
← Back
0 likes
Pasión
Fandom: Attack on titan
Created: 5/28/2026
Tags
RomanceAU (Alternate Universe)HumorFantasyOmegaversePWP (Plot? What Plot?)Curtainfic / Domestic StoryUnplanned/Unwanted PregnancyExplicit Language
La trampa del conejo: Un error de proporciones fértiles
Hazami Ackerman nunca se consideró una mujer impulsiva, pero el destino —y su propia torpeza— tenían otros planes. Todo comenzó en el festival de la cosecha del Ducado de Mitras. Un barril de vino de alta calidad, una apuesta estúpida con Porco Galliard sobre quién podía saltar más alto entre las mesas del banquete, y un aterrizaje forzoso que terminó con ella aplastando literalmente al hijo menor del Archiduque Arlert, Armin.
Lo que Hazami no sabía es que, en la estricta etiqueta de los metamorfos de la nobleza, caer sobre un omega o un beta de alto rango en una posición tan "comprometedora" frente al Emperador, se consideraba una propuesta de matrimonio tácita o un deshonor que solo se limpiaba con el altar.
—¡Es un conejo, Levi! —había gritado Hazami en el despacho de su hermano, agitando su cola de leopardo con furia—. ¡Un conejo! ¡Mis hijos parecerán peluches!
—Es un Arlert, Hazami —respondió Levi, limpiando una mancha invisible de su escritorio con la frialdad de un témpano—. Tu error nos puso en una situación política delicada. Además, tienes diecinueve años, ya es hora de que dejes de pelearte con Annie Leonhart en los pasillos y sientes cabeza. Te casas con el conejo y punto.
Y así, Hazami se encontró caminando hacia el altar. Sus amigos, Pieck y Porco, intentaron consolarla, aunque Porco no paraba de reírse por lo bajo.
—Míralo por el lado bueno, Hazami —le susurró Pieck, bostezando—. Los conejos son... tranquilos. Podrás pedirle el divorcio en un par de meses alegando "incompatibilidad de instintos".
Ese era el plan. Hazami, con su metro cincuenta y cinco de pura fibra muscular de leopardo, ojos violetas gélidos y una reputación de ser más dura que el acero, planeaba ignorar al pequeño Armin Arlert durante toda la noche de bodas. Armin era bajito (apenas unos centímetros más alto que ella), rubio, con unas orejas blancas de conejo que temblaban ante el menor ruido y una timidez que le hacía tartamudear.
"Es virgen, es tímido y probablemente se desmaye si le gruño", pensó Hazami mientras entraban a la alcoba nupcial tras la ceremonia.
La habitación estaba iluminada por velas tenues. Armin se veía pequeño sentado en el borde de la cama, jugueteando con las mangas de su túnica de seda. Sus ojos azules evitaban los de Hazami.
—Yo... Hazami... —comenzó Armin con voz suave—. Sé que esto no es lo que querías.
Hazami se cruzó de brazos, su cola de leopardo golpeando rítmicamente su pierna.
—Escucha, Arlert. Mañana mismo buscaré un abogado. Consumaremos esto de palabra y luego cada quien por su lado. No voy a acostarme con alguien que se asusta de su propia sombra.
Armin levantó la vista. Por un segundo, el brillo en sus ojos no pareció timidez. Fue algo más oscuro, algo calculador.
—¿Crees que soy débil porque soy un conejo? —preguntó Armin, poniéndose de pie con una lentitud que Hazami encontró extrañamente inquietante.
—Eres una presa, yo soy un depredador —sentenció ella con arrogancia—. Es la ley natural.
Armin se acercó a ella. Hazami no retrocedió, pero sintió un escalofrío cuando él puso una mano sobre la pared, atrapándola entre su cuerpo y la madera.
—¿Sabías que los conejos tenemos una reputación, Hazami? —le susurró al oído, y su voz ya no temblaba. Era profunda, aterciopelada y cargada de una intención que la hizo humedecerse instantáneamente contra su voluntad—. Somos pequeños, pero tenemos una energía... inagotable. Y tú me has estado ignorando toda la noche. Eso no es muy amable.
—¿Qué estás...? —Hazami no pudo terminar la frase.
