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El Interrogatorio de La Sexta Luna Superior

Fandom: Kimetsu no Yaiba

Created: 5/21/2026

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ActionFantasyHurt/ComfortDarkDramaCanon SettingPsychological
Contents

Entre Mariposas, Cerezos y la Risa del Demonio

El Distrito Rojo de Yoshiwara siempre había sido un laberinto de luces de neón, sombras alargadas y secretos enterrados bajo capas de seda y maquillaje. Pero lo que Shinobu Kocho y Mitsuri Kanroji encontraron en el corazón de aquel lugar no fue solo el rastro de un demonio, sino una trampa tejida con la precisión de una araña hambrienta.

Todo ocurrió en un parpadeo. El suelo de madera de la lujosa habitación se deshizo en cintas de tela vivientes. Los obis, rígidos como el acero y flexibles como serpientes, brotaron de las paredes y el techo. Antes de que Shinobu pudiera desenvainar su fina espada aguijón o Mitsuri pudiera liberar su látigo de Nichirin, las telas las envolvieron.

— ¡Ah! ¡Suéltame! —gritó Mitsuri, forcejeando con una fuerza sobrehumana que, extrañamente, no parecía ser suficiente contra la presión de las telas imbuidas de sangre demoníaca.

Shinobu, manteniendo su eterna sonrisa aunque sus ojos destellaran una furia gélida, intentó rotar sus muñecas, pero los obis ya las habían inmovilizado por encima de su cabeza. En cuestión de segundos, ambas Pilares estaban suspendidas en el aire, completamente estiradas. Sus tobillos fueron tirados hacia abajo y sus brazos hacia arriba, dejándolas vulnerables, como mariposas clavadas en un muestrario.

Unos pasos rítmicos y pesados resonaron sobre el tatami. De las sombras emergió una figura cuya belleza era tan letal como su aura. Daki, la Sexta Luna Superior, se pavoneaba con una sonrisa sádica, sus ojos verdes lima brillando con la numeración de las Doce Lunas Demoníacas.

— Vaya, vaya... —ronroneó Daki, pasando una uña larga por su propia mejilla adornada con flores—. Dos Pilares. Qué regalo tan exquisito para el Señor Muzan. Aunque antes de devorarlas, me pregunto cuánto saben.

— No obtendrás nada de nosotras —respondió Shinobu con una voz melódica pero cargada de veneno—. Los demonios como tú siempre cometen el mismo error: subestimar la voluntad de los cazadores.

Daki soltó una carcajada estridente, una que hizo que Mitsuri se estremeciera.

— ¿Voluntad? Vamos a ver cuánto dura eso. Solo quiero tres cosas: la ubicación de la sede de la cofradía, dónde está el mocoso de los pendientes de Hanafuda y cómo encontrar a Kagaya Ubuyashiki.

Mitsuri apretó los dientes, sus mejillas sonrojadas por la indignación y el miedo.

— ¡Jamás te lo diremos! ¡Eres una persona horrible!

— Oh, qué tierna —se burló la Luna Superior—. Si no quieren hablar por las malas, probaremos algo... diferente. No quiero arruinar sus rostros todavía, son demasiado bonitos.

Con un movimiento casi imperceptible de sus dedos, uno de los obis que rodeaba a las cazadoras se tensó. Con la precisión de un bisturí, la tela cortó el uniforme morado de Shinobu y la camisa blanca de Mitsuri. El corte fue limpio, eliminando la tela desde la base del busto hasta la cadera. En un instante, los vientres de ambas Pilares quedaron completamente expuestos al aire frío de la habitación. La piel pálida de Shinobu y la tez suave y saludable de Mitsuri contrastaban con la oscuridad del lugar.

Daki se acercó primero a Mitsuri. La Pilar del Amor respiraba agitadamente, viendo cómo la demonio extendía sus dedos.

— Tienes una piel tan sensible, pequeña —susurró Daki, y de repente, hundió las yemas de sus dedos en los costados de Mitsuri, justo sobre las costillas, y empezó a moverlos con rapidez.

— ¡Aha! ¡No! ¡Espera! —El grito de Mitsuri se transformó instantáneamente en una carcajada incontrolable—. ¡Hihihi! ¡Basta! ¡Por favor, detente! ¡Aja-ja-ja!

Shinobu observó la escena con horror contenido. Mitsuri se retorcía con todas sus fuerzas, pero los obis la mantenían firme. Sus piernas se sacudían y su espalda se arqueaba mientras Daki bajaba sus manos hacia el vientre bajo, haciendo presión y garabateando círculos con sus uñas.

— ¿Qué pasa, Pilar del Amor? —se mofaba Daki—. ¿Es este tu límite?

— ¡Nooo! ¡Hahahaha! ¡P-para! ¡Es demasiado! —suplicaba Mitsuri, con lágrimas ya asomando por sus grandes ojos verdes.

