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Celo Animal

Fandom: Soy Frankelda

Created: 1/13/2026

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FantasyRomancePsychologicalHurt/ComfortDarkCharacter StudyOmegaverseDramaAngstMagical Realism
Contents

Un celo inesperado

El aire en el reino de Topus Terrentus, usualmente cargado con el dulce aroma a pesadillas y el gélido aliento de los miedos más profundos, había adquirido una nueva y extraña densidad. Las sombras, que normalmente danzaban con una gracia lúgubre, parecían más espesas, más palpables, como si el propio ambiente estuviera aguantando la respiración. Frankelda, la pesadillera real, lo notó de inmediato. Sus sentidos, afinados por siglos de descifrar los intrincados hilos del subconsciente, le susurraban que algo no andaba bien.

No era una pesadilla colectiva, no era un nuevo miedo germinando en el corazón del reino. Era algo más personal, más visceral. Y tenía un nombre: Herneval.

El príncipe de los sustos, Herneval, se había vuelto inusual. Su habitual energía traviesa y su sonrisa pícara habían sido reemplazadas por una tensión palpable. Sus movimientos, siempre fluidos y depredadores, ahora eran rígidos, casi espasmódicos. Se movía por el castillo como un fantasma atormentado, evitando el contacto visual, sus garras, normalmente enfundadas con una delicadeza letal, ahora apretadas con fuerza, dejando marcas en sus propias palmas.

Frankelda lo observaba desde la distancia, su rostro pálido y sus ojos penetrantes fijos en él. Había notado su cambio hacía ya un par de días. Al principio, pensó que quizás estaba planeando una nueva broma elaborada, o que algún susto particularmente exitoso lo había dejado en un estado de euforia contenida. Pero la frialdad en sus ojos, la forma en que su cola se movía con un nerviosismo inusual, desmintió esas teorías.

Esa tarde, el ambiente alcanzó un punto crítico. La sala del trono, habitualmente un lugar de sombría majestuosidad, parecía encogerse bajo la presión invisible. Herneval estaba allí, supuestamente revisando unos informes sobre las nuevas adquisiciones de pesadillas en las regiones más remotas. Pero su mirada estaba perdida, sus fosas nasales dilatadas, absorbiendo el aire con una avidez inusual. Un gemido bajo y ronco escapó de su garganta, un sonido que Frankelda nunca había escuchado de él.

"Herneval," su voz, aunque suave, cortó el silencio como un escalpelo.

El príncipe se sobresaltó, sus músculos tensándose aún más. Se giró, sus ojos, normalmente un abismo de astucia, ahora estaban turbios, dilatados, con un brillo salvaje que Frankelda reconoció con un sobresalto. Era el brillo de un animal acorralado, de una bestia luchando contra sus propios instintos.

"Frankelda," su voz era áspera, casi un gruñido. Se esforzó por mantener la compostura, enderezando su postura, pero el temblor en sus manos era evidente. "No... no es un buen momento."

"¿No es un buen momento para qué, Herneval? ¿Para hablar con tu pesadillera real? ¿Para explicar por qué estás actuando como si un enjambre de pesadillas te persiguiera?" Frankelda no era de rodeos. Su paciencia, aunque vasta, tenía límites, especialmente cuando se trataba de la seguridad de su reino y, aunque no lo admitiera en voz alta, de aquellos a quienes consideraba importantes.

Herneval dio un paso atrás, sus garras rozando el suelo de mármol. "Yo... yo solo necesito un poco de espacio, Frankelda. Estoy... uhm... estoy concentrado en algo importante."

La excusa era tan débil como una telaraña. Frankelda se acercó, su túnica oscura ondeando suavemente. El aire alrededor de Herneval era diferente, más caliente, más denso. Un aroma sutil, pero inconfundible, comenzó a filtrarse en los sentidos de Frankelda. No era el olor de la magia, ni el de la muerte, ni el de las pesadillas. Era el olor a almizcle, a tierra húmeda, a algo primitivo y salvaje.

Sus ojos se estrecharon. Un recuerdo, casi olvidado, de antiguos textos sobre las criaturas del miedo, sobre sus ciclos naturales, comenzó a formarse en su mente.