Armin la besó. No fue un beso tímido de conejo de campo. Fue un asalto. Sus labios eran expertos, su lengua reclamó su boca con una autoridad que la dejó aturdida. Antes de que pudiera reaccionar, Armin la había cargado y arrojado sobre las sábanas de seda.
—¡Oye! —protestó ella, intentando recuperar su compostura de leopardo—. ¡Te dije que no!
—Dijiste que querías a alguien fuerte —dijo Armin, desabrochándose la túnica para revelar un torso sorprendentemente definido, aunque delgado—. Déjame mostrarte que la fuerza no solo está en los colmillos, Hazami.
Lo que siguió fue un borrón de lujuria desenfrenada que Hazami no habría creído posible ni en sus fantasías más salvajes.
Armin Arlert era un monstruo.
—¡Ah...! ¡Armin, espera! —gimió Hazami, con la espalda arqueada mientras él la embestía con una velocidad rítmica y violenta—. ¡Es demasiado... eres demasiado rápido!
—Los conejos somos rápidos, ¿no es así? —le susurró él, mordiéndole el lóbulo de la oreja mientras sus manos la sujetaban con una fuerza que no sabía que poseía—. Pero no te preocupes, tengo cuerda para toda la noche. Y la siguiente.
—¡Maldito... ahhh! ¡No pares! ¡Sí, ahí! —Hazami clavó sus uñas en la espalda de Armin, perdiendo por completo su frialdad. Sus ojos violetas estaban nublados de puro placer—. ¡Más... dame más!
Armin no se detuvo. Cada vez que Hazami pensaba que él había terminado, el conejo parecía recargarse en cuestión de segundos. La folló en todas las posiciones imaginables. La puso a cuatro patas, tirando de su cola de leopardo mientras la penetraba hasta el fondo, haciéndola aullar de placer.
—¡Oh, Dios! ¡Armin! ¡Voy a... ahhh! —Hazami se estremeció cuando sintió la primera descarga de Armin dentro de ella. Fue cálida, abundante, casi excesiva.
—No hemos terminado —dijo él con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente—. Apenas vamos por la quinta ronda.
—¿La quinta? —jadeó ella, exhausta—. Pero si apenas han pasado dos horas...
—Te dije que somos inagotables.
La noche se convirtió en un maratón de gemidos y fluidos. Hazami perdió la cuenta después de la décima vez. Su cuerpo se sentía eléctrico, cada nervio disparado. Armin le decía palabras sucias al oído, llamándola su "gatita fértil" y jurando que no la dejaría salir de la cama hasta que estuviera completamente llena de él.
—¡Ahhh! ¡M-me duele de lo bueno que es! —gritaba Hazami, con las piernas temblando sobre los hombros de Armin—. ¡Armin, ya basta... me vas a romper!
—No te romperás —respondió él, embistiendo con renovado vigor—. Eres una Ackerman, ¿verdad? Aguanta un poco más.
Para cuando el sol comenzó a filtrarse por las cortinas, Hazami estaba en un estado de estupor orgásmico. Se sentía pesada, su vientre se sentía extrañamente lleno y el aroma de Armin —un olor a hierba fresca y almizcle— estaba impregnado en cada poro de su piel. Armin, por su parte, se veía radiante, apenas sudado, abrazándola por la cintura mientras sus orejas de conejo descansaban relajadas.
—¿Seguimos pensando en el divorcio? —preguntó Armin con una voz ronca y satisfecha.
Hazami solo pudo emitir un gemido ininteligible, demasiado cansada para incluso mover la cola.
***
Dos semanas después.
Hazami estaba sentada en el jardín de la mansión Arlert, mirando con odio un plato de ensalada. A su lado, Pieck la observaba con curiosidad.
—Te ves... diferente, Hazami —comentó Pieck—. ¿Más brillante?
—Me siento como si un carruaje me hubiera pasado por encima —gruñó Hazami—. Y no dejo de tener hambre.
En ese momento, Armin apareció en el jardín, conversando animadamente con Eren y Mikasa. Al ver a Hazami, le lanzó una mirada que la hizo sonrojar hasta la punta de las orejas. El pequeño "conejo tímido" resultó ser un maestro del chantaje emocional y un sádico en el dormitorio. Si ella intentaba mencionar el divorcio, él simplemente la miraba con ojos de cachorro herido hasta que ella cedía, o peor, la arrastraba a la habitación para "discutirlo en privado".
