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Copia suprema
Fandom: Lookism
Created: 5/19/2026
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Science FictionActionBiopunkPsychologicalHuman ExperimentationThrillerDivergenceCrime
El Renacer de la Célula Cero
La luz fluorescente del laboratorio de Jinyoung Park parpadeaba con una irregularidad irritante, proyectando sombras alargadas sobre las paredes repletas de fórmulas químicas y diagramas anatómicos. Jinyoung, con el rostro demacrado y los ojos inyectados en sangre, sostenía un pequeño vial de cristal. En su interior, un líquido de un azul eléctrico casi sobrenatural vibraba sutilmente, como si tuviera pulso propio.
Había pasado décadas buscando la perfección, intentando reparar lo que la guerra de pandillas y el tiempo habían destruido. Sus manos, las mismas que alguna vez pertenecieron al "Puño de la Justicia", ahora temblaban, pero no por debilidad, sino por una anticipación eléctrica. Había logrado lo imposible: el suero de regeneración celular total, apodado internamente como el "Proyecto Fénix".
—Finalmente... —susurró Jinyoung, su voz era un crujido seco en el silencio del laboratorio—. No solo es curación. Es evolución. Las células muertas no solo regresan; se reescriben.
Él sabía que su mente se fragmentaba cada día más. Los recuerdos de Gapryong Kim, de la traición y de la caída de la Generación Cero lo atormentaban como fantasmas hambrientos. Necesitaba un seguro, una forma de trascender antes de que la locura lo consumiera por completo.
De repente, un estruendo sacudió el edificio oculto. Las alarmas comenzaron a aullar, un sonido estridente que perforaba sus oídos. Alguien había irrumpido en el santuario del genio loco.
—¿Tan pronto? —Jinyoung soltó una carcajada histérica que terminó en una tos violenta—. Charles Choi... siempre tan impaciente por robar lo que no puede comprender.
Sin dudarlo, Jinyoung se acercó a la cápsula de inmersión en el centro de la sala. No era un tanque de curación estándar; era un prototipo de transmigración celular. Su teoría era arriesgada: si lograba inyectar el suero y sincronizar su conciencia con una frecuencia neuronal específica, su esencia —sus habilidades, su genio y su "Copia"— podría ser transferida a un cuerpo joven, a un recipiente capaz de soportar el peso de su legado.
El cristal del laboratorio estalló. Un grupo de hombres de negro, liderados por una figura imponente cuya sola presencia emanaba una presión asfixiante, entró en la estancia.
—Park Jinyoung —dijo el hombre de la cicatriz en el ojo, su voz fría como el hielo—. Entrega el suero y quizás Charles te permita vivir en tu celda un poco más.
Jinyoung sonrió, una expresión macabra que mostraba sus dientes manchados de café y nicotina.
—Llegas tarde, Tom Lee. Siempre fuiste un poco lento para las sutilezas de la ciencia.
Con un movimiento rápido, Jinyoung clavó el vial en su propio cuello y accionó la palanca de la cápsula. El líquido azul se drenó instantáneamente en su torrente sanguíneo. Sus ojos se abrieron de par en par, las pupilas desapareciendo en un mar de luz blanca.
—¡Detenlo! —gritó Tom Lee, lanzándose hacia adelante con una fuerza destructiva.
Pero antes de que sus puños pudieran hacer contacto con el cristal, una explosión de energía cinética barrió la habitación. El cuerpo de Jinyoung Park comenzó a desintegrarse, no en cenizas, sino en partículas de luz que parecían buscar un destino específico a través de las grietas del espacio-tiempo.
***
En un callejón oscuro de Seúl, lejos de los laboratorios y las conspiraciones de los grandes clanes, un joven yacía inconsciente junto a unos cubos de basura. Se llamaba Daniel Park, o al menos ese era el nombre del cuerpo que ocupaba en ese momento. Pero algo era diferente.
