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Fandom: Attack on titan
Created: 5/28/2026
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RomanceAU (Alternate Universe)FantasyPWP (Plot? What Plot?)Explicit LanguageCurtainfic / Domestic StoryHistoricalOmegaverseUnplanned/Unwanted Pregnancy
La maldición de la fertilidad del conejo
La fiesta de bodas había sido un suplicio de etiquetas, vestidos incómodos y la mirada gélida de su hermano Levi, que parecía decirle con cada parpadeo: «Ni se te ocurra arruinar esto, Hazami». La joven Ackerman, una leopardo de pura cepa, de movimientos gráciles y una fuerza que intimidaba a cualquiera, se encontraba ahora frente a la puerta de la habitación principal en la mansión de los Arlert.
Su situación era ridícula. Por un error de cálculo durante una misión diplomática —y quizás por haber bebido demasiado jugo de bayas fermentadas—, terminó comprometida legalmente con Armin Arlert. Armin, el chico que siempre estaba detrás de Eren y Mikasa. Armin, el metamorfo conejo de ojos azules y apariencia inofensiva que parecía que se iba a desmayar si alguien estornudaba muy fuerte cerca de él.
—Esto es temporal —se susurró Hazami a sí misma, ajustando su camisón de seda que se pegaba a sus curvas—. Mañana mismo invento que me fue infiel con una zanahoria y pido el divorcio. No puedo estar casada con una presa. Soy una depredadora, por el amor de Dios.
Entró a la habitación. Armin ya estaba allí, sentado en el borde de la enorme cama con dosel. Se había quitado la chaqueta del uniforme de gala, quedando solo en una camisa blanca impecable. Sus orejas de conejo, largas y de un rubio pálido, se movieron espasmódicamente cuando la escuchó entrar.
—H-Hazami... —Armin se puso de pie, luciendo tan nervioso que Hazami sintió ganas de bostezar—. La fiesta terminó. Los invitados se han ido.
—Sí, gracias por el reporte, Capitán Obvio —respondió ella con frialdad, cruzándose de brazos—. Escucha, conejo. Vamos a dormir. Tú en ese lado, yo en este. Mañana hablaremos de cómo deshacer este desastre sin que Levi me corte la cabeza.
Armin bajó la mirada, pero una pequeña y extraña sonrisa curvó sus labios. Una chispa que Hazami no reconoció cruzó sus ojos azules.
—Me temo que no es tan sencillo, Hazami —dijo Armin, su voz perdiendo un poco de esa timidez característica—. Sabes que en este ducado, si el matrimonio no se consuma la primera noche y los sirvientes no ven las sábanas mañana, el contrato se anula, pero la dote de los Ackerman se pierde y tu hermano quedaría en la ruina técnica.
Hazami gruñó. Malditas leyes medievales.
—Bien. Hagámoslo rápido. Diez minutos, una rutina estándar y a dormir. No esperes mucho de mí, no soy una mujer romántica.
Armin se acercó a ella. Hazami esperaba que él temblara al tocarla, pero cuando sus manos rodearon su cintura, la presión fue firme. Sorprendentemente firme.
—Diez minutos... —murmuró Armin cerca de su oído, y Hazami sintió un escalofrío—. Hazami, ¿alguna vez has escuchado sobre los instintos de los de mi especie cuando llega la temporada de apareamiento?
—¿Qué? ¿Comer mucha lechuga? —se burló ella, aunque su corazón empezó a latir rápido.
—No exactamente.
De repente, Armin la empujó con una fuerza que ella no creía que poseyera, derribándola sobre el colchón de plumas. Antes de que pudiera reaccionar con sus reflejos de leopardo, él ya estaba encima de ella, atrapando sus muñecas sobre su cabeza.
—¡Oye! ¿Qué crees que haces, conejo tonto? —exclamó ella, forcejeando.
—Voy a cumplir con mi deber de esposo —dijo Armin. Su mirada era distinta; ya no era el chico tímido, era algo hambriento—. Y te advierto una cosa: los leopardos pueden ser fuertes, pero nosotros tenemos resistencia. Mucha resistencia.
Lo que siguió fue un torbellino que Hazami no pudo procesar. Armin la besó con una urgencia que le robó el aliento, su lengua explorando su boca con una autoridad que la dejó aturdida. Cuando él bajó a su cuello, mordisqueando la piel sensible cerca de sus orejas de felino, Hazami soltó un gemido que intentó ahogar.