—¡Hazami! —llamó Armin, acercándose—. El médico de la corte ha llegado para tu chequeo.
—No necesito un médico, solo estoy cansada —protestó ella.
—Hazami, has estado vomitando todas las mañanas y tu vientre está... —Armin hizo un gesto hacia su cintura.
El médico, un hombre mayor de raza búho, le tomó el pulso y le revisó las pupilas. Luego, soltó una risita.
—Bueno, Lady Hazami, parece que los rumores sobre la vitalidad de los Arlert son ciertos.
—¿Qué quiere decir? —preguntó ella con un mal presentimiento.
—Está preñada —anunció el médico—. Y dado el tamaño de la matriz en tan poco tiempo... yo diría que no es solo uno. Los conejos suelen tener camadas, ¿sabe? Prepárese para al menos cuatro o cinco pequeños leopardos con orejas largas.
Hazami se quedó de piedra. Porco, que acababa de llegar con una botella de vino, escupió toda la bebida sobre los zapatos de Eren.
—¿Cinco? —susurró Hazami, mirando su vientre aún plano—. ¡Cinco! ¡Maldito conejo! ¡Te dije que salieras!
Armin, lejos de verse preocupado, la rodeó con sus brazos y le dio un beso en la mejilla, con una sonrisa de absoluta victoria.
—Te dije que somos muy eficientes en la reproducción, querida —dijo Armin—. Parece que el divorcio tendrá que esperar... unos dieciocho años, al menos.
Hazami quería golpearlo, quería usar sus instintos de depredador para darle una lección, pero cuando él le acarició el vientre y sus orejas de conejo rozaron su mejilla, solo pudo suspirar y hundir la cara en su cuello.
—Te odio, Arlert —murmuró ella, aunque su cola de leopardo se enroscó cariñosamente en la pierna de él.
—Yo también te quiero, Hazami. Por cierto, Annie me preguntó si querías consejos sobre maternidad.
—¡Dile a esa narizona que se vaya al infierno! —gritó Hazami, recuperando un poco de su fuego—. ¡Mis hijos serán los mejores guerreros del imperio, aunque tengan orejas de peluche!
Armin rió, sabiendo que, aunque Hazami Ackerman fuera un leopardo peligroso, él había logrado atraparla en la trampa más antigua del mundo: la de un conejo que sabía exactamente cómo conseguir lo que quería. Y lo que quería era una familia numerosa y una esposa que, a pesar de sus quejas, no dejaba de buscar su calor cada noche.
Lo que Hazami no sabía es que, en la estricta etiqueta de los metamorfos de la nobleza, caer sobre un omega o un beta de alto rango en una posición tan "comprometedora" frente al Emperador, se consideraba una propuesta de matrimonio tácita o un deshonor que solo se limpiaba con el altar.
—¡Es un conejo, Levi! —había gritado Hazami en el despacho de su hermano, agitando su cola de leopardo con furia—. ¡Un conejo! ¡Mis hijos parecerán peluches!
—Es un Arlert, Hazami —respondió Levi, limpiando una mancha invisible de su escritorio con la frialdad de un témpano—. Tu error nos puso en una situación política delicada. Además, tienes diecinueve años, ya es hora de que dejes de pelearte con Annie Leonhart en los pasillos y sientes cabeza. Te casas con el conejo y punto.
Y así, Hazami se encontró caminando hacia el altar. Sus amigos, Pieck y Porco, intentaron consolarla, aunque Porco no paraba de reírse por lo bajo.
—Míralo por el lado bueno, Hazami —le susurró Pieck, bostezando—. Los conejos son... tranquilos. Podrás pedirle el divorcio en un par de meses alegando "incompatibilidad de instintos".
Ese era el plan. Hazami, con su metro cincuenta y cinco de pura fibra muscular de leopardo, ojos violetas gélidos y una reputación de ser más dura que el acero, planeaba ignorar al pequeño Armin Arlert durante toda la noche de bodas. Armin era bajito (apenas unos centímetros más alto que ella), rubio, con unas orejas blancas de conejo que temblaban ante el menor ruido y una timidez que le hacía tartamudear.
"Es virgen, es tímido y probablemente se desmaye si le gruño", pensó Hazami mientras entraban a la alcoba nupcial tras la ceremonia.
