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Pasión
Fandom: Attack on titan
Created: 5/28/2026
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RomanceAU (Alternate Universe)HumorFantasyCrack / Parody HumorExplicit LanguageUnplanned/Unwanted PregnancyCurtainfic / Domestic Story
El conejo que resultó ser un lobo
El salón del Ducado de los Ackerman estaba sumido en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el rítmico golpeteo del pie de Levi contra el suelo de mármol. Hazami Ackerman, con sus orejas de leopardo gachas y su larga cola negra moviéndose con nerviosismo de un lado a otro, evitaba a toda costa la mirada de acero de su hermano mayor.
—Explícamelo otra vez, Hazami —dijo Levi con una voz peligrosamente calmada—. Explícame cómo, en medio de una gala diplomática, terminaste firmando un contrato de vinculación matrimonial con el heredero de la casa Arlert porque "el papel olía a sándalo y pensaste que era una lista de postres".
Hazami se encogió de hombros, sus ojos violetas brillando con una mezcla de vergüenza y terquedad.
—Tenía hambre, Levi. Y el papel estaba junto a los canapés. Además, Armin Arlert estaba allí parado con esa cara de que no rompe un plato, distrayéndome con sus datos sobre la rotación de cultivos. No leí la letra pequeña.
—Es un conejo, Hazami —suspiró Levi, frotándose las sienes—. Un conejo de 1.68 metros que se sonroja si le mencionas la palabra "tobillo". Eres una leopardo. Eres la guerrera más fría y letal de nuestra estirpe. ¿Cómo se supone que voy a presentar esto ante el consejo?
—¡No es mi culpa que los Arlert tengan un sello tan elegante! —exclamó ella, cruzándose de brazos—. Pero no te preocupes. Me casaré con él para salvar el honor de la familia, y en cuanto pase la luna de miel, inventaré cualquier excusa para el divorcio. Diré que es alérgico a mis manchas o algo así. Ni loca voy a permitir que ese conejo me toque.
En una esquina del salón, Porco Galliard y Pieck Finger observaban la escena. Porco soltó una carcajada que le valió una mirada asesina de Hazami.
—Un conejo, Hazami... —se burló Porco, moviendo sus propias orejas de león—. Te va a dar un infarto de aburrimiento. Ese chico se la pasa leyendo libros con Eren y Mikasa. Apuesto a que su idea de una noche salvaje es comer lechuga orgánica bajo la luz de la luna.
—Cállate, Porco —masculló Hazami—. Haré el sacrificio por el apellido, pero ese matrimonio no se va a consumar. Soy virgen y pienso seguir siéndolo hasta encontrar a alguien que al menos pueda ganarme en un duelo de espadas, no a alguien que pide permiso para respirar.
***
La boda fue rápida, eficiente y, para Hazami, una tortura de encaje y formalidades. Armin Arlert, con sus suaves orejas de conejo blanco asomando entre su cabello rubio, temblaba visiblemente mientras intercambiaban los votos. Se veía tan pequeño y frágil al lado de la imponente elegancia de Hazami, a pesar de que él era unos centímetros más alto.
—Yo... yo prometo cuidarte, Hazami-san —susurró Armin, evitando su mirada violeta.
—Sí, sí, lo que digas, conejito —respondió ella con frialdad, pensando ya en los papeles del divorcio que redactaría a la mañana siguiente.
Después del banquete, donde Annie Leonhart le lanzó miradas de desprecio que Hazami devolvió con creces, la pareja fue conducida a la habitación nupcial en el ala este del castillo.
Hazami entró primero, quitándose la pesada capa de piel. Se giró hacia Armin, dispuesta a establecer las reglas de su "no-relación".
—Escucha bien, Arlert. Tú dormirás en ese sofá y yo en la cama. No quiero que me toques, no quiero que me hables y, sobre todo, no quiero que pienses que esto es real. Mañana mismo...
—¿Mañana mismo qué, Hazami? —La voz de Armin ya no temblaba.
Hazami se quedó helada. Armin había cerrado la puerta con llave y, por primera vez, la miraba directamente a los ojos. No había rastro de la timidez de hace una hora. Sus ojos azules brillaban con una intensidad depredadora que no cuadraba con su naturaleza de herbívoro.
