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Protocolo de silencio

Fandom: Resident Evil

Created: 5/17/2026

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RomanceActionDramaHurt/ComfortScience FictionSurvival HorrorCrimeDetectiveCurtainfic / Domestic StorySlice of LifeFluffCharacter StudyCanon Setting
Contents

Entre Archivos y Sombras

El laboratorio forense siempre se sentía más frío a las tres de la mañana. El zumbido constante de las máquinas centrífugas y el brillo azulado de los monitores eran la única compañía de Andrea Franco. A sus veinte años, muchos la considerarían demasiado joven para estar a cargo de análisis de ADN tan críticos, pero su mente brillante y su atención casi obsesiva al detalle la habían posado en un lugar privilegiado dentro del equipo asociado al FBI.

Andrea se ajustó los lentes sobre el puente de la nariz y suspiró, apartando un mechón de su cabello castaño ondulado que se había escapado de su coleta. Sus ojos café oscuro ardían por el cansancio.

—Deberías ir a casa, Andrea. Los muertos no se van a ir a ninguna parte.

La voz, profunda y ligeramente ronca, la hizo dar un pequeño salto en la silla. Se giró para encontrar a Leon S. Kennedy apoyado contra el marco de la puerta de cristal. A sus veintisiete años, el agente federal emanaba un aura de experiencia y cansancio que contrastaba con su apariencia impecable. Su cabello rubio caía sobre sus ojos con ese estilo descuidado que Andrea encontraba secretamente fascinante.

—Agente Kennedy —respondió ella, forzando una sonrisa amable—. Podría decir lo mismo de usted. ¿Qué hace aquí a esta hora?

Leon se despegó de la pared y caminó hacia ella, sus pasos resonando en el suelo de linóleo. Llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo.

—No podía dormir sabiendo que los resultados de la muestra de Raccoon City estaban pendientes —dijo él, deteniéndose a una distancia que Andrea consideró peligrosamente cercana—. Y por favor, ya te he dicho que me digas Leon. "Agente Kennedy" me hace sentir como si estuviera en una corte marcial.

Andrea sintió un ligero calor subir por sus mejillas. Ella solía ser callada, una observadora por naturaleza, pero con Leon, la confianza había florecido de una manera que la asustaba.

—Está bien, Leon. Los resultados están casi listos. La secuencia genética es... inusual. Nunca he visto una degradación celular tan acelerada que, al mismo tiempo, mantenga las funciones motoras básicas.

Leon se inclinó sobre el escritorio para mirar la pantalla, y Andrea pudo oler el aroma a café y a algo metálico, quizás del arma que siempre llevaba consigo. Era un recordatorio constante de que, mientras ella analizaba muestras en la seguridad de un laboratorio, él se enfrentaba a horrores que la mayoría de la gente solo veía en pesadillas.

—Es el virus —susurró Leon, su expresión endureciéndose—. Siempre encuentra una forma de evolucionar.

—Lo encontraremos, Leon —dijo ella con suavidad, poniendo una mano tímidamente sobre su brazo—. La ciencia siempre alcanza a la anomalía.

Leon bajó la mirada hacia la mano de Andrea. Era pequeña, delicada, pero firme. Por un segundo, el silencio en el laboratorio dejó de ser profesional para volverse íntimo. Él cubrió la mano de ella con la suya, su piel áspera contra la suavidad de la de Andrea.

—Gracias, Andrea. No sé qué haría en este caso sin tu ayuda.

Ella retiró la mano lentamente, sintiendo el vacío del contacto.

—Es mi trabajo.

—No, es más que eso —insistió él, recuperando su postura seria—. Te estás dejando la piel en esto. Mañana pasaré por tu casa para recoger el informe final. No quiero que camines sola hasta la oficina con estos documentos.

Andrea arqueó una ceja, acomodándose los lentes.

—Leon, vivo con mis padres. Mi padre es... un poco sobreprotector. Si ve a un agente federal de casi un metro ochenta dejando documentos en la puerta a primera hora, va a interrogarte más que el propio FBI.

Leon soltó una pequeña risa, la primera que ella escuchaba en días.

—Puedo manejar a un padre sobreprotector, Andrea. He sobrevivido a cosas peores.

