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Pasión
Fandom: Attack on titan
Created: 5/28/2026
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AU (Alternate Universe)FantasyHumorRomanceDramaCurtainfic / Domestic StoryCharacter StudyPWP (Plot? What Plot?)Explicit LanguageHistoricalCrack / Parody HumorUnplanned/Unwanted PregnancyOmegaverseFluff
El error de una leopardo y el silencio de un conejo
La catedral de Shiganshina nunca se había sentido tan fría, y Hazami Ackerman estaba segura de que no era por el mármol de las paredes, sino por el aura de puro arrepentimiento que emanaba de su propio cuerpo. A sus diecinueve años, con su sedosa cola de leopardo negro moviéndose con una irritación apenas contenida bajo las capas de seda blanca de su vestido, Hazami quería que la tierra se la tragara. O mejor aún, que un águila gigante bajara del cielo y se llevara a su flamante esposo.
A su lado, Armin Arlert parecía estar en un estado de parálisis permanente. Sus orejas de conejo, blancas y suaves, estaban pegadas a su cráneo en una señal clara de terror absoluto. No la había mirado ni una sola vez desde que intercambiaron los votos.
¿Cómo había llegado a esto? Todo había empezado hace una semana, en el banquete de los Archiduques. Hazami, en un intento de demostrarle a Annie Leonhart —esa gata montés insufrible— que podía ser tan diplomática como cualquier baronesa, terminó aceptando un desafío de brindis cruzados que nubló su juicio. En medio de la neblina del vino y las risas de Porco y Pieck, Hazami terminó firmando un "contrato de compromiso de honor" que Armin Arlert, por alguna razón del destino, tenía en su poder para un ejercicio de leyes de la academia. Lo que Hazami pensó que era un autógrafo burlón resultó ser un documento legal vinculante en el Reino de las Murallas.
—Te dije que no bebieras ese último barril —susurró Porco Galliard desde la primera fila, con sus orejas de gallo (metamorphe de ave) agitándose con diversión.
—Cállate, Porco —siseó Hazami sin mover los labios, manteniendo su mirada violeta fija en el altar.
Levi, su hermano mayor y actual cabeza de la casa Ackerman, estaba de pie junto a ellos con los brazos cruzados. Su expresión era la de un hombre que acababa de encontrar una mancha de grasa en su camisa favorita.
—Ya está hecho —sentenció Levi con su voz monótona—. Firmaste el documento frente a testigos. La casa Ackerman no rompe su palabra, ni siquiera cuando la palabra fue dada por una idiota borracha. Además, ya tienes edad de casarte. Me ahorras el trabajo de buscarte un pretendiente que soporte tu mal genio.
—¡Pero es un conejo, Levi! —había gritado Hazami esa mañana—. ¡Soy una leopardo! ¡Se supone que debo casarme con un guerrero, un lince, un lobo, no con alguien que se asusta con su propia sombra!
—Ese "conejo" es el heredero de una de las bibliotecas más grandes del condado y tiene una mente que podría hundir flotas —respondió Levi, dándole un empujoncito hacia el pasillo de la iglesia—. Camina.
Y así, Hazami se encontró caminando hacia el altar.
La ceremonia fue un borrón de palabras sagradas y miradas de lástima de parte de Mikasa y Eren, quienes flanqueaban a Armin como si esperaran que Hazami fuera a saltar sobre su cuello en cualquier momento.
Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, el silencio en la iglesia fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. No hubo beso. Hubo un apretón de manos tan torpe que Armin casi se tropieza con su propia túnica.
El banquete de bodas no fue mucho mejor. Se celebró en el gran salón de la finca Arlert. Las mesas estaban repletas de manjares, pero Hazami sentía que tenía el estómago lleno de piedras. Se sentó en la mesa presidencial, con la espalda recta como una lanza, ignorando a su esposo, quien estaba ocupado desmenuzando una zanahoria glaseada con una intensidad sospechosa.
—¿No vas a decir nada? —preguntó de repente una voz femenina y monótona.
Hazami levantó la vista. Annie Leonhart estaba allí, con su cola de gata moviéndose con elegancia perezosa.
—No tengo nada que decirte, Annie —respondió Hazami, apretando los cubiertos de plata.
