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Amor a primera vista

Fandom: Michael Jackson

Created: 5/11/2026

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El Eco de un Acorde en el Destino

La luz de la tarde se filtraba a través de los grandes ventanales del estudio de grabación en Westlake, tiñendo el suelo de madera con un tono dorado y melancólico. Michael Jackson, con la punta de sus mocasines negros marcando un ritmo imperceptible, permanecía de pie frente al micrófono. Tenía los ojos cerrados, dejando que la música fluyera a través de él como una corriente eléctrica. Para Michael, el mundo exterior solía desaparecer cuando estaba en su elemento, pero ese día, algo en el aire se sentía distinto.

El productor, Quincy Jones, gesticulaba desde el otro lado del cristal, ajustando algunos niveles en la consola. Michael se quitó los auriculares con un gesto elegante, dejando que descansaran sobre sus hombros.

—Necesito un momento, Q —dijo Michael, con esa voz suave que siempre parecía cargar con una pizca de timidez—. Siento que falta una textura, algo que no estoy captando.

—Tómate tu tiempo, Smelly —respondió Quincy con una sonrisa—. La perfección no tiene prisa.

Michael salió de la cabina de grabación. Necesitaba aire, o quizás simplemente alejarse de las paredes insonorizadas que, a veces, se sentían como una jaula de oro. Caminó por el pasillo alfombrado, escuchando los ecos distantes de otros instrumentos en salas contiguas. Fue entonces cuando la escuchó.

No era una canción de éxito, ni un arreglo complejo de sintetizadores. Era el sonido de un violonchelo, profundo y vibrante, que parecía llorar y reír al mismo tiempo. Michael se detuvo en seco. Sus pies, siempre listos para el baile, se quedaron anclados al suelo. Siguió el sonido hasta una pequeña sala de ensayos al final del corredor, cuya puerta estaba ligeramente entreabierta.

Se asomó con cautela, ocultando parte de su rostro tras el marco de la puerta. Allí, sentada en una silla de madera sencilla, estabas tú. Tenías los ojos cerrados, la mejilla apoyada con delicadeza contra el instrumento y los dedos moviéndose con una agilidad que Michael reconoció de inmediato como el lenguaje del alma.

Él no creía en las coincidencias. Para Michael, todo en la vida era una coreografía divina, un plan trazado por una fuerza mayor. Y en ese instante, mientras el arco se deslizaba sobre las cuerdas creando una melodía que parecía narrar su propia soledad, sintió una vibración en el pecho que nunca antes había experimentado. No fue un flechazo común; fue un reconocimiento. Como si su corazón hubiera estado esperando esa nota específica para despertar.

De repente, una de tus cuerdas emitió un sonido sordo y te detuviste, soltando un suspiro de frustración. Abriste los ojos y, por un instinto que ni tú misma supiste explicar, giraste la cabeza hacia la puerta.

Michael no tuvo tiempo de esconderse. Se quedó allí, con su chaqueta roja de cuero y sus rizos cayendo sobre su frente, atrapado en el acto de observar.

—Lo siento —dijo él rápidamente, dando un paso hacia el interior de la sala—. No quería interrumpir algo tan hermoso.

Te quedaste sin aliento. No era solo porque Michael Jackson, la estrella más grande del planeta, estuviera en tu sala de ensayo, sino por la mirada en sus ojos. No había rastro de la superestrella; solo había un hombre que parecía haber visto un milagro.

—No... no interrumpes nada —lograste decir, dejando el arco a un lado—. Solo estaba practicando una pieza que no termina de salirme bien.

Michael se acercó un poco más, moviéndose con esa gracia felina que lo caracterizaba. Se detuvo a un par de metros de ti, respetando tu espacio, pero con una curiosidad que iluminaba su rostro.

—Esa última parte —dijo Michael, tarareando suavemente la melodía que habías estado tocando—. Tenía una tristeza preciosa, pero también una chispa de esperanza. ¿Es tuya?

—Sí —asentiste, sintiendo que tus mejillas se encendían—. La escribí anoche. No sabía que nadie me escuchaba.

—Dios te escucha cuando tocas así —afirmó él con una seriedad que te conmovió—. Yo estaba en el estudio de al lado y... sentí que la música me llamaba. Es extraño, ¿verdad? A veces las notas son como hilos invisibles que nos tiran del corazón.

—Es la mejor forma de describirlo que he oído nunca —respondiste, esbozando una pequeña sonrisa.

Michael te devolvió la sonrisa, y en ese momento, el tiempo pareció detenerse. El bullicio del estudio, las presiones de la fama, los fotógrafos esperando fuera y las expectativas del mundo entero se desvanecieron. Solo quedaba el aroma a madera del violonchelo y la intensidad de una conexión que desafiaba la lógica.

—Soy Michael —dijo él, extendiendo una mano enguantada de manera instintiva, para luego retractarse y ofrecerte su mano derecha desnuda, con un gesto de humildad.

