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Nuevo comienzo
Fandom: Kengan ashura
Created: 5/13/2026
Tags
DramaAngstPsychologicalDarkTragedyCharacter StudyGraphic ViolenceRapeSelf-HarmExplicit Language
El Altar del Desprecio y la Ofrenda de Carne
La isla de Ganryu se había convertido en un cementerio de sueños y ambiciones, pero para Kiryu Setsuna, era el lugar donde su universo se había colapsado definitivamente. La noticia de la muerte de Ohma Tokita no fue un simple informe; fue el silencio absoluto de un dios que lo había abandonado en un purgatorio de cordura intermitente. Sin su "Dios", sin su verdugo amado, Setsuna no era más que un recipiente vacío, una carcasa de carne que aún respiraba por inercia.
Escapar de la prisión de la Asociación Kengan había sido ridículamente fácil para alguien que dominaba el Estilo Koei, pero la libertad no tenía sabor. Si Ohma estaba muerto, Setsuna creía firmemente que su propia supervivencia era un castigo divino. Había pecado al no morir a manos de su deidad, y ahora debía pagar ese pecado de la única forma que conocía desde su traumática infancia: vendiendo lo único que le quedaba. Su cuerpo.
Se instaló en un distrito de mala muerte, lejos de los ojos de la Fundación Nogi o de Shion Akiyama, quien seguramente lo habría encerrado de nuevo. En ese burdel de paredes desconchadas y olor a desinfectante barato, Setsuna encontró un tipo de paz retorcida. El trato inhumano, los golpes de clientes anónimos y la humillación constante eran sus oraciones diarias.
Una noche, el aire del establecimiento cambió. La puerta principal se abrió con una violencia que hizo vibrar los cristales. Raian Kure, el "Demonio" del clan Kure, entró buscando algo que saciara su sed de dominación. No buscaba placer, buscaba un saco de boxeo que gimiera.
—Oye, vieja —rugió Raian, dirigiéndose a la dueña del lugar—. Quiero a alguien que no se rompa a la primera. Alguien que aguante sexo violento, de ese que deja marcas para toda la vida. No me vengas con flores delicadas.
La mujer, acostumbrada a tipos peligrosos pero intimidada por el aura asesina de Raian, asintió rápidamente.
—Tengo a alguien... es nuevo —susurró ella—. No habla mucho, pero aguanta lo que sea. Parece que ni siquiera siente el dolor. Sígueme.
La dueña lo condujo a una sala común de techos bajos. Allí, sentado en una silla de madera, había una figura de espaldas con una melena larga y descuidada que caía como una cascada de ébano. Cuando Raian se acercó y el hombre se dio la vuelta, el Kure se detuvo en seco. Sus ojos negros con pupilas blancas se dilataron por la sorpresa.
—¿Pero qué carajos...? —Raian soltó una carcajada ronca y cargada de veneno—. ¡Si eres tú! El loquito que babeaba por Tokita Ohma.
Setsuna levantó la vista. Sus ojos, antes brillantes con la chispa de la locura y la devoción, estaban apagados, como cenizas frías. No mostró miedo, ni sorpresa, ni alegría. Solo una sumisión absoluta que irritó a Raian de inmediato.
—Ohma está muerto —dijo Setsuna con una voz monótona—. Yo solo soy carne ahora.
Raian lo agarró del brazo con una fuerza que habría fracturado el hueso de un hombre normal. Lo levantó de la silla como si no pesara nada. Por un momento, Raian recordó lo peligroso que era este sujeto, lo desquiciado que estaba en el torneo de aniquilación, pero al sentir la falta de resistencia, esa chispa de respeto desapareció. Solo quedaba el deseo de pisotear lo que quedaba de él.
—Me importa una mierda tu drama existencial —escupió Raian, sintiendo una sacudida repentina en su entrepierna al ver la mirada vacía de Kiryu—. Me sirves para lo que quiero.