—Mañana pediremos el divorcio —declaró ella, aunque su cola de leopardo se erizó por instinto.
—Oh, no creo que eso sea posible —dijo Armin, acercándose con paso lento y seguro—. Verás, el contrato que firmaste tiene una cláusula de "consumación obligatoria" para ser válido ante la Iglesia de los Muros. Y como bien sabes, soy un excelente negociador... o chantajeador, según a quién le preguntes. Si no consumamos hoy, tu hermano perderá los derechos sobre las tierras del sur.
Hazami retrocedió hasta que su espalda chocó contra el poste de la cama.
—¿Tú... tú planeaste esto? —preguntó ella, incrédula.
—Digamos que cuando vi a la hermosa y letal Hazami Ackerman interesada en mi "lista de postres", no pude evitar aprovechar la oportunidad —Armin se desató la corbata con una mano—. Los conejos podemos parecer indefensos, esposa mía, pero tenemos una energía... inagotable.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Armin la tomó por la cintura y la lanzó sobre el colchón con una fuerza que ella no esperaba.
—¡Suéltame, maldito roedor! —rugió Hazami, intentando patearlo, pero Armin atrapó sus tobillos con una rapidez asombrosa.
—Shh... —susurró él al oído de ella, su aliento caliente enviando escalofríos por la columna de la leopardo—. Vas a aprender por qué dicen que los de mi especie somos los mejores amantes de este reino.
Lo que siguió fue una noche que Hazami jamás olvidaría. Armin no era el joven tímido que todos creían. En cuanto su piel blanca entró en contacto con la de ella, el instinto animal de Armin se desató.
—¡Ah! ¡Espera, Armin! ¡Es demasiado...! —gimió Hazami cuando él entró en ella sin previo aviso, rompiendo su inocencia con una urgencia que la dejó sin aliento.
—¿Demasiado qué? —gruñó Armin, embistiendo con una cadencia rítmica y poderosa—. ¿Demasiado para una gran leopardo? Pensé que eras fuerte, Hazami. ¡Muéstrame esa fuerza mientras te lleno!
—¡Ahhh... mmmh... maldito...! —Hazami clavó sus uñas en la espalda de Armin, sus orejas de leopardo moviéndose frenéticamente—. ¡No te detengas... ah!
Pero Armin no se detuvo. Ni después de la primera vez, ni después de la quinta. Cada vez que Hazami pensaba que él había terminado, el conejo parecía recuperar sus energías en cuestión de segundos.
—Eres tan estrecha... —le decía Armin al oído, su voz volviéndose sucia y ronca—. Me encanta cómo te estremeces cuando me corro dentro de ti. Voy a dejarte tan llena de mí que no podrás ni caminar mañana.
—¡Ah, sí! ¡Más... Armin, por favor! —gritaba Hazami, perdiendo toda su frialdad. Su cuerpo, traidor, respondía a cada embestida del rubio—. ¡Ahh, ahh, ahh! ¡M-me voy a...!
—Hazlo, perrita de monte. Grita mi nombre mientras te preño —decía él, aumentando la velocidad hasta que Hazami solo podía ver estrellas.
La habitación olía a sexo y a feromonas intensas. Armin la poseyó en todas las posiciones imaginables: sobre la cama, contra el ventanal, incluso en la alfombra frente a la chimenea. Hazami perdió la cuenta de las rondas. ¿Habían sido veinte? ¿Treinta? El sol empezaba a asomar por el horizonte y Armin seguía embistiéndola con la misma fuerza que al principio.
—¡Armin! ¡Ya basta... no puedo más! —suplicó ella, con las piernas temblando y su vientre sintiéndose pesado y caliente por la cantidad de veces que él había eyaculado en su interior.
—Una más, Hazami. Solo una más... —dijo él, girándola para quedar detrás de ella, tirando suavemente de sus orejas de leopardo—. Los conejos no nos rendimos tan fácilmente.
***
Dos semanas después.
Hazami estaba sentada en el jardín privado de los Ackerman, con una expresión de absoluto shock en el rostro. A su lado, Pieck observaba los resultados del médico real.
—Vaya, Hazami... —dijo Pieck, rascándose una oreja de perro—. Sabía que los Arlert eran eficientes, pero esto es otro nivel.
