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Viviana Carrasco en la American School "Spencer"

Fandom: Viviana Carrasco

Created: 1/2/2026

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RomanceDramaSlice of LifeRealismCharacter StudyCanon SettingAngstHurt/Comfort
Contents

El Doble Juego de Viviana


El sol de la mañana se colaba por las persianas entreabiertas de la habitación de Viviana, pintando franjas doradas sobre los pósteres de futbolistas y bandas de rock que decoraban las paredes. Un pitido insistente la sacó de su letargo. Era la alarma de su teléfono, una melodía estridente que anunciaba el inicio de otro día en la American School "Spencer". Con un gruñido, Viviana estiró un brazo y la silenció, pero el daño ya estaba hecho.

—¡Viviana, levántate! ¡Vas a llegar tarde al desayuno! —La voz de Mariela Torres, su madre, se filtró por la puerta, cargada con el tono autoritario que Viviana conocía tan bien.

Viviana suspiró, arrojando las sábanas. Se miró al espejo, sus ojos azules, enmarcados por una melena rubia ligeramente desordenada, reflejaban una mezcla de cansancio y desafío. Era guapa, lo sabía, y también era consciente del poder que esa imagen le otorgaba en los pasillos de la escuela. Pero la belleza no la libraba de las expectativas de su madre.

Bajó las escaleras, donde el caos matutino de los Carrasco ya estaba en pleno apogeo. Hernán, su padre, estaba sentado a la mesa, inmerso en el periódico deportivo. Su pasión por el fútbol era contagiosa, y siempre tenía una palabra de aliento para Viviana antes de sus partidos. En el otro extremo, Daniel, su hermano mayor, jugueteaba con su guitarra eléctrica, ignorando las miradas reprobatorias de su madre. Su rebeldía musical era una fuente constante de tensión en la casa. Y Sofía, su hermana menor, con sus grandes ojos curiosos, la seguía a todas partes, como una sombra adoradora.

—Viviana, ¿ya estudiaste para el examen de química? —Mariela no perdió el tiempo. Colocó un plato de panqueques frente a ella, pero sus ojos estaban fijos en los de su hija.

—Sí, mamá, anoche estuve repasando —mintió Viviana con una sonrisa forzada. En realidad, había pasado la noche chateando con Camila y viendo videos de fútbol.

—Más te vale. Recuerda que no podemos permitirnos menos que la excelencia en esta casa. Tu futuro depende de ello —Mariela dirigió una mirada significativa a Daniel, que resopló, haciendo un acorde disonante con la guitarra.

Hernán bajó el periódico. —¿Y hoy tienes entrenamiento, hija? El partido del sábado contra los "Águilas" será clave.

Viviana asintió, agradecida por el cambio de tema. —Sí, papá. El entrenador Carlos quiere que trabajemos la defensa. Lucía está imparable en la portería, pero Andrea necesita pulir sus pases largos.

Mariela, sin embargo, no soltó la rienda. —El fútbol es importante, Viviana, pero no olvides tus estudios. Un equilibrio es fundamental.

—Lo sé, mamá —Viviana se levantó, dándole un beso rápido a su padre y un despeinado a Sofía. Daniel le guiñó un ojo.

En el camino a la escuela, Camila Herrera, su mejor amiga, la esperaba en la esquina. Camila, también rubia y con una fuerza atlética que igualaba a la de Viviana, era su cómplice en todas las travesuras.

—¿No te van a dejar respirar tus padres? —preguntó Camila, con una sonrisa pícara.

—Lo de siempre —Viviana rodó los ojos—. Mamá con la excelencia académica y papá con la victoria en el campo. A veces siento que soy un proyecto, no una hija.

—Al menos tienes a tu fan número uno —Camila señaló a Sofía, que las seguía a unos metros, intentando copiar sus pasos.

Al llegar a la American School "Spencer", el bullicio habitual las envolvió. Los pasillos estaban llenos de estudiantes, risas y conversaciones. Viviana saludó a varios compañeros, su carisma natural atrayendo a la gente.

La primera clase del día era Matemáticas, con el Profesor Ricardo Molina. Molina era un hombre de unos cincuenta años, con gafas de montura fina y una mirada que parecía penetrar el alma. Su sarcasmo era legendario y su exigencia, implacable.

—Señorita Carrasco, me alegra que se digne a acompañarnos hoy. Espero que su prodigioso talento deportivo no le impida resolver este modesto problema de cálculo —dijo Molina, señalando una ecuación compleja en la pizarra.

