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Beso
Fandom: Jujutsu Kaisen
Created: 5/17/2026
Tags
RomanceOmegaverseDramaAngstHistoricalSouthern GothicHurt/ComfortCharacter StudyLyricismFluffSlice of LifeAU (Alternate Universe)
Entre el aroma a tierra húmeda y el susurro de los cafetales
La Hacienda Fushiguro no era un hogar, era un imperio de piedra y desdén. En lo alto de la colina, la casona blanca vigilaba el pueblo como un gigante dormido, y dentro de sus muros, Megumi era poco más que una sombra decorativa. Toji Fushiguro, un hombre cuya fuerza solo era superada por su indiferencia, apenas recordaba el nombre de su hijo menor. Para el patriarca, un omega era una moneda de cambio que aún no había encontrado su mercado; mientras tanto, si Megumi desaparecía por tres días entre los senderos del bosque o las calles del pueblo, a Toji le importaba menos que el estado de la cosecha de tabaco.
Pero para Yuji Itadori, Megumi no era una sombra. Era el sol de medianoche, una criatura divina que parecía haber descendido de un altar solo para caminar sobre la tierra polvorienta que Yuji barría cada mañana.
Yuji era un alfa de manos ásperas y sonrisa fácil, un huérfano que se partía el lomo en dos empleos para mantener la dignidad de su apellido olvidado. Por las mañanas, cargaba sacos en el muelle del río; por las tardes, ayudaba en la herrería de la plaza principal. Fue allí, bajo el calor del hierro al rojo vivo, donde vio por primera vez a Megumi Fushiguro escapar de su jaula de oro.
Megumi caminaba con una elegancia que desafiaba la gravedad. Vestía camisas de lino blanco que resaltaban su piel pálida y el cabello oscuro, rebelde como las alas de un cuervo. Sus ojos, de un verde profundo y melancólico, siempre miraban hacia el horizonte, como si buscara algo que el dinero de su padre no pudiera comprar.
—¡Eh, joven Fushiguro! —gritó Yuji un martes por la tarde, secándose el sudor de la frente con un trapo sucio.
Megumi se detuvo. No era común que alguien le hablara con tanta familiaridad, y menos un alfa que olía a humo y esfuerzo. Se giró lentamente, arqueando una ceja con una altivez que, lejos de alejar a Yuji, lo dejó sin aliento.
—¿Me hablas a mí? —preguntó Megumi. Su voz era como el terciopelo rozando una herida abierta.
—A menos que haya otro ángel caminando por esta calle llena de baches, sí, te hablo a ti —respondió Yuji, apoyándose en el marco del taller con una confianza que no sentía.
Megumi soltó un suspiro corto, algo que estuvo a punto de ser una risa, pero que se quedó en un gesto de cansancio.
—Ese es un cumplido muy común, Itadori. Creo que el hijo del alcalde me dijo lo mismo el domingo pasado tras la misa.
Yuji no se amilanó. Sabía que Megumi era "inalcanzable", un trofeo que muchos alfas de linaje intentaban reclamar con palabras ensayadas y promesas de oro. Pero Yuji no tenía oro; solo tenía la verdad de sus manos y una canción que se le pegaba al pecho cada vez que lo veía.
—Bueno, el hijo del alcalde tiene mucha plata pero poca imaginación —dijo Yuji, dando un paso hacia el sol—. Yo no te lo digo porque parezcas un cuadro en una iglesia. Te lo digo porque el aire cambia cuando pasas. Hasta el fuego de mi fragua se siente frío comparado con lo que provocas.
Megumi lo miró fijamente. Sus feromonas, usualmente reprimidas bajo una capa de desinterés, vibraron sutilmente. Olía a madera de sándalo y a la lluvia que precede a la tormenta.
—Eres un charlatán —sentenció Megumi, aunque no dio un solo paso para alejarse—. ¿Crees que con frases bonitas vas a lograr que olvide quién soy y quién eres tú?
—No quiero que olvides nada —replicó Yuji con suavidad—. Solo quiero que me dejes invitarte un helado de canela en el puesto de la esquina. Trabajo doble, así que puedo permitírmelo.