—Es irónico —continuó Annie con una sonrisa gélida—. La gran Hazami Ackerman, la cazadora del clan, terminó atrapada en una jaula de oro con una presa natural. Ten cuidado, no vayas a comértelo antes de la noche de bodas.
—Vete a lamerte las patas a otra parte —gruñó Hazami, sus ojos violetas brillando con una luz peligrosa.
Annie soltó una risita y se alejó hacia donde estaba Bertholdt. Hazami suspiró y miró de reojo a Armin. El chico era bajito, apenas unos centímetros más alto que ella, de piel clara y facciones delicadas. Parecía la definición misma de la fragilidad. "Tengo que divorciarme", pensó ella con determinación. "En cuanto pase el escándalo inicial, inventaré algo. Diré que es alérgico a mi pelaje o que tiene hábitos nocturnos incompatibles. No puedo ser la señora de un conejo".
—Esto es delicioso, ¿verdad? —Pieck se acercó a la mesa, caminando con su habitual aire cansado—. Deberías comer algo, Hazami. Estás tan pálida que pareces un fantasma.
—No tengo hambre, Pieck. Tengo náuseas de realidad —respondió la Ackerman.
—Oh, vamos. Armin no es tan malo —dijo Pieck, observando al joven rubio que ahora hablaba en susurros con Eren—. Dicen que es muy inteligente. Tal vez sea un buen cambio para ti. Ya sabes, menos músculos y más libros.
—Es un conejo —repitió Hazami, como si esa palabra explicara todo el desastre del universo.
—Y tú eres una leopardo —asintió Pieck—. Los opuestos se atraen. O se devoran. Lo que ocurra primero será interesante de ver.
De repente, Armin se aclaró la garganta. Fue un sonido pequeño, casi imperceptible, pero en la mesa de los novios sonó como un trueno. Hazami se tensó, esperando que finalmente dijera algo sobre su situación.
—¿Quieres... —comenzó Armin, con la voz temblorosa— quieres un poco de sidra?
Hazami lo miró fijamente. Sus ojos violetas chocaron con los azules de él. Armin encogió los hombros, sus orejas de conejo se movieron nerviosas.
—No —respondió ella secamente.
—Entiendo.
Silencio otra vez. Un silencio que duró otros diez minutos mientras la música de los violines llenaba el aire.
Eren Jaeger, un metamorphe de lobo con orejas marrones siempre alerta, se acercó a ellos con una jarra en la mano.
—¡Felicidades, Armin! —exclamó Eren, golpeando la espalda de su amigo con tanta fuerza que el pobre conejo casi termina de cara en el plato—. No puedo creer que te hayas casado antes que yo. Y con una Ackerman. Tienes valor.
—Fue... fue un accidente legal, Eren —susurró Armin, recuperando el equilibrio.
—Los accidentes no existen en el registro civil —se burló Mikasa, apareciendo detrás de Eren. Su cola de lobo negro, similar a la de un perro guardián, se movía rítmicamente—. Hazami, espero que cuides de él.
Hazami arqueó una ceja.
—¿Cuidar de él? No es un niño pequeño, Mikasa. Es un hombre adulto, técnicamente.
—Solo digo que Armin es... sensible —continuó Mikasa con una mirada que era mitad advertencia, mitad súplica.
—No soy de cristal —intervino Armin, y por primera vez, hubo un destello de algo diferente en sus ojos. Un brillo de astucia que Hazami no había notado antes—. Aunque agradezco tu preocupación, Mikasa. Hazami y yo encontraremos la manera de... coexistir.
Hazami sintió un escalofrío. "Coexistir". Esa palabra sonaba a una condena perpetua.
—Escucha, Arlert —dijo Hazami cuando sus amigos se alejaron lo suficiente—. No creas que esto va a durar. Mañana mismo buscaré un abogado para anular esta farsa. No me importa lo que diga Levi.
Armin dejó de jugar con su comida y se giró hacia ella. Sus orejas se irguieron un poco.
—¿Un divorcio? —preguntó él en voz baja—. Eso sería un escándalo para ambas familias. Tu hermano perdería prestigio en la corte y mi abuelo moriría de la vergüenza.
—Mejor un escándalo que pasar el resto de mi vida viendo cómo te asustas cada vez que abro la boca —replicó ella.
