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Clandestino

Fandom: Jujutsu Kaisen

Created: 5/8/2026

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RomanceDramaAngstHurt/ComfortCanon SettingCharacter StudyMissing SceneExplicit LanguageSlice of LifePsychologicalCurtainfic / Domestic StoryThriller
Contents

Anatomía de un Secreto

La luz fluorescente de la enfermería parpadeaba con una cadencia irregular, un latido arrítmico que marcaba el compás de las noches en la Academia de Hechicería de Tokio. Afuera, la luna se escondía tras un velo de nubes densas, otorgando a los terrenos una oscuridad casi absoluta, una complicidad silenciosa para los secretos que albergaban sus muros. Dentro, el aire olía a una mezcla extraña y familiar: antiséptico, gasas limpias y el humo tenue de un cigarrillo que Shoko Ieiri acababa de apagar en un cenicero de cristal sobre su escritorio.

Estaba revisando el informe de la autopsia de un hechicero de segundo grado caído en una misión en Sendai. Causa de la muerte: desangramiento por múltiples perforaciones. Nada nuevo bajo el sol. El ciclo era tan predecible como agotador. Los jóvenes salían llenos de un brío estúpido, se enfrentaban a horrores que desafiaban la imaginación y, a veces, volvían en una bolsa de plástico para que ella catalogara sus últimos momentos a través de sus heridas.

Un suspiro cansado escapó de sus labios mientras se frotaba los ojos, sintiendo la habitual pesadez bajo ellos. Eran casi las dos de la madrugada. La academia estaba en silencio, un raro lujo. Los estudiantes dormían, los profesores patrullaban o descansaban, y el mundo de las maldiciones parecía, por un instante, haber concedido una tregua.

Fue entonces cuando lo sintió. No un sonido, no un movimiento. Era una sutil alteración en el espacio, una vibración casi imperceptible que anunciaba su llegada. La puerta permaneció cerrada, las ventanas selladas. Pero él ya estaba allí.

Cuando levantó la vista, Satoru Gojo estaba de pie al otro lado de su escritorio, apoyado con una estudiada displicencia contra el marco de la puerta que conducía al almacén de medicinas. No llevaba su venda, sino sus gafas de sol oscuras, incluso en la penumbra de la habitación. Su característica sonrisa torcida, esa que mostraba al mundo para mantenerlo a distancia, se había desvanecido. En su lugar, había una expresión más suave, más cansada, una que solo se permitía en la santidad de aquella habitación.

—Llegas tarde —dijo Shoko, su voz un murmullo grave que no delataba ninguna emoción real. Volvió a bajar la vista hacia el informe, como si la presencia del hechicero más fuerte del mundo fuera una interrupción trivial en su rutina.

—Misión de última hora en Hokkaido. Un par de viejos decrépitos del clan Zenin decidieron que una maldición de grado especial era un buen juguete para sus disputas internas —respondió él, su voz perdiendo el tono juguetón que usaba durante el día. Aquí, en la noche, era solo Satoru. Y Satoru sonaba agotado—. Tuve que limpiar su desastre.

Shoko no respondió. Siguió leyendo el informe, aunque las palabras ya no se registraban en su mente. Era un ritual que tenían. Unos minutos de silencio, de pretender que él no había cruzado medio Japón solo para terminar en su enfermería a altas horas de la noche. Era una forma de despojarse de sus roles, de dejar al "Más Fuerte" y a la "Única Sanadora" en la puerta.

Satoru rodeó el escritorio lentamente, sus largos pasos silenciosos sobre el linóleo. Se detuvo detrás de su silla. Shoko sintió el calor que emanaba de su cuerpo, una presencia abrumadora que contrastaba con la fría esterilidad de la habitación. Sus manos, grandes y cubiertas de finas cicatrices que solo un ojo entrenado podría ver, se posaron sobre sus hombros.

—Hueles a muerte —murmuró él, su aliento cálido contra su oído. No era una acusación, sino una simple observación, teñida de una melancolía compartida.