***

Dos días después, la lluvia golpeaba con fuerza las ventanas de la casa de los Franco. Andrea estaba en su habitación, rodeada de libros de medicina y fotos familiares, intentando concentrarse en un reporte cuando el timbre sonó.

Su corazón dio un vuelco. Sabía quién era.

Bajó las escaleras rápidamente, pero su padre ya estaba en la puerta. Andrea se detuvo a mitad de la escalera, observando la escena. Su padre, un hombre robusto de mirada severa, observaba a Leon con desconfianza. Leon, por su parte, vestía una chaqueta de cuero oscura y sostenía un sobre sellado. A pesar de la lluvia que le humedecía el cabello, mantenía esa calma imperturbable que lo caracterizaba.

—Buenas tardes, señor Franco —dijo Leon con una cortesía impecable—. Soy el agente Kennedy. Trabajo con su hija en el laboratorio.

—¿Un agente federal? —preguntó su padre, cruzando los brazos—. ¿A estas horas y en domingo?

—Papá, está bien —intervino Andrea, bajando los últimos escalones—. Es un caso urgente. Leon... el agente Kennedy solo viene a entregarme unas muestras que debo procesar mañana temprano.

Leon le dirigió una mirada rápida a Andrea, una chispa de diversión bailando en sus ojos azules al escuchar cómo ella intentaba corregirse.

—Lamento la intrusión —dijo Leon, entregándole el sobre a Andrea—. Pero la seguridad de estos datos es primordial. Andrea es la única en quien confío para manejar esta información.

El padre de Andrea gruñó algo ininteligible, pero se hizo a un lado, permitiendo que Leon entrara un par de pasos para protegerse de la lluvia mientras Andrea firmaba un recibo ficticio que él había traído como excusa.

—¿Quieres un café, Leon? —preguntó Andrea, ignorando la mirada de advertencia de su padre.

—Me encantaría, pero tengo que volver a la base —respondió él, aunque sus pies no se movieron hacia la salida—. Solo quería asegurarme de que estuvieras bien. Has estado trabajando demasiadas horas.

—Estoy bien —dijo ella, bajando la voz—. De verdad.

—Te veo mañana en el laboratorio, Andrea —dijo él, bajando también el tono. Se acercó un paso más, lo suficiente para que su padre no escuchara—. Y no te preocupes por él. Mi oferta de protegerte sigue en pie, incluso de los padres difíciles.

Andrea soltó una risita nerviosa.

—Vete antes de que saque la escopeta, Leon.

El agente le dedicó una última sonrisa, una que no era para el FBI ni para el mundo, sino solo para ella, y salió a la tormenta. Andrea se quedó mirando la puerta cerrada, sintiendo que el sobre en sus manos quemaba.

***

La investigación dio un giro peligroso una semana después. Lo que empezó como un análisis de laboratorio se convirtió en una persecución activa cuando descubrieron que una célula de Umbrella todavía operaba en un almacén a las afueras de la ciudad.

Andrea insistió en ir. Había una terminal de datos encriptada que solo ella podía hackear en el sitio para evitar que borraran las pruebas. Leon se había negado rotundamente al principio, pero el tiempo se agotaba.

Ahora, se encontraban agazapados detrás de unos contenedores metálicos. El aire olía a ozono y a productos químicos industriales. Leon sostenía su pistola con una mano firme, mientras que con la otra mantenía a Andrea pegada a su costado.

—Escúchame bien —susurró Leon cerca de su oído—. Te quedas detrás de mí en todo momento. Si escuchas disparos, te escondes y no sales hasta que yo te lo diga. ¿Entendido?

Andrea asintió, su respiración agitada empañando sus lentes.

—Leon, tengo miedo.

Él guardó el arma por un momento y tomó el rostro de Andrea entre sus manos. Sus pulgares acariciaron sus mejillas, calmando su temblor.

—No dejaré que nada te pase. Te lo prometo por mi vida.

—¿Por qué haces esto? —preguntó ella en un susurro quebrado—. No es solo por el caso, ¿verdad?

Leon suspiró, cerrando los ojos por un instante.

—Andrea, he visto morir a mucha gente. He vivido en la oscuridad durante años. Pero cuando entro en ese laboratorio y te veo... con tus libros y tu forma de morderte el labio cuando no te sale un cálculo... siento que todavía hay algo por lo que vale la pena luchar.