Megumi miró hacia la casona en la colina. Sabía que si regresaba ahora, nadie notaría su presencia. Si regresaba en tres días, Toji solo le preguntaría si había traído el correo. La libertad era un sabor amargo cuando no tenías con quién compartirla.
—El helado de canela me gusta —admitió Megumi, bajando un poco la guardia—. Pero te advierto que soy un cliente difícil de complacer.
Caminaron juntos por la plaza, una pareja improbable que atraía las miradas de las lavanderas y los comerciantes. Megumi caminaba con la espalda recta, como si llevara una corona invisible, mientras Yuji gesticulaba con entusiasmo, contándole historias sobre los barcos que llegaban al muelle.
—¿Y bien? —preguntó Yuji mientras se sentaban en un banco de piedra, cada uno con un cono de helado—. ¿Qué más te dicen esos alfas de alcurnia para intentar robarte un beso?
Megumi lamió el helado con una parsimonia que hizo que el corazón de Yuji diera un vuelco.
—Me dicen que mis ojos son como esmeraldas robadas al mar —dijo Megumi, fingiendo aburrimiento—. Me dicen que mi aroma es la perdición de cualquier hombre con honor. Me dicen que darían su fortuna por una tarde a solas conmigo en el jardín de las rosas.
—Qué aburridos —bufó Yuji, negando con la cabeza—. Esmeraldas... el mar no tiene esmeraldas, tiene sal y fuerza. Tus ojos no son piedras preciosas, Megumi. Son como el bosque de noche: dan miedo porque uno sabe que puede perderse en ellos y no querer salir nunca.
Megumi se quedó helado. La cuchara de madera se detuvo a mitad de camino a su boca. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a ver la oscuridad o la profundidad; todos se quedaban en la superficie de su belleza omega.
—Tienes una lengua muy ágil, Itadori —murmuró Megumi, desviando la mirada para ocultar un leve sonrojo—. Pero las palabras se las lleva el viento. En este pueblo, un omega como yo necesita más que metáforas sobre bosques nocturnos.
—Lo sé —dijo Yuji, volviéndose serio—. Por eso trabajo en la herrería y en el muelle. Porque sé que no puedo ofrecerte un palacio, pero puedo ofrecerte un hogar donde no seas una sombra. Donde si te vas por diez minutos, yo ya esté en la puerta esperando a que vuelvas.
La honestidad del alfa era casi dolorosa. Megumi estaba acostumbrado al desinterés brutal de Toji y a la adulación vacía de los pretendientes. La devoción de Yuji, cruda y sin pretensiones, era algo nuevo. Algo peligroso.
—Mi padre me vendería al mejor postor si se acordara de que existo —dijo Megumi en voz baja, raspando el fondo del cono—. No soy alguien a quien puedas "cortejar" simplemente, Yuji. Soy un Fushiguro.
—Para mí eres solo Megumi —insistió el pelirrosa—. Y si tu padre no te valora, es porque es un ciego. Yo te veo. Te veo cuando te escapas por la puerta trasera de la hacienda y te veo cuando finges que no te importa que nadie te espere para cenar.
Megumi sintió un nudo en la garganta. Se levantó bruscamente, sacudiendo las migajas de su pantalón.
—Debo irme. Mañana habrá feria en el pueblo vecino y supongo que mi padre querrá que asista alguno de sus hijos para mantener las apariencias.
—Iras de nuevo con esos alfas que te hablan de esmeraldas —dijo Yuji, con una pizca de tristeza pero sin amargura—. Ve. Diviértete. Pero recuerda lo que te dije.
Megumi se detuvo antes de alejarse del todo. Se giró, y por un breve segundo, la máscara de divinidad inalcanzable se rompió, dejando ver al adolescente que solo quería ser amado.
—Itadori —llamó.
—¿Sí?
—El helado de canela estaba... aceptable. Pero si quieres impresionarme de verdad, la próxima vez podrías intentar algo más que palabras.
Yuji sonrió de oreja a oreja, esa sonrisa brillante que parecía iluminar hasta el rincón más oscuro de la plaza.
—¿Como qué?
Megumi se acercó un paso, invadiendo el espacio personal del alfa. El aroma de Yuji —sol, metal y algo dulce como el azúcar quemado— lo envolvió.