—No puede ser verdad —susurró Hazami, tocándose el vientre, que ya se sentía ligeramente hinchado—. ¡Solo fue una noche! ¡Una maldita noche!
—Bueno, técnicamente fueron como doce horas seguidas de apareamiento —recordó Porco, apareciendo detrás de ellas con una sonrisa burlona—. El médico dice que no es solo un bebé. Los conejos suelen tener... camadas.
—¡Voy a matar a ese rubio! —gritó Hazami, aunque su rostro estaba encendido de un rojo intenso—. ¡Me dejó preñada de cuatro bebés! ¡Cuatro!
En ese momento, Armin entró al jardín, luciendo su habitual máscara de timidez y dulzura, aunque con un brillo de satisfacción en los ojos que solo Hazami podía identificar.
—Hola, querida —dijo Armin, acercándose para darle un beso en la mejilla—. He traído estas fresas para ti. El médico dice que necesitas muchas vitaminas para nuestros pequeños.
Hazami intentó poner su cara más fría, pero al ver la sonrisa de Armin, sus orejas de leopardo se curvaron hacia arriba involuntariamente.
—Eres un tramposo, Arlert —masculló ella, aceptando una fresa—. Un chantajista y un animal insaciable.
Armin se inclinó y le susurró al oído, de modo que solo ella pudiera oírlo:
—Y aun así, anoche estabas pidiendo por más mientras me rogabas que no parara. ¿Quieres que les cuente a tus amigos cómo gritabas mi nombre?
Hazami se atragantó con la fresa, su cara ardiendo.
—¡Cállate! —le siseó, dándole un codazo débil—. No habrá divorcio... por ahora. Pero ni creas que esto será fácil para ti.
Armin sonrió, rodeando la cintura de su esposa con un brazo protector.
—Oh, lo sé. Pero tengo toda una vida para convencerte. Y con cuatro hijos en camino, creo que necesitaremos practicar mucho más para el futuro.
Hazami suspiró, dejándose caer contra el pecho del "débil" conejo. Había cometido un error terrible al firmar aquel papel, pero viendo la mirada astuta y apasionada de su esposo, empezó a pensar que, tal vez, tener una camada de pequeños conejos-leopardos no sería el fin del mundo.
Aunque, definitivamente, Levi iba a necesitar un té muy fuerte cuando se enterara de que iba a ser tío de cuatro sobrinos de golpe.
—Explícamelo otra vez, Hazami —dijo Levi con una voz peligrosamente calmada—. Explícame cómo, en medio de una gala diplomática, terminaste firmando un contrato de vinculación matrimonial con el heredero de la casa Arlert porque "el papel olía a sándalo y pensaste que era una lista de postres".
Hazami se encogió de hombros, sus ojos violetas brillando con una mezcla de vergüenza y terquedad.
—Tenía hambre, Levi. Y el papel estaba junto a los canapés. Además, Armin Arlert estaba allí parado con esa cara de que no rompe un plato, distrayéndome con sus datos sobre la rotación de cultivos. No leí la letra pequeña.
—Es un conejo, Hazami —suspiró Levi, frotándose las sienes—. Un conejo de 1.68 metros que se sonroja si le mencionas la palabra "tobillo". Eres una leopardo. Eres la guerrera más fría y letal de nuestra estirpe. ¿Cómo se supone que voy a presentar esto ante el consejo?
—¡No es mi culpa que los Arlert tengan un sello tan elegante! —exclamó ella, cruzándose de brazos—. Pero no te preocupes. Me casaré con él para salvar el honor de la familia, y en cuanto pase la luna de miel, inventaré cualquier excusa para el divorcio. Diré que es alérgico a mis manchas o algo así. Ni loca voy a permitir que ese conejo me toque.
En una esquina del salón, Porco Galliard y Pieck Finger observaban la escena. Porco soltó una carcajada que le valió una mirada asesina de Hazami.
—Un conejo, Hazami... —se burló Porco, moviendo sus propias orejas de león—. Te va a dar un infarto de aburrimiento. Ese chico se la pasa leyendo libros con Eren y Mikasa. Apuesto a que su idea de una noche salvaje es comer lechuga orgánica bajo la luz de la luna.