"Herneval," dijo, su voz ahora desprovista de cualquier burla, llena de una nueva comprensión. "Estás en celo."

La palabra, dicha en voz alta, pareció golpear al príncipe con la fuerza de un rayo. Sus ojos se abrieron de par en par, la máscara de contención se resquebrajó. Un gemido más fuerte escapó de su garganta, y se llevó las manos a la cabeza, como si quisiera arrancar los pensamientos que lo asediaban.

"¡No digas eso!" siseó, su voz apenas un susurro de agonía. "¡No es... no es lo que crees!"

Frankelda se detuvo a unos pocos pasos de él. Podía sentir el calor que irradiaba de su cuerpo, la lucha interna que lo consumía. Herneval era un ser de miedo, sí, pero también era un ser vivo, con instintos y necesidades que, a veces, escapaban a su control.

"Sé exactamente lo que es, Herneval," respondió Frankelda, su tono sorprendentemente suave. "He leído sobre ello. Los seres del miedo, especialmente aquellos con una conexión tan profunda con el reino primario como tú, experimentan estos ciclos. Es una necesidad natural, un llamado de la naturaleza."

"¡No es natural para mí!" Herneval rugió, el sonido rebotando en las paredes. Su forma se distorsionó por un instante, sus sombras alargándose y volviéndose más nítidas, sus ojos brillando con un fulgor rojizo. Era una visión aterradora, pero Frankelda no retrocedió. "¡Soy el príncipe de los sustos! ¡Mi propósito es inspirar el terror, no sucumbir a mis propios... a mis propios impulsos animales!"

La vergüenza y la ira se mezclaban en su voz, creando una cacofonía de tormento. Dio un paso hacia Frankelda, y ella pudo ver el esfuerzo supremo que le costaba detenerse. Sus músculos temblaban, sus garras se extendían y se retraían con un tic nervioso.

"Herneval, cálmate," dijo Frankelda, su voz firme pero tranquilizadora. "Estás luchando contra algo que no puedes controlar con la fuerza bruta. Necesitas ayuda."

"¡No necesito ayuda!" Herneval siseó, retrocediendo de nuevo, chocando contra una de las columnas talladas. El mármol frío pareció no hacer mella en el calor que lo consumía. "Necesito... necesito estar solo. Necesito... contenerme. No puedo... no puedo dejar que esto me controle. No puedo... lastimarte."

La última frase, apenas audible, se clavó en el corazón de Frankelda. La preocupación en sus ojos se intensificó. Su instinto protector, que rara vez mostraba, se activó.

"¿Lastimarme?" repitió Frankelda, su voz ahora teñida de una mezcla de incredulidad y una punzada de algo más profundo. "Herneval, ¿crees que podrías lastimarme?"

"¡No lo sé!" gritó, su voz desgarrada. Se agarró el cabello con ambas manos, tirando de él con fuerza. "¡Estos instintos son... son primitivos! Son salvajes. Soy... soy una bestia en este momento. Mi mente... mi mente está nublada. Y tú... tú hueles a... a vida. A... a algo que mi instinto me grita que... que debo poseer."

Sus ojos, llenos de un deseo febril, se clavaron en Frankelda por un instante, y ella sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el miedo. Era una mezcla de reconocimiento y una comprensión de la profundidad de su lucha. El príncipe de los sustos, el ser que infundía terror en los corazones de los mortales, estaba aterrorizado de sí mismo.

"Herneval," Frankelda dio otro paso, acortando la distancia entre ellos. "Escúchame. No estás solo en esto. No tienes por qué luchar contra esto solo."

"¡Sí tengo!" Herneval negó con la cabeza con vehemencia. "¡No puedo permitir que esto me degrade! ¡No puedo permitir que me convierta en algo que no soy! ¡Y no puedo permitirme... no puedo permitirme hacerte daño!"

Su voz se quebró al final, y Frankelda vio una lágrima solitaria, negra como la tinta, correr por su mejilla. Era una lágrima de pura desesperación.

"No lo harás," dijo Frankelda con calma, su voz resonando con autoridad. "Porque no te lo permitiré. Y porque no estás solo. Yo estoy aquí."

