No me importa el oro de los Templarios —lo interrumpió Ian, inclinándose sobre él. El calor que emanaba el cuerpo del hombre mayor era abrumador—. El oro es estático. El talento, sin embargo, es el verdadero tesoro. Siempre te subestimaron, Riley. Ben te trataba como a un asistente útil, el gobierno como a un delincuente menor. Yo te veo como lo que eres: una mente prodigiosa que ahora me pertenece.
—No soy una propiedad, Ian —espetó Riley, intentando sonar valiente, aunque su voz temblaba.
—Ahora sí —sentenció Ian con una calma aterradora—. Eres mi invitado... permanente.
Ian se retiró, dejando a Riley solo en la inmensa habitación. El joven esperó, contando los latidos de su corazón, hasta que escuchó el clic de la cerradura. No perdió el tiempo. Con un esfuerzo sobrehumano, se obligó a levantarse. Sus piernas fallaron al principio, pero el miedo era un combustible potente.
Revisó la habitación. Las ventanas eran de cristal reforzado y no tenían manijas. La puerta principal estaba cerrada por fuera. Sin embargo, en el baño, encontró un pequeño conducto de ventilación que parecía lo suficientemente grande para alguien de su complexión. Con los dedos temblorosos y usando un cepillo de dientes metálico que encontró en el kit de aseo, Riley logró desatornillar la rejilla.
El conducto era estrecho y frío. Riley avanzó a ciegas, sintiendo que las paredes se cerraban sobre él. Después de lo que parecieron horas, llegó a una salida que daba a un pasillo en la planta baja. Saltó con cuidado, aterrizando sobre una alfombra persa que amortiguó el ruido.
La mansión era un laberinto de arte y opulencia. Riley corrió hacia lo que parecía ser la salida principal, viendo la luz de la luna filtrarse a través de los grandes ventanales del vestíbulo. Sus dedos rozaron el pomo de la puerta de roble macizo. Estaba tan cerca.
—Es una lástima —dijo la voz de Ian desde las sombras del piso superior—. Realmente esperaba que fueras más inteligente que esto.
Riley se giró, el corazón martilleando contra sus costillas. Ian bajaba las escaleras lentamente, sin rastro de prisa, como si estuviera disfrutando de una cacería que ya había ganado.
—¡Déjame ir, Ian! —gritó Riley, tirando del pomo con desesperación—. No diré nada, lo juro. Solo quiero volver a casa.
—Esta es tu casa ahora —dijo Ian, llegando al último escalón. Su presencia llenaba el espacio, haciéndolo parecer más pequeño—. ¿Realmente crees que Ben Gates te está buscando? Para él, probablemente te hayas ido de vacaciones o estés en otro de tus retiros tecnológicos. Nadie sabe que estás aquí. Nadie puede encontrarte.
Riley intentó correr hacia otra dirección, pero Ian fue más rápido. Con un movimiento fluido y poderoso, el hombre lo interceptó, rodeando su cintura con un brazo de hierro. Riley luchó, golpeando el pecho de Ian, pero era como golpear una pared de granito.
—¡Suéltame! —exclamó Riley, jadeando.
—No —susurró Ian cerca de su oído—. Me costó mucho recuperarte, Riley. No voy a dejar que te pierdas de nuevo.
Ian lo levantó con una facilidad insultante. Riley sintió que el mundo giraba mientras Ian lo cargaba de regreso a la planta superior. La resistencia de Riley se agotaba; el esfuerzo de la huida y los restos del sedante estaban pasando factura. Para cuando Ian lo dejó caer sobre la cama de la habitación principal, Riley apenas podía mantener los ojos abiertos.
—Eres testarudo —comentó Ian, sentándose a su lado y pasando una mano por el cabello desordenado del joven—. Es una cualidad que admiro, pero que tendrás que aprender a controlar. Aquí, mi voluntad es la única que importa.
—Ben vendrá... —murmuró Riley, aunque cada vez estaba menos seguro.
—Ben no tiene ni idea de quién soy ahora —replicó Ian, su voz suavizándose pero manteniendo ese filo peligroso—. Ahora, descansa. Mañana empezaremos a trabajar en tu nueva vida. Tendrás todo lo que desees: la mejor tecnología del mundo, los libros más raros, comida de chef... pero no saldrás de aquí. Jamás.
