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La oscuridad sin ti

Fandom: Yeosm, Oti x Fara

Created: 1/15/2026

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FantasyRomanceDramaAngstTragedyMpregHurt/Comfort
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El Precio del Amor Prohibido

El aire de la Montaña Prohibida siempre había tenido un dejo de misterio, una esencia antigua que se aferraba a cada roca, a cada árbol. Para Oti, un mago de cabellos castaños y mejillas que se sonrojaban con facilidad, como las de un Pikachu, ese misterio se había vuelto aún más profundo desde que conoció a Fara. Fara, el imponente fantasma guardián de la montaña, casi un gigante con sus 2.20 metros de altura, y Oti, un joven de 1.80, formaban una pareja improbable, pero su amor era tan vasto y tangible como la propia montaña que Fara juraba proteger.

Su historia había estado llena de desafíos, de decisiones que ponían a prueba la lealtad y el sacrificio. Oti, con su corazón bondadoso y su lealtad inquebrantable a su familia, se encontró en una encrucijada cuando su tía Venus, a quien adoraba, y su pareja, Mr. Rub, se acercaron a él con una petición desesperada. Habían perdido sus cabezas – no en un sentido metafórico, sino literal – y necesitaban recuperarlas para poder vivir plenamente. Oti sabía que la Montaña Prohibida, hogar de la enigmática Diosa de la Montaña, era el único lugar donde se podía encontrar una solución, pero también sabía que interferir con los asuntos de la deidad era un riesgo inmenso.

La mirada de súplica de su tía Venus era algo que Oti no podía ignorar. Su felicidad era primordial. Él no quería presionar a Fara, no quería ponerlo en peligro, pero la verdad era que Fara no necesitaba ser presionado. El amor que sentía por Oti era un faro, una fuerza que lo impulsaba a desafiar las reglas más antiguas.

“Fara,” había dicho Oti una noche, su voz apenas un susurro mientras se acurrucaba contra el pecho etéreo del fantasma. “Mi tía Venus… ella y Mr. Rub. Necesitan ayuda. Sus cabezas… están perdidas.”

Fara, que normalmente era taciturno, había sentido la angustia en la voz de Oti. Había visto el amor y la preocupación en sus ojos. Él, el guardián jurado de la montaña y de la Diosa, sabía que su deber era mantenerse al margen de los asuntos de los mortales, especialmente aquellos que desafiaban las leyes de la naturaleza y los decretos divinos. Pero la felicidad de Oti era su propia ley.

“Dime qué necesitas, pequeño mago,” había respondido Fara, su voz resonando como un eco profundo en la cueva donde solían encontrarse.

Oti le explicó la situación, la necesidad de hablar con la Diosa de la Montaña, de implorar su misericordia para que Venus y Mr. Rub pudieran recuperar lo que habían perdido. Fara escuchó, su semblante inmutable, pero por dentro, una tormenta de pensamientos se desataba. Él era el guardián. Su existencia estaba ligada a la protección de la montaña y a la obediencia a la Diosa. Pero también era el amante de Oti, y el amor había reescrito sus prioridades.

La decisión de Fara fue rápida y firme. Él no solo hablaría con la Diosa, sino que intercedería por Venus y Mr. Rub, a pesar de saber que estaba violando su juramento. Con Oti a su lado, aunque manteniendo una distancia respetuosa, Fara se acercó al santuario más sagrado de la montaña. El aire se volvió denso, cargado de una energía ancestral. La Diosa de la Montaña, una entidad de poder inmenso y juicio severo, apareció ante ellos, su forma etérea brillando con una luz fría y resplandeciente.

“Fara, mi guardián. Has osado traer a un mortal a mi presencia, y por una causa que desafía las leyes que he impuesto,” la voz de la Diosa era un trueno que retumbaba en el pecho de Oti.