Daniel abrió los ojos. Por un segundo, no fueron negros ni marrones, sino de un azul eléctrico que se desvaneció rápidamente. Se incorporó con una agilidad que nunca antes había poseído. Sus músculos, antes torpes, ahora se movían con una precisión quirúrgica.
—¿Dónde estoy? —se preguntó el joven, pero la voz que salió de su garganta tenía un matiz de autoridad y cansancio antiguo—. Este cuerpo... es joven. Demasiado joven.
Se miró las manos. Estaban limpias, sin las cicatrices de las décadas de lucha. Sin embargo, en su mente, los recuerdos fluían como un río desbordado. No solo los recuerdos de Daniel, sino también los de Jinyoung Park. La ciencia, las técnicas de lucha de la Generación Cero, los secretos de los "Diez Genios"... todo estaba allí, grabado en su ADN.
—La transmigración fue un éxito —murmuró, llevándose una mano a la cabeza mientras una punzada de dolor lo atravesaba—. Pero el precio...
—¡Oye, tú! —Una voz áspera interrumpió sus pensamientos.
Tres matones de una banda local se acercaban, jugando con navajas mariposa y bates de béisbol. Buscaban una víctima fácil para pasar el rato, y el chico que hablaba solo parecía el blanco perfecto.
—Danos todo lo que tengas, niño —dijo el líder, un tipo con el pelo teñido de un rubio barato—. Y quizás no te rompamos las piernas.
Daniel —o Jinyoung en el cuerpo de Daniel— se puso de pie lentamente. Su postura cambió. Ya no era la de un chico asustado; sus pies se posicionaron con una distancia exacta, su centro de gravedad bajó y su mirada se volvió gélida.
—Tengo un dolor de cabeza insoportable —dijo Daniel, su voz resonando con una calma aterradora—. Y vuestra presencia solo lo empeora.
—¿Qué has dicho, estúpido? —El líder lanzó un puñetazo directo a la cara de Daniel.
Para los matones, el movimiento de Daniel fue invisible. No esquivó por centímetros; simplemente fluyó. En un parpadeo, Daniel estaba detrás del líder.
—Copia: Estilo de Combate Callejero, Variante de Tom Lee —susurró Daniel para sí mismo.
Con un movimiento fluido, agarró el brazo del hombre y aplicó una presión que hizo que los huesos crujieran audiblemente. Antes de que el hombre pudiera gritar, Daniel le propinó un rodillazo en el plexo solar que lo dejó sin aire y lo mandó a volar contra la pared del callejón.
Los otros dos matones se quedaron paralizados. No entendían lo que acababan de ver. El chico se movía como un profesional, como alguien que había luchado miles de batallas.
—¿Quién... quién eres? —preguntó uno de ellos, dejando caer su bate.
Daniel se miró las manos de nuevo. La sensación de poder era embriagadora, pero también peligrosa. El suero de regeneración celular estaba trabajando horas extra, optimizando cada fibra muscular de este nuevo recipiente.
—Soy alguien que ha regresado del infierno para poner las cosas en su sitio —respondió Daniel, dando un paso hacia ellos—. Podéis iros ahora y contarle a vuestro jefe que el tablero de juego ha cambiado, o podéis quedaros y servirme de práctica para recordar cómo se siente romper a alguien.
Los matones no necesitaron una segunda advertencia. Salieron huyendo, dejando atrás a su líder inconsciente.
Daniel suspiró y se apoyó contra la pared. La fatiga mental de la transmigración estaba empezando a pasarle factura. Necesitaba entender este nuevo mundo, esta nueva era donde los jóvenes peleaban por territorio como si fueran reyes.
—Charles Choi... —dijo Daniel, mirando hacia el cielo nocturno de Seúl—. Seguramente crees que ganaste. Crees que Jinyoung Park está muerto o loco en algún rincón. Pero no tienes idea de lo que acabas de liberar.
De repente, una figura emergió de las sombras al final del callejón. Era un hombre alto, vestido con un traje impecable y gafas oscuras, a pesar de la noche. Su aura era diferente a la de los matones; este hombre era un depredador.