Armin soltó un pequeño suspiro y se inclinó hacia ella. Su voz bajó de volumen, adquiriendo un tono sedoso que la tomó por sorpresa.
—Sabes, Hazami... el contrato que firmaste tenía una cláusula de permanencia de al menos un año para que las tierras en disputa de la frontera sur pasaran a manos de la corona. Si te divorcias antes, tu hermano tendrá que pagar una indemnización que dejaría a los Ackerman en la calle.
Hazami abrió los ojos de par en par.
—¿Qué? Eso no es cierto. Levi no me dijo nada de eso.
—Levi probablemente no leyó la letra pequeña —dijo Armin con una sonrisa diminuta y casi imperceptible—. Pero yo sí. Soy muy bueno leyendo lo que otros ignoran.
Hazami sintió que la sangre le hervía.
—¿Me estás chantajeando? —preguntó con incredulidad—. ¿Un conejo me está chantajeando?
—No es chantaje —respondió Armin, volviendo a su expresión de timidez absoluta mientras tomaba un sorbo de agua—. Es... diplomacia preventiva. Solo digo que nos conviene llevarnos bien. Al menos por un tiempo.
Hazami se quedó sin palabras. Miró a aquel chico de apariencia inofensiva y sintió una punzada de rabia mezclada con una extraña curiosidad. Nadie, absolutamente nadie, se atrevía a hablarle así a una Ackerman. Y mucho menos a atraparla en un rincón legal.
—Te odio —susurró ella, aunque por dentro estaba recalculando todo lo que creía saber sobre su nuevo esposo.
—Lo sé —respondió él con sencillez—. Pero la fiesta está terminando y tenemos que retirarnos. Los invitados esperan que nos vayamos a nuestra nueva casa.
La música empezó a bajar de intensidad. Los invitados comenzaron a levantarse, aplaudiendo y lanzando pétalos de flores mientras la pareja de recién casados se ponía de pie. Levi se acercó a ellos, estrechó la mano de Armin con firmeza y luego miró a Hazami.
—Pórtate bien —le advirtió a su hermana—. Y no rompas nada. Especialmente al novio.
—No prometo nada —gruñó Hazami.
Caminaron hacia la salida del salón bajo una lluvia de felicitaciones. Porco le guiñó un ojo desde lejos, mientras que Pieck le lanzó un beso de despedida. Hazami sentía que caminaba hacia su propia ejecución.
Al llegar al carruaje que los llevaría a la finca Arlert, Armin se detuvo y le ofreció la mano para ayudarla a subir. Hazami ignoró la mano y saltó dentro del carruaje con la agilidad propia de su naturaleza felina. Su cola golpeó el asiento de cuero con un sonido seco.
Armin subió después de ella, cerrando la puerta y dejando fuera el ruido de la fiesta y las luces de las antorchas. El carruaje se puso en marcha, balanceándose suavemente sobre el empedrado.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era diferente. Ya no era el silencio del miedo, sino el de una guerra fría que acababa de empezar. Hazami miraba por la ventana, viendo cómo se alejaba el castillo, mientras planeaba mentalmente mil formas de deshacerse de ese matrimonio sin arruinar a su hermano.
—Hazami —dijo Armin en medio de la oscuridad del carruaje.
—¿Qué quieres ahora? —respondió ella sin mirarlo.
—Tus orejas están muy tensas. Deberías relajarte. Va a ser una noche larga y dudo que alguno de los dos quiera dormir en el suelo.
Hazami se giró hacia él, con los ojos violetas brillando en la penumbra.
—Escúchame bien, conejo. Puede que me hayas atrapado con tus leyes y tus contratos, pero no pienses ni por un segundo que eres mi dueño. En esta relación, yo soy la que tiene las garras.
Armin se recostó contra el respaldo del asiento, y por un momento, a la luz de una farola que pasaba, Hazami juró ver una chispa de diversión en su rostro.
—Nunca dije lo contrario, baronesa —respondió él—. Pero incluso los leopardos necesitan un lugar seguro donde descansar. Y yo soy muy bueno creando refugios.
Hazami bufó y volvió a mirar por la ventana. La fiesta había terminado, el error estaba consolidado y ahora se encontraba casada con un conejo que hablaba como un estratega y tenía la audacia de un león.