—Es el perfume de la casa —replicó ella, finalmente dejando caer el bolígrafo sobre el papel. El sonido resonó en el silencio—. Y tú hueles a ozono y a algo dulce. ¿Te detuviste a comprar mochis de camino?

Una risa suave y baja vibró a través de sus manos en sus hombros.

—Tal vez. Kikufuku de fresa. Mis favoritos. Te traje una caja.

Ella inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola en su abdomen. Sus ojos se encontraron con la línea de su mandíbula.

—Sabes que no me gusta el dulce.

—Lo sé. Por eso me los comeré yo mientras te miro trabajar. Es una excelente dinámica de equipo.

Shoko resopló, una sombra de sonrisa jugando en sus labios. Él siempre hacía eso. Traía consigo una normalidad forzada, pequeños fragmentos de un mundo que a ellos les estaba vedado, y los dejaba esparcidos en la fría realidad de sus vidas.

Los dedos de Satoru comenzaron a masajear la tensión en sus hombros, trabajando los nudos con una habilidad sorprendente. Shoko cerró los ojos, permitiéndose por un instante el lujo de relajarse bajo su tacto. Durante el día, su relación era un campo de minas de sarcasmo y distancia profesional. Él irrumpía en su oficina con alguna queja infantil sobre un rasguño, ella lo despachaba con un comentario mordaz y una amenaza de usar un bisturí para algo más que una cirugía. Era un acto bien ensayado para las miradas curiosas de estudiantes y colegas. "Son amigos desde la escuela", decían. "Siempre han sido así".

Nadie sospechaba que esa familiaridad juvenil se había transformado, en el crisol del tiempo y la tragedia compartida, en algo mucho más profundo y peligroso. Nadie veía cómo, en la soledad de la noche, las barreras se desmoronaban.

—Deja eso —murmuró ella, aunque no hizo ningún movimiento para apartarlo.

—Estás tensa. Demasiados informes, muy poco sueño.

—Bienvenido a mi vida, Satoru.

Él se inclinó, su rostro ahora junto al de ella. El olor a ozono, el rastro persistente de su técnica de maldición, se mezcló con un aroma más personal, algo que olía a vainilla y a aire fresco de invierno. Era el olor de Satoru, no de Gojo.

—Déjame ayudarte a olvidarlo por un rato —susurró, y sus labios rozaron la piel sensible detrás de su oreja.

Un escalofrío recorrió la espalda de Shoko, una reacción involuntaria que odiaba y anhelaba a partes iguales. Giró lentamente la silla para encararlo. Él se había quitado las gafas de sol, y sus ojos, esos imposibles pozos de azul celeste que contenían el universo entero, la miraron con una intensidad que le robaba el aliento. Eran los Seis Ojos, el tesoro del clan Gojo, el poder que mantenía el equilibrio del mundo. Pero para ella, en ese momento, eran solo los ojos del hombre que conocía desde que eran adolescentes idiotas y arrogantes que creían poder cambiar el mundo.

—Solo por un rato —concedió ella, su voz apenas audible.

Esa fue toda la invitación que él necesitó.

La distancia entre ellos se evaporó. Una de sus manos ahuecó su nuca, sus dedos enredándose en su largo cabello castaño, mientras que la otra se deslizó por su brazo hasta tomar su mano. Su beso no fue gentil. Fue hambriento, desesperado, un choque de dos soledades que buscaban un ancla en la tormenta. Los labios de Satoru sabían a la menta de algún chicle y a la promesa de los mochis de fresa que había mencionado. Los de ella, al regusto amargo del café y el tabaco. Era una combinación discordante y perfecta.

Shoko respondió con la misma urgencia, sus manos subiendo por su pecho, agarrando la tela de su uniforme negro como si temiera que él fuera a desaparecer. Él la levantó de la silla con una facilidad insultante, sentándola sobre el borde del escritorio, esparciendo los informes de autopsia por el suelo. A ninguno de los dos le importó.