Sin pagar en ese momento (nadie se atrevería a cobrarle a un Kure), Raian lo arrastró fuera del local. Lo llevó hasta una de las propiedades que el clan mantenía en la ciudad, una mansión de estilo tradicional pero equipada con lujos modernos. Al entrar en su habitación, Raian lo arrojó al suelo de madera pulida con un golpe seco.
—Quítate la ropa —ordenó Raian, desabrochándose el cinturón—. Todo. Quiero ver qué tanto te han arruinado ya.
Setsuna obedeció sin dudar. Sus movimientos eran mecánicos, desprovistos de cualquier rastro de erotismo, lo que lo hacía extrañamente más perturbador. Primero se quitó la camisa, revelando un torso marcado por cicatrices antiguas y algunas hematomas recientes de clientes anteriores. Luego el pantalón y la ropa interior. Quedó desnudo bajo la luz fría de la habitación, una estatua de mármol manchada por el pecado.
Raian se sentó en el borde de la cama, observándolo con una mezcla de desprecio y lujuria sádica.
—Haz tu trabajo —dijo Raian con una sonrisa cruel—. Te estoy pagando con el simple hecho de no matarte aquí mismo. Empieza a lamer.
Setsuna se arrastró por el suelo hacia él. No había orgullo en sus movimientos. En su mente, Raian no era Raian; era solo otro instrumento de su penitencia. Cuando comenzó a usar su boca, Raian le agarró el cabello con fuerza, tirando hacia atrás para obligarlo a mirarlo.
—¡Mírame a los ojos, maldito despojo! —gruñó Raian—. No pienses en tu "Dios" muerto. Aquí el único que te va a destrozar soy yo.
El sexo que siguió fue una coreografía de brutalidad. Raian no conocía la ternura, y Setsuna no la deseaba. Fue un acto violento, lleno de embestidas que buscaban causar daño más que placer. Raian lo usaba con una furia animal, volcando en él todo su desprecio por los débiles, mientras Setsuna recibía cada golpe, cada desgarro, como una ofrenda.
—¿Esto es lo que quieres? —preguntaba Raian entre jadeos, golpeando la cara de Setsuna contra las sábanas—. ¿Quieres que te trate como la basura que eres?
—Más... —susurró Setsuna, con el labio partido y la mirada perdida en el techo—. Úsame para pagar... por seguir vivo...
Esa respuesta enfureció aún más a Raian. La falta de resistencia de Setsuna, su aceptación del maltrato como un derecho divino, hacía que el Kure perdiera el control. Lo volteó con brusquedad, enterrando sus dedos en su cadera hasta dejar marcas moradas. El trato era inhumano; no había palabras de afecto, solo el sonido de la carne chocando y los insultos de Raian.
Horas después, el silencio regresó a la habitación. Raian estaba tumbado de espaldas, sudoroso, con la adrenalina empezando a bajar. Setsuna yacía a su lado, hecho un ovillo, con el cuerpo temblando levemente pero con una expresión de paz aterradora.
—Eres un juguete roto, Kiryu —dijo Raian, mirando el techo—. Ni siquiera es divertido si no peleas.
—No hay nada por lo que pelear —respondió Setsuna en un susurro—. Él se llevó mi voluntad. Solo queda el castigo.
La puerta de la habitación se abrió de repente. Era Himuro Ryo, seguido de Lihito y Okubo. Habían estado buscando a Raian para una reunión de la Asociación Kengan y habían rastreado su ubicación.
—¡Oye, Raian! El viejo Yamashita dice que... —Lihito se detuvo en seco, con los ojos como platos al ver la escena.
—¡¿Pero qué demonios?! —exclamó Okubo, cubriéndose los ojos—. ¡Podrías haber cerrado con llave, animal!
Himuro, más observador, reconoció el cabello largo en la cama.
—¿Ese es... Kiryu Setsuna? —preguntó con incredulidad y un rastro de asco—. Raian, ¿qué carajos estás haciendo con él?
Raian se incorporó, sin importarle su desnudez.
—Lo encontré en un burdel —dijo con total indiferencia—. Estaba vendiéndose por monedas. Pensé que sería un buen entretenimiento.