—Como un beso que no sepa a poema ensayado —susurró Megumi, antes de darse la vuelta y caminar hacia la colina con paso firme.
Yuji se quedó allí, petrificado, con el sabor de la canela aún en los labios y el corazón martilleando contra sus costillas como un herrero loco.
Los días siguientes fueron un juego de sombras y encuentros furtivos. Megumi seguía escapando de la hacienda, y Toji seguía sin preguntar. A veces, Megumi aparecía en el muelle, observando desde lejos cómo Yuji cargaba pesados fardos de café, con los músculos tensos y la piel brillando por el esfuerzo. Otras veces, era Yuji quien dejaba pequeñas flores silvestres —nada de rosas de invernadero, sino flores de campo, resistentes y vibrantes— en la ventana de la habitación de Megumi, arriesgándose a ser atrapado por los perros de la finca.
Una noche, cuando la luna estaba en su punto más alto y el aroma de los cafetales era casi embriagador, se encontraron en el límite de la propiedad Fushiguro, donde la valla de madera se encontraba con el inicio del bosque.
—Has vuelto —dijo Yuji, emergiendo de entre los árboles.
—Nunca me fui del todo —respondió Megumi, apoyado contra un roble—. Mi padre ha decidido que me casará con el hijo de los Zenin. Dice que es una buena alianza.
Yuji sintió un frío repentino en las venas. Los Zenin eran una familia poderosa, antigua y cruel.
—¿Y tú qué quieres? —preguntó Yuji, acercándose hasta que solo unos centímetros los separaban.
Megumi levantó la vista. En la oscuridad, sus ojos verdes parecían dos pozos de agua profunda.
—Quiero que lo que dijiste sea verdad. Quiero que alguien me espere. Quiero que alguien me vea no como una joya, sino como una persona.
Yuji tomó las manos de Megumi entre las suyas. Eran manos diferentes: las de Yuji, grandes y callosas; las de Megumi, finas y suaves. Pero encajaban perfectamente.
—No tengo tierras, Megumi. No tengo un apellido que asuste a los hombres. Pero tengo dos manos que trabajarán hasta el cansancio por ti y un corazón que no sabe hacer otra cosa que latir a tu ritmo.
Megumi soltó una pequeña risa, esta vez real, cargada de una melancolía dulce.
—Sigues usando coqueteos comunes, Itadori. "Latir a mi ritmo"... ¿de qué folletín sacaste eso?
—De ninguno —juró Yuji, acercando su rostro al del omega—. Me sale del alma. Y si no me crees...
Yuji no terminó la frase. Acortó la distancia y presionó sus labios contra los de Megumi. No fue un beso de telenovela, ni un roce casto de salón. Fue un beso que sabía a tierra, a esfuerzo, a libertad y a la promesa silenciosa de una vida compartida lejos de las sombras de la hacienda.
Megumi se aferró a la camisa de Yuji, rompiendo por fin su postura de porcelana. En ese momento, no era el hijo de un hacendado, ni un omega inalcanzable. Era simplemente Megumi, encontrando su hogar en los brazos de un alfa que no tenía nada más que darle que su verdad.
Cuando se separaron, Megumi estaba jadeando, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes.
—Eso... —comenzó Megumi, recuperando el aliento— eso fue mejor que el helado de canela.
Yuji rió, apoyando su frente contra la del otro.
—¿Significa que ya no me vas a decir que el hijo del alcalde lo hace mejor?
—El hijo del alcalde nunca se atrevería a besarme así —admitió Megumi, rodeando el cuello de Yuji con sus brazos—. Ninguno de ellos lo haría. Tienen miedo de romperme.
—Tú no eres de cristal, Megumi Fushiguro —dijo Yuji, besando la punta de su nariz—. Eres de hierro y de estrellas. Y mientras yo respire, nadie va a volver a tratarte como una sombra.
Esa noche, Megumi no regresó a la casona hasta la madrugada. Y cuando lo hizo, no le importó que la casa estuviera en silencio o que su padre estuviera borracho en su estudio. Por primera vez, Megumi no se sentía solo en la inmensidad de la hacienda. Tenía un secreto, un aroma a sol y metal impregnado en su piel, y la certeza de que, en algún lugar del pueblo, un alfa de manos ásperas estaba contando los minutos para volver a verlo.
