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Fandom: Karate kid

Created: 5/7/2026

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El Dragón en la Sombra

Beijing había cambiado en los últimos años, volviéndose más brillante, más rápida y mucho más implacable. Pero para Harry, el tiempo parecía haberse detenido en una extraña inercia desde aquel torneo que marcó el fin de su infancia. Ya no era el niño asustadizo que seguía a duras penas las órdenes de Cheng, pero tampoco se sentía el dueño de su propio destino. Trabajaba en una tienda de electrónica, salía con amigos y trataba de olvidar que alguna vez fue parte de un grupo que intimidaba a los demás por diversión.

Sin embargo, el pasado tiene una forma retorcida de reclamar lo que cree que le pertenece.

Cheng Lu no era el mismo adolescente impulsivo de antes. El tiempo lo había esculpido con una precisión cruel. Ahora era un hombre cuya presencia llenaba cualquier habitación; su mandíbula estaba más definida, sus ojos eran pozos de una inteligencia fría y su elegancia al vestir ocultaba una peligrosidad latente. Se movía por los círculos sociales de la ciudad con la gracia de un depredador que ya no necesita rugir para ser temido.

Hacía meses que Cheng había vuelto a aparecer en la vida de Harry. Primero fueron encuentros casuales en cafeterías, luego una mirada persistente desde un coche de lujo estacionado cerca de su trabajo. Harry, confundido y un tanto intimidado, había optado por la indiferencia. Pensaba que Cheng solo quería recordarle quién solía ser el jefe, o quizás buscar una disculpa que Harry no estaba dispuesto a dar.

—No entiendo qué es lo que busca —le confesó Harry a uno de sus amigos una noche de viernes, mientras sostenía una cerveza tibia en un bar ruidoso del distrito de Sanlitun.

—Tal vez solo quiere reunir a la vieja banda —respondió su amigo, encogiéndose de hombros—. Olvídalo, Harry. Estás paranoico. Bebe un poco más.

Harry asintió, queriendo creerle. Se dejó llevar por la música estruendosa y el flujo constante de alcohol. Las luces de neón se volvieron borrosas y las risas de sus amigos empezaron a sonar como si estuvieran bajo el agua. No recordaba exactamente cuándo se despidió, ni cómo llegó a la calle, solo recordaba el frío repentino de la noche de Beijing y el olor a cuero caro antes de que todo se volviera negro.

Cuando Harry abrió los ojos, lo primero que registró fue el silencio. Un silencio absoluto, denso, casi opresivo.

No estaba en su pequeño y desordenado apartamento. La cama en la que se encontraba era inmensa, con sábanas de seda gris que se sentían como agua contra su piel. La habitación era amplia, minimalista, con ventanales que iban del suelo al techo y mostraban el skyline de la ciudad iluminado por la luna.

Trató de incorporarse, pero un mareo repentino lo obligó a cerrar los ojos.

—No te levantes tan rápido. El alcohol de mala calidad suele dejar una huella dolorosa al despertar.

La voz era profunda, suave y cargada de una seguridad que hizo que a Harry se le erizaran los vellos de la nuca. Al abrir los ojos de nuevo, vio a Cheng.

Estaba sentado en un sillón individual de cuero negro, a pocos metros de la cama. Vestía una camisa de seda negra con los primeros botones desabrochados y sostenía un vaso con un líquido ámbar. No parecía cansado; al contrario, parecía estar disfrutando de una película que acababa de llegar a su clímax.

—¿Cheng? —Harry se frotó las sienes, sintiendo el pulso retumbar en su cabeza—. ¿Qué... qué hago aquí? ¿Dónde estamos?

—Estás en mi casa, Harry —respondió Cheng, dejando el vaso sobre una mesa lateral. Se puso en pie y caminó hacia la cama con una lentitud calculada—. Te encontré en un estado bastante lamentable fuera de ese bar. No podías ni mantenerte en pie.

—Podría haber llamado a un taxi —balbuceó Harry, tratando de apartar las mantas para levantarse, pero se dio cuenta de que solo vestía sus calzoncillos. Su ropa no estaba por ninguna parte—. ¿Dónde está mi ropa?

Cheng se detuvo al borde de la cama, mirándolo desde arriba. Su expresión no era de burla, sino de una posesividad tranquila que resultaba mucho más aterradora.

—Se estaba ensuciando con el desorden de la calle. Me tomé la libertad de deshacerme de ella. Te compraré cosas mejores.

Harry sintió un nudo de pánico apretándole la garganta. Intentó mantener la voz firme, aunque le temblaba ligeramente.