Cosmo Imai apareció detrás de ellos, asomándose con curiosidad infantil que pronto se transformó en horror.
—Eso... eso parece maltrato, Raian —dijo Cosmo, retrocediendo un paso—. Está sangrando.
—Él lo pidió —respondió Raian con una sonrisa de lado—. Es un masoquista que busca a su dios en cada polvazo. ¿Verdad, princesita?
Setsuna ni siquiera se cubrió. Se sentó lentamente, dejando que las sábanas cayeran. Su mirada pasó por cada uno de los presentes: Lihito, Okubo, Himuro, Cosmo... todos guerreros que habían estado en el torneo. Todos testigos de su caída.
—Si quieren... también pueden usarme —dijo Setsuna con una voz quebrada pero clara—. El precio es el mismo. Humíllenme hasta que no quede nada.
El silencio que siguió fue sepulcral. Incluso Raian pareció sorprendido por la magnitud de la degradación de Kiryu. Yamashita Kazuo, que acababa de llegar al pasillo, escuchó las palabras y se asomó, quedando pálido al ver el estado del hombre que una vez fue el rival más temido de Ohma.
—¡Esto es inhumano! —gritó Yamashita, entrando en la habitación y tratando de cubrir a Setsuna con su propia chaqueta—. ¡Raian, has ido demasiado lejos! ¡Y tú, Kiryu-san, por favor, detente! ¡Ohma no querría esto!
Al mencionar el nombre de Ohma, Setsuna sufrió un espasmo. Sus ojos recuperaron por un segundo una lucidez dolorosa.
—¿Ohma...? —Setsuna miró a Yamashita—. Ohma está en el infierno esperándome porque no fui capaz de seguirlo. Tengo que sufrir para alcanzarlo.
—Ohma no está en el infierno —dijo una voz femenina desde la puerta. Shion Akiyama entró, apartando a los hombres. Miró a Setsuna con una mezcla de lástima y pragmatismo—. Y tú no vas a ir a ningún lado excepto a una clínica de recuperación.
Shion miró a Raian con desprecio.
—Eres un animal, Kure. Pero tú —se dirigió a Setsuna—, vas a dejar de ser una alfombra para estos idiotas. La Asociación Kengan no puede permitirse que un activo como tú termine en un callejón.
Setsuna se dejó llevar cuando Shion y Yamashita lo ayudaron a levantarse. Mientras salía de la habitación, pasó junto a Raian. El Kure lo miró fijamente, sintiendo por primera vez una extraña punzada que no supo identificar. No era amor, el amor era algo condicionado a la fuerza en su mundo, pero era una curiosidad posesiva.
—No creas que te libraste de mí —le susurró Raian al oído cuando pasó a su lado—. Te buscaré cuando tenga ganas de romper algo de nuevo.
Setsuna no respondió. Caminó por el pasillo de la mansión Kure, escoltado por aquellos que alguna vez fueron sus enemigos o conocidos distantes. En su mente, el dolor del sexo violento de Raian todavía ardía, y en ese dolor, encontraba el único consuelo que su mente fragmentada podía procesar.
Días después, en una instalación privada de la Fundación Nogi, Setsuna estaba sentado frente a una ventana. Su cuerpo estaba sanando, pero su alma seguía en aquel burdel. Tomoko, una de las asistentes, entró para dejarle la comida. Ella siempre lo miraba con una mezcla de miedo y fascinación.
—¿Por qué lo haces? —preguntó ella en voz baja—. ¿Por qué dejas que te traten así?
Setsuna miró su reflejo en el cristal. Ya no veía al "Hermoso Bestia". Veía a un hombre que amaba tanto a un fantasma que estaba dispuesto a convertirse en nada para sentir su sombra.
—Porque el amor de un Dios es absoluto —respondió Setsuna—. Y si mi Dios no está para amarme, el odio de los hombres es lo más parecido que puedo encontrar para sentir que todavía existo.
