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Repartiendo Besos
Fandom: Stay
Created: 5/10/2026
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RomanceDramaAngstHurt/ComfortFluffCurtainfic / Domestic StoryRealismSurvivalSlice of LifeFix-it
Entrega fuera de horario
La ciudad de Seúl nunca dormía, pero para Han Jisung, las luces de neón y el rugido constante del tráfico eran más una amenaza que una invitación. Llevaba apenas dos meses viviendo en aquel pequeño apartamento de la zona de Mapo, y su conocimiento de las calles se limitaba al trayecto de diez minutos hacia el edificio de oficinas donde trabajaba hasta desfallecer. El resto del tiempo, el mundo exterior era un mapa borroso de rostros desconocidos y sombras que lo hacían encogerse de hombros.
Su desconfianza no era gratuita; era un mecanismo de defensa pulido a base de malas experiencias. Por eso, cuando el hambre apretaba a las once de la noche, Jisung prefería la seguridad de una pantalla.
Al principio, recibir a los repartidores era un suplicio. Abría la puerta apenas unos centímetros, con la cadena puesta, y evitaba el contacto visual. Todo cambió la noche que Lee Minho apareció en su puerta.
Minho no sonreía de forma exagerada, no intentaba entablar una conversación forzada ni lo miraba con curiosidad intrusiva. Simplemente llegaba, entregaba la bolsa de papel con un movimiento eficiente y asentía con una seriedad que, curiosamente, a Jisung le resultó tranquilizadora.
—Aquí tienes. Cuidado, el caldo está muy caliente —había dicho Minho aquella primera vez, con una voz profunda y calmada que pareció asentar los nervios de Jisung.
Desde entonces, Jisung se volvió selectivo. Descubrió que podía esperar a que el perfil de Minho apareciera como disponible en la aplicación. Si no era él, Jisung simplemente no pedía nada. Se convirtió en una rutina silenciosa: el sonido de la motocicleta estacionándose abajo, el pitido del ascensor y los tres golpes rítmicos en la madera de la puerta.
Poco a poco, los "gracias" de Jisung se convirtieron en pequeñas preguntas, y el rostro serio de Minho empezó a relajarse, mostrando una media sonrisa que Jisung solo veía a través de la rendija de la puerta. Luego vinieron los mensajes por la aplicación: "Ya voy en camino, no te asustes si escuchas un ruido fuerte en el pasillo, hay obras", o "¿Seguro que solo quieres esto? Te ves más delgado hoy".
Sin darse cuenta, Minho se había convertido en su único ancla en esa ciudad hostil. Lo que Jisung no le decía a Minho, y lo que ocultaba tras la puerta entreabierta, era la razón de sus ojeras y del temblor en sus manos.
Esa noche, el aire en el apartamento de Jisung estaba cargado de una tensión eléctrica, de esa que precede a la tormenta.
—¿A quién le escribes tanto, Jisung? —La voz de Seokjun era como un látigo.
Jisung bloqueó la pantalla de su teléfono rápidamente, guardándolo en el bolsillo de su sudadera.
—A nadie. Solo... solo estaba mirando el estado de mi pedido de comida. Tengo hambre, es todo.
Seokjun se levantó del sofá con una lentitud depredadora. Era un hombre que sabía cómo ocupar el espacio, cómo hacer que Jisung se sintiera pequeño.
—Siempre lo mismo. Gastando dinero en comida estúpida porque eres demasiado inútil para cocinar o para salir a la calle como una persona normal. ¿O es que te gusta el tipo que la trae? Te he visto sonreírle a la pantalla.
—No es eso, Seokjun, por favor. Solo tengo hambre —susurró Jisung, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared del pasillo.
—¡Mírame cuando te hablo! —gritó Seokjun, perdiendo los estribos.
El estallido fue rápido. Un empujón, el sonido de algo rompiéndose —probablemente el jarrón de la entrada— y luego el dolor agudo en la mejilla de Jisung. No era la primera vez, pero esta noche había algo diferente en los ojos de Seokjun, una furia desmedida que hizo que el instinto de supervivencia de Jisung finalmente gritara más fuerte que su miedo.
