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El fin de la Calma
Fandom: Kimetsu no Yaiba
Created: 5/21/2026
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RomanceDramaAngstActionCanon SettingCharacter StudyOOC (Out of Character)Explicit LanguageGraphic Violence
Bajo la Máscara de la Furia
El cielo sobre el bosque de glicinias se teñía de un gris plomizo, como si la naturaleza misma presagiara que el equilibrio habitual de Giyu Tomioka estaba a punto de romperse. Para el Pilar del Agua, la vida era un ejercicio constante de contención. Cada emoción, cada recuerdo de Sabito o de su hermana Tsutako, estaba guardado bajo siete llaves en un cofre de indiferencia gélida. Pero todos los hombres tienen un límite, y Giyu se había despertado ese día con el peso de mil inviernos sobre los hombros.
Shinobu Kocho, a su lado, caminaba con su ligereza habitual. Sus pies apenas rozaban la hojarasca, y su sonrisa, esa máscara de porcelana perfectamente tallada, no flaqueaba. Sin embargo, incluso ella podía notar que el aura de Tomioka era distinta. No era la tristeza pasiva de siempre; era algo más denso, más oscuro.
—Vaya, Tomioka-san —dijo ella, ladeando la cabeza con esa falsa amabilidad que solía irritar a cualquiera—. Estás más silencioso de lo normal. ¿Es que acaso finalmente te has dado cuenta de que a nadie le agrada tu compañía y has decidido no gastar saliva?
Normalmente, Giyu habría respondido con un silencio sepulcral o un escueto "no es verdad". Pero hoy, solo apretó la empuñadura de su katana hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
—Cállate, Shinobu —respondió él, con una voz tan baja y cargada de veneno que la Pilar del Insecto parpadeó, sorprendida.
No tuvieron tiempo de continuar la disputa. El aire se volvió pesado, saturado de un olor a putrefacción y flores marchitas. Frente a ellos, una figura larguirucha y de piel violácea emergió de las sombras. Era un demonio de rango menor, pero con una habilidad insidiosa: la manipulación de la memoria somática.
—¡Ah, cazadores! —chilló el demonio, extendiendo sus dedos deformes—. ¿Quieren ver lo que han perdido? ¿Quieren sentir el frío acero en el cuello de sus seres queridos otra vez?
De repente, el entorno cambió. Giyu no estaba en el bosque; estaba en la montaña nevada. Vio a Sabito, con su máscara de zorro, dándole la espalda. Vio a Tsutako, ensangrentada, sonriéndole mientras el mundo se desmoronaba. El demonio comenzó a reír, burlándose de la debilidad del pilar, deformando las voces de los muertos para que culparan a Giyu por seguir vivo.
Algo hizo clic dentro de Tomioka. La tristeza, que siempre había sido su motor silencioso, fue incinerada instantáneamente por una furia volcánica.
—Tú... —La voz de Giyu vibró con una autoridad aterradora—. No te atrevas a pronunciar sus nombres con esa boca inmunda.
Shinobu, que estaba preparándose para inyectar su veneno, se detuvo en seco. La presión espiritual que emanaba de Giyu era sofocante. Vio cómo el Pilar del Agua se lanzaba hacia adelante, no con la fluidez de un arroyo, sino con la violencia de un tsunami.
—¡Respiración del Agua, Undécima Postura: Calma! —rugió él, pero no hubo calma. Hubo una ejecución.
En un parpadeo, Giyu atravesó al demonio. No hubo juegos, no hubo prolongación del sufrimiento. Sus movimientos fueron tan precisos y cargados de un odio puro que el demonio ni siquiera pudo gritar antes de que su cabeza rodara por el suelo. Giyu se quedó de pie, de espaldas a Shinobu, con el haori dividido ondeando violentamente.
—Desaparece de mi vista, escoria —sentenció Giyu, mirando los restos que se desintegraban con un desprecio que habría hecho temblar al mismísimo Muzan.