—Cállate, Porco —masculló Hazami—. Haré el sacrificio por el apellido, pero ese matrimonio no se va a consumar. Soy virgen y pienso seguir siéndolo hasta encontrar a alguien que al menos pueda ganarme en un duelo de espadas, no a alguien que pide permiso para respirar.
***
La boda fue rápida, eficiente y, para Hazami, una tortura de encaje y formalidades. Armin Arlert, con sus suaves orejas de conejo blanco asomando entre su cabello rubio, temblaba visiblemente mientras intercambiaban los votos. Se veía tan pequeño y frágil al lado de la imponente elegancia de Hazami, a pesar de que él era unos centímetros más alto.
—Yo... yo prometo cuidarte, Hazami-san —susurró Armin, evitando su mirada violeta.
—Sí, sí, lo que digas, conejito —respondió ella con frialdad, pensando ya en los papeles del divorcio que redactaría a la mañana siguiente.
Después del banquete, donde Annie Leonhart le lanzó miradas de desprecio que Hazami devolvió con creces, la pareja fue conducida a la habitación nupcial en el ala este del castillo.
Hazami entró primero, quitándose la pesada capa de piel. Se giró hacia Armin, dispuesta a establecer las reglas de su "no-relación".
—Escucha bien, Arlert. Tú dormirás en ese sofá y yo en la cama. No quiero que me toques, no quiero que me hables y, sobre todo, no quiero que pienses que esto es real. Mañana mismo...
—¿Mañana mismo qué, Hazami? —La voz de Armin ya no temblaba.
Hazami se quedó helada. Armin había cerrado la puerta con llave y, por primera vez, la miraba directamente a los ojos. No había rastro de la timidez de hace una hora. Sus ojos azules brillaban con una intensidad depredadora que no cuadraba con su naturaleza de herbívoro.
—Mañana pediremos el divorcio —declaró ella, aunque su cola de leopardo se erizó por instinto.
—Oh, no creo que eso sea posible —dijo Armin, acercándose con paso lento y seguro—. Verás, el contrato que firmaste tiene una cláusula de "consumación obligatoria" para ser válido ante la Iglesia de los Muros. Y como bien sabes, soy un excelente negociador... o chantajeador, según a quién le preguntes. Si no consumamos hoy, tu hermano perderá los derechos sobre las tierras del sur.
Hazami retrocedió hasta que su espalda chocó contra el poste de la cama.
—¿Tú... tú planeaste esto? —preguntó ella, incrédula.
—Digamos que cuando vi a la hermosa y letal Hazami Ackerman interesada en mi "lista de postres", no pude evitar aprovechar la oportunidad —Armin se desató la corbata con una mano—. Los conejos podemos parecer indefensos, esposa mía, pero tenemos una energía... inagotable.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Armin la tomó por la cintura y la lanzó sobre el colchón con una fuerza que ella no esperaba.
—¡Suéltame, maldito roedor! —rugió Hazami, intentando patearlo, pero Armin atrapó sus tobillos con una rapidez asombrosa.
—Shh... —susurró él al oído de ella, su aliento caliente enviando escalofríos por la columna de la leopardo—. Vas a aprender por qué dicen que los de mi especie somos los mejores amantes de este reino.
Lo que siguió fue una noche que Hazami jamás olvidaría. Armin no era el joven tímido que todos creían. En cuanto su piel blanca entró en contacto con la de ella, el instinto animal de Armin se desató.
—¡Ah! ¡Espera, Armin! ¡Es demasiado...! —gimió Hazami cuando él entró en ella sin previo aviso, rompiendo su inocencia con una urgencia que la dejó sin aliento.
—¿Demasiado qué? —gruñó Armin, embistiendo con una cadencia rítmica y poderosa—. ¿Demasiado para una gran leopardo? Pensé que eras fuerte, Hazami. ¡Muéstrame esa fuerza mientras te lleno!
—¡Ahhh... mmmh... maldito...! —Hazami clavó sus uñas en la espalda de Armin, sus orejas de leopardo moviéndose frenéticamente—. ¡No te detengas... ah!
Pero Armin no se detuvo. Ni después de la primera vez, ni después de la quinta. Cada vez que Hazami pensaba que él había terminado, el conejo parecía recuperar sus energías en cuestión de segundos.