Fara, con una reverencia que demostraba respeto pero también una inquebrantable determinación, habló. “Mi señora, imploro su misericordia. Mi corazón, atado a este joven mago, me obliga a suplicarle. Su tía y su compañero han sufrido una gran aflicción. Le pido que les conceda la gracia de recuperar lo que han perdido.”

La Diosa observó a Fara, luego a Oti, sus ojos brillando con una sabiduría milenaria. “Fara, has jurado lealtad a esta montaña y a mí. Has jurado no interferir en los asuntos de los mortales, y mucho menos en aquellos que desafían el orden natural. Y, sobre todo, has jurado no amar a un mortal, pues el amor corrompe el juicio de un guardián.”

Un escalofrío recorrió la espalda de Oti. Sabía que Fara había roto sus votos por él. El peso de esa revelación se posó sobre sus hombros.

La Diosa, después de un silencio que pareció eterno, finalmente habló. “Por el amor que te ciega, Fara, y por la devoción de este joven mago a su familia, concederé esta única petición. Venus y Mr. Rub recuperarán lo que han perdido. Pero sepas, Fara, que cada acción tiene una consecuencia. Has desafiado mi voluntad, has roto tus juramentos. El precio de tu amor y tu desobediencia será pagado.”

La Diosa los despidió con un gesto, y con un destello de luz, Venus y Mr. Rub encontraron sus cabezas restauradas, su alegría inmensa. Oti abrazó a su tía con lágrimas en los ojos, agradecido, pero la sombra de las palabras de la Diosa se cernía sobre él.

Los días siguientes fueron de una felicidad agridulce. Oti y Fara pasaron cada momento que pudieron juntos, saboreando la compañía del otro, como si supieran que el tiempo era un lujo que se les podía arrebatar. El amor entre ellos crecía, se profundizaba, se volvía un refugio contra la inminente tormenta.

Una noche, mientras Oti dormía acurrucado junto a Fara en su cueva secreta, un resplandor fantasmal envolvió al gigante. Fara sintió una fuerza invisible que lo arrastraba, una condena ineludible. Luchó, quiso quedarse, quería despertar a Oti, pero la voluntad de la Diosa era absoluta. En un instante, Fara fue arrancado del lado de Oti, sin un adiós, sin una última palabra.

Cuando Oti despertó, el lugar de Fara estaba vacío. El aire frío de la cueva era un recordatorio cruel de su ausencia. Su corazón se encogió con un terror helado. Buscó, llamó, pero Fara no estaba. Solo el eco de su propia voz respondía. La Diosa había cobrado su precio. Fara había sido desterrado al Inframundo, castigado por su desobediencia, transformado en una bestia, un guardián de las profundidades, despojado de su forma etérea y de su libertad.

El dolor de Oti fue inconmensurable. La culpa lo carcomía. Había sido por él, por su tía, que Fara había sido castigado. Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses. Oti se sumergió en su magia, buscando desesperadamente una forma de traer de vuelta a Fara, pero todas las puertas parecían cerradas. El Inframundo era un lugar de no retorno, y la Diosa de la Montaña no perdonaba fácilmente.

En medio de su desesperación, Oti comenzó a notar cambios en su propio cuerpo. Una fatiga inusual, náuseas matutinas, un antojo por bayas de luna que antes no le gustaban. Al principio, lo atribuyó al estrés, a la pena. Pero los síntomas persistieron, se intensificaron. Con el corazón palpitante, Oti consultó a una anciana hechicera, una amiga de su familia. La mirada de la hechicera fue suave, pero sus palabras cayeron como un martillo sobre Oti.

“Oti, mi muchacho… no estás enfermo. Estás embarazado.”

La noticia golpeó a Oti con la fuerza de un rayo. ¿Embarazado? ¿Él, un mago? No era común, pero no imposible para aquellos con una conexión mágica profunda y un amor que trascendía las barreras de lo físico. Y el padre… Fara. El amor que habían compartido, la pasión que los había consumido, había creado una nueva vida.