—¡Ah...! Armin, espera... esto... —Las palabras se perdieron cuando sintió la mano de Armin bajar por su muslo, levantando la seda de su camisón.
—¿No querías terminar rápido? —susurró él contra su piel, su voz volviéndose ronca y sucia—. Quédate quieta y abre las piernas para tu marido, gatita.
—¿Gatita? ¡Soy un leopardo, maldito...! ¡Ahhh! —El insulto se convirtió en un grito agudo cuando Armin entró en ella de una sola estocada, sin previo aviso.
Hazami arqueó la espalda, sus garras saliendo instintivamente y clavándose en los hombros de Armin. Estaba lleno, era cálido y... era demasiado. Mucho más de lo que ella esperaba de alguien con orejas tan adorables.
—¡Maldita sea, Armin! —gemía ella, mientras él empezaba a moverse con un ritmo frenético—. ¡Ah, ah, despacio! ¡Me vas a romper!
—No te voy a romper —respondió él, aumentando la velocidad. Sus orejas de conejo se agitaban con cada embestida—. Solo voy a asegurarme de que no pienses en el divorcio mañana. Te voy a llenar tanto que no podrás ni caminar.
—¡Ah, sí! ¡Más... dame más! —Hazami perdió toda su fachada de chica fría. Su cola de leopardo se enredó con fuerza en la pierna de Armin—. ¡Oh, Dios, Armin! ¡Ahí, justo ahí!
El primer orgasmo la golpeó como un rayo, y apenas un segundo después, sintió el calor de Armin inundándola por completo. Él se corrió dentro de ella con un gruñido, pero no se detuvo. Ni siquiera se salió.
—Una ronda menos —dijo él, jadeando levemente mientras volvía a besarla.
—¿Una? ¿A qué te refieres con...? —Hazami no pudo terminar. Armin ya estaba duro de nuevo, como si nada hubiera pasado, y reinició el bombardeo de embestidas.
Pasaron las horas. La luna se movía en el cielo y los gritos de Hazami no cesaban.
—¡Ahhh! ¡Ya basta! ¡Es la quinta vez! —suplicó ella, con el cabello negro desparramado por toda la almohada y la piel sudorosa.
—¿Solo cinco? Apenas estamos calentando —dijo Armin, volteándola para quedar detrás de ella. La tomó por la cintura y la levantó, dejándola en cuatro patas—. Mira cómo estás, Hazami. Estás goteando mi semen por todos tus muslos. Te ves hermosa así de sucia.
—¡Cállate! —gritó ella, aunque su cuerpo traidor vibraba de placer—. ¡Eres un pervertido! ¡Un conejo pervertido! ¡Ah, ah, ah! ¡Más profundo, Armin! ¡Por favor!
—Pídemelo bien —le ordenó él, dándole un azote en las nalgas que dejó una marca roja—. Di: "Lléname, Armin".
Hazami apretó los dientes, pero el placer era insoportable.
—¡Lléname! ¡Lléname, maldito conejo! ¡Ahhh!
Armin volvió a eyacular dentro de ella, un chorro caliente que la hizo temblar de pies a cabeza. Pero para horror y deleite de Hazami, él no mostraba signos de cansancio. Era como una máquina.
—¿Cuántas van? —preguntó Hazami en un momento de la madrugada, con la voz ya ronca de tanto gemir. Estaba acostada de lado, mientras Armin le devoraba un pecho y le masturbaba el clítoris con una agilidad experta.
—Perdí la cuenta en la doce —respondió él con una sonrisa angelical que contrastaba con su mano moviéndose frenéticamente entre las piernas de ella—. Pero creo que vamos por la veinte.
—¿Veinte? —Hazami abrió los ojos de par en par—. Armin, me vas a dejar embarazada de una camada entera. ¡Para!
—¿Por qué pararía? —Él se posicionó de nuevo, separando sus piernas con brusquedad—. Todavía tienes espacio para más. Quiero que mañana, cuando te despiertes, sientas mi peso dentro de ti. Quiero que cada vez que des un paso, recuerdes que eres mía.
—¡Ah, mmmhh! ¡Armin! ¡Sí, ahí! ¡No pares, no pares! —Hazami se aferró a las sábanas, su cuerpo convulsionando mientras Armin la penetraba con una fuerza bruta, sus palabras sucias llenándole los oídos.
—Eres mi pequeña gatita obediente —le decía él al oído mientras la embestía—. Tan ruda en la fiesta, y ahora mira cómo suplicas por mi polla. Te gusta que este conejo te use como su nido, ¿verdad?