"Esto va a ser un desastre", pensó ella, mientras su cola de leopardo, traicioneramente, dejaba de agitarse para enroscarse alrededor de su propia pierna. "Un desastre absoluto".
El carruaje siguió avanzando hacia el futuro incierto de los nuevos señores Arlert, dejando atrás la noche de bodas más extraña y silenciosa que el reino de las murallas hubiera presenciado jamás.
A su lado, Armin Arlert parecía estar en un estado de parálisis permanente. Sus orejas de conejo, blancas y suaves, estaban pegadas a su cráneo en una señal clara de terror absoluto. No la había mirado ni una sola vez desde que intercambiaron los votos.
¿Cómo había llegado a esto? Todo había empezado hace una semana, en el banquete de los Archiduques. Hazami, en un intento de demostrarle a Annie Leonhart —esa gata montés insufrible— que podía ser tan diplomática como cualquier baronesa, terminó aceptando un desafío de brindis cruzados que nubló su juicio. En medio de la neblina del vino y las risas de Porco y Pieck, Hazami terminó firmando un "contrato de compromiso de honor" que Armin Arlert, por alguna razón del destino, tenía en su poder para un ejercicio de leyes de la academia. Lo que Hazami pensó que era un autógrafo burlón resultó ser un documento legal vinculante en el Reino de las Murallas.
—Te dije que no bebieras ese último barril —susurró Porco Galliard desde la primera fila, con sus orejas de gallo (metamorphe de ave) agitándose con diversión.
—Cállate, Porco —siseó Hazami sin mover los labios, manteniendo su mirada violeta fija en el altar.
Levi, su hermano mayor y actual cabeza de la casa Ackerman, estaba de pie junto a ellos con los brazos cruzados. Su expresión era la de un hombre que acababa de encontrar una mancha de grasa en su camisa favorita.
—Ya está hecho —sentenció Levi con su voz monótona—. Firmaste el documento frente a testigos. La casa Ackerman no rompe su palabra, ni siquiera cuando la palabra fue dada por una idiota borracha. Además, ya tienes edad de casarte. Me ahorras el trabajo de buscarte un pretendiente que soporte tu mal genio.
—¡Pero es un conejo, Levi! —había gritado Hazami esa mañana—. ¡Soy una leopardo! ¡Se supone que debo casarme con un guerrero, un lince, un lobo, no con alguien que se asusta con su propia sombra!
—Ese "conejo" es el heredero de una de las bibliotecas más grandes del condado y tiene una mente que podría hundir flotas —respondió Levi, dándole un empujoncito hacia el pasillo de la iglesia—. Camina.
Y así, Hazami se encontró caminando hacia el altar.
La ceremonia fue un borrón de palabras sagradas y miradas de lástima de parte de Mikasa y Eren, quienes flanqueaban a Armin como si esperaran que Hazami fuera a saltar sobre su cuello en cualquier momento.
Cuando el sacerdote los declaró marido y mujer, el silencio en la iglesia fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo. No hubo beso. Hubo un apretón de manos tan torpe que Armin casi se tropieza con su propia túnica.
El banquete de bodas no fue mucho mejor. Se celebró en el gran salón de la finca Arlert. Las mesas estaban repletas de manjares, pero Hazami sentía que tenía el estómago lleno de piedras. Se sentó en la mesa presidencial, con la espalda recta como una lanza, ignorando a su esposo, quien estaba ocupado desmenuzando una zanahoria glaseada con una intensidad sospechosa.
—¿No vas a decir nada? —preguntó de repente una voz femenina y monótona.
Hazami levantó la vista. Annie Leonhart estaba allí, con su cola de gata moviéndose con elegancia perezosa.
—No tengo nada que decirte, Annie —respondió Hazami, apretando los cubiertos de plata.
—Es irónico —continuó Annie con una sonrisa gélida—. La gran Hazami Ackerman, la cazadora del clan, terminó atrapada en una jaula de oro con una presa natural. Ten cuidado, no vayas a comértelo antes de la noche de bodas.
—Vete a lamerte las patas a otra parte —gruñó Hazami, sus ojos violetas brillando con una luz peligrosa.