Andrea sintió un nudo en la garganta. La diferencia de edad, su padre, sus carreras... todo parecía desvanecerse ante la intensidad de la mirada de Leon.

—Yo también siento algo, Leon —admitió ella—. Pero tengo miedo de que esto sea solo por el estrés, por el peligro...

—No lo es —cortó él con firmeza—. No para mí.

Un estallido de cristales rompiéndose al otro lado del almacén interrumpió el momento. Leon volvió a su modo operativo al instante, pero antes de soltarla, le dio un rápido beso en la frente.

—Cuando esto termine, vamos a hablar. En serio. Sin informes de por medio.

—Está bien —respondió ella, ajustándose los lentes y recuperando su determinación—. Vamos a atrapar a esos hijos de perra.

Leon sonrió de medio lado, impresionado por la repentina chispa de fuego en la joven.

—Esa es mi chica.

La incursión fue un caos de luces rojas y alarmas. Andrea trabajaba frenéticamente en la terminal mientras Leon repelía a los guardias de seguridad. Sus dedos volaban sobre el teclado, ignorando el estruendo de las balas.

—¡Casi lo tengo! —gritó ella—. ¡Diez segundos más!

—¡Andrea, muévete! —rugió Leon, lanzándose sobre ella justo cuando una explosión sacudía la pared lateral del cuarto de servidores.

Cayeron juntos al suelo, Leon cubriendo el cuerpo de Andrea con el suyo. El calor de la explosión pasó sobre ellos, seguido por una lluvia de escombros. Por unos segundos, solo se escuchó el pitido en sus oídos.

Andrea abrió los ojos, aturdida. Leon estaba encima de ella, con el rostro manchado de hollín y un pequeño corte en la ceja, pero sus ojos estaban fijos en los de ella, llenos de una preocupación feroz.

—¿Estás herida? —preguntó él, su voz cargada de urgencia.

—No... creo que no —respondió ella, revisando sus lentes, que milagrosamente estaban intactos—. ¿Y tú? Estás sangrando.

Leon ignoró su propia herida y soltó un suspiro de alivio, apoyando su frente contra la de ella.

—Me vas a matar de un susto un día de estos, Andrea Franco.

—Bueno, técnicamente tú te lanzaste sobre mí —replicó ella, intentando recuperar un poco de su humor habitual para no romper a llorar por la adrenalina.

Leon se rió, una risa seca y cansada, y por un momento se quedaron así, en el suelo de un almacén en llamas, rodeados de peligro, pero sintiéndose más seguros que en cualquier otro lugar.

—Andrea —dijo él seriamente, sin apartar la mirada—. Sé que soy mayor, sé que mi vida es un desastre y que tu padre probablemente me odie por el resto de la eternidad... pero no quiero alejarme de ti.

Andrea extendió la mano y limpió la sangre de su ceja con delicadeza.

—Mi padre es un hombre difícil, Leon. Pero es un buen hombre. Si te conoce... si ve cómo me cuidas... —hizo una pausa, sonrojándose ligeramente—. Y respecto a lo demás, no me importa. No soy una niña, Leon. Sé lo que quiero. Y te quiero a ti.

Leon no esperó más. Acortó la distancia y la besó. Fue un beso que sabía a cenizas y a urgencia, pero también a una promesa de algo nuevo. Andrea rodeó su cuello con los brazos, olvidándose del FBI, de Umbrella y de la lluvia que los esperaba afuera.

Cuando se separaron, Leon la ayudó a levantarse, manteniendo su mano entrelazada con la de ella.

—Tenemos que salir de aquí antes de que el edificio se venga abajo —dijo él, recuperando su semblante de agente, pero sin soltar su mano.

—Tengo los datos —dijo Andrea, señalando la unidad USB que colgaba de la terminal—. Tenemos suficiente para hundirlos.

—Entonces vámonos a casa —concluyó Leon.

Caminaron hacia la salida, protegidos el uno por el otro. Sabían que el camino que tenían por delante no sería fácil. Habría interrogatorios, explicaciones a sus superiores y, lo más difícil de todo, una cena muy incómoda en casa de los Franco. Pero mientras Leon apretaba la mano de Andrea y ella le devolvía el gesto, ambos supieron que el riesgo valía la pena. Después de todo, en un mundo lleno de monstruos, habían encontrado lo más humano de todo: el uno al otro.
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