—¡Sí! ¡Me gusta! ¡Ahhh! ¡Me rindo, Armin! ¡Eres más fuerte que yo! —admitió ella finalmente, alcanzando otro clímax explosivo mientras sentía, por vigésima vez esa noche, el fluido caliente de Armin llenando su vientre hasta el tope.
Cuando los primeros rayos de sol empezaron a filtrarse por la ventana, la habitación era un desastre. Ropa rasgada, almohadas en el suelo y un olor penetrante a sexo y almizcle.
Hazami estaba boca abajo, completamente agotada, sintiéndose como si un camión le hubiera pasado por encima. No podía mover ni un dedo. Entre sus piernas, una mezcla de su propio flujo y el exceso de semen de Armin rebosaba y manchaba las sábanas de seda.
Armin, por el contrario, se veía extrañamente fresco. Se había sentado y se estaba acomodando el cabello rubio, sus orejas de conejo dándose un pequeño sacudón de satisfacción.
—Buenos días, esposa —dijo él, dándole un beso tierno en la mejilla.
Hazami intentó decir algo, pero solo le salió un gemido ronco.
—¿Decías algo sobre el divorcio anoche? —preguntó Armin con un tono burlón.
Hazami logró girar la cabeza un poco para mirarlo con sus ojos violetas, que ahora estaban nublados por el cansancio y algo que se parecía sospechosamente a la sumisión.
—Cállate... —susurró ella—. No puedo ni levantarme para pedir los papeles.
—Me alegra oírlo —Armin se estiró como un gato, aunque fuera un conejo—. Porque técnicamente la temporada de apareamiento dura tres días más. Así que descansa media hora, Hazami. Necesitas recuperar energías para la siguiente ronda.
Hazami abrió los ojos como platos.
—¿Media hora? ¡Armin, por favor, ten piedad! ¡Soy un leopardo, no una fábrica de bebés!
—Un leopardo que ahora me pertenece —dijo él, volviendo a meterse bajo las sábanas y atrayéndola hacia su cuerpo—. Y todavía no te he dejado lo suficientemente llena.
Hazami cerró los ojos, aceptando su destino. Levi tenía razón, Armin era el esposo perfecto para ella... solo que por razones que su hermano nunca se habría imaginado. El conejo resultó ser un depredador en la cama, y ella, la gran Hazami Ackerman, acababa de ser domada de la manera más placentera y exhaustiva posible.
—Malditos conejos... —murmuró ella antes de que los labios de Armin volvieran a sellar los suyos, iniciando la ronda número veintiuno.
Su situación era ridícula. Por un error de cálculo durante una misión diplomática —y quizás por haber bebido demasiado jugo de bayas fermentadas—, terminó comprometida legalmente con Armin Arlert. Armin, el chico que siempre estaba detrás de Eren y Mikasa. Armin, el metamorfo conejo de ojos azules y apariencia inofensiva que parecía que se iba a desmayar si alguien estornudaba muy fuerte cerca de él.
—Esto es temporal —se susurró Hazami a sí misma, ajustando su camisón de seda que se pegaba a sus curvas—. Mañana mismo invento que me fue infiel con una zanahoria y pido el divorcio. No puedo estar casada con una presa. Soy una depredadora, por el amor de Dios.
Entró a la habitación. Armin ya estaba allí, sentado en el borde de la enorme cama con dosel. Se había quitado la chaqueta del uniforme de gala, quedando solo en una camisa blanca impecable. Sus orejas de conejo, largas y de un rubio pálido, se movieron espasmódicamente cuando la escuchó entrar.
—H-Hazami... —Armin se puso de pie, luciendo tan nervioso que Hazami sintió ganas de bostezar—. La fiesta terminó. Los invitados se han ido.
—Sí, gracias por el reporte, Capitán Obvio —respondió ella con frialdad, cruzándose de brazos—. Escucha, conejo. Vamos a dormir. Tú en ese lado, yo en este. Mañana hablaremos de cómo deshacer este desastre sin que Levi me corte la cabeza.
Armin bajó la mirada, pero una pequeña y extraña sonrisa curvó sus labios. Una chispa que Hazami no reconoció cruzó sus ojos azules.
—Me temo que no es tan sencillo, Hazami —dijo Armin, su voz perdiendo un poco de esa timidez característica—. Sabes que en este ducado, si el matrimonio no se consuma la primera noche y los sirvientes no ven las sábanas mañana, el contrato se anula, pero la dote de los Ackerman se pierde y tu hermano quedaría en la ruina técnica.