El mundo exterior dejó de existir. No había altos mandos, ni maldiciones, ni estudiantes que proteger. Solo estaba el sonido de sus respiraciones entrecortadas, el roce de la tela, la sensación de la piel cálida bajo sus dedos. Satoru se apartó un centímetro, sus frentes apoyadas la una en la otra.

—Maldita sea, Shoko… —respiró, su voz ronca—. A veces pienso que voy a volverme loco si no puedo hacer esto.

—Ambos estamos locos desde hace mucho tiempo —replicó ella, su mano subiendo para acariciar su mejilla. Sus dedos rozaron la piel suave, un contraste con la inmensa y destructiva energía que sabía que bullía bajo ella—. Es nuestra única cordura.

Él sonrió, una sonrisa genuina y triste.

—Nuestra locura compartida.

La besó de nuevo, esta vez con más lentitud, con una ternura que desmentía su poder. Era un beso que hablaba de años de historia compartida, de la pérdida de un amigo en común que había dejado un agujero en sus almas, de misiones fallidas y victorias pírricas. Cada caricia era un párrafo en la historia de su relación clandestina. Sus manos se deslizaron bajo su bata de laboratorio, encontrando la curva de su cintura por encima de sus pantalones. Las manos de ella desabrocharon los primeros botones de su chaqueta de cuello alto, buscando el calor de su piel, el latido constante de su corazón.

Se movieron como en una danza silenciosa y bien aprendida hacia una de las camas de la enfermería, la que estaba más alejada de la puerta y las ventanas. Satoru la tumbó con cuidado sobre el colchón firme, cubierto por una sábana blanca y esterilizada. Se cernió sobre ella, su imponente figura bloqueando la luz parpadeante.

—Los altos mandos tuvieron una reunión hoy —dijo él de repente, su tono volviéndose serio mientras sus dedos trazaban el contorno de su mandíbula—. Sobre ti.

Shoko se tensó al instante.

—¿Sobre mí? ¿Qué estupidez han dicho ahora?

—Están… preocupados. Por tu seguridad. Eres la única que puede usar la Técnica de Maldición Inversa para curar a otros a este nivel. Si te pasara algo…

—Sería un inconveniente logístico para ellos —terminó ella con un cinismo afilado—. No es preocupación, Satoru. Es gestión de activos. Soy una herramienta, igual que tú. Solo que tú eres un arma de destrucción masiva y yo soy el equipo de reparación.

El dolor en los ojos de Satoru fue tan claro como el cielo que contenían. Odiaba cuando ella hablaba así, aunque sabía que tenía razón.

—Quieren asignarte un destacamento de seguridad permanente. Dos hechiceros de primer grado siguiéndote a todas partes.

Shoko soltó una risa seca y sin alegría.

—Absolutamente no. Ya tengo suficiente con ser la niñera de tus estudiantes. No necesito dos perros guardianes más olfateándome el culo todo el día. ¿Qué les dijiste?

—Les dije —su voz se volvió helada, la temperatura en la habitación pareció bajar un par de grados, un atisbo del poder que siempre mantenía a raya— que si alguien se atrevía a molestarte o a interponerse en tu trabajo, me encargaría personalmente de que se arrepintieran de haber aprendido a usar energía maldita.

Ella lo miró fijamente. Sabía que no era una bravuconada. Si Satoru Gojo decía algo así, incluso los ancianos más arrogantes y anquilosados del consejo escuchaban. Él era su carta de triunfo, su perro de presa, y lo sabían. Pero usar esa influencia para protegerla era un riesgo. Un riesgo que ponía su secreto en un peligro aún mayor.

—Eres un idiota —dijo ella, pero su mano se apretó en la suya—. Van a empezar a preguntarse por qué el gran Satoru Gojo se preocupa tanto por la doctora de la academia.

—Que se pregunten —replicó él, inclinándose para besar la comisura de sus labios—. Que piensen que es porque necesito que estés aquí para curar mis heridas de papel. Que piensen que soy un ególatra que no quiere perder a su sanadora personal. Me da igual lo que piensen, mientras te dejen en paz.

