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Nordics

Fandom: Hetalia

Created: 5/15/2026

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RomanceSlice of LifeFluffHurt/ComfortCurtainfic / Domestic StoryCanon SettingCharacter StudyHumor
Contents

El eco de los fiordos y el susurro de la madera

La mansión de los países nórdicos solía ser un lugar de contrastes, donde el silencio sepulcral de Berwald chocaba frontalmente con las carcajadas estruendosas de Mathias. Sin embargo, últimamente, el ambiente había adquirido un matiz extraño, una especie de tensión vibrante que emanaba directamente del autoproclamado "Rey del Norte".

Mathias Køhler, con su cabello rubio disparado en todas direcciones y su eterna sonrisa de suficiencia, estaba extrañamente... servicial.

—¡Lukas! ¡Mira lo que traje para ti! —exclamó Mathias, entrando en la sala de estar con el ímpetu de un huracán. En sus manos sostenía una caja de madera tallada a mano, adornada con motivos de antiguos barcos vikingos—. Es madera de roble de la mejor calidad. Pensé que quedaría perfecta en tu estantería.

Lukas, que estaba sentado en el sofá con un libro antiguo sobre mitología y un pequeño troll invisible columpiándose en su hombro, ni siquiera levantó la vista de inmediato. Su mechón flotante osciló suavemente, como si tuviera vida propia.

—Ya tengo estanterías, Mathias —respondió con su habitual voz monótona, fría como el viento del Ártico—. Y no grites. Me duele la cabeza.

—¡Oh, lo siento, lo siento! —Mathias bajó el volumen a un susurro conspirador que seguía siendo demasiado alto—. Pero esta es especial. La hice yo mismo. Bueno, Berwald me ayudó un poco con las herramientas, ¡pero el diseño es todo mío!

El danés dejó la caja sobre la mesa de café, justo al lado de la taza de té de Noruega. Se quedó allí de pie, con las manos en las caderas y una expresión de orgullo infantil, esperando una reacción que no llegaba.

Desde el umbral de la cocina, Tino y Emil observaban la escena. El finlandés sostenía una bandeja con galletas recién horneadas, mientras que el joven islandés se cruzaba de brazos, con el Sr. Frailecillo posado en su hombro izquierdo.

—Esto se está volviendo ridículo —susurró Emil, frunciendo el ceño—. Ayer le trajo flores raras que solo crecen en los acantilados. Anteayer se ofreció a lavarle toda la ropa a mano porque decía que el detergente moderno dañaba "la esencia noruega". Está actuando como un idiota.

—Bueno, Mathias siempre ha sido un poco... intenso —comentó Tino con una sonrisa amable, aunque algo preocupada—. Pero tienes razón, Emil. Creo que está intentando decirle algo a Lukas, pero no sabe cómo. Es tierno, ¿no crees?

—Es patético —intervino el Sr. Frailecillo con su voz de mafioso—. Ese rubio escandaloso tiene el cerebro de un arenque. Si quiere algo, que lo diga y ya.

—No es tan fácil para él —murmuró una voz profunda y ronca detrás de ellos. Berwald, el sueco, apareció como una sombra imponente, ajustándose las gafas rectangulares—. Tiene miedo.

Tino asintió, suspirando.

—Mathias cree que si confiesa lo que siente, Lukas lo echará de su vida. Teme que la cercanía que tienen ahora se rompa para siempre. Por eso intenta ser el "compañero perfecto", esperando que Lukas lo note por sí mismo.

—El problema —añadió Emil, mirando hacia la sala— es que mi hermano es un bloque de hielo cuando se trata de estas cosas.

En la sala, Lukas finalmente cerró el libro y miró la caja de madera. Extendió una mano pálida y acarició la superficie tallada.

—Está bien hecha —admitió Lukas—. Gracias, Dinamarca. Eres muy generoso con todos últimamente. Supongo que estás de buen humor porque tus exportaciones de cerveza subieron.

Mathias sintió un pinchazo en el pecho. No era por la cerveza. No era por generosidad general. Era por él. Solo por él. Pero la idea de decir "hice esto porque te amo y quiero que me mires como algo más que un vecino molesto" se le atascaba en la garganta.

—¡Claro! ¡Ya sabes cómo soy! —rió Mathias, rascándose la nuca con nerviosismo—. ¡Me gusta ver a mis amigos felices! ¿Quieres que te cocine algo? ¡Puedo hacer Smørrebrød! ¡O lo que quieras!

—No tengo hambre —respondió Lukas, poniéndose de pie—. Voy a caminar por el bosque. Los trolls dicen que habrá una reunión cerca del arroyo.

—¡Te acompaño! —saltó Mathias de inmediato—. Podría haber osos. O... o podrías tropezar.

Lukas lo miró con sus ojos azul oscuro, inexpresivos y profundos.

—Soy una nación, Mathias. No me dan miedo los osos y sé caminar. Además, tú no puedes ver a los invitados de la reunión. Te aburrirás.

—¡No importa! Me gusta el aire libre. ¡Vamos!