Porque para el mundo, Megumi era un Fushiguro, divino e intocable. Pero para Yuji, era simplemente el motivo por el cual el sol decidía salir cada mañana, y eso, para Megumi, valía más que todas las esmeraldas del mar.
Pero para Yuji Itadori, Megumi no era una sombra. Era el sol de medianoche, una criatura divina que parecía haber descendido de un altar solo para caminar sobre la tierra polvorienta que Yuji barría cada mañana.
Yuji era un alfa de manos ásperas y sonrisa fácil, un huérfano que se partía el lomo en dos empleos para mantener la dignidad de su apellido olvidado. Por las mañanas, cargaba sacos en el muelle del río; por las tardes, ayudaba en la herrería de la plaza principal. Fue allí, bajo el calor del hierro al rojo vivo, donde vio por primera vez a Megumi Fushiguro escapar de su jaula de oro.
Megumi caminaba con una elegancia que desafiaba la gravedad. Vestía camisas de lino blanco que resaltaban su piel pálida y el cabello oscuro, rebelde como las alas de un cuervo. Sus ojos, de un verde profundo y melancólico, siempre miraban hacia el horizonte, como si buscara algo que el dinero de su padre no pudiera comprar.
—¡Eh, joven Fushiguro! —gritó Yuji un martes por la tarde, secándose el sudor de la frente con un trapo sucio.
Megumi se detuvo. No era común que alguien le hablara con tanta familiaridad, y menos un alfa que olía a humo y esfuerzo. Se giró lentamente, arqueando una ceja con una altivez que, lejos de alejar a Yuji, lo dejó sin aliento.
—¿Me hablas a mí? —preguntó Megumi. Su voz era como el terciopelo rozando una herida abierta.
—A menos que haya otro ángel caminando por esta calle llena de baches, sí, te hablo a ti —respondió Yuji, apoyándose en el marco del taller con una confianza que no sentía.
Megumi soltó un suspiro corto, algo que estuvo a punto de ser una risa, pero que se quedó en un gesto de cansancio.
—Ese es un cumplido muy común, Itadori. Creo que el hijo del alcalde me dijo lo mismo el domingo pasado tras la misa.
Yuji no se amilanó. Sabía que Megumi era "inalcanzable", un trofeo que muchos alfas de linaje intentaban reclamar con palabras ensayadas y promesas de oro. Pero Yuji no tenía oro; solo tenía la verdad de sus manos y una canción que se le pegaba al pecho cada vez que lo veía.
—Bueno, el hijo del alcalde tiene mucha plata pero poca imaginación —dijo Yuji, dando un paso hacia el sol—. Yo no te lo digo porque parezcas un cuadro en una iglesia. Te lo digo porque el aire cambia cuando pasas. Hasta el fuego de mi fragua se siente frío comparado con lo que provocas.
Megumi lo miró fijamente. Sus feromonas, usualmente reprimidas bajo una capa de desinterés, vibraron sutilmente. Olía a madera de sándalo y a la lluvia que precede a la tormenta.
—Eres un charlatán —sentenció Megumi, aunque no dio un solo paso para alejarse—. ¿Crees que con frases bonitas vas a lograr que olvide quién soy y quién eres tú?
—No quiero que olvides nada —replicó Yuji con suavidad—. Solo quiero que me dejes invitarte un helado de canela en el puesto de la esquina. Trabajo doble, así que puedo permitírmelo.
Megumi miró hacia la casona en la colina. Sabía que si regresaba ahora, nadie notaría su presencia. Si regresaba en tres días, Toji solo le preguntaría si había traído el correo. La libertad era un sabor amargo cuando no tenías con quién compartirla.
—El helado de canela me gusta —admitió Megumi, bajando un poco la guardia—. Pero te advierto que soy un cliente difícil de complacer.