Riley sintió el peso del cuerpo de Ian acomodándose a su lado. El hombre no lo soltó; mantuvo una mano firme sobre su hombro, una posesión silenciosa.
—¿Por qué yo? —preguntó Riley en un susurro quebrado, justo antes de que el sueño lo reclamara.
Ian se inclinó y depositó un beso casi imperceptible en la frente del joven.
—Porque eres el único tesoro que realmente vale la pena conservar bajo llave.
Riley cerró los ojos, sintiendo la calidez de su captor y la fría realidad de su destino. La mansión de Ian Howe era una jaula de oro, y Riley acababa de entender que, por primera vez en su vida, no había un código que pudiera descifrar para escapar. Estaba en el poder de un hombre que no conocía la derrota, y el silencio de la noche le confirmó que su antigua vida se había desvanecido para siempre.
Entonces, lo vio.
Riley Poole caminaba distraído, como siempre, peleándose con un dispositivo electrónico mientras esquivaba transeúntes. Parecía más delgado, quizás un poco más cansado, pero conservaba esa aura de vulnerabilidad intelectual que Ian siempre había encontrado... fascinante. Riley era el cerebro que Ben Gates no merecía, la pieza tecnológica que hacía que todo funcionara. Y ahora, estaba solo.
Ian no creía en las coincidencias; creía en las oportunidades.
—Hola, Riley —susurró Ian para sí mismo, una sonrisa depredadora curvando sus labios—. Parece que el destino se siente generoso hoy.
El secuestro fue una ejecución quirúrgica. Riley apenas tuvo tiempo de sentir un pinchazo en el cuello antes de que el mundo se volviera borroso. Cuando sus ojos se abrieron de nuevo, no estaba en su desordenado apartamento ni en el laboratorio de Ben.
El techo era alto, decorado con molduras de escayola finas y elegantes. El aire olía a madera de sándalo y a cuero caro. Riley intentó incorporarse, pero un mareo violento lo devolvió a las almohadas de seda.
—No te apresures, Riley. El sedante todavía está en tu sistema.
La voz era profunda, aterciopelada y peligrosamente familiar. Riley giró la cabeza con brusquedad, ignorando las punzadas de dolor. Sentado en un sillón de orejas, con una pierna cruzada sobre la otra y una copa de cristal tallado en la mano, estaba Ian Howe. Se veía imponente, más fuerte que en sus días de búsqueda de tesoros, con una mirada que parecía atravesar la piel de Riley.
—¿Ian? —La voz de Riley era un hilo—. ¿Qué... dónde estoy? ¿Estás muerto? No, espera, estabas en la cárcel.
Ian soltó una risa seca y se levantó, caminando hacia la cama con la elegancia de un pantera.
—La cárcel es para aquellos que no saben cómo manejar el sistema, y yo siempre he sido un excelente administrador —dijo Ian, deteniéndose al borde del colchón—. Estás en mi casa. Mi refugio privado. Un lugar que no figura en ningún mapa, Riley. Ni siquiera con tus satélites podrías encontrar este código postal.
Riley sintió que el pánico finalmente rompía la neblina del sedante. Intentó retroceder, arrastrándose por la cama, pero sus extremidades se sentían pesadas.
—¿Por qué? —preguntó Riley, su respiración acelerándose—. Si es por el tesoro de los Templarios, ya no queda nada. El FBI lo tiene todo. Ben no tiene nada...
—No me importa el oro de los Templarios —lo interrumpió Ian, inclinándose sobre él. El calor que emanaba el cuerpo del hombre mayor era abrumador—. El oro es estático. El talento, sin embargo, es el verdadero tesoro. Siempre te subestimaron, Riley. Ben te trataba como a un asistente útil, el gobierno como a un delincuente menor. Yo te veo como lo que eres: una mente prodigiosa que ahora me pertenece.
—No soy una propiedad, Ian —espetó Riley, intentando sonar valiente, aunque su voz temblaba.
—Ahora sí —sentenció Ian con una calma aterradora—. Eres mi invitado... permanente.
Ian se retiró, dejando a Riley solo en la inmensa habitación. El joven esperó, contando los latidos de su corazón, hasta que escuchó el clic de la cerradura. No perdió el tiempo. Con un esfuerzo sobrehumano, se obligó a levantarse. Sus piernas fallaron al principio, pero el miedo era un combustible potente.