En la distancia, el rugido de un motor anunció la llegada de alguien. Raian Kure no era alguien que aceptara un "no" por respuesta, y Setsuna, en el fondo, estaba esperando que el demonio volviera para reclamar su ofrenda de carne una vez más. Porque en ese ciclo de abuso y trato inhumano, Setsuna Kiryu había encontrado su nueva religión. Una donde el placer y el dolor eran indistinguibles, y donde la sombra de Ohma Tokita lo observaba desde el vacío, aprobando su lento y violento descenso a los infiernos.
Escapar de la prisión de la Asociación Kengan había sido ridículamente fácil para alguien que dominaba el Estilo Koei, pero la libertad no tenía sabor. Si Ohma estaba muerto, Setsuna creía firmemente que su propia supervivencia era un castigo divino. Había pecado al no morir a manos de su deidad, y ahora debía pagar ese pecado de la única forma que conocía desde su traumática infancia: vendiendo lo único que le quedaba. Su cuerpo.
Se instaló en un distrito de mala muerte, lejos de los ojos de la Fundación Nogi o de Shion Akiyama, quien seguramente lo habría encerrado de nuevo. En ese burdel de paredes desconchadas y olor a desinfectante barato, Setsuna encontró un tipo de paz retorcida. El trato inhumano, los golpes de clientes anónimos y la humillación constante eran sus oraciones diarias.
Una noche, el aire del establecimiento cambió. La puerta principal se abrió con una violencia que hizo vibrar los cristales. Raian Kure, el "Demonio" del clan Kure, entró buscando algo que saciara su sed de dominación. No buscaba placer, buscaba un saco de boxeo que gimiera.
—Oye, vieja —rugió Raian, dirigiéndose a la dueña del lugar—. Quiero a alguien que no se rompa a la primera. Alguien que aguante sexo violento, de ese que deja marcas para toda la vida. No me vengas con flores delicadas.
La mujer, acostumbrada a tipos peligrosos pero intimidada por el aura asesina de Raian, asintió rápidamente.
—Tengo a alguien... es nuevo —susurró ella—. No habla mucho, pero aguanta lo que sea. Parece que ni siquiera siente el dolor. Sígueme.
La dueña lo condujo a una sala común de techos bajos. Allí, sentado en una silla de madera, había una figura de espaldas con una melena larga y descuidada que caía como una cascada de ébano. Cuando Raian se acercó y el hombre se dio la vuelta, el Kure se detuvo en seco. Sus ojos negros con pupilas blancas se dilataron por la sorpresa.
—¿Pero qué carajos...? —Raian soltó una carcajada ronca y cargada de veneno—. ¡Si eres tú! El loquito que babeaba por Tokita Ohma.
Setsuna levantó la vista. Sus ojos, antes brillantes con la chispa de la locura y la devoción, estaban apagados, como cenizas frías. No mostró miedo, ni sorpresa, ni alegría. Solo una sumisión absoluta que irritó a Raian de inmediato.
—Ohma está muerto —dijo Setsuna con una voz monótona—. Yo solo soy carne ahora.
Raian lo agarró del brazo con una fuerza que habría fracturado el hueso de un hombre normal. Lo levantó de la silla como si no pesara nada. Por un momento, Raian recordó lo peligroso que era este sujeto, lo desquiciado que estaba en el torneo de aniquilación, pero al sentir la falta de resistencia, esa chispa de respeto desapareció. Solo quedaba el deseo de pisotear lo que quedaba de él.
—Me importa una mierda tu drama existencial —escupió Raian, sintiendo una sacudida repentina en su entrepierna al ver la mirada vacía de Kiryu—. Me sirves para lo que quiero.
Sin pagar en ese momento (nadie se atrevería a cobrarle a un Kure), Raian lo arrastró fuera del local. Lo llevó hasta una de las propiedades que el clan mantenía en la ciudad, una mansión de estilo tradicional pero equipada con lujos modernos. Al entrar en su habitación, Raian lo arrojó al suelo de madera pulida con un golpe seco.
—Quítate la ropa —ordenó Raian, desabrochándose el cinturón—. Todo. Quiero ver qué tanto te han arruinado ya.