Caminaron juntos por la plaza, una pareja improbable que atraía las miradas de las lavanderas y los comerciantes. Megumi caminaba con la espalda recta, como si llevara una corona invisible, mientras Yuji gesticulaba con entusiasmo, contándole historias sobre los barcos que llegaban al muelle.
—¿Y bien? —preguntó Yuji mientras se sentaban en un banco de piedra, cada uno con un cono de helado—. ¿Qué más te dicen esos alfas de alcurnia para intentar robarte un beso?
Megumi lamió el helado con una parsimonia que hizo que el corazón de Yuji diera un vuelco.
—Me dicen que mis ojos son como esmeraldas robadas al mar —dijo Megumi, fingiendo aburrimiento—. Me dicen que mi aroma es la perdición de cualquier hombre con honor. Me dicen que darían su fortuna por una tarde a solas conmigo en el jardín de las rosas.
—Qué aburridos —bufó Yuji, negando con la cabeza—. Esmeraldas... el mar no tiene esmeraldas, tiene sal y fuerza. Tus ojos no son piedras preciosas, Megumi. Son como el bosque de noche: dan miedo porque uno sabe que puede perderse en ellos y no querer salir nunca.
Megumi se quedó helado. La cuchara de madera se detuvo a mitad de camino a su boca. Nadie le hablaba así. Nadie se atrevía a ver la oscuridad o la profundidad; todos se quedaban en la superficie de su belleza omega.
—Tienes una lengua muy ágil, Itadori —murmuró Megumi, desviando la mirada para ocultar un leve sonrojo—. Pero las palabras se las lleva el viento. En este pueblo, un omega como yo necesita más que metáforas sobre bosques nocturnos.
—Lo sé —dijo Yuji, volviéndose serio—. Por eso trabajo en la herrería y en el muelle. Porque sé que no puedo ofrecerte un palacio, pero puedo ofrecerte un hogar donde no seas una sombra. Donde si te vas por diez minutos, yo ya esté en la puerta esperando a que vuelvas.
La honestidad del alfa era casi dolorosa. Megumi estaba acostumbrado al desinterés brutal de Toji y a la adulación vacía de los pretendientes. La devoción de Yuji, cruda y sin pretensiones, era algo nuevo. Algo peligroso.
—Mi padre me vendería al mejor postor si se acordara de que existo —dijo Megumi en voz baja, raspando el fondo del cono—. No soy alguien a quien puedas "cortejar" simplemente, Yuji. Soy un Fushiguro.
—Para mí eres solo Megumi —insistió el pelirrosa—. Y si tu padre no te valora, es porque es un ciego. Yo te veo. Te veo cuando te escapas por la puerta trasera de la hacienda y te veo cuando finges que no te importa que nadie te espere para cenar.
Megumi sintió un nudo en la garganta. Se levantó bruscamente, sacudiendo las migajas de su pantalón.
—Debo irme. Mañana habrá feria en el pueblo vecino y supongo que mi padre querrá que asista alguno de sus hijos para mantener las apariencias.
—Iras de nuevo con esos alfas que te hablan de esmeraldas —dijo Yuji, con una pizca de tristeza pero sin amargura—. Ve. Diviértete. Pero recuerda lo que te dije.
Megumi se detuvo antes de alejarse del todo. Se giró, y por un breve segundo, la máscara de divinidad inalcanzable se rompió, dejando ver al adolescente que solo quería ser amado.
—Itadori —llamó.
—¿Sí?
—El helado de canela estaba... aceptable. Pero si quieres impresionarme de verdad, la próxima vez podrías intentar algo más que palabras.
Yuji sonrió de oreja a oreja, esa sonrisa brillante que parecía iluminar hasta el rincón más oscuro de la plaza.
—¿Como qué?
Megumi se acercó un paso, invadiendo el espacio personal del alfa. El aroma de Yuji —sol, metal y algo dulce como el azúcar quemado— lo envolvió.
—Como un beso que no sepa a poema ensayado —susurró Megumi, antes de darse la vuelta y caminar hacia la colina con paso firme.
Yuji se quedó allí, petrificado, con el sabor de la canela aún en los labios y el corazón martilleando contra sus costillas como un herrero loco.