Viviana sintió la punzada de la provocación. Se acercó a la pizarra, tomó el marcador y, con una mezcla de concentración y rebeldía, resolvió el problema en pocos segundos. Se giró hacia Molina con una sonrisa desafiante.

—¿Suficiente para usted, profesor?

Molina asintió lentamente, una pequeña sonrisa asomando en sus labios. —Impresionante, señorita Carrasco. Parece que su cerebro funciona tan bien como sus piernas.

Julián Méndez, su rival académico, que siempre competía por las mejores notas, la miró con envidia desde su asiento. Julián, moreno y con una expresión perpetua de concentración, era el polo opuesto de Viviana, pero compartían la misma ambición.

Después de Matemáticas, tuvieron Literatura con la Profesora Clara Jiménez. La Profesora Jiménez era todo lo contrario a Molina: dulce, comprensiva y con una pasión por las letras que inspiraba a Viviana a escribir sus propios poemas ocultos.

—Hoy vamos a analizar la poesía de Neruda —dijo la Profesora Jiménez, su voz suave y melódica—. ¿Alguien quiere leer el primer poema?

Viviana levantó la mano. Su voz, que en el campo de fútbol era un grito de mando, se suavizó al leer los versos, transportándose a un mundo de emociones.

El día transcurrió entre clases, risas con Camila y alguna que otra mirada furtiva de Esteban López, el bromista del grupo, un chico guapo, alto y blanco que ocultaba un evidente afecto por Viviana. Ella lo sabía, pero Esteban era solo un amigo.

La última clase antes del entrenamiento fue Historia. Pero no era la Profesora habitual. En su lugar, una mujer alta y enigmática, con una melena castaña que le caía sobre los hombros, se presentó.

—Buenos días, soy Elena Rivas, su profesora de reemplazo de Historia —Su voz era profunda y seductora, y sus ojos, de un color indefinido, se detuvieron en Viviana por un instante que pareció eterno.

Viviana sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del aula. Elena Rivas emanaba una aura de misterio y sofisticación que la atrajo de inmediato. Durante la clase, Viviana no pudo evitar observarla. Cada gesto, cada inflexión de su voz, la cautivaba.

Al terminar la jornada escolar, Viviana se dirigió al campo de fútbol. El entrenador Carlos Andrade, un hombre corpulento y obsesionado con la victoria, ya las esperaba.

—¡Vamos, chicas! ¡Hoy quiero ver sudor y garra! ¡El partido contra los "Águilas" no se gana solo! —gritó el entrenador, haciendo sonar su silbato.

El equipo de fútbol femenino de la "Spencer" era una fuerza a tener en cuenta. Mónica Reyes, la capitana, alta y con un carácter fuerte, lideraba al grupo con su energía inagotable. Lucía Paredes, la portera, su mejor amiga en el campo, era una muralla inexpugnable. Y Andrea Villalba, la defensora, con su personalidad efusiva y lealtad inquebrantable, era el corazón del equipo.

Durante el entrenamiento, Viviana se entregó por completo. Corrió, pateó, defendió, sintiendo cómo la adrenalina recorría sus venas. En el campo, todas las presiones de la escuela y la familia se desvanecían. Era solo ella y el balón, una extensión de su voluntad.

Después de una hora y media de intenso entrenamiento, el equipo se reunió para la charla final. El entrenador Andrade repasó las tácticas para el próximo partido, enfatizando la importancia de la cohesión y la determinación.

Mientras se duchaba, Viviana no dejaba de pensar en Elena Rivas. Había algo en ella que la perturbaba y la fascinaba a la vez. Esa noche, mientras revisaba sus redes sociales, encontró el perfil de Elena. Sin dudarlo, le envió una solicitud de amistad.

A la mañana siguiente, Viviana se despertó con una notificación en su teléfono. Elena Rivas había aceptado su solicitud. Un escalofrío recorrió su espalda. Durante la clase de Historia, Elena le dedicó una sonrisa discreta, casi imperceptible, que solo Viviana notó.

Los días siguientes, Viviana y Elena comenzaron a intercambiar mensajes. Al principio eran sobre temas académicos, pero pronto las conversaciones se volvieron más personales, más íntimas. Viviana descubrió que Elena era una mujer apasionada por el arte y la filosofía, con una mente aguda y un sentido del humor irónico.