Su relación era un equilibrio precario sobre un alambre. Un acto de rebeldía silenciosa contra un sistema que les exigía ser monumentos, no personas. El sentimentalismo, les habían enseñado, era una debilidad. Un hechicero que ama tiene un punto vulnerable. Y para Satoru Gojo, el hombre que no podía ser tocado, tener una debilidad era impensable. Para Shoko Ieiri, la pieza irremplazable del engranaje, formar un apego la convertía en un objetivo, un peón para ser usado en su contra o contra él.

Así que lo escondían. Lo enterraban bajo capas de sarcasmo durante el día y lo dejaban florecer en la oscuridad robada de la noche, en una enfermería que olía a productos químicos y a secretos.

—Satoru… —comenzó ella, una duda persistente en su voz.

Él la silenció con otro beso, más profundo esta vez. Sus cuerpos se presionaron el uno contra el otro, buscando un calor, una conexión que el resto del mundo les negaba. La bata de laboratorio de Shoko terminó en el suelo, seguida por la chaqueta de cuello alto de Satoru. En la penumbra, iluminados solo por la intermitente luz del techo y el brillo de la energía maldita residual en los ojos de Satoru, eran solo un hombre y una mujer. No había títulos, no había responsabilidades. Solo piel contra piel, aliento contra aliento.

Sus caricias eran a la vez expertas y torpes. Expertas por los meses de práctica en la oscuridad, conociendo cada curva, cada cicatriz, cada punto sensible. Torpes por la urgencia subyacente, el conocimiento de que su tiempo era limitado, robado. Cada encuentro podía ser el último. Un estudiante insomne, un profesor con una emergencia, una alarma que sonaba… cualquier cosa podría romper el hechizo.

—A veces desearía poder detener el tiempo —murmuró Satoru contra su cuello, su voz vibrando en su piel—. Solo aquí. Solo nosotros.

—Si pudieras hacer eso, ya no serías tú —respondió ella, sus dedos trazando los músculos de su espalda—. Serías alguien normal. Y eso sería aburrido.

Él se rió, un sonido genuino que llenó la habitación.

—Tienes razón. Probablemente me quejaría de los impuestos y del tráfico.

Se quedaron en silencio por un largo rato, simplemente existiendo en la presencia del otro. Para Satoru, estar con Shoko era el único momento en que podía bajar la guardia. Su Infinito, la técnica que lo hacía intocable, siempre estaba activa, una barrera subconsciente entre él y el mundo. Pero con ella, conscientemente, la relajaba. Permitía que su tacto lo alcanzara, que su presencia lo anclara. Era el único ser humano que podía tocarlo sin permiso.

Para Shoko, estar con Satoru era un respiro de la muerte. Pasaba sus días rodeada de cadáveres y heridos, cuantificando el coste humano de su guerra interminable. Él, a pesar de ser la mayor fuerza de destrucción de su mundo, era una explosión de vida. Ruidoso, arrogante, vibrante. Era un recordatorio de que todavía había algo por lo que luchar, más allá de la simple supervivencia.

De repente, un ruido sordo provino del pasillo. Un golpe, seguido de una voz juvenil quejándose.

—¡Auch! ¡Maki, no tenías que empujarme!

—¡Cállate, panda! Vas a despertar a todo el mundo.

Satoru y Shoko se congelaron. En un instante, la burbuja de intimidad se rompió. Satoru ya estaba de pie, su chaqueta en la mano, su rostro una máscara de alerta. Shoko se sentó en la cama, buscando a tientas su bata de laboratorio. El pánico, frío y afilado, la recorrió.

—¿Qué hacen despiertos a esta hora? —susurró Satoru, sus Seis Ojos probablemente ya analizando la situación a través de las paredes.

—Seguramente Inumaki tuvo una pesadilla y lo están llevando por algo para la garganta —dijo Shoko en voz baja, su mente corriendo a toda velocidad.

Se oyeron pasos acercándose a la puerta de la enfermería.