Sin esperar respuesta, Mathias se adelantó para buscar los abrigos, actuando de nuevo de manera mandona y organizativa, revisando que Lukas llevara su bufanda bien puesta. Lukas se dejó hacer, acostumbrado a la naturaleza controladora del danés. Para él, Mathias siempre había sido así: ruidoso, entrometido y asfixiantemente atento. No veía ninguna diferencia entre el trato de hoy y el de hace diez años, excepto que quizás ahora Mathias era un poco más insistente con los regalos.

Mientras caminaban por el sendero boscoso tras la casa, el silencio se apoderó de ellos. Bueno, el silencio relativo, ya que Mathias no dejaba de hablar sobre planes para el próximo festival o sobre cómo deberían remodelar el muelle.

—¿Por qué haces tanto esfuerzo? —preguntó Lukas de repente, deteniéndose frente a un viejo pino cubierto de musgo.

Mathias se tensó. ¿Lo había descubierto? ¿Había sido demasiado obvio?

—¿A qué te refieres, Lukke?

—A todo esto —Lukas señaló con un gesto vago hacia la casa y luego hacia Mathias—. Los regalos, la comida, el hecho de que no me has dejado solo ni diez minutos en toda la semana. Eres una persona muy activa, Mathias, pero incluso para ti, esto es excesivo. ¿Estás intentando compensar algo? ¿Rompiste algo mío y no me lo has dicho?

Mathias sintió que el corazón le latía con fuerza en los oídos. La terquedad que solía usar para imponer sus ideas ahora luchaba contra su propia inseguridad.

—No he roto nada, ¡lo juro! Solo... quiero que estés bien. Quiero ser útil para ti.

—Eres mi amigo, Mathias. Ya eres "útil", supongo —dijo Lukas, y por un breve segundo, una pequeña y casi imperceptible sonrisa apareció en sus labios al ver a un hada revolotear cerca del mechón de su flequillo—. Pero no necesitas comprar mi atención. Siempre estás aquí, de todos modos. No te vas a ninguna parte.

—Ese es el problema —susurró Mathias, tan bajo que pensó que el noruego no lo escucharía.

—¿Qué dijiste?

—¡Que el aire está genial! —exclamó Mathias, recuperando su máscara de optimismo—. ¡Deberíamos venir más seguido!

Lukas suspiró y siguió caminando. Para él, Mathias era simplemente Mathias. Un hombre robusto y valiente que no sabía cuándo callarse, alguien que repartía abrazos y energía a todo el mundo por igual. Si le daba un regalo especial, Lukas asumía que era porque Mathias disfrutaba de la artesanía. Si le cocinaba, era porque el danés amaba comer. No se sentía "especial" porque, en su mente, Mathias era una fuente inagotable de afecto que salpicaba a cualquiera que estuviera cerca.

De regreso en la casa, la cena fue una situación tensa para los otros tres nórdicos. Mathias se había empeñado en servirle la comida a Lukas primero, asegurándose de que tuviera la mejor porción de salmón.

—Berwald, pásame la sal —pidió Emil.

—Tómala tú mismo, está frente a ti —respondió el sueco, aunque sus ojos estaban fijos en Mathias, quien estaba tratando de quitarle una mancha invisible de la mejilla a Lukas con una servilleta.

—¡Quita, Mathias! —protestó Lukas, apartando la mano del rubio—. Puedo limpiarme solo.

—¡Solo quería ayudar! —rio Mathias, aunque sus ojos azules brillaron con una pizca de tristeza que solo Tino pareció notar.

Cuando terminó la cena y Lukas se retiró a su habitación para "hablar con las criaturas del aire", Mathias se quedó en la cocina, lavando los platos con una energía frenética, casi violenta.

Tino se acercó lentamente, colocando una mano sobre el hombro musculoso del danés.

—Mathias... tienes que decírselo con palabras.

El danés se detuvo, con las manos sumergidas en el agua jabonosa. Su espalda, amplia y fuerte, se encorvó un poco.

—No puedo, Tino. ¿No lo ves? Él piensa que solo soy... yo. El tipo ruidoso que siempre está ahí. Si le digo que lo amo, y él no siente lo mismo... no podré seguir haciendo esto. No podré entrar en su habitación sin sentirme un extraño. No podré cuidarlo.

—Ya pareces una madre preocupada —bufó Emil desde la mesa—. Pero mi hermano no es idiota, solo es... distraído con las emociones humanas. Su cabeza está en otro mundo. Si no eres directo, pensará que simplemente eres un vecino muy intenso hasta el fin de los tiempos.

—Él tiene razón —añadió Berwald, apareciendo en la puerta—. La honestidad... es mejor.

Mathias suspiró, secándose las manos en el delantal. Su habitual egocentrismo se había desvanecido, dejando ver a un hombre que, a pesar de su apariencia robusta, se sentía pequeño.

—¿Y si me rechaza? ¿Y si me pide que me mude?

—Es Noruega, Mathias —dijo Tino con dulzura—. No te va a echar. Probablemente te estrangulará con tu propia corbata y luego te dirá que dejes de ser tan sentimental, pero no te dejará ir. Él te necesita tanto como tú a él, aunque sea demasiado orgulloso para admitirlo.