Hazami gruñó. Malditas leyes medievales.
—Bien. Hagámoslo rápido. Diez minutos, una rutina estándar y a dormir. No esperes mucho de mí, no soy una mujer romántica.
Armin se acercó a ella. Hazami esperaba que él temblara al tocarla, pero cuando sus manos rodearon su cintura, la presión fue firme. Sorprendentemente firme.
—Diez minutos... —murmuró Armin cerca de su oído, y Hazami sintió un escalofrío—. Hazami, ¿alguna vez has escuchado sobre los instintos de los de mi especie cuando llega la temporada de apareamiento?
—¿Qué? ¿Comer mucha lechuga? —se burló ella, aunque su corazón empezó a latir rápido.
—No exactamente.
De repente, Armin la empujó con una fuerza que ella no creía que poseyera, derribándola sobre el colchón de plumas. Antes de que pudiera reaccionar con sus reflejos de leopardo, él ya estaba encima de ella, atrapando sus muñecas sobre su cabeza.
—¡Oye! ¿Qué crees que haces, conejo tonto? —exclamó ella, forcejeando.
—Voy a cumplir con mi deber de esposo —dijo Armin. Su mirada era distinta; ya no era el chico tímido, era algo hambriento—. Y te advierto una cosa: los leopardos pueden ser fuertes, pero nosotros tenemos resistencia. Mucha resistencia.
Lo que siguió fue un torbellino que Hazami no pudo procesar. Armin la besó con una urgencia que le robó el aliento, su lengua explorando su boca con una autoridad que la dejó aturdida. Cuando él bajó a su cuello, mordisqueando la piel sensible cerca de sus orejas de felino, Hazami soltó un gemido que intentó ahogar.
—¡Ah...! Armin, espera... esto... —Las palabras se perdieron cuando sintió la mano de Armin bajar por su muslo, levantando la seda de su camisón.
—¿No querías terminar rápido? —susurró él contra su piel, su voz volviéndose ronca y sucia—. Quédate quieta y abre las piernas para tu marido, gatita.
—¿Gatita? ¡Soy un leopardo, maldito...! ¡Ahhh! —El insulto se convirtió en un grito agudo cuando Armin entró en ella de una sola estocada, sin previo aviso.
Hazami arqueó la espalda, sus garras saliendo instintivamente y clavándose en los hombros de Armin. Estaba lleno, era cálido y... era demasiado. Mucho más de lo que ella esperaba de alguien con orejas tan adorables.
—¡Maldita sea, Armin! —gemía ella, mientras él empezaba a moverse con un ritmo frenético—. ¡Ah, ah, despacio! ¡Me vas a romper!
—No te voy a romper —respondió él, aumentando la velocidad. Sus orejas de conejo se agitaban con cada embestida—. Solo voy a asegurarme de que no pienses en el divorcio mañana. Te voy a llenar tanto que no podrás ni caminar.
—¡Ah, sí! ¡Más... dame más! —Hazami perdió toda su fachada de chica fría. Su cola de leopardo se enredó con fuerza en la pierna de Armin—. ¡Oh, Dios, Armin! ¡Ahí, justo ahí!
El primer orgasmo la golpeó como un rayo, y apenas un segundo después, sintió el calor de Armin inundándola por completo. Él se corrió dentro de ella con un gruñido, pero no se detuvo. Ni siquiera se salió.
—Una ronda menos —dijo él, jadeando levemente mientras volvía a besarla.
—¿Una? ¿A qué te refieres con...? —Hazami no pudo terminar. Armin ya estaba duro de nuevo, como si nada hubiera pasado, y reinició el bombardeo de embestidas.
Pasaron las horas. La luna se movía en el cielo y los gritos de Hazami no cesaban.
—¡Ahhh! ¡Ya basta! ¡Es la quinta vez! —suplicó ella, con el cabello negro desparramado por toda la almohada y la piel sudorosa.
—¿Solo cinco? Apenas estamos calentando —dijo Armin, volteándola para quedar detrás de ella. La tomó por la cintura y la levantó, dejándola en cuatro patas—. Mira cómo estás, Hazami. Estás goteando mi semen por todos tus muslos. Te ves hermosa así de sucia.
—¡Cállate! —gritó ella, aunque su cuerpo traidor vibraba de placer—. ¡Eres un pervertido! ¡Un conejo pervertido! ¡Ah, ah, ah! ¡Más profundo, Armin! ¡Por favor!
