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brasas

Fandom: east of eden

Created: 5/13/2026

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El peso de la ceniza y el aroma del pino

El valle de Salinas se extendía como una promesa dorada bajo el sol de la tarde, pero para Cal Trask, la tierra siempre parecía guardar secretos oscuros bajo su superficie fértil. Caminaba por el linde de las tierras de los Bacon, sintiendo el peso de su propio apellido como una marca de nacimiento que no podía borrar. Su padre, Adam, era un hombre de luz y bondad, pero Cal sentía que en sus venas corría algo más espeso, algo heredado de una madre que era un fantasma de maldad en los rumores del pueblo.

Abra Bacon era lo opuesto. Ella era la claridad, la hija perfecta de una familia que despreciaba a los Trask por su excentricidad y por las sombras que envolvían su historia. Los Bacon no querían a Cal cerca de Abra; para ellos, él era el "hijo malo", el hermano oscuro de Aron. Y sin embargo, cada vez que sus ojos se cruzaban en el mercado o en las fiestas de la iglesia, Cal sentía una chispa de algo que no era odio, pero que quemaba con la misma intensidad.

Esa tarde, el aire estaba inusualmente seco. El viento soplaba desde las colinas, cargado con el olor a maleza quemada. Cal estaba revisando las cercas cuando vio una columna de humo negro elevándose cerca del viejo granero de los Bacon.

Sin pensarlo, echó a correr. El instinto de protección, ese que siempre intentaba ocultar tras una máscara de indiferencia, lo impulsó a través de los campos de lechuga.

Cuando llegó, el fuego ya lamía las tablas de madera seca del granero. Y allí, atrapada bajo una viga que había cedido cerca de la entrada lateral, estaba Abra. Su vestido claro estaba manchado de hollín y su rostro, usualmente sereno, estaba contraído por el dolor.

— ¡Abra! —gritó Cal, lanzándose hacia el calor sofocante.

— ¡Cal! No entres, el techo va a caer —gritó ella, con la voz quebrada por la tos.

Cal no escuchó. Se cubrió la boca con el brazo y se abrió paso entre las llamas que devoraban el heno. La viga que presionaba la pierna de Abra era pesada, de roble viejo. Cal gruñó, sintiendo que sus músculos se tensaban hasta el límite, y con un esfuerzo que le hizo ver estrellas, logró levantarla lo suficiente para que ella pudiera arrastrarse hacia afuera.

La sacó en brazos justo cuando el estruendo de la estructura colapsando llenaba el aire de chispas y estrépito. Corrió hasta que el suelo estuvo frío y la hierba verde, lejos del infierno que acababa de dejar atrás. La depositó con cuidado en el suelo, jadeando, con la cara tiznada y las manos temblorosas.

— Déjame ver —dijo Cal, arrodillándose a su lado.

— Estoy bien, Cal. Solo… solo me asusté —respondió ella, aunque sus labios temblaban.

Él levantó con delicadeza el borde de su falda para inspeccionar el tobillo. Estaba hinchado y amoratado, pero no parecía roto. Sus dedos rozaron la piel de Abra y un escalofrío que no tenía nada que ver con el fuego recorrió la espalda de ambos.

— No estás bien —sentenció él con una brusquedad que ocultaba su preocupación—. Tu padre me matará si se entera de que estabas aquí sola, y me colgará si cree que yo tuve algo que ver.

Abra lo miró fijamente. Sus ojos, del color de la miel bajo el sol, buscaron los de él.

— Mi padre no tiene por qué saber que estabas aquí por otra razón que no fuera salvarme —dijo ella en voz baja—. Gracias, Cal.

— No me des las gracias. Solo estaba de paso.

— Siempre estás "de paso" cuando alguien necesita ayuda, aunque te esfuerces tanto en parecer un demonio —replicó Abra, esbozando una sonrisa débil.

Cal apartó la mirada, incómodo. El silencio entre ellos se llenó con el crepitar lejano del incendio que empezaba a extinguirse por falta de combustible.

— Sabes que nuestras familias se odian —dijo Cal, rompiendo el silencio—. Mi padre es un soñador y el tuyo es un hombre de negocios que cree que los Trask somos una plaga en este valle.

— Lo sé —asintió ella—. Mi padre dice que tienes la mirada de alguien que no conoce la paz. Pero yo no veo eso. Veo a alguien que está muy cansado de luchar contra sí mismo.