Shinobu se quedó paralizada. No era miedo lo que sentía. Sus ojos, similares a los de un insecto, recorrieron la espalda ancha de Giyu, la tensión de sus hombros y la forma en que su mandíbula permanecía apretada. Sintió un calor inusual subir por su cuello hasta teñir sus mejillas de un rosa intenso. Siempre lo había visto como un hombre digno de lástima, pero este Giyu... este hombre que emanaba una autoridad cruda y una furia masculina tan dominante, le resultaba extrañamente atractivo. Se mordió el labio, sacudiendo la cabeza para despejar esos pensamientos impropios.
El regreso a la sede no fue más tranquilo. Al llegar, se encontraron con el equipo de Tanjiro, Inosuke y Zenitsu. Estaban heridos, cubiertos de polvo y con expresiones de derrota. Habían regresado de una misión donde, por pura imprudencia y exceso de confianza, casi pierden la vida y permiten que una aldea entera fuera masacrada.
Shinobu dio un paso al frente, recomponiendo su sonrisa.
—Vaya, chicos, parece que han tenido dificultades. Deberíamos hablar sobre la importancia de la precaución...
—¡Basta! —interrumpió Giyu.
Su voz cortó el aire como una cuchilla. Los tres jóvenes saltaron del susto. Incluso Inosuke, que normalmente gritaba ante cualquier desafío, se quedó mudo al ver la mirada gélida y autoritaria de Tomioka.
—Creen que esto es un juego —dijo Giyu, acercándose a ellos con pasos pesados—. Creen que porque han sobrevivido a un par de lunas, son invencibles. Su arrogancia casi cuesta vidas inocentes. Si vuelven a actuar sin disciplina, yo mismo me encargaré de que se les retire el uniforme. ¿Entendido?
—¡S-sí, Tomioka-san! —exclamó Tanjiro, haciendo una reverencia profunda, temblando ante la intensidad del pilar. Inosuke, por primera vez en su vida, asintió en silencio, intimidado por la pura presencia de Giyu.
Shinobu observaba desde atrás. Su corazón latía con una fuerza inusitada. Ver a Giyu tomar el mando de esa manera, sin dudar, sin pedir permiso, reafirmando su posición de poder, despertaba en ella algo que su ironía habitual solía ocultar. Se descubrió a sí misma admirando la línea de su cuello y la firmeza de su voz. "Es tan... sexy", pensó, y esta vez no pudo evitar morderse el labio inferior con un deseo mal oculto.
La jornada terminó en el dojo de entrenamiento. Sanemi Shinazugawa, el Pilar del Viento, estaba de un humor particularmente belicoso. Al ver a Tomioka entrar, no pudo evitar lanzar una de sus provocaciones habituales.
—¡Eh, Tomioka! —gritó Sanemi, blandiendo su espada de madera—. Tienes una cara peor que la de costumbre. ¿Quieres que te enseñe lo que es un verdadero combate o vas a seguir dando lástima?
Giyu no respondió con palabras. Simplemente tomó un bokken y se puso en guardia. El enfrentamiento fue brutal. Sanemi atacaba con la ferocidad de un huracán, buscando humillar a Giyu, golpeando con más fuerza de la permitida en una práctica. Pero Giyu no retrocedió. Su defensa era impenetrable, y su contraataque, cuando llegó, fue devastador.
En un movimiento que nadie pudo seguir con la vista, Giyu desvió el golpe de Sanemi, giró sobre su propio eje y, utilizando la propia inercia del Pilar del Viento, lo inmovilizó contra el suelo. Giyu tenía su rodilla presionando la espalda de Sanemi y el bokken rozando el cuello del otro pilar.
—Se acabó, Shinazugawa —dijo Giyu, con una voz cargada de un desprecio soberano—. Tu salvajismo no es fuerza, es falta de control. No vuelvas a confundir mi silencio con debilidad.
Sanemi gruñó, pero no pudo moverse. La autoridad que Giyu ejercía en ese momento era absoluta.
Shinobu, que había estado observando desde la entrada, sintió que sus piernas flaqueaban ligeramente. El sonrojo en su rostro era ahora una evidencia innegable. La figura dominante de Giyu, sudoroso por el esfuerzo, con el cabello desgreñado y esa mirada de acero, era lo más embriagador que había visto jamás.
Giyu se levantó, soltando a Sanemi, y caminó hacia la salida. Al pasar junto a Shinobu, su mirada se cruzó con la de ella. No era la mirada vacía de siempre; era intensa, oscura, como un mar antes de la tormenta.