—Gracias por la ayuda, supongo. Ahora, si me das algo que ponerme, me iré a casa.

Cheng soltó una risa corta, un sonido sin rastro de humor. Se sentó en el borde del colchón, invadiendo el espacio personal de Harry hasta que el rubio tuvo que retroceder contra el cabecero de la cama.

—¿A casa? ¿A ese agujero donde vives? —Cheng extendió una mano y, antes de que Harry pudiera reaccionar, rozó con sus dedos la mejilla del chico rubio—. No lo entiendes, Harry. He pasado meses observándote. He visto cómo desperdicias tu vida, cómo dejas que otros te ignoren o te traten como a alguien común.

—No soy asunto tuyo —replicó Harry, tratando de apartar la mano de Cheng, pero este le sujetó la muñeca con una fuerza sorprendente—. ¡Suéltame!

—Eres mi asunto desde el momento en que decidí que te quería —dijo Cheng, su voz bajando a un susurro peligroso—. En el pasado, yo era un niño que solo sabía usar la fuerza bruta. Ahora soy un hombre que sabe cómo conseguir lo que desea. Y lo que deseo es tenerte aquí, bajo mi cuidado, donde nadie pueda tocarte.

—Estás loco —Harry forcejeó, pero Cheng se abalanzó sobre él, inmovilizándolo contra las almohadas con el peso de su cuerpo.

—No es locura, es orden —corrigió Cheng, sus ojos brillando con una intensidad febril a pocos centímetros de los de Harry—. Te ignoré durante años después de lo de Dre Parker. Pensé que eras débil. Pero luego te vi de nuevo y me di cuenta de que eres lo único que me falta. Tienes esa luz suave, esa vulnerabilidad que me irrita y me fascina al mismo tiempo.

—¡No soy un objeto! —gritó Harry, aunque su corazón latía tan fuerte que sentía que iba a estallar.

—Para el mundo, quizás no —Cheng deslizó su mano libre por el cuello de Harry, apretando suavemente, lo justo para que el rubio sintiera el dominio absoluto—. Pero para mí, eres el premio que finalmente he reclamado. No vas a salir de esta habitación hoy, ni mañana.

—Mis amigos... me buscarán. La policía...

—Tus amigos no saben ni dónde estás y, sinceramente, no les importas lo suficiente como para preguntar dos veces —Cheng sonrió, una expresión depredadora que heló la sangre de Harry—. Y en cuanto a la ley... yo soy la ley en mis propiedades. He limpiado tu rastro, Harry. A partir de hoy, tu antigua vida ha terminado.

Harry lo miró a los ojos, buscando algún rastro de duda o de broma, pero solo encontró una determinación inquebrantable. Cheng Lu siempre había sido inteligente, siempre había sido el líder, pero esta nueva faceta manipuladora y obsesiva era algo para lo que Harry no estaba preparado.

—¿Por qué yo? —preguntó Harry en un susurro quebrado—. Había tantos otros en el dojo... tantos otros en la ciudad.

Cheng se inclinó y depositó un beso frío en la frente de Harry, un gesto que se sintió como una marca de propiedad.

—Porque tú eres el único que todavía me mira con ese miedo que se parece tanto a la devoción. Y porque me gusta romper las cosas hermosas para ver cómo encajan bajo mis reglas.

Harry intentó empujarlo una vez más, pero Cheng atrapó ambas manos sobre su cabeza con una sola de las suyas. La diferencia de fuerza era abrumadora.

—Descansa, Harry —ordenó Cheng, su tono volviéndose extrañamente cariñoso, lo cual era aún más inquietante—. Mañana empezaremos tu nueva rutina. Te gustará la ropa que he elegido para ti. Te gustará la comida. Y, con el tiempo, te gustará pertenecerme.

—Nunca —juró Harry, aunque las lágrimas de frustración empezaban a nublar su vista.

Cheng se limitó a sonreír mientras se levantaba de la cama, caminando hacia la puerta. Antes de salir y apagar la luz, se detuvo y lo miró una última vez.

—Eso decías cuando te obligaba a entrenar hasta el agotamiento en el dojo. Y siempre terminabas haciendo lo que yo decía. Esto no será diferente.

La puerta se cerró con un clic electrónico definitivo. Harry se quedó solo en la penumbra de la lujosa habitación, rodeado de seda y de la aterradora certeza de que el dragón finalmente lo había atrapado en su nido, y no tenía ninguna intención de dejarlo escapar.
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