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Arin y sus putas
Fandom: Ninjago
Created: 5/21/2026
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AU (Alternate Universe)FantasyPWP (Plot? What Plot?)Explicit LanguageOOC (Out of Character)CrossoverDark
Lecciones de Dominio en el Monasterio
El sol de la tarde caía sobre el Monasterio del Spinjitzu, tiñendo las tejas de un dorado intenso, pero la atmósfera en el interior era mucho más calurosa de lo habitual. Arin, que solía estar concentrado en sus entrenamientos de transferencia de objetos, llevaba días sintiéndose abrumado. No era por el rigor del combate, sino por la extraña y descarada actitud de las mujeres que lo rodeaban.
Desde que las dimensiones se habían fusionado y el grupo se había expandido, el monasterio albergaba a guerreras, princesas y mentoras de todos los reinos. Pero algo había cambiado. Ya no solo eran sus compañeras; ahora parecían decididas a exhibir sus atributos de la manera más provocativa posible.
Arin caminaba por el pasillo principal cuando se encontró con Nya. La maestra del agua estaba "limpiando" sus lanzas, pero lo hacía agachada de tal forma que su traje de ninja, extremadamente ajustado, remarcaba sus curvas de infarto. Su trasero, firme y prominente, parecía desafiar la gravedad mientras ella se movía con una lentitud calculada.
— Hola, Arin —dijo Nya, girándose con una sonrisa pícara mientras se pasaba una mano por el cabello húmedo—. ¿Crees que este traje me queda demasiado apretado? Siento que en cualquier momento algo podría romperse.
Arin tragó saliva. Nya siempre había sido de carácter fuerte, pero ahora proyectaba una sensualidad agresiva, disfrutando de la mirada fija del joven.
— Te queda... bien, Nya —respondió él, tratando de desviar la vista, solo para encontrarse con Sora y Euphrasia unos metros más allá.
Sora, su mejor amiga e inventora, estaba sentada sobre una mesa de trabajo. Llevaba unos shorts tan cortos que apenas cubrían sus generosas caderas. A su lado, Euphrasia, la maestra del viento, fingía meditar, pero su túnica translúcida dejaba muy poco a la imaginación, resaltando su figura curvilínea y ese trasero que, a pesar de su timidez aparente, le encantaba exhibir.
— Arin, ven a ayudarnos —pidió Sora con voz melosa, arqueando la espalda para que sus pechos resaltaran—. Mi nueva herramienta es demasiado pesada... necesito a un hombre fuerte.
— Yo también siento mucha presión en el aire —susurró Euphrasia, lanzándole una mirada cargada de deseo bajo sus pestañas largas—. ¿No sientes cómo el calor sube por las paredes?
Arin se dio cuenta de que esto no era una coincidencia. Todas, desde la salvaje Wyldfyre, que caminaba por el patio mostrando su cuerpo atlético y su enorme retaguardia con orgullo, hasta la inteligente Pixal, cuyo cuerpo nindroide había sido modificado para poseer las curvas más perfectas y deseables que la ingeniería pudiera crear, estaban jugando con él.
Incluso las mayores no se quedaban atrás. Maya, la madre de Nya, caminaba con la elegancia de una milf que sabía perfectamente el poder que su cuerpo maduro y culón ejercía sobre los jóvenes. Y Misako, siempre tan sabia, ahora vestía prendas que resaltaban su figura de una manera que Arin nunca habría imaginado, disfrutando de ser el centro de atención.
— Basta —murmuró Arin para sí mismo, sintiendo cómo la sangre le hervía—. Si quieren jugar a ser provocativas, les voy a enseñar lo que sucede cuando finalmente consiguen lo que buscan.
Arin decidió que era hora de darles una lección de autoridad. Se dirigió primero hacia la biblioteca, donde sabía que Harumi y Akita estaban compartiendo un pergamino. Harumi, redimida pero aún con esa chispa de malicia, lucía un vestido que enfatizaba su trasero de forma escandalosa. Akita, en su forma humana, conservaba ese instinto salvaje, moviendo sus caderas con una cadencia que gritaba por atención.
— ¿Disfrutan del espectáculo? —preguntó Arin, entrando y cerrando la puerta con pestillo.
— Solo esperábamos a que te dieras cuenta, Arin —dijo Harumi, levantándose y caminando hacia él con un contoneo exagerado—. ¿Vas a quedarte ahí mirando o vas a hacer algo con estas "putas" que tanto te desean?