Jisung no supo de dónde sacó las fuerzas, pero empujó a Seokjun con la desesperación de quien se sabe acorralado y salió corriendo por la puerta principal, olvidando las llaves, el dinero, todo excepto su teléfono. Bajó las escaleras de emergencia a trompicones, escuchando los gritos de Seokjun eco en el hueco de la escalera.
Salió a la calle jadeando, el aire frío de la noche quemándole los pulmones. La calle estaba desierta, las luces de las farolas parpadeaban de forma intermitente. Se sentía expuesto, vulnerable en ese laberinto de asfalto que no conocía.
A unos metros, escuchó el motor de una motocicleta.
Minho acababa de terminar una entrega a un par de bloques de distancia. Se detuvo en un semáforo en rojo, ajustándose los guantes, cuando vio una figura tambaleante salir de uno de los edificios. Reconoció la sudadera oversize de inmediato. Era Jisung. Pero no era el Jisung que lo esperaba con timidez tras la puerta. Este Jisung estaba descalzo, temblando y se sujetaba el rostro con una mano.
—¿Jisung? —Minho aceleró, acercándose a la acera.
Antes de que Jisung pudiera responder, la puerta del edificio se abrió de golpe y Seokjun salió, con el rostro desencajado por la rabia.
—¡Vuelve aquí, maldito idiota! —rugió Seokjun, agarrando a Jisung por el brazo con una fuerza que lo hizo soltar un gemido de dolor.
Minho no lo pensó. Pateó el soporte de la moto y se bajó en un movimiento fluido. Su rostro, usualmente reservado, se transformó en una máscara de frialdad absoluta.
—Suéltalo —dijo Minho. Su voz no era alta, pero tenía un filo peligroso.
Seokjun soltó una carcajada seca, sin soltar a Jisung.
—¿Y tú quién eres? ¿El de las pizzas? Lárgate de aquí si no quieres que te rompa la cara a ti también. Esto es un asunto de pareja.
—He dicho que lo sueltes —repitió Minho, dando un paso hacia adelante.
—¡Vete, Minho! ¡Por favor, vete! —suplicó Jisung, con las lágrimas rodando por sus mejillas.
Seokjun levantó la mano para volver a golpear a Jisung, pero Minho fue más rápido. Interceptó el golpe con una mano y, con un movimiento preciso y técnico, retorció el brazo de Seokjun, obligándolo a soltar a Jisung. Luego, con un empujón seco, lo mandó contra la pared del edificio.
—Si vuelves a tocarlo, te juro que no será un repartidor el que venga a buscarte —amenazó Minho, interponiéndose físicamente entre los dos.
Seokjun, acobardado por la determinación en los ojos de Minho y por el hecho de que alguien finalmente le hacía frente, escupió al suelo y retrocedió hacia el portal.
—Quédatelo, entonces. Es un estorbo de todas formas.
En cuanto Seokjun desapareció tras la puerta, la adrenalina abandonó el cuerpo de Jisung, dejándolo sin fuerzas. Sus piernas cedieron y se habría desplomado sobre el cemento si Minho no lo hubiera atrapado a tiempo.
—Tranquilo, ya está. Estás a salvo —susurró Minho, envolviéndolo en sus brazos.
Jisung se aferró a la chaqueta de cuero de Minho, hundiendo el rostro en su pecho, sollozando con una angustia que llevaba meses contenida. Minho no dijo nada más; simplemente lo sostuvo, dejando que el chico se desahogara mientras el sonido del tráfico lejano seguía su curso.
—No puedo volver ahí —logró decir Jisung entre hipos—. Mis llaves... él está dentro... no tengo a dónde ir.
Minho lo separó apenas unos centímetros para mirarlo a los ojos. Con delicadeza, apartó un mechón de pelo de la frente de Jisung y vio el hematoma que empezaba a formarse en su pómulo. Sintió una punzada de rabia, pero la ocultó tras una mirada suave.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—A mi casa. No es un palacio, pero la puerta tiene un buen cerrojo y nadie te va a tocar allí.
