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Antes de Volver al Montículo

Fandom: Damiond no ace

Created: 5/17/2026

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Time TravelIsekai / Portal FantasyDramaCharacter StudySlice of LifeFix-itDivergence
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El eco de un diamante eterno

El sabor del champán todavía quemaba ligeramente en su garganta y el peso de la medalla de oro, colgada al cuello apenas unas horas antes, aún se sentía como una presión reconfortante sobre su pecho. El ruido de las celebraciones, los flashes de las cámaras y los gritos de "¡MVP!" de la prensa internacional seguían resonando en sus oídos. Había sido el mejor momento de su vida. Representar a Japón, dominar el montículo en la final y demostrarle al mundo que aquel chico de Nagano realmente se había convertido en el as definitivo.

Luego, todo se volvió borroso.

El chirrido de los neumáticos contra el asfalto mojado. El destello cegador de unos faros que no deberían haber estado en su carril. El impacto seco, el metal retorciéndose y el dolor agudo que, de repente, se transformó en un frío entumecedor.

Lo último que Eijun escuchó fue el sonido distante de una sirena, una luz roja y azul parpadeando rítmicamente contra el cristal roto de su parabrisas, y el pensamiento fugaz de que era una lástima no poder lanzar en el partido inaugural de la próxima temporada.

Cerró los ojos. El silencio lo envolvió.

Y entonces, el aire volvió a entrar en sus pulmones de golpe.

Eijun se incorporó con un jadeo, su corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Lo primero que notó no fue el dolor, sino la falta de él. No había cristales clavados en su piel, ni el olor a gasolina y humo. En su lugar, el aire olía a tatami viejo, a madera de cedro y al aroma persistente de la sopa de miso que su abuelo solía preparar por las mañanas.

—¿Un... hospital? —murmuró. Su voz sonó extraña. Demasiado aguda, demasiado fina.

Frunció el ceño, desconcertado. Intentó llevarse una mano a la cabeza, pero se detuvo en seco al ver su extremidad. No era la mano de un atleta profesional de veintitantos años, curtida por el sol y llena de callos por el agarre de la costura de la pelota. Era una mano pequeña, regordeta, de piel suave y dedos cortos.

El pánico, una emoción que había aprendido a controlar bajo la presión de las bases llenas en la novena entrada, estalló en su pecho. Se deshizo de las mantas con un movimiento torpe y sus pies golpearon el suelo de madera. Se sentía ligero, casi etéreo, pero el contacto con el suelo era real.

Corrió hacia el pasillo, sus pasos resonando con un eco infantil que no reconocía. Llegó al baño y, con manos temblorosas, se apoyó en el borde del lavabo. Tuvo que ponerse de puntillas para verse en el espejo.

El reflejo que le devolvió la mirada lo dejó sin aliento.

Ojos grandes y dorados, llenos de una inocencia que creía haber perdido hacía décadas. El cabello castaño alborotado, las mejillas redondas. Era él. Pero era el "él" de seis años.

—No puede ser... —susurró, tocándose la cara.

Se quedó allí, inmóvil, mientras los recuerdos de su vida anterior —su verdadera vida— pasaban ante sus ojos como una película a cámara rápida. El instituto Seido, el dolor de ser el relevo, la gloria de convertirse en el as, el salto a las ligas profesionales, los estadios llenos en Estados Unidos, la medalla de oro... Todo estaba ahí, intacto. Su mente era la de un hombre que había conquistado la cima del béisbol, pero su cuerpo era apenas un lienzo en blanco.

—¡Eijun! ¿Ya estás despierto? ¡Baja a desayunar o llegarás tarde para ir a jugar con tus amigos!

La voz de su madre, joven y llena de vida, resonó desde la planta baja. Eijun sintió un nudo en la garganta. Hacía años que no escuchaba esa voz con esa claridad, sin el filtro del desgaste del tiempo.

Se obligó a respirar hondo. Inhaló en cuatro tiempos, mantuvo el aire y exhaló en seis. Era una técnica de relajación que su psicólogo deportivo le había enseñado para manejar la ansiedad antes de un partido importante. Funcionó. El temblor de sus manos disminuyó y la neblina del pánico comenzó a disiparse, dejando paso a una claridad fría y analítica.

Había muerto. O eso creía. Y ahora, por alguna razón que escapaba a la lógica, estaba de vuelta.

—Nagano —murmuró, y una pequeña sonrisa, mucho más melancólica y sabia de lo que un niño de seis años debería ser capaz de gesticular, apareció en su rostro—. He regresado al principio.

Bajó las escaleras con paso lento, absorbiendo cada detalle de la casa de su infancia. Al entrar en la cocina, vio a su madre de espaldas y a su abuelo sentado a la mesa, leyendo el periódico.

—Buenos días —dijo Eijun.

Su tono fue calmado, casi solemne. Su abuelo, el viejo y testarudo Sawamura Eitoku, bajó el periódico y lo miró por encima de sus gafas.

—Vaya, qué formal estás hoy, mocoso. ¿Dónde quedó el "¡EL AS HA LLEGADO!" con el que sueles despertarnos?

Eijun parpadeó. Cierto. A esta edad, él ya era una bola de energía ruidosa e incontrolable. El contraste entre lo que se esperaba de él y lo que sentía por dentro era abismal.

—He tenido un sueño muy largo, abuelo —respondió Eijun, sentándose a la mesa con una elegancia natural que no poseía el día anterior—. Creo que me ha hecho reflexionar sobre la importancia de la serenidad.