—Kocho —dijo él, en un tono que no admitía réplica—, tráeme unos vendajes a mi finca. Ahora.
Shinobu parpadeó. Normalmente, habría respondido con un comentario sarcástico sobre cómo él no era quién para darle órdenes. Pero en ese momento, algo dentro de ella se rindió con gusto.
—Sí, Tomioka-san —respondió ella en un susurro sumiso, bajando la mirada.
Minutos después, Shinobu entró en la habitación de Giyu. Él estaba sentado en el borde del tatami, con la parte superior de su uniforme desabrochada, revelando su torso pálido pero poderosamente musculoso. Ella se acercó con el botiquín, pero sus manos temblaban ligeramente.
—Hoy has estado... muy diferente —comenzó ella, tratando de recuperar su tono juguetón, aunque su voz sonaba entrecortada mientras comenzaba a limpiar un pequeño rasguño en la espalda del pilar—. Tan autoritario, tan... dominante. Ha sido realmente impactante verlo.
Ella dejó que sus dedos rozaran la piel de su espalda más de lo necesario, acariciando los músculos tensos.
—¿Te ha gustado? —preguntó Giyu, girándose lentamente.
—Ha sido... embriagador —confesó ella, incapaz de apartar la vista de sus ojos azul lapislázuli.
Giyu no esperó más. La tomó por la cintura con una mano firme y la atrajo hacia él. Shinobu soltó un pequeño jadeo de sorpresa que se perdió cuando los labios de Giyu se estrellaron contra los suyos. No fue un beso gentil; fue un beso salvaje, hambriento, que descargaba toda la furia y la tensión acumulada durante el día. Era la reafirmación de su dominio, de su existencia, de su fuego interno.
Shinobu se aferró a sus hombros, dejándose llevar por la marea. Giyu bajó el beso hacia su cuello, marcando su territorio, mientras ella soltaba pequeñas risas nerviosas y jadeos ante las cosquillas y la intensidad del contacto.
—Si esto es lo que querías ver —susurró Giyu contra su piel, con una voz ronca que hizo vibrar el cuerpo de la Pilar del Insecto—, prepárate, porque no tengo intención de detenerme.
Esa noche, en la finca del agua, la calma no regresó del todo, pero la tormenta encontró un puerto donde desatarse. Giyu Tomioka, el hombre que no sentía nada, le demostró a Shinobu Kocho que, bajo el hielo, ardía un incendio capaz de consumirlos a ambos.
Shinobu Kocho, a su lado, caminaba con su ligereza habitual. Sus pies apenas rozaban la hojarasca, y su sonrisa, esa máscara de porcelana perfectamente tallada, no flaqueaba. Sin embargo, incluso ella podía notar que el aura de Tomioka era distinta. No era la tristeza pasiva de siempre; era algo más denso, más oscuro.
—Vaya, Tomioka-san —dijo ella, ladeando la cabeza con esa falsa amabilidad que solía irritar a cualquiera—. Estás más silencioso de lo normal. ¿Es que acaso finalmente te has dado cuenta de que a nadie le agrada tu compañía y has decidido no gastar saliva?
Normalmente, Giyu habría respondido con un silencio sepulcral o un escueto "no es verdad". Pero hoy, solo apretó la empuñadura de su katana hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
—Cállate, Shinobu —respondió él, con una voz tan baja y cargada de veneno que la Pilar del Insecto parpadeó, sorprendida.
No tuvieron tiempo de continuar la disputa. El aire se volvió pesado, saturado de un olor a putrefacción y flores marchitas. Frente a ellos, una figura larguirucha y de piel violácea emergió de las sombras. Era un demonio de rango menor, pero con una habilidad insidiosa: la manipulación de la memoria somática.
—¡Ah, cazadores! —chilló el demonio, extendiendo sus dedos deformes—. ¿Quieren ver lo que han perdido? ¿Quieren sentir el frío acero en el cuello de sus seres queridos otra vez?
De repente, el entorno cambió. Giyu no estaba en el bosque; estaba en la montaña nevada. Vio a Sabito, con su máscara de zorro, dándole la espalda. Vio a Tsutako, ensangrentada, sonriéndole mientras el mundo se desmoronaba. El demonio comenzó a reír, burlándose de la debilidad del pilar, deformando las voces de los muertos para que culparan a Giyu por seguir vivo.