Arin no perdió el tiempo. Agarró a Harumi por la cintura, sintiendo la firmeza de su carne, y la pegó a él.
— Vas a ser la primera en aprender que no se debe provocar a quien puede dominarte —sentenció Arin con voz firme.
— Eso es exactamente lo que quiero —susurró Harumi, entregándose al primer contacto.
El encuentro fue explosivo. Arin la tomó allí mismo, sobre la mesa de madera, mientras Akita observaba con la respiración agitada, esperando su turno. La princesa de Formling no sentía celos; al contrario, su naturaleza le dictaba que el macho alfa debía tomarlas a todas. Cuando Arin terminó con Harumi, dejando a la ex-princesa jadeante y sometida, se dirigió a Akita.
— Tú entiendes de instintos, ¿verdad? —le dijo Arin mientras la despojaba de sus pieles.
— Entiendo que soy tuya —respondió Akita, ofreciéndole su enorme y redondeado trasero—. Hazme tu puta, Arin. No quiero ser otra cosa.
La noticia de lo que ocurría en la biblioteca se extendió como pólvora, pero no con miedo, sino con anticipación. Una a una, las mujeres del monasterio fueron "reclamadas".
Arin encontró a la Princesa Vania en los jardines superiores. Ella, siempre tan amable y extrovertida, se levantó la falda de su vestido real en cuanto lo vio llegar.
— Arin, he sido una chica muy traviesa tentando a los guardias —dijo Vania con una sonrisa radiante—. ¿Me vas a castigar como merezco?
— Oh, puedes estar segura de eso, Vania —respondió él, tomándola con fuerza.
Vania gritaba de placer, disfrutando de cómo Arin ignoraba su rango real para tratarla como su juguete personal. Su enorme trasero vibraba con cada embestida, y ella solo pedía más.
Más tarde, en el taller, Sora y Pixal esperaban juntas. Pixal había optimizado sus sensores para sentir el máximo placer posible.
— Arin, mis cálculos indican que mi cuerpo está diseñado para ser poseído por ti —dijo Pixal con una voz que mezclaba lo mecánico con lo sensual—. Por favor, inicia el proceso de dominación.
Sora, al lado de la nindroide, ya estaba sin ropa, mostrando su piel bronceada y sus curvas juveniles.
— No dejes que la robot se lleve toda la diversión —rio Sora—. Yo también quiero ser tu puta favorita.
Arin las complació a ambas, alternando entre la perfección técnica de Pixal y la pasión desbordante de Sora. El taller se llenó de sonidos de placer y metal chocando, mientras Arin demostraba que ninguna inteligencia, humana o artificial, podía escapar a su mando.
Al final del día, Arin llegó al dojo principal, donde Nya, Wyldfyre, Euphrasia, Maya y Misako lo esperaban en una formación que nada tenía que ver con el combate. Todas estaban arrodilladas, mostrando sus cuerpos con orgullo y sumisión.
— Veo que ya todas han entendido —dijo Arin, caminando entre ellas como un rey entre sus súbditas.
— Lo entendemos, Arin —dijo Maya, la milf más experimentada, mirándolo con ojos llenos de lujuria—. Todas somos tus putas culonas. Solo existimos para que nos uses.
— Me gusta esa actitud —respondió Arin, acercándose a Nya—. Empecemos el entrenamiento nocturno.
Nya se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el suelo y elevando su trasero hacia él.
— Úsame, Arin —suplicó la maestra del agua—. Demuéstrame quién manda en este monasterio.
Arin procedió a tomarlas una por una, en una maratón de placer que duró hasta el amanecer. Wyldfyre gritaba de forma salvaje cada vez que Arin la penetraba, amando la sensación de ser dominada. Euphrasia, la ingenua, descubrió que su cuerpo estaba hecho para el pecado, mientras Misako disfrutaba de la vigorosidad del joven, sintiéndose más deseada que nunca en su vida.
Cuando el sol volvió a salir, el Monasterio del Spinjitzu era un lugar diferente. Las mujeres seguían siendo las guerreras y sabias de siempre, pero ahora llevaban una marca invisible de pertenencia. Caminaban con una nueva confianza, sabiendo que, al final del día, todas volverían a ser las putas de Arin, deleitándose en el hecho de que sus cuerpos y sus enormes traseros tenían un dueño absoluto que sabía exactamente cómo darles la lección que tanto habían buscado.