Annie soltó una risita y se alejó hacia donde estaba Bertholdt. Hazami suspiró y miró de reojo a Armin. El chico era bajito, apenas unos centímetros más alto que ella, de piel clara y facciones delicadas. Parecía la definición misma de la fragilidad. "Tengo que divorciarme", pensó ella con determinación. "En cuanto pase el escándalo inicial, inventaré algo. Diré que es alérgico a mi pelaje o que tiene hábitos nocturnos incompatibles. No puedo ser la señora de un conejo".
—Esto es delicioso, ¿verdad? —Pieck se acercó a la mesa, caminando con su habitual aire cansado—. Deberías comer algo, Hazami. Estás tan pálida que pareces un fantasma.
—No tengo hambre, Pieck. Tengo náuseas de realidad —respondió la Ackerman.
—Oh, vamos. Armin no es tan malo —dijo Pieck, observando al joven rubio que ahora hablaba en susurros con Eren—. Dicen que es muy inteligente. Tal vez sea un buen cambio para ti. Ya sabes, menos músculos y más libros.
—Es un conejo —repitió Hazami, como si esa palabra explicara todo el desastre del universo.
—Y tú eres una leopardo —asintió Pieck—. Los opuestos se atraen. O se devoran. Lo que ocurra primero será interesante de ver.
De repente, Armin se aclaró la garganta. Fue un sonido pequeño, casi imperceptible, pero en la mesa de los novios sonó como un trueno. Hazami se tensó, esperando que finalmente dijera algo sobre su situación.
—¿Quieres... —comenzó Armin, con la voz temblorosa— quieres un poco de sidra?
Hazami lo miró fijamente. Sus ojos violetas chocaron con los azules de él. Armin encogió los hombros, sus orejas de conejo se movieron nerviosas.
—No —respondió ella secamente.
—Entiendo.
Silencio otra vez. Un silencio que duró otros diez minutos mientras la música de los violines llenaba el aire.
Eren Jaeger, un metamorphe de lobo con orejas marrones siempre alerta, se acercó a ellos con una jarra en la mano.
—¡Felicidades, Armin! —exclamó Eren, golpeando la espalda de su amigo con tanta fuerza que el pobre conejo casi termina de cara en el plato—. No puedo creer que te hayas casado antes que yo. Y con una Ackerman. Tienes valor.
—Fue... fue un accidente legal, Eren —susurró Armin, recuperando el equilibrio.
—Los accidentes no existen en el registro civil —se burló Mikasa, apareciendo detrás de Eren. Su cola de lobo negro, similar a la de un perro guardián, se movía rítmicamente—. Hazami, espero que cuides de él.
Hazami arqueó una ceja.
—¿Cuidar de él? No es un niño pequeño, Mikasa. Es un hombre adulto, técnicamente.
—Solo digo que Armin es... sensible —continuó Mikasa con una mirada que era mitad advertencia, mitad súplica.
—No soy de cristal —intervino Armin, y por primera vez, hubo un destello de algo diferente en sus ojos. Un brillo de astucia que Hazami no había notado antes—. Aunque agradezco tu preocupación, Mikasa. Hazami y yo encontraremos la manera de... coexistir.
Hazami sintió un escalofrío. "Coexistir". Esa palabra sonaba a una condena perpetua.
—Escucha, Arlert —dijo Hazami cuando sus amigos se alejaron lo suficiente—. No creas que esto va a durar. Mañana mismo buscaré un abogado para anular esta farsa. No me importa lo que diga Levi.
Armin dejó de jugar con su comida y se giró hacia ella. Sus orejas se irguieron un poco.
—¿Un divorcio? —preguntó él en voz baja—. Eso sería un escándalo para ambas familias. Tu hermano perdería prestigio en la corte y mi abuelo moriría de la vergüenza.
—Mejor un escándalo que pasar el resto de mi vida viendo cómo te asustas cada vez que abro la boca —replicó ella.
Armin soltó un pequeño suspiro y se inclinó hacia ella. Su voz bajó de volumen, adquiriendo un tono sedoso que la tomó por sorpresa.
—Sabes, Hazami... el contrato que firmaste tenía una cláusula de permanencia de al menos un año para que las tierras en disputa de la frontera sur pasaran a manos de la corona. Si te divorcias antes, tu hermano tendrá que pagar una indemnización que dejaría a los Ackerman en la calle.