—Shoko-sensei, ¿estás ahí? —la voz de Maki Zenin, clara y directa, sonó desde el otro lado de la puerta—. La luz está encendida.

Mierda.

Satoru le lanzó una mirada. No había pánico en sus ojos, solo un cálculo rápido. Puso un dedo en sus labios, indicándole que guardara silencio. Luego, con una fluidez que desafiaba la física, se movió hacia el rincón más oscuro de la habitación, cerca del almacén. El espacio a su alrededor pareció curvarse por una fracción de segundo, y luego, simplemente… se desvaneció. No se había teletransportado. Estaba usando su Infinito para doblar la luz y el sonido a su alrededor, volviéndose efectivamente invisible e indetectable. Era una hazaña de control que dejaría a cualquier otro hechicero sin aliento.

Shoko respiró hondo, tratando de calmar el latido acelerado de su corazón. Se puso la bata, abotonándola rápidamente. Cogió el cenicero y lo vació en la papelera, luego roció un poco de ambientador con olor a limón para disimular el humo del cigarrillo.

—Un momento —dijo en voz alta, su tono deliberadamente somnoliento y malhumorado.

Caminó hacia la puerta, echando un último vistazo a la cama deshecha y a los papeles esparcidos por el suelo. Demasiado tarde para arreglarlo. Abrió la puerta solo una rendija, lo suficiente para mostrar su rostro.

Maki, Panda y Toge Inumaki estaban de pie en el pasillo, luciendo culpables.

—¿Qué pasa? —preguntó Shoko, frotándose un ojo para hacer más creíble su actuación.

—Lo siento, sensei —dijo Panda—. Es que a Toge le duele la garganta otra vez. Pensamos que quizás tenías alguna pastilla o algo.

Toge asintió, señalándose la garganta y haciendo una mueca de dolor.

Shoko los miró a los tres, su expresión severa.

—Son las dos y media de la mañana. ¿No podíais esperar a que saliera el sol? La próxima vez, que use su teléfono para escribir lo que necesita y lo deje en la puerta.

A pesar de sus palabras duras, se giró y fue a un armario, sacando un frasco de pastillas para la garganta y un pequeño vaso de agua. Se los entregó a Maki.

—Que se tome una ahora y otra por la mañana. Y ahora, a la cama. Los tres. Si el director Yaga se entera de que andáis por ahí a estas horas…

—Sí, sensei. Gracias, sensei. Lo sentimos, sensei —dijeron casi al unísono.

Los vio alejarse por el pasillo hasta que doblaron la esquina. Solo entonces cerró la puerta, asegurándose de poner el cerrojo esta vez. Se apoyó contra la madera fría, cerrando los ojos y dejando escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo. Su corazón todavía martilleaba contra sus costillas.

Habían estado tan cerca. Tan estúpidamente cerca.

El espacio en el rincón de la habitación volvió a la normalidad y Satoru reapareció, su expresión ahora sombría. La ligereza de antes se había evaporado por completo.

—Eso ha estado cerca —dijo, su voz plana.

—Demasiado cerca —convino Shoko. Se alejó de la puerta y comenzó a recoger los informes del suelo, sus movimientos rígidos y eficientes.

Satoru la observó en silencio por un momento. La fragilidad de su secreto se había manifestado de forma cruda y repentina.

—Shoko…

—No —lo interrumpió ella, sin mirarlo—. No digas nada.

—Esto no puede seguir así.

Ella se detuvo, con un fajo de papeles en la mano. Lentamente, se giró para enfrentarlo.

—¿Y qué propones, Satoru? ¿Que lo anunciemos en la próxima reunión del consejo? "Estimados ancianos decrépitos y sedientos de poder, les informamos que su arma más valiosa y su único sistema de salud están sentimentalmente comprometidos. Esperamos que esto no afecte a nuestras evaluaciones de rendimiento".

El sarcasmo en su voz era un arma defensiva, afilada y cruel. Pero él vio a través de ella. Vio el miedo debajo.