La habitación estaba iluminada por velas tenues. Armin se veía pequeño sentado en el borde de la cama, jugueteando con las mangas de su túnica de seda. Sus ojos azules evitaban los de Hazami.
—Yo... Hazami... —comenzó Armin con voz suave—. Sé que esto no es lo que querías.
Hazami se cruzó de brazos, su cola de leopardo golpeando rítmicamente su pierna.
—Escucha, Arlert. Mañana mismo buscaré un abogado. Consumaremos esto de palabra y luego cada quien por su lado. No voy a acostarme con alguien que se asusta de su propia sombra.
Armin levantó la vista. Por un segundo, el brillo en sus ojos no pareció timidez. Fue algo más oscuro, algo calculador.
—¿Crees que soy débil porque soy un conejo? —preguntó Armin, poniéndose de pie con una lentitud que Hazami encontró extrañamente inquietante.
—Eres una presa, yo soy un depredador —sentenció ella con arrogancia—. Es la ley natural.
Armin se acercó a ella. Hazami no retrocedió, pero sintió un escalofrío cuando él puso una mano sobre la pared, atrapándola entre su cuerpo y la madera.
—¿Sabías que los conejos tenemos una reputación, Hazami? —le susurró al oído, y su voz ya no temblaba. Era profunda, aterciopelada y cargada de una intención que la hizo humedecerse instantáneamente contra su voluntad—. Somos pequeños, pero tenemos una energía... inagotable. Y tú me has estado ignorando toda la noche. Eso no es muy amable.
—¿Qué estás...? —Hazami no pudo terminar la frase.
Armin la besó. No fue un beso tímido de conejo de campo. Fue un asalto. Sus labios eran expertos, su lengua reclamó su boca con una autoridad que la dejó aturdida. Antes de que pudiera reaccionar, Armin la había cargado y arrojado sobre las sábanas de seda.
—¡Oye! —protestó ella, intentando recuperar su compostura de leopardo—. ¡Te dije que no!
—Dijiste que querías a alguien fuerte —dijo Armin, desabrochándose la túnica para revelar un torso sorprendentemente definido, aunque delgado—. Déjame mostrarte que la fuerza no solo está en los colmillos, Hazami.
Lo que siguió fue un borrón de lujuria desenfrenada que Hazami no habría creído posible ni en sus fantasías más salvajes.
Armin Arlert era un monstruo.
—¡Ah...! ¡Armin, espera! —gimió Hazami, con la espalda arqueada mientras él la embestía con una velocidad rítmica y violenta—. ¡Es demasiado... eres demasiado rápido!
—Los conejos somos rápidos, ¿no es así? —le susurró él, mordiéndole el lóbulo de la oreja mientras sus manos la sujetaban con una fuerza que no sabía que poseía—. Pero no te preocupes, tengo cuerda para toda la noche. Y la siguiente.
—¡Maldito... ahhh! ¡No pares! ¡Sí, ahí! —Hazami clavó sus uñas en la espalda de Armin, perdiendo por completo su frialdad. Sus ojos violetas estaban nublados de puro placer—. ¡Más... dame más!
Armin no se detuvo. Cada vez que Hazami pensaba que él había terminado, el conejo parecía recargarse en cuestión de segundos. La folló en todas las posiciones imaginables. La puso a cuatro patas, tirando de su cola de leopardo mientras la penetraba hasta el fondo, haciéndola aullar de placer.
—¡Oh, Dios! ¡Armin! ¡Voy a... ahhh! —Hazami se estremeció cuando sintió la primera descarga de Armin dentro de ella. Fue cálida, abundante, casi excesiva.
—No hemos terminado —dijo él con una sonrisa que ya no tenía nada de inocente—. Apenas vamos por la quinta ronda.
—¿La quinta? —jadeó ella, exhausta—. Pero si apenas han pasado dos horas...
—Te dije que somos inagotables.
La noche se convirtió en un maratón de gemidos y fluidos. Hazami perdió la cuenta después de la décima vez. Su cuerpo se sentía eléctrico, cada nervio disparado. Armin le decía palabras sucias al oído, llamándola su "gatita fértil" y jurando que no la dejaría salir de la cama hasta que estuviera completamente llena de él.