Arin, sentado en el trono del dojo, observaba a sus mujeres con satisfacción. Habían intentado provocarlo, y ahora, eran suyas por completo, y ninguna de ellas cambiaría su nueva posición por nada en los dieciséis reinos.
Desde que las dimensiones se habían fusionado y el grupo se había expandido, el monasterio albergaba a guerreras, princesas y mentoras de todos los reinos. Pero algo había cambiado. Ya no solo eran sus compañeras; ahora parecían decididas a exhibir sus atributos de la manera más provocativa posible.
Arin caminaba por el pasillo principal cuando se encontró con Nya. La maestra del agua estaba "limpiando" sus lanzas, pero lo hacía agachada de tal forma que su traje de ninja, extremadamente ajustado, remarcaba sus curvas de infarto. Su trasero, firme y prominente, parecía desafiar la gravedad mientras ella se movía con una lentitud calculada.
— Hola, Arin —dijo Nya, girándose con una sonrisa pícara mientras se pasaba una mano por el cabello húmedo—. ¿Crees que este traje me queda demasiado apretado? Siento que en cualquier momento algo podría romperse.
Arin tragó saliva. Nya siempre había sido de carácter fuerte, pero ahora proyectaba una sensualidad agresiva, disfrutando de la mirada fija del joven.
— Te queda... bien, Nya —respondió él, tratando de desviar la vista, solo para encontrarse con Sora y Euphrasia unos metros más allá.
Sora, su mejor amiga e inventora, estaba sentada sobre una mesa de trabajo. Llevaba unos shorts tan cortos que apenas cubrían sus generosas caderas. A su lado, Euphrasia, la maestra del viento, fingía meditar, pero su túnica translúcida dejaba muy poco a la imaginación, resaltando su figura curvilínea y ese trasero que, a pesar de su timidez aparente, le encantaba exhibir.
— Arin, ven a ayudarnos —pidió Sora con voz melosa, arqueando la espalda para que sus pechos resaltaran—. Mi nueva herramienta es demasiado pesada... necesito a un hombre fuerte.
— Yo también siento mucha presión en el aire —susurró Euphrasia, lanzándole una mirada cargada de deseo bajo sus pestañas largas—. ¿No sientes cómo el calor sube por las paredes?
Arin se dio cuenta de que esto no era una coincidencia. Todas, desde la salvaje Wyldfyre, que caminaba por el patio mostrando su cuerpo atlético y su enorme retaguardia con orgullo, hasta la inteligente Pixal, cuyo cuerpo nindroide había sido modificado para poseer las curvas más perfectas y deseables que la ingeniería pudiera crear, estaban jugando con él.
Incluso las mayores no se quedaban atrás. Maya, la madre de Nya, caminaba con la elegancia de una milf que sabía perfectamente el poder que su cuerpo maduro y culón ejercía sobre los jóvenes. Y Misako, siempre tan sabia, ahora vestía prendas que resaltaban su figura de una manera que Arin nunca habría imaginado, disfrutando de ser el centro de atención.
— Basta —murmuró Arin para sí mismo, sintiendo cómo la sangre le hervía—. Si quieren jugar a ser provocativas, les voy a enseñar lo que sucede cuando finalmente consiguen lo que buscan.
Arin decidió que era hora de darles una lección de autoridad. Se dirigió primero hacia la biblioteca, donde sabía que Harumi y Akita estaban compartiendo un pergamino. Harumi, redimida pero aún con esa chispa de malicia, lucía un vestido que enfatizaba su trasero de forma escandalosa. Akita, en su forma humana, conservaba ese instinto salvaje, moviendo sus caderas con una cadencia que gritaba por atención.
— ¿Disfrutan del espectáculo? —preguntó Arin, entrando y cerrando la puerta con pestillo.
— Solo esperábamos a que te dieras cuenta, Arin —dijo Harumi, levantándose y caminando hacia él con un contoneo exagerado—. ¿Vas a quedarte ahí mirando o vas a hacer algo con estas "putas" que tanto te desean?
Arin no perdió el tiempo. Agarró a Harumi por la cintura, sintiendo la firmeza de su carne, y la pegó a él.
— Vas a ser la primera en aprender que no se debe provocar a quien puede dominarte —sentenció Arin con voz firme.