Una oleada de emociones contradictorruas lo invadió: alegría, terror, esperanza, desesperación. Fara no estaba. Fara estaba atrapado en el Inframundo, convertido en una bestia. ¿Cómo podría criar a un hijo solo? ¿Cómo podría decirle a Fara, si alguna vez lo veía de nuevo, que habían creado una vida juntos? La idea de un hijo, el fruto de su amor prohibido, era un bálsamo para su alma herida, pero también una fuente de inmensa angustia.

Oti no pudo decirle a nadie. La vergüenza y el miedo lo paralizaron. ¿Cómo explicaría la concepción? ¿Cómo explicaría la ausencia de Fara? Decidió guardar el secreto, al menos por ahora. Se retiró aún más, buscando refugio en los rincones más profundos de la Montaña Prohibida, donde los recuerdos de Fara eran más fuertes, pero también más dolorosos.

Los meses pasaron. El vientre de Oti creció, un testimonio silencioso de su amor y su pérdida. Hablaba con su hijo en ciernes, le contaba historias de Fara, del gigante gentil que era su padre, del amor que los unía. Llamaría a su hijo Oai.

El día del parto fue un torbellino de dolor y milagro. Solo, en una cueva remota, Oti dio a luz a un pequeño niño, con los mismos cabellos castaños que él y un brillo en los ojos que le recordaba a Fara. Oai era perfecto, una pequeña luz en la oscuridad de su existencia.

Sosteniendo a su hijo recién nacido, Oti sintió una punzada de dolor tan aguda que le robó el aliento. Fara no estaba aquí. No pudo ver nacer a su hijo. No pudo sostener a Oai en sus brazos. La injusticia de todo ello era abrumadora. Las lágrimas corrieron por sus mejillas de Pikachu, ahora más pálidas por la pena y el agotamiento.

“Oai,” susurró Oti, su voz ronca. “Tu padre es el ser más noble y valiente que conocerás. Está en algún lugar, y lo traeré de vuelta a casa. Te lo prometo.”

Pero la promesa sonó hueca incluso para sus propios oídos. ¿Cómo podría un mago solitario desafiar a la Diosa de la Montaña y rescatar a un fantasma convertido en bestia del Inframundo? La tarea parecía imposible.

Los años siguientes fueron un testimonio de la fuerza de Oti. Criar a Oai solo, mientras mantenía el secreto del padre de su hijo, fue una lucha constante. Oai creció, un niño curioso y enérgico, con una extraña afinidad por el viento y las sombras, un rasgo que Oti, con un nudo en la garganta, atribuía a su herencia fantasmal.

Oti le contó a Oai historias de la Montaña Prohibida, de los espíritus y los guardianes, pero nunca mencionó a Fara por su nombre, solo como “el guardián más valiente”. Esperaba el día en que pudiera contarle la verdad, el día en que pudiera reunir a su familia.

Mientras tanto, en las profundidades del Inframundo, Fara languidecía en su forma bestial. Su mente estaba nublada por la maldición, pero en los escasos momentos de lucidez, un nombre resonaba en su ser: Oti. Y con ese nombre, una imagen fugaz de un futuro que nunca había podido presenciar: un niño, pequeño y frágil, con los ojos de su amado. La angustia de la pérdida, la pena por la vida que le habían robado, era un tormento constante.

La Diosa de la Montaña, desde su santuario, observaba el sufrimiento de Oti y Fara, el eco de su amor resonando a través de las dimensiones. El precio había sido pagado, sí, pero el amor, en su forma más pura, a menudo tenía el poder de desafiar incluso a los dioses. Y la historia de Oti y Fara, la de un amor prohibido que había dado vida en medio de la tragedia, aún no había terminado. La semilla de la esperanza, Oai, había sido plantada, y algún día, quizás, florecería, uniendo lo que la maldición había separado.
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