—¡Ahhh! ¡M-me duele de lo bueno que es! —gritaba Hazami, con las piernas temblando sobre los hombros de Armin—. ¡Armin, ya basta... me vas a romper!
—No te romperás —respondió él, embistiendo con renovado vigor—. Eres una Ackerman, ¿verdad? Aguanta un poco más.
Para cuando el sol comenzó a filtrarse por las cortinas, Hazami estaba en un estado de estupor orgásmico. Se sentía pesada, su vientre se sentía extrañamente lleno y el aroma de Armin —un olor a hierba fresca y almizcle— estaba impregnado en cada poro de su piel. Armin, por su parte, se veía radiante, apenas sudado, abrazándola por la cintura mientras sus orejas de conejo descansaban relajadas.
—¿Seguimos pensando en el divorcio? —preguntó Armin con una voz ronca y satisfecha.
Hazami solo pudo emitir un gemido ininteligible, demasiado cansada para incluso mover la cola.
***
Dos semanas después.
Hazami estaba sentada en el jardín de la mansión Arlert, mirando con odio un plato de ensalada. A su lado, Pieck la observaba con curiosidad.
—Te ves... diferente, Hazami —comentó Pieck—. ¿Más brillante?
—Me siento como si un carruaje me hubiera pasado por encima —gruñó Hazami—. Y no dejo de tener hambre.
En ese momento, Armin apareció en el jardín, conversando animadamente con Eren y Mikasa. Al ver a Hazami, le lanzó una mirada que la hizo sonrojar hasta la punta de las orejas. El pequeño "conejo tímido" resultó ser un maestro del chantaje emocional y un sádico en el dormitorio. Si ella intentaba mencionar el divorcio, él simplemente la miraba con ojos de cachorro herido hasta que ella cedía, o peor, la arrastraba a la habitación para "discutirlo en privado".
—¡Hazami! —llamó Armin, acercándose—. El médico de la corte ha llegado para tu chequeo.
—No necesito un médico, solo estoy cansada —protestó ella.
—Hazami, has estado vomitando todas las mañanas y tu vientre está... —Armin hizo un gesto hacia su cintura.
El médico, un hombre mayor de raza búho, le tomó el pulso y le revisó las pupilas. Luego, soltó una risita.
—Bueno, Lady Hazami, parece que los rumores sobre la vitalidad de los Arlert son ciertos.
—¿Qué quiere decir? —preguntó ella con un mal presentimiento.
—Está preñada —anunció el médico—. Y dado el tamaño de la matriz en tan poco tiempo... yo diría que no es solo uno. Los conejos suelen tener camadas, ¿sabe? Prepárese para al menos cuatro o cinco pequeños leopardos con orejas largas.
Hazami se quedó de piedra. Porco, que acababa de llegar con una botella de vino, escupió toda la bebida sobre los zapatos de Eren.
—¿Cinco? —susurró Hazami, mirando su vientre aún plano—. ¡Cinco! ¡Maldito conejo! ¡Te dije que salieras!
Armin, lejos de verse preocupado, la rodeó con sus brazos y le dio un beso en la mejilla, con una sonrisa de absoluta victoria.
—Te dije que somos muy eficientes en la reproducción, querida —dijo Armin—. Parece que el divorcio tendrá que esperar... unos dieciocho años, al menos.
Hazami quería golpearlo, quería usar sus instintos de depredador para darle una lección, pero cuando él le acarició el vientre y sus orejas de conejo rozaron su mejilla, solo pudo suspirar y hundir la cara en su cuello.
—Te odio, Arlert —murmuró ella, aunque su cola de leopardo se enroscó cariñosamente en la pierna de él.
—Yo también te quiero, Hazami. Por cierto, Annie me preguntó si querías consejos sobre maternidad.
—¡Dile a esa narizona que se vaya al infierno! —gritó Hazami, recuperando un poco de su fuego—. ¡Mis hijos serán los mejores guerreros del imperio, aunque tengan orejas de peluche!
Armin rió, sabiendo que, aunque Hazami Ackerman fuera un leopardo peligroso, él había logrado atraparla en la trampa más antigua del mundo: la de un conejo que sabía exactamente cómo conseguir lo que quería. Y lo que quería era una familia numerosa y una esposa que, a pesar de sus quejas, no dejaba de buscar su calor cada noche.