Shinobu sintió un nudo en el estómago. Ver a su amiga en tal estado de vulnerabilidad era desesperante. Pero pronto, la atención de la Luna Superior cambió. Tras quince minutos de tortura incesante que dejaron a Mitsuri jadeando y sollozando de risa, Daki se giró hacia la Pilar del Insecto.

— Ahora tú, la pequeñita que sonríe tanto —dijo Daki con malicia.

— No te atrevas... —intentó decir Shinobu, pero su voz flaqueó cuando sintió los dedos fríos de la demonio rozar su cintura desnuda.

Daki no perdió tiempo. Hundió sus dedos profundamente en los costados de Shinobu, encontrando exactamente los puntos más sensibles de la cazadora. La fachada de calma de Shinobu se rompió en un milisegundo.

— ¡Pfff! ¡Aha-ha-ha-ha-ha! —Shinobu soltó una carcajada aguda y frenética que nunca nadie en la cofradía habría imaginado escuchar—. ¡No! ¡Para! ¡M-maldita sea! ¡Aha-ha-ha!

— ¡Vaya! —exclamó Daki, deleitada—. La pequeña mariposa tiene una risa muy ruidosa. ¿Te gusta esto? ¿O prefieres esto otro?

Daki comenzó a "caminar" con sus dedos por todo el abdomen de Shinobu, subiendo y bajando por sus costillas y presionando con fuerza en su vientre. Shinobu se retorcía, sus ojos sin pupilas se dilataban y su rostro, normalmente pálido, se tornaba de un rojo intenso.

— ¡Basta! ¡Hihihihi! ¡Te lo ruego! —Shinobu intentaba mantener la compostura, pero el asalto sensorial era devastador.

Durante veinte minutos, la habitación solo se llenó con el sonido de las risas desesperadas de Shinobu. Daki parecía disfrutar genuinamente de la humillación de las guerreras más fuertes de la humanidad. Entonces, con una sonrisa malvada, decidió que no era suficiente.

— Vamos a hacerlo más divertido —anunció la demonio.

Usando ambas manos, empezó a hacerles cosquillas a las dos al mismo tiempo. Sus dedos se movían como arañas sobre las barrigas expuestas de las Pilares. El caos de risas era ensordecedor. Mitsuri y Shinobu intentaban unir sus fuerzas para soltarse, pero la estimulación constante en sus vientres las dejaba sin fuerza muscular alguna.

— ¡Es injusto! —logró articular Mitsuri entre espasmos de risa—. ¡Aha-ha-ha! ¡Shinobu-chan, ayuda!

— ¡N-no puedo! ¡Hihihi! ¡Me voy a... aha-ha-ha! —Shinobu no podía ni terminar una frase.

Daki se detuvo un momento, solo para observar cómo los vientres de ambas subían y bajaban frenéticamente mientras intentaban recuperar el aire.

— Son tan patéticas. Unas guerreras tan poderosas derrotadas por un poco de cosquilleo en su pancita —se burló Daki, acercándose de nuevo—. Pero aún no he llegado a lo mejor. He notado que se tensan mucho más cuando me acerco aquí...

Daki posicionó su dedo índice izquierdo sobre el ombligo de Mitsuri y el derecho sobre el de Shinobu. Ambas Pilares abrieron los ojos de par en par, una oleada de pánico puro recorriéndolas.

— No... eso no... —susurró Mitsuri, temblando.

— ¡Ni se te ocurra! —gritó Shinobu, su voz quebrándose.

Daki hundió los dedos en sus respectivos ombligos y comenzó a girarlos y hurgar con saña. El efecto fue inmediato y devastador.

— ¡¡AAAAHHHH!! ¡¡HAHAHAHAHA!! —El grito de Mitsuri fue casi un chillido—. ¡¡NOOO!! ¡¡AHÍ NO!! ¡¡ME VOY A MORIR!! ¡¡AJAJAJAJA!!

Shinobu, por su parte, perdió toda noción de dónde estaba. Sus piernas se agitaban salvajemente contra los obis y su cabeza se movía de lado a lado.

— ¡¡HIHIHIHIHI!! ¡¡D-DETENTE!! ¡¡POR FAVOR!! ¡¡ES DEMASIADO!! ¡¡AHAHAHA!! —La Pilar del Insecto estaba completamente fuera de sí. El hurgueo constante en su ombligo enviaba descargas eléctricas de risa por todo su cuerpo, una sensación tan intensa que bordeaba el dolor físico.

Daki no mostraba piedad. Durante media hora, mantuvo esa tortura focalizada en sus ombligos. Las risas se habían vuelto roncas, las lágrimas empapaban sus mejillas y el agotamiento era total. Ni Mitsuri ni Shinobu podían articular una sola palabra razonable; solo eran sonidos de puro éxtasis involuntario y desesperación.