Setsuna obedeció sin dudar. Sus movimientos eran mecánicos, desprovistos de cualquier rastro de erotismo, lo que lo hacía extrañamente más perturbador. Primero se quitó la camisa, revelando un torso marcado por cicatrices antiguas y algunas hematomas recientes de clientes anteriores. Luego el pantalón y la ropa interior. Quedó desnudo bajo la luz fría de la habitación, una estatua de mármol manchada por el pecado.
Raian se sentó en el borde de la cama, observándolo con una mezcla de desprecio y lujuria sádica.
—Haz tu trabajo —dijo Raian con una sonrisa cruel—. Te estoy pagando con el simple hecho de no matarte aquí mismo. Empieza a lamer.
Setsuna se arrastró por el suelo hacia él. No había orgullo en sus movimientos. En su mente, Raian no era Raian; era solo otro instrumento de su penitencia. Cuando comenzó a usar su boca, Raian le agarró el cabello con fuerza, tirando hacia atrás para obligarlo a mirarlo.
—¡Mírame a los ojos, maldito despojo! —gruñó Raian—. No pienses en tu "Dios" muerto. Aquí el único que te va a destrozar soy yo.
El sexo que siguió fue una coreografía de brutalidad. Raian no conocía la ternura, y Setsuna no la deseaba. Fue un acto violento, lleno de embestidas que buscaban causar daño más que placer. Raian lo usaba con una furia animal, volcando en él todo su desprecio por los débiles, mientras Setsuna recibía cada golpe, cada desgarro, como una ofrenda.
—¿Esto es lo que quieres? —preguntaba Raian entre jadeos, golpeando la cara de Setsuna contra las sábanas—. ¿Quieres que te trate como la basura que eres?
—Más... —susurró Setsuna, con el labio partido y la mirada perdida en el techo—. Úsame para pagar... por seguir vivo...
Esa respuesta enfureció aún más a Raian. La falta de resistencia de Setsuna, su aceptación del maltrato como un derecho divino, hacía que el Kure perdiera el control. Lo volteó con brusquedad, enterrando sus dedos en su cadera hasta dejar marcas moradas. El trato era inhumano; no había palabras de afecto, solo el sonido de la carne chocando y los insultos de Raian.
Horas después, el silencio regresó a la habitación. Raian estaba tumbado de espaldas, sudoroso, con la adrenalina empezando a bajar. Setsuna yacía a su lado, hecho un ovillo, con el cuerpo temblando levemente pero con una expresión de paz aterradora.
—Eres un juguete roto, Kiryu —dijo Raian, mirando el techo—. Ni siquiera es divertido si no peleas.
—No hay nada por lo que pelear —respondió Setsuna en un susurro—. Él se llevó mi voluntad. Solo queda el castigo.
La puerta de la habitación se abrió de repente. Era Himuro Ryo, seguido de Lihito y Okubo. Habían estado buscando a Raian para una reunión de la Asociación Kengan y habían rastreado su ubicación.
—¡Oye, Raian! El viejo Yamashita dice que... —Lihito se detuvo en seco, con los ojos como platos al ver la escena.
—¡¿Pero qué demonios?! —exclamó Okubo, cubriéndose los ojos—. ¡Podrías haber cerrado con llave, animal!
Himuro, más observador, reconoció el cabello largo en la cama.
—¿Ese es... Kiryu Setsuna? —preguntó con incredulidad y un rastro de asco—. Raian, ¿qué carajos estás haciendo con él?
Raian se incorporó, sin importarle su desnudez.
—Lo encontré en un burdel —dijo con total indiferencia—. Estaba vendiéndose por monedas. Pensé que sería un buen entretenimiento.
Cosmo Imai apareció detrás de ellos, asomándose con curiosidad infantil que pronto se transformó en horror.
—Eso... eso parece maltrato, Raian —dijo Cosmo, retrocediendo un paso—. Está sangrando.
—Él lo pidió —respondió Raian con una sonrisa de lado—. Es un masoquista que busca a su dios en cada polvazo. ¿Verdad, princesita?