Minho ayudó a Jisung a subirse a la motocicleta, colocándole su propio casco a pesar de las protestas del menor. Durante el trayecto, Jisung se abrazó a la cintura de Minho con tanta fuerza que este podía sentir los latidos desbocados de su corazón contra su espalda. Por primera vez en mucho tiempo, Jisung no sintió miedo de la ciudad; se sentía protegido por la espalda ancha del hombre que siempre le traía la cena.
El apartamento de Minho era pequeño y olía a café y a ropa limpia. Había tres gatos que se acercaron curiosos a recibirlo, pero Minho los apartó con suavidad para guiar a Jisung hacia el sofá.
—Siéntate. Voy a buscar el botiquín —dijo Minho, desapareciendo un momento.
Jisung miró a su alrededor. Era un lugar cálido. Había fotos de los gatos, algunos libros de cocina y una manta doblada con cuidado. Era el hogar de alguien real, alguien que se preocupaba por los detalles.
Minho regresó y se arrodilló entre las piernas de Jisung. Con una paciencia infinita, comenzó a limpiar la pequeña herida en el labio de Jisung con un algodón empapado en antiséptico.
—Lo siento —susurró Jisung, bajando la mirada—. Siento que hayas tenido que ver eso. Siento molestarte a estas horas.
Minho se detuvo y lo obligó a levantar la barbilla.
—Escúchame bien, Han Jisung. No me molestas. Me alegra haber estado allí. Llevaba semanas sospechando que algo no iba bien cuando me abrías la puerta. Esos ojos asustados no eran solo por ser "desconfiado".
Jisung bajó la guardia por completo. La calidez del apartamento y la cercanía de Minho estaban rompiendo todas sus defensas.
—Tenía miedo de que si lo decía, él te haría algo a ti también —confesó Jisung en un susurro—. Él controla todo... o lo controlaba.
—Ya no —sentenció Minho con firmeza—. Mañana iremos a por tus cosas con la policía si es necesario. Pero esta noche, solo vas a descansar.
Minho terminó de curarlo y se levantó para ir a la cocina. Volvió unos minutos después con una taza de té caliente y un plato con unas galletas.
—No es un pedido de la aplicación, pero espero que sirva —dijo con una pequeña sonrisa, la primera sonrisa real que Jisung veía en él.
Jisung tomó la taza, sintiendo el calor reconfortante en sus manos.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo, Minho? Solo soy un cliente que pide comida demasiado tarde.
Minho se sentó a su lado, guardando una distancia respetuosa pero suficiente para que Jisung sintiera su presencia.
—Al principio, sí. Pero luego empecé a notar que esperaba tus pedidos. Me gustaba ver tu nombre en la pantalla. Me gustaba esa forma nerviosa que tienes de decir "gracias" y cómo te brillan los ojos cuando ves que he traído el postre que te gusta aunque no lo hayas pedido.
Jisung sintió un calor diferente subir por sus mejillas, uno que no tenía nada que ver con la fiebre o el dolor.
—Yo también esperaba que fueras tú —admitió Jisung, mirando el fondo de su taza—. Eras lo único bueno de mis días.
El silencio que siguió no fue incómodo. Era un silencio lleno de posibilidades, de un entendimiento mudo entre dos personas que se habían encontrado en las circunstancias más extrañas.
—¿Quieres dormir un poco? —preguntó Minho—. Puedes usar mi cama, yo me quedaré aquí en el sofá con los gatos.
—Minho... —Jisung lo llamó antes de que se levantara—. ¿Te quedarías conmigo? No... no de esa forma. Solo... no quiero estar solo ahora mismo.
Minho lo miró con una ternura que habría sorprendido a cualquiera de sus compañeros de trabajo. Asintió lentamente.
—Me quedaré aquí hasta que te duermas. Y cuando despiertes, seguiré aquí.
Esa noche, mientras Jisung se quedaba dormido bajo la manta de Minho, escuchando el ronroneo de uno de los gatos a los pies del sofá y sintiendo la presencia vigilante de Minho en el sillón de al lado, comprendió algo importante. La ciudad seguía siendo grande y desconocida, y las calles seguían siendo laberintos peligrosos, pero ya no tenía que recorrerlas solo.