—Vaya, vaya —dijo el desconocido, aplaudiendo lentamente—. No esperaba ver a un estudiante de secundaria usar técnicas de la vieja escuela con tanta maestría.
Daniel se puso en guardia instantáneamente. Sus instintos de Jinyoung Park gritaban que este hombre era peligroso.
—¿Quién eres? —preguntó Daniel, sus ojos brillando peligrosamente.
—Solo un observador —respondió el hombre, bajándose un poco las gafas para revelar unos ojos agudos—. Me llamo Gun. Y tengo que decirte, chico, que tienes un talento que me resulta extrañamente familiar. Casi parece... que has vivido cien vidas.
Daniel sonrió, una sonrisa que no pertenecía al rostro de un adolescente.
—Cien vidas no —dijo Daniel—, solo una muy larga y llena de errores que pienso corregir uno por uno.
Gun soltó una carcajada genuina, una que rara vez se escuchaba.
—Interesante. Muy interesante. El mundo de las pandillas se está volviendo aburrido, pero tú... tú podrías ser la chispa que lo incendie todo de nuevo.
—No busco incendiar el mundo, Gun —dijo Daniel, comenzando a caminar hacia la salida del callejón, pasando al lado del hombre del traje sin bajar la guardia—. Busco la verdad. Y cualquiera que se interponga en mi camino, ya sea la Generación Cero o la actual, terminará bajo mis pies.
Gun lo observó alejarse, notando la forma en que el chico caminaba, la confianza en cada paso, la economía de movimientos.
—Esa mirada... —murmuró Gun para sí mismo—. Es la mirada de un monstruo que ha renacido. Jinyoung Park, ¿qué demonios has hecho?
Mientras tanto, Daniel caminaba por las calles iluminadas por el neón de Gangnam. Sentía la energía del suero fluyendo por sus venas, reparando y mejorando. Su cerebro procesaba información a una velocidad increíble. Podía ver los puntos débiles en las estructuras de los edificios, las trayectorias de los coches, y las aperturas en la defensa de cada persona con la que se cruzaba.
La transmigración no solo le había dado un nuevo cuerpo; le había dado una segunda oportunidad para destruir el sistema que él mismo ayudó a crear. Pero primero, tenía que encontrar aliados. No los viejos fantasmas de su pasado, sino sangre nueva.
—Daniel Park... —dijo, probando el nombre—. Un nombre sencillo para un destino complicado.
Se detuvo frente a un escaparate de cristal y observó su reflejo. El rostro era atractivo, joven y aparentemente inofensivo. Pero detrás de esos ojos, residía el genio más peligroso que el mundo de la lucha había conocido jamás.
—El medicamento funcionó mejor de lo que esperaba —pensó Jinyoung—. La regeneración celular no solo ha reparado este cuerpo, sino que está evolucionando mis habilidades de copia. Ya no solo copio el movimiento; copio la intención, la fuerza y la experiencia detrás de él.
Sintió una vibración en su bolsillo. Sacó un teléfono móvil, un modelo moderno que apenas sabía usar. Había un mensaje de texto de una tal "Zoe".
"¡Daniel! ¿Dónde estás? ¡Llegas tarde a clase!"
Daniel sonrió suavemente. La vida escolar. Un camuflaje perfecto para sus planes.
—Parece que tengo una vida que vivir —dijo Daniel, guardando el teléfono—. Pero Charles, Tom Lee... disfrutad de vuestro trono mientras podáis. Porque el "Genio de la Medicina" ha vuelto, y esta vez, no hay locura que me detenga.
El joven se mezcló con la multitud, desapareciendo entre la gente común. Pero el aire a su alrededor parecía vibrar con una intensidad estática. La leyenda de la Generación Cero no había terminado; simplemente había cambiado de piel. Y en las sombras de Seúl, los engranajes del destino comenzaron a girar con una fuerza renovada, impulsados por la ambición de un hombre que se negaba a morir y la fuerza de un cuerpo que apenas comenzaba a despertar su verdadero potencial.