— Eso es exactamente lo que quiero —susurró Harumi, entregándose al primer contacto.
El encuentro fue explosivo. Arin la tomó allí mismo, sobre la mesa de madera, mientras Akita observaba con la respiración agitada, esperando su turno. La princesa de Formling no sentía celos; al contrario, su naturaleza le dictaba que el macho alfa debía tomarlas a todas. Cuando Arin terminó con Harumi, dejando a la ex-princesa jadeante y sometida, se dirigió a Akita.
— Tú entiendes de instintos, ¿verdad? —le dijo Arin mientras la despojaba de sus pieles.
— Entiendo que soy tuya —respondió Akita, ofreciéndole su enorme y redondeado trasero—. Hazme tu puta, Arin. No quiero ser otra cosa.
La noticia de lo que ocurría en la biblioteca se extendió como pólvora, pero no con miedo, sino con anticipación. Una a una, las mujeres del monasterio fueron "reclamadas".
Arin encontró a la Princesa Vania en los jardines superiores. Ella, siempre tan amable y extrovertida, se levantó la falda de su vestido real en cuanto lo vio llegar.
— Arin, he sido una chica muy traviesa tentando a los guardias —dijo Vania con una sonrisa radiante—. ¿Me vas a castigar como merezco?
— Oh, puedes estar segura de eso, Vania —respondió él, tomándola con fuerza.
Vania gritaba de placer, disfrutando de cómo Arin ignoraba su rango real para tratarla como su juguete personal. Su enorme trasero vibraba con cada embestida, y ella solo pedía más.
Más tarde, en el taller, Sora y Pixal esperaban juntas. Pixal había optimizado sus sensores para sentir el máximo placer posible.
— Arin, mis cálculos indican que mi cuerpo está diseñado para ser poseído por ti —dijo Pixal con una voz que mezclaba lo mecánico con lo sensual—. Por favor, inicia el proceso de dominación.
Sora, al lado de la nindroide, ya estaba sin ropa, mostrando su piel bronceada y sus curvas juveniles.
— No dejes que la robot se lleve toda la diversión —rio Sora—. Yo también quiero ser tu puta favorita.
Arin las complació a ambas, alternando entre la perfección técnica de Pixal y la pasión desbordante de Sora. El taller se llenó de sonidos de placer y metal chocando, mientras Arin demostraba que ninguna inteligencia, humana o artificial, podía escapar a su mando.
Al final del día, Arin llegó al dojo principal, donde Nya, Wyldfyre, Euphrasia, Maya y Misako lo esperaban en una formación que nada tenía que ver con el combate. Todas estaban arrodilladas, mostrando sus cuerpos con orgullo y sumisión.
— Veo que ya todas han entendido —dijo Arin, caminando entre ellas como un rey entre sus súbditas.
— Lo entendemos, Arin —dijo Maya, la milf más experimentada, mirándolo con ojos llenos de lujuria—. Todas somos tus putas culonas. Solo existimos para que nos uses.
— Me gusta esa actitud —respondió Arin, acercándose a Nya—. Empecemos el entrenamiento nocturno.
Nya se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el suelo y elevando su trasero hacia él.
— Úsame, Arin —suplicó la maestra del agua—. Demuéstrame quién manda en este monasterio.
Arin procedió a tomarlas una por una, en una maratón de placer que duró hasta el amanecer. Wyldfyre gritaba de forma salvaje cada vez que Arin la penetraba, amando la sensación de ser dominada. Euphrasia, la ingenua, descubrió que su cuerpo estaba hecho para el pecado, mientras Misako disfrutaba de la vigorosidad del joven, sintiéndose más deseada que nunca en su vida.
Cuando el sol volvió a salir, el Monasterio del Spinjitzu era un lugar diferente. Las mujeres seguían siendo las guerreras y sabias de siempre, pero ahora llevaban una marca invisible de pertenencia. Caminaban con una nueva confianza, sabiendo que, al final del día, todas volverían a ser las putas de Arin, deleitándose en el hecho de que sus cuerpos y sus enormes traseros tenían un dueño absoluto que sabía exactamente cómo darles la lección que tanto habían buscado.
Arin, sentado en el trono del dojo, observaba a sus mujeres con satisfacción. Habían intentado provocarlo, y ahora, eran suyas por completo, y ninguna de ellas cambiaría su nueva posición por nada en los dieciséis reinos.