Los días siguientes fueron un juego de sombras y encuentros furtivos. Megumi seguía escapando de la hacienda, y Toji seguía sin preguntar. A veces, Megumi aparecía en el muelle, observando desde lejos cómo Yuji cargaba pesados fardos de café, con los músculos tensos y la piel brillando por el esfuerzo. Otras veces, era Yuji quien dejaba pequeñas flores silvestres —nada de rosas de invernadero, sino flores de campo, resistentes y vibrantes— en la ventana de la habitación de Megumi, arriesgándose a ser atrapado por los perros de la finca.
Una noche, cuando la luna estaba en su punto más alto y el aroma de los cafetales era casi embriagador, se encontraron en el límite de la propiedad Fushiguro, donde la valla de madera se encontraba con el inicio del bosque.
—Has vuelto —dijo Yuji, emergiendo de entre los árboles.
—Nunca me fui del todo —respondió Megumi, apoyado contra un roble—. Mi padre ha decidido que me casará con el hijo de los Zenin. Dice que es una buena alianza.
Yuji sintió un frío repentino en las venas. Los Zenin eran una familia poderosa, antigua y cruel.
—¿Y tú qué quieres? —preguntó Yuji, acercándose hasta que solo unos centímetros los separaban.
Megumi levantó la vista. En la oscuridad, sus ojos verdes parecían dos pozos de agua profunda.
—Quiero que lo que dijiste sea verdad. Quiero que alguien me espere. Quiero que alguien me vea no como una joya, sino como una persona.
Yuji tomó las manos de Megumi entre las suyas. Eran manos diferentes: las de Yuji, grandes y callosas; las de Megumi, finas y suaves. Pero encajaban perfectamente.
—No tengo tierras, Megumi. No tengo un apellido que asuste a los hombres. Pero tengo dos manos que trabajarán hasta el cansancio por ti y un corazón que no sabe hacer otra cosa que latir a tu ritmo.
Megumi soltó una pequeña risa, esta vez real, cargada de una melancolía dulce.
—Sigues usando coqueteos comunes, Itadori. "Latir a mi ritmo"... ¿de qué folletín sacaste eso?
—De ninguno —juró Yuji, acercando su rostro al del omega—. Me sale del alma. Y si no me crees...
Yuji no terminó la frase. Acortó la distancia y presionó sus labios contra los de Megumi. No fue un beso de telenovela, ni un roce casto de salón. Fue un beso que sabía a tierra, a esfuerzo, a libertad y a la promesa silenciosa de una vida compartida lejos de las sombras de la hacienda.
Megumi se aferró a la camisa de Yuji, rompiendo por fin su postura de porcelana. En ese momento, no era el hijo de un hacendado, ni un omega inalcanzable. Era simplemente Megumi, encontrando su hogar en los brazos de un alfa que no tenía nada más que darle que su verdad.
Cuando se separaron, Megumi estaba jadeando, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes.
—Eso... —comenzó Megumi, recuperando el aliento— eso fue mejor que el helado de canela.
Yuji rió, apoyando su frente contra la del otro.
—¿Significa que ya no me vas a decir que el hijo del alcalde lo hace mejor?
—El hijo del alcalde nunca se atrevería a besarme así —admitió Megumi, rodeando el cuello de Yuji con sus brazos—. Ninguno de ellos lo haría. Tienen miedo de romperme.
—Tú no eres de cristal, Megumi Fushiguro —dijo Yuji, besando la punta de su nariz—. Eres de hierro y de estrellas. Y mientras yo respire, nadie va a volver a tratarte como una sombra.
Esa noche, Megumi no regresó a la casona hasta la madrugada. Y cuando lo hizo, no le importó que la casa estuviera en silencio o que su padre estuviera borracho en su estudio. Por primera vez, Megumi no se sentía solo en la inmensidad de la hacienda. Tenía un secreto, un aroma a sol y metal impregnado en su piel, y la certeza de que, en algún lugar del pueblo, un alfa de manos ásperas estaba contando los minutos para volver a verlo.
Porque para el mundo, Megumi era un Fushiguro, divino e intocable. Pero para Yuji, era simplemente el motivo por el cual el sol decidía salir cada mañana, y eso, para Megumi, valía más que todas las esmeraldas del mar.