Una tarde, mientras Viviana caminaba sola por los pasillos después de clase, Elena la detuvo.

—Viviana, ¿tienes un momento? —Su voz era un susurro, y sus ojos brillaban con una intensidad desconocida.

Viviana asintió, el corazón latiéndole con fuerza.

—Necesito hablar contigo sobre algo… personal —Elena la condujo a un aula vacía, cerrando la puerta tras ellas.

El aire se volvió denso. Viviana sentía el calor del cuerpo de Elena cerca, el aroma de su perfume envolviéndola.

—Desde que llegué, no he podido dejar de pensar en ti, Viviana —Elena se acercó un paso más, su mano rozando el brazo de Viviana.

Viviana sintió un escalofrío que la recorrió de pies a cabeza. Era una sensación nueva, emocionante y un poco aterradora.

—Yo… yo también he pensado en usted, profesora —susurró Viviana, avergonzada por el tuteo, pero incapaz de evitarlo.

Elena sonrió, una sonrisa que iluminó sus ojos. —Llámame Elena, Viviana. Y no eres la única que tiene sentimientos.

Y entonces, en un impulso, Elena se inclinó y la besó. Fue un beso suave al principio, luego más profundo, más apasionado. Viviana respondió con la misma intensidad, sintiendo una conexión que nunca antes había experimentado. En ese momento, en el aula vacía de la American School "Spencer", nació su amor prohibido, un secreto que tendría que guardar a toda costa.

Mientras tanto, en el campo de fútbol, la rivalidad con Valeria Cruz, la chica popular, se intensificaba. Valeria, sexy, alta y castaña, veía a Viviana como una amenaza en todos los aspectos, tanto en el deporte como en la popularidad.

—Carrasco, espero que no te confíes demasiado el sábado —dijo Valeria, con una sonrisa maliciosa, durante un entrenamiento conjunto de la escuela—. Mis "Águilas" vienen por la victoria.

Viviana la miró con determinación. —Ya lo veremos, Cruz. El campo es el que habla.

El partido contra los "Águilas" de la escuela rival era una fecha marcada en el calendario. La presión era palpable, tanto por parte del entrenador Andrade como de sus propios padres. El día del partido, el estadio estaba lleno. Mariela y Hernán estaban en las gradas, junto a Sofía, que ondeaba una pequeña bandera con el escudo de la escuela. Daniel, sorprendentemente, también estaba allí, aunque con una expresión de desinterés estudiada.

El partido fue intenso desde el primer minuto. Los "Águilas" eran un equipo fuerte y bien organizado. Viviana, como delantera, luchaba por cada balón, pero la defensa rival era implacable. En un momento del partido, Valeria Cruz, su rival, le hizo una entrada dura, derribándola al suelo. Viviana sintió un dolor agudo en el tobillo, pero se levantó, ignorando la punzada.

—¡Árbitro, eso fue falta! —gritó Camila, furiosa.

El árbitro, sin embargo, no pitó nada. Viviana se miró con Valeria, sus ojos chocando en una batalla silenciosa.

El primer tiempo terminó 0-0. El entrenador Andrade estaba furioso en el vestuario.

—¡Necesito más agallas, chicas! ¡Más determinación! ¡Viviana, necesito que seas más agresiva en el ataque!

En el segundo tiempo, Viviana salió al campo con una nueva resolución. La imagen de Elena, su sonrisa, la pasión de sus besos, la impulsó a darlo todo. En una jugada magistral, Viviana dribló a tres defensoras, incluida Valeria, y lanzó un potente disparo que se coló por la escuadra. ¡Gol!

El estadio estalló en vítores. Viviana corrió hacia sus compañeras, celebrando el gol con un abrazo colectivo. Lucía, Andrea y Mónica la felicitaron efusivamente.

El partido terminó 1-0 a favor de la "Spencer". Fue una victoria agridulce para Viviana. Aunque estaba feliz por el triunfo, el dolor en su tobillo era cada vez más intenso.

Después del partido, mientras se dirigía a casa, Viviana recibió un mensaje de texto. Era de Elena. "Felicidades por la victoria, Viviana. Estuviste increíble. ¿Nos vemos mañana?"

Viviana sonrió. A pesar del dolor, a pesar de las presiones, a pesar del doble juego que llevaba, había encontrado un refugio, un lugar donde podía ser ella misma, amada y deseada. Y ese refugio era Elena. El amor prohibido era un riesgo, pero valía la pena.
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