A veces, la seguridad no es un cerrojo en la puerta ni una calle iluminada. A veces, la seguridad tiene el nombre de un repartidor que decidió quedarse cuando el resto del mundo se sentía demasiado pesado.
—Gracias, Minho —susurró Jisung, casi en sueños.
—De nada, Hannie —respondió Minho en la oscuridad—. Tu pedido ha sido entregado.
Jisung sonrió por primera vez en meses, sabiendo que, por fin, estaba en casa.
Su desconfianza no era gratuita; era un mecanismo de defensa pulido a base de malas experiencias. Por eso, cuando el hambre apretaba a las once de la noche, Jisung prefería la seguridad de una pantalla.
Al principio, recibir a los repartidores era un suplicio. Abría la puerta apenas unos centímetros, con la cadena puesta, y evitaba el contacto visual. Todo cambió la noche que Lee Minho apareció en su puerta.
Minho no sonreía de forma exagerada, no intentaba entablar una conversación forzada ni lo miraba con curiosidad intrusiva. Simplemente llegaba, entregaba la bolsa de papel con un movimiento eficiente y asentía con una seriedad que, curiosamente, a Jisung le resultó tranquilizadora.
—Aquí tienes. Cuidado, el caldo está muy caliente —había dicho Minho aquella primera vez, con una voz profunda y calmada que pareció asentar los nervios de Jisung.
Desde entonces, Jisung se volvió selectivo. Descubrió que podía esperar a que el perfil de Minho apareciera como disponible en la aplicación. Si no era él, Jisung simplemente no pedía nada. Se convirtió en una rutina silenciosa: el sonido de la motocicleta estacionándose abajo, el pitido del ascensor y los tres golpes rítmicos en la madera de la puerta.
Poco a poco, los "gracias" de Jisung se convirtieron en pequeñas preguntas, y el rostro serio de Minho empezó a relajarse, mostrando una media sonrisa que Jisung solo veía a través de la rendija de la puerta. Luego vinieron los mensajes por la aplicación: "Ya voy en camino, no te asustes si escuchas un ruido fuerte en el pasillo, hay obras", o "¿Seguro que solo quieres esto? Te ves más delgado hoy".
Sin darse cuenta, Minho se había convertido en su único ancla en esa ciudad hostil. Lo que Jisung no le decía a Minho, y lo que ocultaba tras la puerta entreabierta, era la razón de sus ojeras y del temblor en sus manos.
Esa noche, el aire en el apartamento de Jisung estaba cargado de una tensión eléctrica, de esa que precede a la tormenta.
—¿A quién le escribes tanto, Jisung? —La voz de Seokjun era como un látigo.
Jisung bloqueó la pantalla de su teléfono rápidamente, guardándolo en el bolsillo de su sudadera.
—A nadie. Solo... solo estaba mirando el estado de mi pedido de comida. Tengo hambre, es todo.
Seokjun se levantó del sofá con una lentitud depredadora. Era un hombre que sabía cómo ocupar el espacio, cómo hacer que Jisung se sintiera pequeño.
—Siempre lo mismo. Gastando dinero en comida estúpida porque eres demasiado inútil para cocinar o para salir a la calle como una persona normal. ¿O es que te gusta el tipo que la trae? Te he visto sonreírle a la pantalla.
—No es eso, Seokjun, por favor. Solo tengo hambre —susurró Jisung, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared del pasillo.
—¡Mírame cuando te hablo! —gritó Seokjun, perdiendo los estribos.
El estallido fue rápido. Un empujón, el sonido de algo rompiéndose —probablemente el jarrón de la entrada— y luego el dolor agudo en la mejilla de Jisung. No era la primera vez, pero esta noche había algo diferente en los ojos de Seokjun, una furia desmedida que hizo que el instinto de supervivencia de Jisung finalmente gritara más fuerte que su miedo.
Jisung no supo de dónde sacó las fuerzas, pero empujó a Seokjun con la desesperación de quien se sabe acorralado y salió corriendo por la puerta principal, olvidando las llaves, el dinero, todo excepto su teléfono. Bajó las escaleras de emergencia a trompicones, escuchando los gritos de Seokjun eco en el hueco de la escalera.
