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Kasz

Fandom: Ninguno

Created: 5/10/2026

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Science FictionRomanceFluffCyberpunkSlice of LifeHurt/ComfortCurtainfic / Domestic Story
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Entre antenas y neones: El pulso de un nuevo mundo

El jardín comunitario del Sector 7 no era precisamente un paraíso. Era un pequeño pulmón de oxígeno sintético rodeado de rascacielos de metal líquido y autopistas flotantes que zumbaban como enjambres de insectos metálicos. Allí, sentado sobre una banca de piedra fría, Kazuke se sentía más pequeño que nunca. Sus manos, de un verde brillante casi fluorescente, jugueteaban con el borde de su sudadera tres tallas más grande. El pelo verde menta le caía sobre la frente como una cortina, ocultando sus ojos del mundo exterior, mientras sus antenas captaban vibraciones de una ciudad que no terminaba de comprender.

Kazuke venía de un planeta donde el silencio era la norma y la escasez el pan de cada día. Aquí, en la gran metrópolis, todo era demasiado brillante, demasiado rápido, demasiado ruidoso.

—Oye, no pareces de por aquí. ¿Te has perdido o solo estás admirando las flores de plástico?

Kazuke se sobresaltó, encogiéndose de hombros. A través de los mechones de pelo, divisó a un chico que parecía irradiar una energía completamente distinta. Era más alto, de piel verde claro y complexión atlética. Su camiseta ajustada dejaba poco a la imaginación sobre su entrenamiento físico, y sus antenas vibraban con un entusiasmo que Kazuke encontró abrumador.

—No estoy perdido —murmuró Kazuke, con la voz apenas por encima de un susurro—. Solo... estoy mirando.

—Soy Kass —dijo el recién llegado con una sonrisa amplia, sentándose a su lado sin esperar invitación—. Y por la forma en que miras ese dispensador de agua como si fuera a explotar, diría que necesitas un guía. ¿Cómo te llamas?

—Kazuke.

—Bueno, Kazuke, bienvenido al caos. Si te quedas aquí sentado, los drones de limpieza te confundirán con un arbusto. Ven conmigo, te enseñaré cómo funciona este lugar.

Ese fue el inicio de algo que Kazuke no supo procesar de inmediato. Kass era un torbellino de optimismo. En las semanas siguientes, se convirtió en su sombra y en su maestro. Le enseñó a usar los transportes magnéticos, a pedir comida en los sintetizadores y a no asustarse cuando los carteles publicitarios hologramáticos intentaban hablarle.

Sin embargo, Kazuke era desesperadamente inocente en las costumbres sociales de este nuevo planeta. Para él, la dependencia emocional era una forma de supervivencia. Se aferraba al brazo de Kass en las multitudes, buscaba su mirada cada vez que un ruido fuerte lo asustaba y, a menudo, invadía su espacio personal sin darse cuenta.

—¿Por qué me miras tanto mientras como? —preguntó Kass una tarde, mientras devoraba una barra energética en la plaza central.

—Es fascinante —respondió Kazuke con total seriedad, acercándose tanto que sus antenas se rozaron—. En mi planeta, comer es un acto privado. Aquí, tú lo haces parecer una celebración. Eres muy brillante, Kass.

Kass sintió un calor extraño subir por su cuello verde claro. Se suponía que él era el protector, el chico extrovertido que ayudaba al nerd antisocial. Pero Kazuke tenía esa forma de decir cosas profundas con una honestidad tan cruda que desarmaba cualquier defensa.

—Es solo comida, pequeño —rio Kass, aunque su corazón latía más rápido de lo normal—. No es para tanto.

—Para mí lo es —insistió Kazuke, estirando una mano para apartar un mechón de pelo castaño de la frente de Kass—. Tú eres lo único que entiendo en este lugar.

Fue en esos momentos de cercanía física involuntaria donde Kass empezó a cuestionarse todo. Él siempre se había considerado alguien simple, alguien que sabía lo que le gustaba. Pero cuando Kazuke lo tocaba, o cuando se escondía detrás de su espalda buscando refugio, Kass sentía una chispa que no encajaba en su definición de "amistad masculina".

—¿Estás bien? —preguntó Kazuke un día, notando que Kass se había quedado callado mientras caminaban por el distrito de los neones—. Tus antenas están vibrando en una frecuencia de estrés.

—No es estrés —mintió Kass, rascándose la nuca—. Es solo que... este planeta es complicado, Kazuke. Y tú lo haces más complicado aún.

—¿Soy una carga? —La voz de Kazuke tembló, y sus antenas se curvaron hacia abajo, un signo claro de tristeza alienígena.

—¡No! —Kass se detuvo en seco y lo tomó por los hombros—. No eres una carga. Es solo que... me haces sentir cosas que no sé dónde poner.

El tiempo pasó, y la dependencia de Kazuke se transformó en algo más profundo. Su timidez seguía ahí, pero con Kass, se permitía ser vulnerable. Una noche, bajo el resplandor de las tres lunas del planeta, sentados en la azotea del edificio de apartamentos de Kass, la tensión finalmente estalló.