— ¡Hablen! —exigía Daki—. ¡Díganme dónde está Ubuyashiki y me detendré!

— ¡N-nunca! ¡Aha-ha-ha! —logró decir Mitsuri antes de estallar de nuevo en carcajadas cuando Daki presionó más fuerte.

De repente, el ambiente cambió. Un destello plateado y una ráfaga de viento cortante atravesaron la habitación. Los obis que sostenían a las Pilares se desintegraron en un instante.

— ¿Qué? —gritó Daki, pero antes de que pudiera reaccionar, una técnica de respiración perfecta le cercenó el cuello.

Al mismo tiempo, en el exterior, otra figura se encargaba del hermano de Daki, Gyutaro, quien apenas había intentado emerger. Las cabezas de ambos demonios rodaron por el suelo, maldiciendo y desvaneciéndose en cenizas.

Shinobu y Mitsuri cayeron al suelo, jadeando pesadamente. Sus estómagos aún daban vueltas y sus músculos abdominales les dolían por el esfuerzo de la risa. Estaban cubiertas de sudor y con los uniformes destrozados, revelando sus torsos todavía enrojecidos por el ataque de Daki.

Dos figuras se acercaron rápidamente a través de los escombros. Giyu Tomioka, con su habitual expresión impasible, y Obanai Iguro, cuyos ojos heterocromáticos destellaban preocupación y furia.

— ¡Mitsuri! —exclamó Obanai, corriendo hacia ella—. ¿Estás bien? ¿Qué te han hecho?

Mitsuri, al ver a Obanai, no pudo contenerse. Con lágrimas reales esta vez, se lanzó a sus brazos, escondiendo su rostro en el pecho del Pilar de la Serpiente.

— ¡Obanai-san! ¡Fue horrible! ¡Pensé que no terminaría nunca! —sollozó ella, aferrándose a su haori.

Obanai la rodeó con sus brazos, mirando con odio las cenizas del demonio. Notó el uniforme roto en su cintura, pero no entendía qué tipo de herida podría haberle causado tanto trauma sin dejar una cicatriz visible.

Mientras tanto, Giyu se acercó a Shinobu, quien intentaba ponerse en pie con dificultad. Sus piernas aún temblaban.

— Kocho —dijo Giyu con su voz monótona—. ¿Puedes caminar?

Shinobu lo miró. Por una vez, no había sarcasmo en su rostro, ni una broma sobre por qué nadie lo quería. Estaba exhausta. Sin decir una palabra, dio un paso adelante y hundió su cabeza brevemente en el pecho de Tomioka, permitiéndose un segundo de debilidad para recuperar el aliento y la cordura.

— Gracias por venir, Tomioka-san —susurró ella, sintiendo el calor del uniforme del Pilar de Agua.

Giyu se quedó helado, sin saber muy bien qué hacer con sus manos, hasta que finalmente puso una sobre el hombro de ella de forma torpe.

— El apoyo ha llegado. Estás a salvo —respondió él.

Minutos después, mientras los Kakushi llegaban para limpiar la zona y atender a los heridos, Shinobu y Mitsuri se apartaron un poco del grupo. Se habían cubierto con sus haoris para ocultar los jirones de sus uniformes.

— Shinobu-chan... —susurró Mitsuri, todavía recuperando el aliento—. Lo que pasó... con el demonio... y lo que hizo...

Shinobu miró a su amiga. Su expresión volvió a ser la de la Pilar del Insecto, serena y controlada, aunque sus mejillas todavía guardaban un rastro de color.

— Mitsuri-san —dijo Shinobu con firmeza, aunque con una chispa de complicidad en sus ojos—. No mencionaremos esto a nadie. Ni a Iguro-san, ni a Tomioka-san, ni a los demás Pilares.

— ¡Sí! —asintió Mitsuri con vigor, secándose una última lágrima—. ¡Es un secreto! ¡Si alguien se entera de que la Pilar del Amor y la Pilar del Insecto fueron derrotadas por cosquillas, nunca me atreveré a salir de casa de nuevo!

— Exacto —concluyó Shinobu, ajustándose el broche de mariposa de su cabello—. Fue una técnica de tortura psicológica de alto nivel. Nada más.

Ambas compartieron una mirada de alivio. A pesar del trauma y la humillación, estaban vivas. Y aunque sus vientres todavía sentían el fantasma de los dedos de Daki, el vínculo entre ellas se había fortalecido de una forma que nadie más en la Cofradía de Cazadores de Demonios podría entender jamás.

Caminaron juntas hacia la salida del Distrito Rojo, dejando atrás las luces y el caos, jurando que aquel episodio quedaría enterrado para siempre bajo el manto de la noche.
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