Salió a la calle jadeando, el aire frío de la noche quemándole los pulmones. La calle estaba desierta, las luces de las farolas parpadeaban de forma intermitente. Se sentía expuesto, vulnerable en ese laberinto de asfalto que no conocía.
A unos metros, escuchó el motor de una motocicleta.
Minho acababa de terminar una entrega a un par de bloques de distancia. Se detuvo en un semáforo en rojo, ajustándose los guantes, cuando vio una figura tambaleante salir de uno de los edificios. Reconoció la sudadera oversize de inmediato. Era Jisung. Pero no era el Jisung que lo esperaba con timidez tras la puerta. Este Jisung estaba descalzo, temblando y se sujetaba el rostro con una mano.
—¿Jisung? —Minho aceleró, acercándose a la acera.
Antes de que Jisung pudiera responder, la puerta del edificio se abrió de golpe y Seokjun salió, con el rostro desencajado por la rabia.
—¡Vuelve aquí, maldito idiota! —rugió Seokjun, agarrando a Jisung por el brazo con una fuerza que lo hizo soltar un gemido de dolor.
Minho no lo pensó. Pateó el soporte de la moto y se bajó en un movimiento fluido. Su rostro, usualmente reservado, se transformó en una máscara de frialdad absoluta.
—Suéltalo —dijo Minho. Su voz no era alta, pero tenía un filo peligroso.
Seokjun soltó una carcajada seca, sin soltar a Jisung.
—¿Y tú quién eres? ¿El de las pizzas? Lárgate de aquí si no quieres que te rompa la cara a ti también. Esto es un asunto de pareja.
—He dicho que lo sueltes —repitió Minho, dando un paso hacia adelante.
—¡Vete, Minho! ¡Por favor, vete! —suplicó Jisung, con las lágrimas rodando por sus mejillas.
Seokjun levantó la mano para volver a golpear a Jisung, pero Minho fue más rápido. Interceptó el golpe con una mano y, con un movimiento preciso y técnico, retorció el brazo de Seokjun, obligándolo a soltar a Jisung. Luego, con un empujón seco, lo mandó contra la pared del edificio.
—Si vuelves a tocarlo, te juro que no será un repartidor el que venga a buscarte —amenazó Minho, interponiéndose físicamente entre los dos.
Seokjun, acobardado por la determinación en los ojos de Minho y por el hecho de que alguien finalmente le hacía frente, escupió al suelo y retrocedió hacia el portal.
—Quédatelo, entonces. Es un estorbo de todas formas.
En cuanto Seokjun desapareció tras la puerta, la adrenalina abandonó el cuerpo de Jisung, dejándolo sin fuerzas. Sus piernas cedieron y se habría desplomado sobre el cemento si Minho no lo hubiera atrapado a tiempo.
—Tranquilo, ya está. Estás a salvo —susurró Minho, envolviéndolo en sus brazos.
Jisung se aferró a la chaqueta de cuero de Minho, hundiendo el rostro en su pecho, sollozando con una angustia que llevaba meses contenida. Minho no dijo nada más; simplemente lo sostuvo, dejando que el chico se desahogara mientras el sonido del tráfico lejano seguía su curso.
—No puedo volver ahí —logró decir Jisung entre hipos—. Mis llaves... él está dentro... no tengo a dónde ir.
Minho lo separó apenas unos centímetros para mirarlo a los ojos. Con delicadeza, apartó un mechón de pelo de la frente de Jisung y vio el hematoma que empezaba a formarse en su pómulo. Sintió una punzada de rabia, pero la ocultó tras una mirada suave.
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—A mi casa. No es un palacio, pero la puerta tiene un buen cerrojo y nadie te va a tocar allí.
Minho ayudó a Jisung a subirse a la motocicleta, colocándole su propio casco a pesar de las protestas del menor. Durante el trayecto, Jisung se abrazó a la cintura de Minho con tanta fuerza que este podía sentir los latidos desbocados de su corazón contra su espalda. Por primera vez en mucho tiempo, Jisung no sintió miedo de la ciudad; se sentía protegido por la espalda ancha del hombre que siempre le traía la cena.