—Kass —dijo Kazuke, rompiendo el silencio—. He estado leyendo sobre las costumbres de este lugar. Dicen que cuando alguien te importa mucho, se lo dices.

—Así es —respondió Kass, mirando al horizonte lleno de luces—. Se llama honestidad.

—Entonces... creo que te quiero. No como quiero a un guía, sino como el aire que mis pulmones sintéticos necesitan para procesar el oxígeno.

Kass se quedó helado. Miró a Kazuke, quien finalmente se había apartado el pelo de los ojos. Eran grandes, oscuros y estaban llenos de una devoción absoluta.

—Yo también te quiero, Kazuke —confesó Kass, sintiendo que un peso se levantaba de sus hombros—. Y me ha costado mucho admitir que no es solo porque seas mi amigo.

El primer beso fue torpe, una colisión de antenas y respiraciones contenidas. Pero para Kazuke, fue la confirmación de que finalmente había encontrado su hogar, no en un planeta, sino en una persona.

Sin embargo, el amor trajo consigo un nuevo "problema". Kazuke, en su infinita inocencia y necesidad de afecto, no conocía los límites. Una vez que descubrió que los besos eran una forma válida de comunicación, decidió que quería comunicarse todo el tiempo.

—Kazuke, estamos en el mercado —susurró Kass, tratando de mantener el equilibrio mientras el chico de pelo verde se colgaba de su cuello para darle un beso en la mejilla.

—¿Y? —preguntó Kazuke, con los ojos brillando—. Tengo que agradecerte por elegir las mejores frutas.

—Me has dado diez besos solo para elegir un melón —protestó Kass, aunque no hacía ningún esfuerzo por apartarlo—. La gente nos mira.

—Que miren —dijo Kazuke con esa seriedad nerd que lo caracterizaba—. Mi planeta era pobre en recursos, pero aquí hay abundancia de afecto. No quiero desperdiciarla.

Kass suspiró, sintiendo que su hombría atlética se derretía ante la lógica implacable de su novio. El problema no era que no le gustaran los besos; el problema era que Kazuke era un adicto al contacto físico.

Un martes por la mañana, mientras Kass intentaba reparar un circuito en su apartamento, Kazuke apareció por detrás, rodeando su cintura con sus brazos delgados pero fuertes.

—Hola —murmuró Kazuke contra su espalda.

—Hola, pequeño. Déjame terminar esto o nos quedaremos sin luz.

—Solo un beso —pidió Kazuke.

Kass se giró, dándole un rápido beso en los labios.

—Ya está. Ahora, déjame trabajar.

—Ese no cuenta —protestó Kazuke, frunciendo el ceño—. Fue un beso de trámite. Yo quiero uno de verdad.

Kass dejó la herramienta en el suelo y se frotó la cara.

—Kazuke, llevamos despiertos dos horas y me has besado treinta y cuatro veces. Los he contado.

—Es una cifra baja —respondió el alienígena con total naturalidad—. Según mis cálculos, para compensar los años de soledad en mi planeta natal, debería recibir aproximadamente quinientos besos diarios durante los próximos tres años para alcanzar un equilibrio emocional óptimo.

Kass no pudo evitar soltar una carcajada. La seriedad con la que Kazuke planteaba sus necesidades estadísticas era adorable y exasperante a la vez.

—¿Quinientos besos al día? —Kass se acercó a él, rodeando su pequeña cintura con sus manos grandes—. ¿Sabes que eso me va a dejar sin aliento para ir al gimnasio o incluso para hablar?

—Puedo aprender lenguaje de señas —ofreció Kazuke, acercando su rostro al de Kass—. Así no tendrás que hablar. Solo besar.

—Eres imposible —dijo Kass, aunque sus antenas vibraban de felicidad.

—Soy tu imposible —corrigió Kazuke antes de sellar sus labios nuevamente con los de él.

A pesar de las dudas iniciales sobre su sexualidad, Kass se dio cuenta de que no importaba el género o la procedencia. Kazuke era su complemento. El chico serio y antisocial le enseñaba a valorar el silencio y la profundidad, mientras que Kass le enseñaba a Kazuke que el mundo no tenía por qué ser un lugar aterrador si tenías a alguien que te diera la mano.

Aunque, por supuesto, eso de los quinientos besos diarios iba a requerir una planificación logística seria.

—Está bien —cedió Kass después de un beso que duró mucho más que uno "de trámite"—. Pero si me desmayo por exceso de afecto, será tu responsabilidad reanimarme.

—Tengo un protocolo para eso —dijo Kazuke con una sonrisa traviesa que rara vez mostraba—. Incluye más besos.

Kass negó con la cabeza, rindiéndose ante el encanto de su pequeño alienígena. En la gran ciudad del planeta, entre el ruido y el metal, habían encontrado una frecuencia propia, una que no necesitaba traducciones, solo la cercanía de dos corazones verdes latiendo al mismo ritmo.

—Te amo, Kazuke.

—Lo sé —respondió el chico de pelo menta, acomodándose de nuevo en el pecho de Kass—. Mis antenas lo captan perfectamente. Pero por si acaso, dame otro beso. Solo para confirmar la señal.

Y Kass, como siempre, no pudo negarse.
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