Revisó la habitación. Las ventanas eran de cristal reforzado y no tenían manijas. La puerta principal estaba cerrada por fuera. Sin embargo, en el baño, encontró un pequeño conducto de ventilación que parecía lo suficientemente grande para alguien de su complexión. Con los dedos temblorosos y usando un cepillo de dientes metálico que encontró en el kit de aseo, Riley logró desatornillar la rejilla.
El conducto era estrecho y frío. Riley avanzó a ciegas, sintiendo que las paredes se cerraban sobre él. Después de lo que parecieron horas, llegó a una salida que daba a un pasillo en la planta baja. Saltó con cuidado, aterrizando sobre una alfombra persa que amortiguó el ruido.
La mansión era un laberinto de arte y opulencia. Riley corrió hacia lo que parecía ser la salida principal, viendo la luz de la luna filtrarse a través de los grandes ventanales del vestíbulo. Sus dedos rozaron el pomo de la puerta de roble macizo. Estaba tan cerca.
—Es una lástima —dijo la voz de Ian desde las sombras del piso superior—. Realmente esperaba que fueras más inteligente que esto.
Riley se giró, el corazón martilleando contra sus costillas. Ian bajaba las escaleras lentamente, sin rastro de prisa, como si estuviera disfrutando de una cacería que ya había ganado.
—¡Déjame ir, Ian! —gritó Riley, tirando del pomo con desesperación—. No diré nada, lo juro. Solo quiero volver a casa.
—Esta es tu casa ahora —dijo Ian, llegando al último escalón. Su presencia llenaba el espacio, haciéndolo parecer más pequeño—. ¿Realmente crees que Ben Gates te está buscando? Para él, probablemente te hayas ido de vacaciones o estés en otro de tus retiros tecnológicos. Nadie sabe que estás aquí. Nadie puede encontrarte.
Riley intentó correr hacia otra dirección, pero Ian fue más rápido. Con un movimiento fluido y poderoso, el hombre lo interceptó, rodeando su cintura con un brazo de hierro. Riley luchó, golpeando el pecho de Ian, pero era como golpear una pared de granito.
—¡Suéltame! —exclamó Riley, jadeando.
—No —susurró Ian cerca de su oído—. Me costó mucho recuperarte, Riley. No voy a dejar que te pierdas de nuevo.
Ian lo levantó con una facilidad insultante. Riley sintió que el mundo giraba mientras Ian lo cargaba de regreso a la planta superior. La resistencia de Riley se agotaba; el esfuerzo de la huida y los restos del sedante estaban pasando factura. Para cuando Ian lo dejó caer sobre la cama de la habitación principal, Riley apenas podía mantener los ojos abiertos.
—Eres testarudo —comentó Ian, sentándose a su lado y pasando una mano por el cabello desordenado del joven—. Es una cualidad que admiro, pero que tendrás que aprender a controlar. Aquí, mi voluntad es la única que importa.
—Ben vendrá... —murmuró Riley, aunque cada vez estaba menos seguro.
—Ben no tiene ni idea de quién soy ahora —replicó Ian, su voz suavizándose pero manteniendo ese filo peligroso—. Ahora, descansa. Mañana empezaremos a trabajar en tu nueva vida. Tendrás todo lo que desees: la mejor tecnología del mundo, los libros más raros, comida de chef... pero no saldrás de aquí. Jamás.
Riley sintió el peso del cuerpo de Ian acomodándose a su lado. El hombre no lo soltó; mantuvo una mano firme sobre su hombro, una posesión silenciosa.
—¿Por qué yo? —preguntó Riley en un susurro quebrado, justo antes de que el sueño lo reclamara.
Ian se inclinó y depositó un beso casi imperceptible en la frente del joven.
—Porque eres el único tesoro que realmente vale la pena conservar bajo llave.
Riley cerró los ojos, sintiendo la calidez de su captor y la fría realidad de su destino. La mansión de Ian Howe era una jaula de oro, y Riley acababa de entender que, por primera vez en su vida, no había un código que pudiera descifrar para escapar. Estaba en el poder de un hombre que no conocía la derrota, y el silencio de la noche le confirmó que su antigua vida se había desvanecido para siempre.