Su madre se giró, sosteniendo una espátula, y lo miró como si le hubiera crecido una segunda cabeza.

—¿Serenidad? ¿Eijun, te encuentras bien? ¿Tienes fiebre?

Se acercó y le puso una mano en la frente. Eijun no se apartó. Al contrario, cerró los ojos y disfrutó del calor de su mano, sintiendo una gratitud inmensa.

—Estoy perfectamente, mamá. Solo tengo mucha hambre. Gracias por la comida.

Comió en silencio, observando a su familia. Su mente, sin embargo, ya estaba trabajando a mil por hora. Si tenía seis años, faltaban años para conocer a Chris-senpai, a Miyuki, a sus compañeros de Seido. Faltaban años para enfrentarse a la bola rápida de Furuya o a la precisión de Shunshin. Pero también tenía una ventaja injusta: conocía cada lanzamiento, cada estrategia y, lo más importante, conocía su propio cuerpo mejor que nadie.

Después del desayuno, salió al patio trasero. El aire de Nagano era puro y fresco. Vio su viejo guante de cuero barato tirado cerca de la cerca y una pelota de goma desgastada.

Se acercó y la recogió.

En el momento en que sus dedos tocaron la superficie de la pelota, algo eléctrico recorrió su brazo. El peso era ridículo, casi inexistente, pero la sensación de la esfera en su mano era su única ancla con la realidad.

Cerró los ojos y se visualizó en el montículo del Tokyo Dome. Recordó la tensión en sus hombros, la rotación de su cadera y el punto exacto de liberación.

—El montículo es territorio sagrado —susurró para sí mismo.

Su postura cambió instantáneamente. Ya no era un niño jugando en el jardín; sus pies se colocaron con una precisión milimétrica, su centro de gravedad descendió y su mirada se volvió afilada, intensa, como la de un depredador que acecha a su presa. La calidez del sol de la mañana pareció concentrarse en su hombro izquierdo.

Hizo el movimiento de lanzamiento. Fue fluido, una cadena cinética perfecta que su cuerpo actual apenas podía seguir. No lanzó la pelota con fuerza, solo dejó que rodara de sus dedos para sentir el efecto.

—¡Eijun! ¡Vamos a los campos de arroz! ¡Trae el bate!

Sus amigos de la infancia, Wakana y los demás, aparecieron por la puerta del jardín. Eran niños, ruidosos y llenos de una energía que a Eijun ahora le resultaba casi nostálgica.

Wakana se detuvo al verlo. Se quedó mirando a su amigo, notando algo diferente. Eijun no estaba saltando ni gritando sus nombres como un loco. Estaba allí de pie, con la pelota en la mano, rodeado por un aura de tranquilidad que la pequeña niña no sabía explicar.

—¿Eijun? ¿Pasa algo? —preguntó ella, ladeando la cabeza.

Eijun se giró hacia ellos. Les dedicó una sonrisa, pero no era la sonrisa exagerada y dentada de siempre. Era una sonrisa suave, segura, cargada de una confianza que irradiaba desde lo más profundo de su ser.

—Nada, Wakana —dijo él, y su voz tenía una cadencia persuasiva que hizo que los otros niños guardaran silencio sin saber por qué—. Solo estaba pensando que hoy es un buen día para empezar a entrenar de verdad.

—¿Entrenar? ¡Pero si solo vamos a jugar! —exclamó Nobu, uno de los chicos.

Eijun caminó hacia ellos. Cada paso que daba parecía medido, lleno de una intención que no correspondía a su corta edad.

—El béisbol no es solo un juego, Nobu —dijo Eijun, colocándole una mano en el hombro. Su toque era firme, pero reconfortante—. Es un arte. Y si vamos a hacerlo, vamos a hacerlo bien. ¿No queréis ganar siempre?

Los niños se miraron entre sí, intimidados y fascinados a la vez por la intensidad en los ojos de Eijun. Había algo en su forma de hablar, una madurez extraña, que los arrastraba. Sin darse cuenta, todos asintieron.

—Bien —dijo Eijun, y por un segundo, el brillo salvaje de su espíritu competitivo asomó tras su fachada de calma—. Entonces, seguidme. Yo os enseñaré cómo se siente llegar a la cima.

A medida que caminaban hacia los campos, Eijun miró hacia el cielo azul. Sabía que el camino sería largo. Tendría que reconstruir su cuerpo, cuidar sus articulaciones para no repetir lesiones pasadas y esperar pacientemente el momento de reencontrarse con sus rivales y amigos.

Pero esta vez, no sería el chico que buscaba desesperadamente ser reconocido. Esta vez, él ya sabía quién era. Era Sawamura Eijun, el hombre que ya había sido el mejor del mundo, y que estaba dispuesto a reclamar su trono una vez más, empezando desde el primer lanzamiento en un pequeño pueblo de Nagano.

—Esta vez... —murmuró para sí mismo, apretando el puño—, no dejaré que nadie me quite el número uno.

Su orgullo de as no era una arrogancia vacía. Era la certeza absoluta de alguien que ya había caminado por el fuego y había salido convertido en oro. Y mientras caminaba junto a sus amigos, Eijun sintió que el fuego en su interior, aunque ahora controlado y refinado, ardía con más fuerza que nunca.

El mundo del béisbol aún no lo sabía, pero su rey había regresado. Y esta vez, el as no solo gritaría en el montículo; lo dominaría con la serenidad de una leyenda.
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