Hazami abrió los ojos de par en par.
—¿Qué? Eso no es cierto. Levi no me dijo nada de eso.
—Levi probablemente no leyó la letra pequeña —dijo Armin con una sonrisa diminuta y casi imperceptible—. Pero yo sí. Soy muy bueno leyendo lo que otros ignoran.
Hazami sintió que la sangre le hervía.
—¿Me estás chantajeando? —preguntó con incredulidad—. ¿Un conejo me está chantajeando?
—No es chantaje —respondió Armin, volviendo a su expresión de timidez absoluta mientras tomaba un sorbo de agua—. Es... diplomacia preventiva. Solo digo que nos conviene llevarnos bien. Al menos por un tiempo.
Hazami se quedó sin palabras. Miró a aquel chico de apariencia inofensiva y sintió una punzada de rabia mezclada con una extraña curiosidad. Nadie, absolutamente nadie, se atrevía a hablarle así a una Ackerman. Y mucho menos a atraparla en un rincón legal.
—Te odio —susurró ella, aunque por dentro estaba recalculando todo lo que creía saber sobre su nuevo esposo.
—Lo sé —respondió él con sencillez—. Pero la fiesta está terminando y tenemos que retirarnos. Los invitados esperan que nos vayamos a nuestra nueva casa.
La música empezó a bajar de intensidad. Los invitados comenzaron a levantarse, aplaudiendo y lanzando pétalos de flores mientras la pareja de recién casados se ponía de pie. Levi se acercó a ellos, estrechó la mano de Armin con firmeza y luego miró a Hazami.
—Pórtate bien —le advirtió a su hermana—. Y no rompas nada. Especialmente al novio.
—No prometo nada —gruñó Hazami.
Caminaron hacia la salida del salón bajo una lluvia de felicitaciones. Porco le guiñó un ojo desde lejos, mientras que Pieck le lanzó un beso de despedida. Hazami sentía que caminaba hacia su propia ejecución.
Al llegar al carruaje que los llevaría a la finca Arlert, Armin se detuvo y le ofreció la mano para ayudarla a subir. Hazami ignoró la mano y saltó dentro del carruaje con la agilidad propia de su naturaleza felina. Su cola golpeó el asiento de cuero con un sonido seco.
Armin subió después de ella, cerrando la puerta y dejando fuera el ruido de la fiesta y las luces de las antorchas. El carruaje se puso en marcha, balanceándose suavemente sobre el empedrado.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era diferente. Ya no era el silencio del miedo, sino el de una guerra fría que acababa de empezar. Hazami miraba por la ventana, viendo cómo se alejaba el castillo, mientras planeaba mentalmente mil formas de deshacerse de ese matrimonio sin arruinar a su hermano.
—Hazami —dijo Armin en medio de la oscuridad del carruaje.
—¿Qué quieres ahora? —respondió ella sin mirarlo.
—Tus orejas están muy tensas. Deberías relajarte. Va a ser una noche larga y dudo que alguno de los dos quiera dormir en el suelo.
Hazami se giró hacia él, con los ojos violetas brillando en la penumbra.
—Escúchame bien, conejo. Puede que me hayas atrapado con tus leyes y tus contratos, pero no pienses ni por un segundo que eres mi dueño. En esta relación, yo soy la que tiene las garras.
Armin se recostó contra el respaldo del asiento, y por un momento, a la luz de una farola que pasaba, Hazami juró ver una chispa de diversión en su rostro.
—Nunca dije lo contrario, baronesa —respondió él—. Pero incluso los leopardos necesitan un lugar seguro donde descansar. Y yo soy muy bueno creando refugios.
Hazami bufó y volvió a mirar por la ventana. La fiesta había terminado, el error estaba consolidado y ahora se encontraba casada con un conejo que hablaba como un estratega y tenía la audacia de un león.
"Esto va a ser un desastre", pensó ella, mientras su cola de leopardo, traicioneramente, dejaba de agitarse para enroscarse alrededor de su propia pierna. "Un desastre absoluto".
El carruaje siguió avanzando hacia el futuro incierto de los nuevos señores Arlert, dejando atrás la noche de bodas más extraña y silenciosa que el reino de las murallas hubiera presenciado jamás.