Setsuna ni siquiera se cubrió. Se sentó lentamente, dejando que las sábanas cayeran. Su mirada pasó por cada uno de los presentes: Lihito, Okubo, Himuro, Cosmo... todos guerreros que habían estado en el torneo. Todos testigos de su caída.
—Si quieren... también pueden usarme —dijo Setsuna con una voz quebrada pero clara—. El precio es el mismo. Humíllenme hasta que no quede nada.
El silencio que siguió fue sepulcral. Incluso Raian pareció sorprendido por la magnitud de la degradación de Kiryu. Yamashita Kazuo, que acababa de llegar al pasillo, escuchó las palabras y se asomó, quedando pálido al ver el estado del hombre que una vez fue el rival más temido de Ohma.
—¡Esto es inhumano! —gritó Yamashita, entrando en la habitación y tratando de cubrir a Setsuna con su propia chaqueta—. ¡Raian, has ido demasiado lejos! ¡Y tú, Kiryu-san, por favor, detente! ¡Ohma no querría esto!
Al mencionar el nombre de Ohma, Setsuna sufrió un espasmo. Sus ojos recuperaron por un segundo una lucidez dolorosa.
—¿Ohma...? —Setsuna miró a Yamashita—. Ohma está en el infierno esperándome porque no fui capaz de seguirlo. Tengo que sufrir para alcanzarlo.
—Ohma no está en el infierno —dijo una voz femenina desde la puerta. Shion Akiyama entró, apartando a los hombres. Miró a Setsuna con una mezcla de lástima y pragmatismo—. Y tú no vas a ir a ningún lado excepto a una clínica de recuperación.
Shion miró a Raian con desprecio.
—Eres un animal, Kure. Pero tú —se dirigió a Setsuna—, vas a dejar de ser una alfombra para estos idiotas. La Asociación Kengan no puede permitirse que un activo como tú termine en un callejón.
Setsuna se dejó llevar cuando Shion y Yamashita lo ayudaron a levantarse. Mientras salía de la habitación, pasó junto a Raian. El Kure lo miró fijamente, sintiendo por primera vez una extraña punzada que no supo identificar. No era amor, el amor era algo condicionado a la fuerza en su mundo, pero era una curiosidad posesiva.
—No creas que te libraste de mí —le susurró Raian al oído cuando pasó a su lado—. Te buscaré cuando tenga ganas de romper algo de nuevo.
Setsuna no respondió. Caminó por el pasillo de la mansión Kure, escoltado por aquellos que alguna vez fueron sus enemigos o conocidos distantes. En su mente, el dolor del sexo violento de Raian todavía ardía, y en ese dolor, encontraba el único consuelo que su mente fragmentada podía procesar.
Días después, en una instalación privada de la Fundación Nogi, Setsuna estaba sentado frente a una ventana. Su cuerpo estaba sanando, pero su alma seguía en aquel burdel. Tomoko, una de las asistentes, entró para dejarle la comida. Ella siempre lo miraba con una mezcla de miedo y fascinación.
—¿Por qué lo haces? —preguntó ella en voz baja—. ¿Por qué dejas que te traten así?
Setsuna miró su reflejo en el cristal. Ya no veía al "Hermoso Bestia". Veía a un hombre que amaba tanto a un fantasma que estaba dispuesto a convertirse en nada para sentir su sombra.
—Porque el amor de un Dios es absoluto —respondió Setsuna—. Y si mi Dios no está para amarme, el odio de los hombres es lo más parecido que puedo encontrar para sentir que todavía existo.
En la distancia, el rugido de un motor anunció la llegada de alguien. Raian Kure no era alguien que aceptara un "no" por respuesta, y Setsuna, en el fondo, estaba esperando que el demonio volviera para reclamar su ofrenda de carne una vez más. Porque en ese ciclo de abuso y trato inhumano, Setsuna Kiryu había encontrado su nueva religión. Una donde el placer y el dolor eran indistinguibles, y donde la sombra de Ohma Tokita lo observaba desde el vacío, aprobando su lento y violento descenso a los infiernos.