Algo hizo clic dentro de Tomioka. La tristeza, que siempre había sido su motor silencioso, fue incinerada instantáneamente por una furia volcánica.
—Tú... —La voz de Giyu vibró con una autoridad aterradora—. No te atrevas a pronunciar sus nombres con esa boca inmunda.
Shinobu, que estaba preparándose para inyectar su veneno, se detuvo en seco. La presión espiritual que emanaba de Giyu era sofocante. Vio cómo el Pilar del Agua se lanzaba hacia adelante, no con la fluidez de un arroyo, sino con la violencia de un tsunami.
—¡Respiración del Agua, Undécima Postura: Calma! —rugió él, pero no hubo calma. Hubo una ejecución.
En un parpadeo, Giyu atravesó al demonio. No hubo juegos, no hubo prolongación del sufrimiento. Sus movimientos fueron tan precisos y cargados de un odio puro que el demonio ni siquiera pudo gritar antes de que su cabeza rodara por el suelo. Giyu se quedó de pie, de espaldas a Shinobu, con el haori dividido ondeando violentamente.
—Desaparece de mi vista, escoria —sentenció Giyu, mirando los restos que se desintegraban con un desprecio que habría hecho temblar al mismísimo Muzan.
Shinobu se quedó paralizada. No era miedo lo que sentía. Sus ojos, similares a los de un insecto, recorrieron la espalda ancha de Giyu, la tensión de sus hombros y la forma en que su mandíbula permanecía apretada. Sintió un calor inusual subir por su cuello hasta teñir sus mejillas de un rosa intenso. Siempre lo había visto como un hombre digno de lástima, pero este Giyu... este hombre que emanaba una autoridad cruda y una furia masculina tan dominante, le resultaba extrañamente atractivo. Se mordió el labio, sacudiendo la cabeza para despejar esos pensamientos impropios.
El regreso a la sede no fue más tranquilo. Al llegar, se encontraron con el equipo de Tanjiro, Inosuke y Zenitsu. Estaban heridos, cubiertos de polvo y con expresiones de derrota. Habían regresado de una misión donde, por pura imprudencia y exceso de confianza, casi pierden la vida y permiten que una aldea entera fuera masacrada.
Shinobu dio un paso al frente, recomponiendo su sonrisa.
—Vaya, chicos, parece que han tenido dificultades. Deberíamos hablar sobre la importancia de la precaución...
—¡Basta! —interrumpió Giyu.
Su voz cortó el aire como una cuchilla. Los tres jóvenes saltaron del susto. Incluso Inosuke, que normalmente gritaba ante cualquier desafío, se quedó mudo al ver la mirada gélida y autoritaria de Tomioka.
—Creen que esto es un juego —dijo Giyu, acercándose a ellos con pasos pesados—. Creen que porque han sobrevivido a un par de lunas, son invencibles. Su arrogancia casi cuesta vidas inocentes. Si vuelven a actuar sin disciplina, yo mismo me encargaré de que se les retire el uniforme. ¿Entendido?
—¡S-sí, Tomioka-san! —exclamó Tanjiro, haciendo una reverencia profunda, temblando ante la intensidad del pilar. Inosuke, por primera vez en su vida, asintió en silencio, intimidado por la pura presencia de Giyu.
Shinobu observaba desde atrás. Su corazón latía con una fuerza inusitada. Ver a Giyu tomar el mando de esa manera, sin dudar, sin pedir permiso, reafirmando su posición de poder, despertaba en ella algo que su ironía habitual solía ocultar. Se descubrió a sí misma admirando la línea de su cuello y la firmeza de su voz. "Es tan... sexy", pensó, y esta vez no pudo evitar morderse el labio inferior con un deseo mal oculto.
La jornada terminó en el dojo de entrenamiento. Sanemi Shinazugawa, el Pilar del Viento, estaba de un humor particularmente belicoso. Al ver a Tomioka entrar, no pudo evitar lanzar una de sus provocaciones habituales.