El apartamento de Minho era pequeño y olía a café y a ropa limpia. Había tres gatos que se acercaron curiosos a recibirlo, pero Minho los apartó con suavidad para guiar a Jisung hacia el sofá.
—Siéntate. Voy a buscar el botiquín —dijo Minho, desapareciendo un momento.
Jisung miró a su alrededor. Era un lugar cálido. Había fotos de los gatos, algunos libros de cocina y una manta doblada con cuidado. Era el hogar de alguien real, alguien que se preocupaba por los detalles.
Minho regresó y se arrodilló entre las piernas de Jisung. Con una paciencia infinita, comenzó a limpiar la pequeña herida en el labio de Jisung con un algodón empapado en antiséptico.
—Lo siento —susurró Jisung, bajando la mirada—. Siento que hayas tenido que ver eso. Siento molestarte a estas horas.
Minho se detuvo y lo obligó a levantar la barbilla.
—Escúchame bien, Han Jisung. No me molestas. Me alegra haber estado allí. Llevaba semanas sospechando que algo no iba bien cuando me abrías la puerta. Esos ojos asustados no eran solo por ser "desconfiado".
Jisung bajó la guardia por completo. La calidez del apartamento y la cercanía de Minho estaban rompiendo todas sus defensas.
—Tenía miedo de que si lo decía, él te haría algo a ti también —confesó Jisung en un susurro—. Él controla todo... o lo controlaba.
—Ya no —sentenció Minho con firmeza—. Mañana iremos a por tus cosas con la policía si es necesario. Pero esta noche, solo vas a descansar.
Minho terminó de curarlo y se levantó para ir a la cocina. Volvió unos minutos después con una taza de té caliente y un plato con unas galletas.
—No es un pedido de la aplicación, pero espero que sirva —dijo con una pequeña sonrisa, la primera sonrisa real que Jisung veía en él.
Jisung tomó la taza, sintiendo el calor reconfortante en sus manos.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo, Minho? Solo soy un cliente que pide comida demasiado tarde.
Minho se sentó a su lado, guardando una distancia respetuosa pero suficiente para que Jisung sintiera su presencia.
—Al principio, sí. Pero luego empecé a notar que esperaba tus pedidos. Me gustaba ver tu nombre en la pantalla. Me gustaba esa forma nerviosa que tienes de decir "gracias" y cómo te brillan los ojos cuando ves que he traído el postre que te gusta aunque no lo hayas pedido.
Jisung sintió un calor diferente subir por sus mejillas, uno que no tenía nada que ver con la fiebre o el dolor.
—Yo también esperaba que fueras tú —admitió Jisung, mirando el fondo de su taza—. Eras lo único bueno de mis días.
El silencio que siguió no fue incómodo. Era un silencio lleno de posibilidades, de un entendimiento mudo entre dos personas que se habían encontrado en las circunstancias más extrañas.
—¿Quieres dormir un poco? —preguntó Minho—. Puedes usar mi cama, yo me quedaré aquí en el sofá con los gatos.
—Minho... —Jisung lo llamó antes de que se levantara—. ¿Te quedarías conmigo? No... no de esa forma. Solo... no quiero estar solo ahora mismo.
Minho lo miró con una ternura que habría sorprendido a cualquiera de sus compañeros de trabajo. Asintió lentamente.
—Me quedaré aquí hasta que te duermas. Y cuando despiertes, seguiré aquí.
Esa noche, mientras Jisung se quedaba dormido bajo la manta de Minho, escuchando el ronroneo de uno de los gatos a los pies del sofá y sintiendo la presencia vigilante de Minho en el sillón de al lado, comprendió algo importante. La ciudad seguía siendo grande y desconocida, y las calles seguían siendo laberintos peligrosos, pero ya no tenía que recorrerlas solo.
A veces, la seguridad no es un cerrojo en la puerta ni una calle iluminada. A veces, la seguridad tiene el nombre de un repartidor que decidió quedarse cuando el resto del mundo se sentía demasiado pesado.
—Gracias, Minho —susurró Jisung, casi en sueños.
—De nada, Hannie —respondió Minho en la oscuridad—. Tu pedido ha sido entregado.
Jisung sonrió por primera vez en meses, sabiendo que, por fin, estaba en casa.