—Lo sé —dijiste, estrechando su mano. La suya era cálida y sorprendentemente fuerte—. Soy Elena.

—Elena —repitió él, saboreando el nombre como si fuera una nota musical—. Es un nombre que suena a luz.

Michael se sentó en el borde de un piano de cola que había en la esquina, sin apartar la vista de ti. Había algo en su postura, una vulnerabilidad que rara vez mostraba al público, que te hizo sentir que podías confiar en él de inmediato.

—¿Crees en el destino, Elena? —preguntó de repente, ladeando la cabeza.

—A veces —contestaste, ajustando una de las clavijas de tu instrumento—. Creo que algunas cosas están destinadas a suceder, aunque no sepamos por qué.

—Yo creo que nada es accidental —continuó Michael, bajando la voz—. He pasado toda mi vida rodeado de gente, pero a veces me siento como si estuviera en una habitación vacía. Y luego, entro aquí, te escucho tocar y, por primera vez en mucho tiempo, siento que la habitación está llena.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue un silencio compartido, denso y cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de tus brazos se erizara. Michael se levantó y caminó hacia la ventana, mirando hacia el atardecer de Los Ángeles.

—Quincy me dice que siempre busco la magia —comentó él sin darse la vuelta—. Y yo siempre le digo que la magia no se busca, se encuentra. Aparece cuando menos la esperas, en un pasillo oscuro o en una melodía inacabada.

—¿Y has encontrado lo que buscabas hoy? —preguntaste, con el corazón latiéndote con fuerza.

Michael se giró lentamente. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que parecía leer tu alma. Se acercó de nuevo, esta vez deteniéndose a solo unos centímetros de ti. Podías oler su perfume, una mezcla de sándalo y algo fresco, como la lluvia.

—He encontrado algo mucho más importante que una canción —susurró él—. He encontrado una razón para volver a escuchar.

En ese instante, Quincy Jones asomó la cabeza por el pasillo, rompiendo el hechizo.

—¡Michael! Bill dice que el coche está listo y todavía tenemos que revisar la mezcla de "Human Nature".

Michael cerró los ojos un segundo, como si tratara de retener el momento en su memoria antes de que se desvaneciera. Suspiró y te miró una última vez.

—Tengo que irme —dijo con pesar—. Pero no quiero que esto termine aquí.

—El estudio es grande, Michael —dijiste, tratando de sonar valiente—. Sabes dónde encontrarme.

—No —respondió él, negando con la cabeza—. No quiero encontrarte por casualidad. Quiero que sea a propósito.

Michael buscó en los bolsillos de su chaqueta y sacó un pequeño trozo de papel y un bolígrafo que siempre llevaba para anotar ideas. Escribió algo rápidamente y te lo entregó. Era un número de teléfono privado, uno que muy pocas personas en el mundo poseían.

—Llamame —dijo, y su voz sonó casi como una súplica—. Por favor. Quiero volver a escuchar esa pieza que escribiste. Y quiero saber qué hay detrás de esa música.

—Lo haré —prometiste, tomando el papel con dedos temblorosos.

Michael retrocedió hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y te lanzó un beso con la punta de los dedos, un gesto tan tierno y genuino que te dejó sin aliento.

—Hasta pronto, Elena —dijo él.

—Hasta pronto, Michael.

Lo viste desaparecer por el pasillo, seguido por su equipo y el eco de sus pasos rítmicos. La sala volvió a quedar en silencio, pero ya no era el mismo silencio de antes. Ahora, el aire estaba impregnado de una promesa.

Te sentaste de nuevo y tomaste el violonchelo. Apoyaste el arco sobre las cuerdas y, por primera vez en toda la tarde, la melodía fluyó sin errores. Ya no era una canción sobre la soledad. Era una canción sobre el momento en que dos almas, perdidas en el ruido del mundo, se habían encontrado finalmente a través de un acorde perfecto.

Michael, mientras caminaba hacia su limusina, no podía dejar de sonreír. Los guardaespaldas se miraban entre sí, confundidos por el repentino cambio de humor de su jefe. Él no les dio explicaciones. Se sentó en el asiento trasero, miró por la ventanilla las luces de la ciudad que empezaban a encenderse y tarareó la melodía de Elena.

—¿Todo bien, Michael? —preguntó Bill, su conductor.

—Mejor que nunca, Bill —respondió él, recostándose en el asiento—. Acabo de recordar por qué amo la música.

Porque la música no eran solo discos de platino o estadios llenos. La música era el puente que lo había llevado hasta ti. Y mientras el coche se alejaba, Michael ya estaba planeando el momento en que volvería a verte, convencido de que aquel encuentro no había sido el final de una tarde, sino el primer compás de la sinfonía más importante de su vida.

El amor a primera vista, pensó Michael, no era ver a alguien y quedar deslumbrado por su belleza. Era ver a alguien y sentir que, finalmente, habías regresado a casa. Y en esa pequeña sala de ensayo, entre el barniz de un violonchelo y el eco de una nota sostenida, Michael Jackson había vuelto a casa.
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