—¡Eh, Tomioka! —gritó Sanemi, blandiendo su espada de madera—. Tienes una cara peor que la de costumbre. ¿Quieres que te enseñe lo que es un verdadero combate o vas a seguir dando lástima?
Giyu no respondió con palabras. Simplemente tomó un bokken y se puso en guardia. El enfrentamiento fue brutal. Sanemi atacaba con la ferocidad de un huracán, buscando humillar a Giyu, golpeando con más fuerza de la permitida en una práctica. Pero Giyu no retrocedió. Su defensa era impenetrable, y su contraataque, cuando llegó, fue devastador.
En un movimiento que nadie pudo seguir con la vista, Giyu desvió el golpe de Sanemi, giró sobre su propio eje y, utilizando la propia inercia del Pilar del Viento, lo inmovilizó contra el suelo. Giyu tenía su rodilla presionando la espalda de Sanemi y el bokken rozando el cuello del otro pilar.
—Se acabó, Shinazugawa —dijo Giyu, con una voz cargada de un desprecio soberano—. Tu salvajismo no es fuerza, es falta de control. No vuelvas a confundir mi silencio con debilidad.
Sanemi gruñó, pero no pudo moverse. La autoridad que Giyu ejercía en ese momento era absoluta.
Shinobu, que había estado observando desde la entrada, sintió que sus piernas flaqueaban ligeramente. El sonrojo en su rostro era ahora una evidencia innegable. La figura dominante de Giyu, sudoroso por el esfuerzo, con el cabello desgreñado y esa mirada de acero, era lo más embriagador que había visto jamás.
Giyu se levantó, soltando a Sanemi, y caminó hacia la salida. Al pasar junto a Shinobu, su mirada se cruzó con la de ella. No era la mirada vacía de siempre; era intensa, oscura, como un mar antes de la tormenta.
—Kocho —dijo él, en un tono que no admitía réplica—, tráeme unos vendajes a mi finca. Ahora.
Shinobu parpadeó. Normalmente, habría respondido con un comentario sarcástico sobre cómo él no era quién para darle órdenes. Pero en ese momento, algo dentro de ella se rindió con gusto.
—Sí, Tomioka-san —respondió ella en un susurro sumiso, bajando la mirada.
Minutos después, Shinobu entró en la habitación de Giyu. Él estaba sentado en el borde del tatami, con la parte superior de su uniforme desabrochada, revelando su torso pálido pero poderosamente musculoso. Ella se acercó con el botiquín, pero sus manos temblaban ligeramente.
—Hoy has estado... muy diferente —comenzó ella, tratando de recuperar su tono juguetón, aunque su voz sonaba entrecortada mientras comenzaba a limpiar un pequeño rasguño en la espalda del pilar—. Tan autoritario, tan... dominante. Ha sido realmente impactante verlo.
Ella dejó que sus dedos rozaran la piel de su espalda más de lo necesario, acariciando los músculos tensos.
—¿Te ha gustado? —preguntó Giyu, girándose lentamente.
—Ha sido... embriagador —confesó ella, incapaz de apartar la vista de sus ojos azul lapislázuli.
Giyu no esperó más. La tomó por la cintura con una mano firme y la atrajo hacia él. Shinobu soltó un pequeño jadeo de sorpresa que se perdió cuando los labios de Giyu se estrellaron contra los suyos. No fue un beso gentil; fue un beso salvaje, hambriento, que descargaba toda la furia y la tensión acumulada durante el día. Era la reafirmación de su dominio, de su existencia, de su fuego interno.
Shinobu se aferró a sus hombros, dejándose llevar por la marea. Giyu bajó el beso hacia su cuello, marcando su territorio, mientras ella soltaba pequeñas risas nerviosas y jadeos ante las cosquillas y la intensidad del contacto.
—Si esto es lo que querías ver —susurró Giyu contra su piel, con una voz ronca que hizo vibrar el cuerpo de la Pilar del Insecto—, prepárate, porque no tengo intención de detenerme.
Esa noche, en la finca del agua, la calma no regresó del todo, pero la tormenta encontró un puerto donde desatarse. Giyu Tomioka, el hombre que no sentía nada, le demostró a Shinobu Kocho que, bajo el hielo, ardía un incendio capaz de consumirlos a ambos.