Herneval levantó la vista, sus ojos interrogantes, llenos de dolor. "¿Por qué... por qué harías esto? ¿Por qué te arriesgarías?"

"Porque eres mi príncipe," respondió Frankelda, sin dudar. "Porque eres parte de este reino. Y porque... porque te aprecio, Herneval. Más de lo que crees."

La confesión, tan simple y directa, pareció calmar un poco la tormenta en los ojos de Herneval. Él parpadeó, como si intentara procesar sus palabras a través de la niebla de su celo.

"Pero... pero no sabes lo que esto implica," dijo, su voz ahora más baja, más cautelosa. "Es... es un infierno. Mi cuerpo... mi mente... me grita que... que te tome. Que me una a ti. Que... que te marque."

Frankelda se acercó aún más, hasta que estuvo a solo un brazo de distancia. Podía sentir el calor intenso que irradiaba de él, el pulso acelerado de su sangre, el aroma embriagador que amenazaba con abrumar sus sentidos. Pero ella se mantuvo firme.

"Lo sé," respondió Frankelda, su voz un susurro ahora. "He leído los textos. Sé que es un instinto primario de apareamiento. Sé que el cuerpo de un ser del miedo en celo busca una pareja, un compañero para perpetuar su linaje, para compartir su esencia."

Herneval cerró los ojos con fuerza, su cuerpo temblaba. "Entonces, ¿por qué no corres? ¿Por qué no te encierras y me dejas pudrirme en esta agonía?"

"Porque no eres una bestia, Herneval," dijo Frankelda, y extendió una mano, sus dedos pálidos y delicados rozando su mejilla. Su piel era sorprendentemente cálida, casi febril. "Eres el príncipe de los sustos. Eres inteligente, astuto, y tienes un corazón, por muy oscuro que a veces parezca. Y sé que, en algún lugar dentro de ti, la razón aún lucha."

El contacto pareció electrocutar a Herneval. Su cuerpo se tensó, un gruñido bajo escapó de su garganta, y sus ojos se abrieron de golpe, un torbellino de deseo y desesperación. Por un instante, Frankelda vio el peligro, el instinto animal que amenazaba con consumirlo. Pero también vio el terror en sus ojos, el miedo a perder el control.

"Frankelda, no... no lo hagas," siseó, su voz ronca de advertencia. "No sabes lo que... lo que podría pasar."

"Confío en ti, Herneval," dijo Frankelda, su voz firme, sus ojos fijos en los suyos. "Confío en que, incluso en este estado, tu voluntad es más fuerte de lo que crees. Y confío en que, juntos, podemos superar esto."

El príncipe la miró, una batalla furiosa librándose en sus ojos. El deseo ardía, pero la confianza en los ojos de Frankelda, su calma inquebrantable, era un ancla en la tormenta.

"¿Qué... qué quieres hacer?" preguntó, su voz apenas un hilo, el gruñido aún retumbando en su pecho.

"Te voy a ayudar a superar esto," dijo Frankelda. "No te voy a dejar solo. Vamos a buscar una manera de aliviar tu tormento, de canalizar esta energía, de traer la calma de vuelta a tu mente y a tu cuerpo."

Herneval cerró los ojos de nuevo, un suspiro tembloroso escapando de sus labios. La mano de Frankelda seguía en su mejilla, un faro de calma en medio de su tormento. Podía sentir el calor de su piel, el suave roce de sus dedos, y aunque cada fibra de su ser le gritaba que la tomara, que la arrastrara a la oscuridad de sus instintos, el toque de Frankelda era diferente. No era solo un estímulo. Era un ancla.

"No sé... no sé si puedo," balbuceó.

"Sí puedes," respondió Frankelda, su voz resonando con una convicción inquebrantable. "Y yo estaré contigo en cada paso del camino."

Herneval abrió los ojos, y esta vez, el brillo salvaje había disminuido un poco, reemplazado por una chispa de esperanza, una pizca de la razón que Frankelda había prometido. La batalla estaba lejos de terminar, pero por primera vez en días, Herneval no se sentía completamente solo en su infierno. Y Frankelda, la pesadillera real, estaba dispuesta a enfrentarse a cualquier pesadilla, incluso a las más primitivas, si eso significaba proteger a su príncipe.
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