Cal sintió un nudo en la garganta. Nadie le hablaba así. Ni siquiera Aron, que siempre lo miraba con una mezcla de lástima y deber fraternal. Abra lo veía de verdad.

— No deberías decir esas cosas —murmuró él—. La gente hablará.

— Que hablen. Ya lo hacen de todos modos.

Él la ayudó a levantarse, pasando el brazo de ella por encima de sus hombros. La cercanía era embriagadora. Podía oler el perfume de lavanda de su cabello mezclado con el humo amargo. Era una contradicción, igual que ellos dos.

Caminaron lentamente hacia la linde de la propiedad de los Bacon. Cal sabía que no podía acercarse más a la casa principal sin arriesgarse a una confrontación violenta con el señor Bacon, un hombre que guardaba sus prejuicios como si fueran tesoros.

— Te dejaré aquí —dijo Cal, soltándola con cuidado cerca de un gran roble—. Tu casa está a menos de cien metros. Puedes apoyarte en los árboles.

— Cal, espera —dijo ella, sujetándolo de la manga de la camisa.

Él se detuvo, sintiendo el calor de su mano a través de la tela.

— Mañana iré al arroyo, al lugar donde los sauces llorones tocan el agua —continuó Abra, bajando la voz—. Si quieres… si quieres hablar de algo que no sea fuego o familias que se odian, estaré allí al mediodía.

Cal la miró, sorprendido. El riesgo era inmenso. Si alguien los veía, la reputación de Abra quedaría arruinada y la ira de los Bacon caería sobre la granja de los Trask.

— Es una locura —dijo él, aunque su corazón latía con una esperanza que lo asustaba.

— Quizás —respondió ella—. Pero el valle de Salinas es un lugar aburrido para ser siempre perfectos.

— No soy un buen hombre, Abra. Lo sabes.

— No eres un hombre perfecto, Cal. Pero eres real. Y eso es mucho más de lo que puedo decir de la mayoría de las personas que conozco.

Abra se alejó cojeando, usando una rama como apoyo improvisado. Cal se quedó allí, de pie en la penumbra creciente, observándola hasta que la silueta de la joven desapareció tras el porche de su casa.

Se miró las manos, negras de hollín y marcadas por pequeñas quemaduras. Por primera vez en su vida, no sintió que esa oscuridad viniera de su interior, sino que era el precio de haber protegido algo valioso.

Esa noche, en la mesa de los Trask, Cal estuvo inusualmente callado. Adam, absorto en sus pensamientos sobre la nueva maquinaria para la refrigeración de lechugas, apenas notó el estado de su hijo. Aron, sin embargo, lo observaba con curiosidad.

— ¿Dónde estuviste toda la tarde, Cal? —preguntó Aron, limpiándose la boca con la servilleta—. Hueles a quemado.

— Hubo un fuego en el granero de los Bacon —respondió Cal sin levantar la vista del plato.

Adam levantó la cabeza, interesado.

— ¿Un fuego? Espero que nadie haya salido herido. Bacon es un hombre difícil, pero nadie merece perder sus cosechas.

— Abra estaba allí —añadió Cal, y el nombre sonó como una confesión en el aire pesado del comedor.

Aron frunció el ceño.

— ¿Abra? ¿Está bien? Debería ir a verla mañana.

— Está bien —cortó Cal con una dureza repentina—. Yo la ayudé. No necesita que nadie más vaya a husmear.

Adam suspiró, dejando los cubiertos sobre la mesa.

— Cal, trata de ser más amable. Los Bacon no nos tienen aprecio, y si te vieron allí, podrían pensar mal.

— Siempre piensan mal de mí, padre. No importa lo que haga.

Cal se levantó de la mesa, dejando la comida a medio terminar. Subió a su habitación y se sentó frente a la ventana que daba al este. El valle estaba sumido en la oscuridad, pero él sabía exactamente dónde estaba la casa de los Bacon.

Mañana iría al arroyo. Sabía que era un error, que solo traería más drama a su vida ya complicada, pero por primera vez, no le importaba ser el "hijo malo". Si Abra Bacon podía ver algo de luz en él, tal vez valía la pena arriesgarse a quemarse de nuevo.

El slow burn de su relación apenas comenzaba, una llama lenta que crecía en medio de la enemistad de dos familias que nunca entenderían que, en el valle de Salinas, el amor y el odio a menudo crecen en la misma tierra, alimentados por la misma lluvia y el mismo sol implacable. Cal cerró los ojos y, por un momento, el olor a ceniza fue reemplazado por el recuerdo de la lavanda.
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