—Pídemelo bien —le ordenó él, dándole un azote en las nalgas que dejó una marca roja—. Di: "Lléname, Armin".
Hazami apretó los dientes, pero el placer era insoportable.
—¡Lléname! ¡Lléname, maldito conejo! ¡Ahhh!
Armin volvió a eyacular dentro de ella, un chorro caliente que la hizo temblar de pies a cabeza. Pero para horror y deleite de Hazami, él no mostraba signos de cansancio. Era como una máquina.
—¿Cuántas van? —preguntó Hazami en un momento de la madrugada, con la voz ya ronca de tanto gemir. Estaba acostada de lado, mientras Armin le devoraba un pecho y le masturbaba el clítoris con una agilidad experta.
—Perdí la cuenta en la doce —respondió él con una sonrisa angelical que contrastaba con su mano moviéndose frenéticamente entre las piernas de ella—. Pero creo que vamos por la veinte.
—¿Veinte? —Hazami abrió los ojos de par en par—. Armin, me vas a dejar embarazada de una camada entera. ¡Para!
—¿Por qué pararía? —Él se posicionó de nuevo, separando sus piernas con brusquedad—. Todavía tienes espacio para más. Quiero que mañana, cuando te despiertes, sientas mi peso dentro de ti. Quiero que cada vez que des un paso, recuerdes que eres mía.
—¡Ah, mmmhh! ¡Armin! ¡Sí, ahí! ¡No pares, no pares! —Hazami se aferró a las sábanas, su cuerpo convulsionando mientras Armin la penetraba con una fuerza bruta, sus palabras sucias llenándole los oídos.
—Eres mi pequeña gatita obediente —le decía él al oído mientras la embestía—. Tan ruda en la fiesta, y ahora mira cómo suplicas por mi polla. Te gusta que este conejo te use como su nido, ¿verdad?
—¡Sí! ¡Me gusta! ¡Ahhh! ¡Me rindo, Armin! ¡Eres más fuerte que yo! —admitió ella finalmente, alcanzando otro clímax explosivo mientras sentía, por vigésima vez esa noche, el fluido caliente de Armin llenando su vientre hasta el tope.
Cuando los primeros rayos de sol empezaron a filtrarse por la ventana, la habitación era un desastre. Ropa rasgada, almohadas en el suelo y un olor penetrante a sexo y almizcle.
Hazami estaba boca abajo, completamente agotada, sintiéndose como si un camión le hubiera pasado por encima. No podía mover ni un dedo. Entre sus piernas, una mezcla de su propio flujo y el exceso de semen de Armin rebosaba y manchaba las sábanas de seda.
Armin, por el contrario, se veía extrañamente fresco. Se había sentado y se estaba acomodando el cabello rubio, sus orejas de conejo dándose un pequeño sacudón de satisfacción.
—Buenos días, esposa —dijo él, dándole un beso tierno en la mejilla.
Hazami intentó decir algo, pero solo le salió un gemido ronco.
—¿Decías algo sobre el divorcio anoche? —preguntó Armin con un tono burlón.
Hazami logró girar la cabeza un poco para mirarlo con sus ojos violetas, que ahora estaban nublados por el cansancio y algo que se parecía sospechosamente a la sumisión.
—Cállate... —susurró ella—. No puedo ni levantarme para pedir los papeles.
—Me alegra oírlo —Armin se estiró como un gato, aunque fuera un conejo—. Porque técnicamente la temporada de apareamiento dura tres días más. Así que descansa media hora, Hazami. Necesitas recuperar energías para la siguiente ronda.
Hazami abrió los ojos como platos.
—¿Media hora? ¡Armin, por favor, ten piedad! ¡Soy un leopardo, no una fábrica de bebés!
—Un leopardo que ahora me pertenece —dijo él, volviendo a meterse bajo las sábanas y atrayéndola hacia su cuerpo—. Y todavía no te he dejado lo suficientemente llena.
Hazami cerró los ojos, aceptando su destino. Levi tenía razón, Armin era el esposo perfecto para ella... solo que por razones que su hermano nunca se habría imaginado. El conejo resultó ser un depredador en la cama, y ella, la gran Hazami Ackerman, acababa de ser domada de la manera más placentera y exhaustiva posible.
—Malditos conejos... —murmuró ella antes de que los labios de Armin volvieran a sellar los suyos, iniciando la ronda número veintiuno.