La guerra por el control de las cuatro grandes tripulaciones estaba a punto de volverse mucho más científica, y mucho más letal. Jinyoung Park había muerto, pero Daniel Park acababa de convertirse en el arma definitiva.
Había pasado décadas buscando la perfección, intentando reparar lo que la guerra de pandillas y el tiempo habían destruido. Sus manos, las mismas que alguna vez pertenecieron al "Puño de la Justicia", ahora temblaban, pero no por debilidad, sino por una anticipación eléctrica. Había logrado lo imposible: el suero de regeneración celular total, apodado internamente como el "Proyecto Fénix".
—Finalmente... —susurró Jinyoung, su voz era un crujido seco en el silencio del laboratorio—. No solo es curación. Es evolución. Las células muertas no solo regresan; se reescriben.
Él sabía que su mente se fragmentaba cada día más. Los recuerdos de Gapryong Kim, de la traición y de la caída de la Generación Cero lo atormentaban como fantasmas hambrientos. Necesitaba un seguro, una forma de trascender antes de que la locura lo consumiera por completo.
De repente, un estruendo sacudió el edificio oculto. Las alarmas comenzaron a aullar, un sonido estridente que perforaba sus oídos. Alguien había irrumpido en el santuario del genio loco.
—¿Tan pronto? —Jinyoung soltó una carcajada histérica que terminó en una tos violenta—. Charles Choi... siempre tan impaciente por robar lo que no puede comprender.
Sin dudarlo, Jinyoung se acercó a la cápsula de inmersión en el centro de la sala. No era un tanque de curación estándar; era un prototipo de transmigración celular. Su teoría era arriesgada: si lograba inyectar el suero y sincronizar su conciencia con una frecuencia neuronal específica, su esencia —sus habilidades, su genio y su "Copia"— podría ser transferida a un cuerpo joven, a un recipiente capaz de soportar el peso de su legado.
El cristal del laboratorio estalló. Un grupo de hombres de negro, liderados por una figura imponente cuya sola presencia emanaba una presión asfixiante, entró en la estancia.
—Park Jinyoung —dijo el hombre de la cicatriz en el ojo, su voz fría como el hielo—. Entrega el suero y quizás Charles te permita vivir en tu celda un poco más.
Jinyoung sonrió, una expresión macabra que mostraba sus dientes manchados de café y nicotina.
—Llegas tarde, Tom Lee. Siempre fuiste un poco lento para las sutilezas de la ciencia.
Con un movimiento rápido, Jinyoung clavó el vial en su propio cuello y accionó la palanca de la cápsula. El líquido azul se drenó instantáneamente en su torrente sanguíneo. Sus ojos se abrieron de par en par, las pupilas desapareciendo en un mar de luz blanca.
—¡Detenlo! —gritó Tom Lee, lanzándose hacia adelante con una fuerza destructiva.
Pero antes de que sus puños pudieran hacer contacto con el cristal, una explosión de energía cinética barrió la habitación. El cuerpo de Jinyoung Park comenzó a desintegrarse, no en cenizas, sino en partículas de luz que parecían buscar un destino específico a través de las grietas del espacio-tiempo.
***
En un callejón oscuro de Seúl, lejos de los laboratorios y las conspiraciones de los grandes clanes, un joven yacía inconsciente junto a unos cubos de basura. Se llamaba Daniel Park, o al menos ese era el nombre del cuerpo que ocupaba en ese momento. Pero algo era diferente.
Daniel abrió los ojos. Por un segundo, no fueron negros ni marrones, sino de un azul eléctrico que se desvaneció rápidamente. Se incorporó con una agilidad que nunca antes había poseído. Sus músculos, antes torpes, ahora se movían con una precisión quirúrgica.
—¿Dónde estoy? —se preguntó el joven, pero la voz que salió de su garganta tenía un matiz de autoridad y cansancio antiguo—. Este cuerpo... es joven. Demasiado joven.