Esa noche, Mathias no pudo dormir. Se quedó mirando el techo de su habitación, escuchando el crujido de la madera de la vieja mansión. Finalmente, se levantó. No podía seguir así. Su terquedad, esa misma que lo llevaba a insistir en que él era el líder de los nórdicos, ahora lo impulsaba a buscar una respuesta definitiva.

Caminó por el pasillo hasta la puerta de Lukas. Dudó un momento, con la mano suspendida en el aire, antes de llamar suavemente.

—¿Lukas? ¿Estás despierto?

La puerta se abrió casi de inmediato. Lukas estaba allí, vistiendo un camisón ligero, con el cabello algo desordenado y su horquilla mágica brillando tenuemente en la oscuridad. Se veía... adorable, aunque Mathias nunca se atrevería a usar esa palabra en voz alta si quería conservar su integridad física.

—¿Qué quieres, Mathias? Son las dos de la mañana.

—Yo... traje esto —Mathias le tendió una pequeña piedra rúnica que había guardado en su bolsillo. No era un regalo lujoso, era solo una piedra que había encontrado en la playa años atrás, con una forma que recordaba a un corazón imperfecto—. Es para ti.

Lukas tomó la piedra, observándola bajo la luz de la luna que entraba por la ventana del pasillo.

—Otra piedra. Ya tengo una colección, Mathias. ¿Por qué me das esto ahora?

—Porque no sé qué más hacer —soltó Mathias, y su voz sonó quebrada, despojada de su habitual alegría—. Te doy cosas, te cocino, trato de que no te falte nada... y tú solo piensas que soy "generoso". No soy generoso con todo el mundo, Lukas. Soy un tipo egoísta y mandón, lo sabes. Pero contigo... contigo quiero ser todo lo que necesites.

Lukas se quedó inmóvil. Sus ojos azul oscuro se clavaron en los de Mathias, analizando cada palabra, cada gesto de nerviosismo del danés. El silencio se prolongó tanto que Mathias estuvo a punto de darse la vuelta y salir corriendo hacia Copenhague.

—¿Estás diciendo —comenzó Lukas con su voz lenta y pausada— que todo este despliegue de atenciones no era porque estuvieras aburrido?

—¡Claro que no! —exclamó Mathias, dando un paso adelante, acortando la distancia entre ellos—. Lo hago porque te amo, idiota. Te amo tanto que me duele la cabeza más de lo que a ti te duele cuando grito. Y tengo miedo de que, si te lo digo, te alejes de mí.

Lukas parpadeó. Una vez. Dos veces. Bajó la mirada hacia la piedra rúnica y luego volvió a mirar a Mathias. Para sorpresa del danés, Lukas no lo estranguló. En cambio, extendió su mano libre y tiró suavemente de la corbata que Mathias aún llevaba puesta, obligándolo a inclinarse.

—Eres un estúpido, Dinamarca —susurró Lukas.

—Lo sé, yo...

—Cállate.

Lukas se puso de puntillas y presionó sus labios contra la mejilla de Mathias. Fue un contacto breve, ligero como el ala de una mariposa, pero para Mathias fue más potente que cualquier explosión.

—No voy a alejarme —dijo Lukas, recuperando su semblante estoico, aunque sus orejas estaban ligeramente sonrosadas—. Pero deja de traerme cajas de madera. Ya no tengo espacio en la habitación.

Mathias se quedó congelado, procesando lo que acababa de pasar. La alegría empezó a burbujear en su pecho, expandiéndose hasta que no pudo contenerla más. Su rostro se iluminó con esa sonrisa radiante que podía iluminar todo el norte.

—¡Eso significa que...!

—Significa que mañana harás el desayuno —lo interrumpió Lukas, cerrando la puerta lentamente—. Y no grites. Estoy intentando dormir.

Mathias se quedó solo en el pasillo oscuro, con el corazón saltando en su pecho. Quería gritar, quería saltar, quería decirle a todo el mundo que el estoico Noruega no lo había rechazado. Pero, por una vez en su vida, decidió ser silencioso.

Se apoyó contra la pared, deslizándose hasta sentarse en el suelo, con una sonrisa de oreja a oreja.

Desde el final del pasillo, tres sombras lo observaban.

—Vaya —susurró Tino, secándose una lagrimita imaginaria—. Sabía que Lukas tenía un corazón blando bajo todo ese hielo.

—Sigue siendo un idiota —murmuró Emil, aunque no pudo evitar una pequeña sonrisa de alivio—. Al menos ahora dejará de intentar cocinar cosas raras para impresionar.

Berwald simplemente asintió, satisfecho.

—Todo... está bien.

En el silencio de la noche nórdica, Mathias Køhler finalmente entendió que no necesitaba regalos caros ni actos heroicos para ser especial a los ojos de Lukas. Solo necesitaba ser él mismo, el danés terco y alegre que nunca se rendía, incluso cuando se trataba de derretir el corazón de un fiordo.
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