—Eres tan estrecha... —le decía Armin al oído, su voz volviéndose sucia y ronca—. Me encanta cómo te estremeces cuando me corro dentro de ti. Voy a dejarte tan llena de mí que no podrás ni caminar mañana.
—¡Ah, sí! ¡Más... Armin, por favor! —gritaba Hazami, perdiendo toda su frialdad. Su cuerpo, traidor, respondía a cada embestida del rubio—. ¡Ahh, ahh, ahh! ¡M-me voy a...!
—Hazlo, perrita de monte. Grita mi nombre mientras te preño —decía él, aumentando la velocidad hasta que Hazami solo podía ver estrellas.
La habitación olía a sexo y a feromonas intensas. Armin la poseyó en todas las posiciones imaginables: sobre la cama, contra el ventanal, incluso en la alfombra frente a la chimenea. Hazami perdió la cuenta de las rondas. ¿Habían sido veinte? ¿Treinta? El sol empezaba a asomar por el horizonte y Armin seguía embistiéndola con la misma fuerza que al principio.
—¡Armin! ¡Ya basta... no puedo más! —suplicó ella, con las piernas temblando y su vientre sintiéndose pesado y caliente por la cantidad de veces que él había eyaculado en su interior.
—Una más, Hazami. Solo una más... —dijo él, girándola para quedar detrás de ella, tirando suavemente de sus orejas de leopardo—. Los conejos no nos rendimos tan fácilmente.
***
Dos semanas después.
Hazami estaba sentada en el jardín privado de los Ackerman, con una expresión de absoluto shock en el rostro. A su lado, Pieck observaba los resultados del médico real.
—Vaya, Hazami... —dijo Pieck, rascándose una oreja de perro—. Sabía que los Arlert eran eficientes, pero esto es otro nivel.
—No puede ser verdad —susurró Hazami, tocándose el vientre, que ya se sentía ligeramente hinchado—. ¡Solo fue una noche! ¡Una maldita noche!
—Bueno, técnicamente fueron como doce horas seguidas de apareamiento —recordó Porco, apareciendo detrás de ellas con una sonrisa burlona—. El médico dice que no es solo un bebé. Los conejos suelen tener... camadas.
—¡Voy a matar a ese rubio! —gritó Hazami, aunque su rostro estaba encendido de un rojo intenso—. ¡Me dejó preñada de cuatro bebés! ¡Cuatro!
En ese momento, Armin entró al jardín, luciendo su habitual máscara de timidez y dulzura, aunque con un brillo de satisfacción en los ojos que solo Hazami podía identificar.
—Hola, querida —dijo Armin, acercándose para darle un beso en la mejilla—. He traído estas fresas para ti. El médico dice que necesitas muchas vitaminas para nuestros pequeños.
Hazami intentó poner su cara más fría, pero al ver la sonrisa de Armin, sus orejas de leopardo se curvaron hacia arriba involuntariamente.
—Eres un tramposo, Arlert —masculló ella, aceptando una fresa—. Un chantajista y un animal insaciable.
Armin se inclinó y le susurró al oído, de modo que solo ella pudiera oírlo:
—Y aun así, anoche estabas pidiendo por más mientras me rogabas que no parara. ¿Quieres que les cuente a tus amigos cómo gritabas mi nombre?
Hazami se atragantó con la fresa, su cara ardiendo.
—¡Cállate! —le siseó, dándole un codazo débil—. No habrá divorcio... por ahora. Pero ni creas que esto será fácil para ti.
Armin sonrió, rodeando la cintura de su esposa con un brazo protector.
—Oh, lo sé. Pero tengo toda una vida para convencerte. Y con cuatro hijos en camino, creo que necesitaremos practicar mucho más para el futuro.
Hazami suspiró, dejándose caer contra el pecho del "débil" conejo. Había cometido un error terrible al firmar aquel papel, pero viendo la mirada astuta y apasionada de su esposo, empezó a pensar que, tal vez, tener una camada de pequeños conejos-leopardos no sería el fin del mundo.
Aunque, definitivamente, Levi iba a necesitar un té muy fuerte cuando se enterara de que iba a ser tío de cuatro sobrinos de golpe.