Se miró las manos. Estaban limpias, sin las cicatrices de las décadas de lucha. Sin embargo, en su mente, los recuerdos fluían como un río desbordado. No solo los recuerdos de Daniel, sino también los de Jinyoung Park. La ciencia, las técnicas de lucha de la Generación Cero, los secretos de los "Diez Genios"... todo estaba allí, grabado en su ADN.
—La transmigración fue un éxito —murmuró, llevándose una mano a la cabeza mientras una punzada de dolor lo atravesaba—. Pero el precio...
—¡Oye, tú! —Una voz áspera interrumpió sus pensamientos.
Tres matones de una banda local se acercaban, jugando con navajas mariposa y bates de béisbol. Buscaban una víctima fácil para pasar el rato, y el chico que hablaba solo parecía el blanco perfecto.
—Danos todo lo que tengas, niño —dijo el líder, un tipo con el pelo teñido de un rubio barato—. Y quizás no te rompamos las piernas.
Daniel —o Jinyoung en el cuerpo de Daniel— se puso de pie lentamente. Su postura cambió. Ya no era la de un chico asustado; sus pies se posicionaron con una distancia exacta, su centro de gravedad bajó y su mirada se volvió gélida.
—Tengo un dolor de cabeza insoportable —dijo Daniel, su voz resonando con una calma aterradora—. Y vuestra presencia solo lo empeora.
—¿Qué has dicho, estúpido? —El líder lanzó un puñetazo directo a la cara de Daniel.
Para los matones, el movimiento de Daniel fue invisible. No esquivó por centímetros; simplemente fluyó. En un parpadeo, Daniel estaba detrás del líder.
—Copia: Estilo de Combate Callejero, Variante de Tom Lee —susurró Daniel para sí mismo.
Con un movimiento fluido, agarró el brazo del hombre y aplicó una presión que hizo que los huesos crujieran audiblemente. Antes de que el hombre pudiera gritar, Daniel le propinó un rodillazo en el plexo solar que lo dejó sin aire y lo mandó a volar contra la pared del callejón.
Los otros dos matones se quedaron paralizados. No entendían lo que acababan de ver. El chico se movía como un profesional, como alguien que había luchado miles de batallas.
—¿Quién... quién eres? —preguntó uno de ellos, dejando caer su bate.
Daniel se miró las manos de nuevo. La sensación de poder era embriagadora, pero también peligrosa. El suero de regeneración celular estaba trabajando horas extra, optimizando cada fibra muscular de este nuevo recipiente.
—Soy alguien que ha regresado del infierno para poner las cosas en su sitio —respondió Daniel, dando un paso hacia ellos—. Podéis iros ahora y contarle a vuestro jefe que el tablero de juego ha cambiado, o podéis quedaros y servirme de práctica para recordar cómo se siente romper a alguien.
Los matones no necesitaron una segunda advertencia. Salieron huyendo, dejando atrás a su líder inconsciente.
Daniel suspiró y se apoyó contra la pared. La fatiga mental de la transmigración estaba empezando a pasarle factura. Necesitaba entender este nuevo mundo, esta nueva era donde los jóvenes peleaban por territorio como si fueran reyes.
—Charles Choi... —dijo Daniel, mirando hacia el cielo nocturno de Seúl—. Seguramente crees que ganaste. Crees que Jinyoung Park está muerto o loco en algún rincón. Pero no tienes idea de lo que acabas de liberar.
De repente, una figura emergió de las sombras al final del callejón. Era un hombre alto, vestido con un traje impecable y gafas oscuras, a pesar de la noche. Su aura era diferente a la de los matones; este hombre era un depredador.
—Vaya, vaya —dijo el desconocido, aplaudiendo lentamente—. No esperaba ver a un estudiante de secundaria usar técnicas de la vieja escuela con tanta maestría.
Daniel se puso en guardia instantáneamente. Sus instintos de Jinyoung Park gritaban que este hombre era peligroso.