—No. Pero no podemos seguir escondiéndonos en tu oficina como adolescentes asustados. Soy el hechicero más fuerte. ¿De qué sirve este poder si no puedo proteger lo único que me importa? Podríamos irnos. Lejos de aquí. Lejos de los clanes, del consejo, de todo.

La propuesta quedó suspendida en el aire, tan absurda y tan tentadora que a Shoko le dolió el pecho. ¿Irse? ¿Abandonar la academia, a los estudiantes, la lucha? ¿Vivir una vida normal? Era una fantasía, un sueño imposible.

—No seas infantil —dijo ella, su voz más suave ahora, teñida de una tristeza infinita—. ¿Y a dónde iríamos? ¿A una cabaña en el bosque? Las maldiciones nos encontrarían. Los altos mandos nos cazarían. No como enemigos, sino como activos fugados. Y los estudiantes… Yuji, Megumi, Nobara… ¿los dejaríamos a su suerte? ¿En manos de esa gente?

Satoru apretó los puños a los costados. Sabía que ella tenía razón. Su sentido del deber era tan fuerte como el de él, aunque lo ocultara bajo una capa de indiferencia. Estaban atrapados. Atrapados por su poder, por su responsabilidad, por su propia conciencia.

—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó él, su voz rota por una frustración impotente—. ¿Seguimos así? ¿Robando horas en la oscuridad hasta que un día nos descubran y lo usen para destrozarnos?

Shoko se acercó a él. Levantó una mano y le quitó las gafas de sol de nuevo, obligándolo a mirarla. Sus ojos azules eran un torbellino de emociones: ira, amor, desesperación.

—Seguimos así —dijo ella con una calma que no sentía—. Pero con más cuidado. Y apreciamos cada momento que robamos, porque sabemos lo que cuesta. Es esto, Satoru, o es nada. Y yo… —dudó por un instante, la confesión atascada en su garganta—. No estoy preparada para la nada.

Él la tomó en sus brazos, abrazándola con fuerza, enterrando su rostro en su cabello. Olía a ella, a humo y a desinfectante, el olor de su santuario, de su único refugio.

—Yo tampoco —admitió en un susurro.

Se quedaron así, abrazados en medio de la enfermería, mientras la luz del techo seguía parpadeando su ritmo irregular. El peligro había pasado, pero la amenaza permanecía, una sombra constante sobre sus cabezas.

Finalmente, él se apartó. Se puso las gafas de sol, el escudo volviendo a su lugar.

—Tengo que irme. Tengo una reunión con Yaga a primera hora. Probablemente para regañarme por lo que les dije a los ancianos.

—Dale un puñetazo de mi parte —dijo ella, intentando recuperar algo de su antigua ligereza.

Él sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.

—Lo haré.

Se inclinó y le dio un último beso, corto y casto, en la frente. Un gesto de promesa silenciosa.

—Cuídate, Shoko.

—Tú también, idiota. No hagas que tenga que coserte de nuevo.

Y con la misma alteración sutil del espacio con la que había llegado, desapareció.

Shoko se quedó sola en la enfermería. El silencio que dejó atrás era más pesado que antes. El olor a ozono y vainilla todavía flotaba en el aire, un fantasma de su presencia. Miró la cama deshecha, los papeles en su escritorio. Su secreto estaba a salvo, por ahora.

Se sentó en su silla, recogió el informe de la autopsia del hechicero de Sendai y cogió su bolígrafo. El trabajo la esperaba. La muerte nunca descansaba.

Pero mientras su pluma comenzaba a trazar las notas en el papel, una de sus manos se deslizó inconscientemente hacia su hombro, allí donde las manos de Satoru habían disipado la tensión. El calor fantasma de su tacto era un recordatorio.

Era una relación clandestina, sí. Peligrosa, imprudente y probablemente condenada. Pero en un mundo construido sobre la muerte, el sacrificio y la desesperación, era lo único que se sentía verdaderamente vivo. Y por eso, valía la pena cualquier riesgo.
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