—¿Quién eres? —preguntó Daniel, sus ojos brillando peligrosamente.
—Solo un observador —respondió el hombre, bajándose un poco las gafas para revelar unos ojos agudos—. Me llamo Gun. Y tengo que decirte, chico, que tienes un talento que me resulta extrañamente familiar. Casi parece... que has vivido cien vidas.
Daniel sonrió, una sonrisa que no pertenecía al rostro de un adolescente.
—Cien vidas no —dijo Daniel—, solo una muy larga y llena de errores que pienso corregir uno por uno.
Gun soltó una carcajada genuina, una que rara vez se escuchaba.
—Interesante. Muy interesante. El mundo de las pandillas se está volviendo aburrido, pero tú... tú podrías ser la chispa que lo incendie todo de nuevo.
—No busco incendiar el mundo, Gun —dijo Daniel, comenzando a caminar hacia la salida del callejón, pasando al lado del hombre del traje sin bajar la guardia—. Busco la verdad. Y cualquiera que se interponga en mi camino, ya sea la Generación Cero o la actual, terminará bajo mis pies.
Gun lo observó alejarse, notando la forma en que el chico caminaba, la confianza en cada paso, la economía de movimientos.
—Esa mirada... —murmuró Gun para sí mismo—. Es la mirada de un monstruo que ha renacido. Jinyoung Park, ¿qué demonios has hecho?
Mientras tanto, Daniel caminaba por las calles iluminadas por el neón de Gangnam. Sentía la energía del suero fluyendo por sus venas, reparando y mejorando. Su cerebro procesaba información a una velocidad increíble. Podía ver los puntos débiles en las estructuras de los edificios, las trayectorias de los coches, y las aperturas en la defensa de cada persona con la que se cruzaba.
La transmigración no solo le había dado un nuevo cuerpo; le había dado una segunda oportunidad para destruir el sistema que él mismo ayudó a crear. Pero primero, tenía que encontrar aliados. No los viejos fantasmas de su pasado, sino sangre nueva.
—Daniel Park... —dijo, probando el nombre—. Un nombre sencillo para un destino complicado.
Se detuvo frente a un escaparate de cristal y observó su reflejo. El rostro era atractivo, joven y aparentemente inofensivo. Pero detrás de esos ojos, residía el genio más peligroso que el mundo de la lucha había conocido jamás.
—El medicamento funcionó mejor de lo que esperaba —pensó Jinyoung—. La regeneración celular no solo ha reparado este cuerpo, sino que está evolucionando mis habilidades de copia. Ya no solo copio el movimiento; copio la intención, la fuerza y la experiencia detrás de él.
Sintió una vibración en su bolsillo. Sacó un teléfono móvil, un modelo moderno que apenas sabía usar. Había un mensaje de texto de una tal "Zoe".
"¡Daniel! ¿Dónde estás? ¡Llegas tarde a clase!"
Daniel sonrió suavemente. La vida escolar. Un camuflaje perfecto para sus planes.
—Parece que tengo una vida que vivir —dijo Daniel, guardando el teléfono—. Pero Charles, Tom Lee... disfrutad de vuestro trono mientras podáis. Porque el "Genio de la Medicina" ha vuelto, y esta vez, no hay locura que me detenga.
El joven se mezcló con la multitud, desapareciendo entre la gente común. Pero el aire a su alrededor parecía vibrar con una intensidad estática. La leyenda de la Generación Cero no había terminado; simplemente había cambiado de piel. Y en las sombras de Seúl, los engranajes del destino comenzaron a girar con una fuerza renovada, impulsados por la ambición de un hombre que se negaba a morir y la fuerza de un cuerpo que apenas comenzaba a despertar su verdadero potencial.
La guerra por el control de las cuatro grandes tripulaciones estaba a punto de volverse mucho más científica, y mucho más letal. Jinyoung Park había muerto, pero Daniel Park acababa de convertirse en el arma definitiva.
