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Tn cae de un portal antes de que Reiner y bertol se transformen en Titanes
Fandom: Tn x attack on titán
Created: 1/17/2026
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Isekai / Portal FantasyActionDramaMysteryTime TravelDystopiaThrillerAdventureScience FictionFix-itSurvivalTragedyCharacter Death
La Caída Inesperada
El aire olía a humedad y a tierra mojada, un presagio inquietante en el siempre tenso distrito de Shiganshina. La brisa marina, que normalmente traía un alivio refrescante, hoy cargaba con un peso opresivo, como si el mismo cielo se preparara para desplomarse. Eren Jaeger, con su habitual ceño fruncido y la determinación ardiendo en sus ojos verdes, observaba a un grupo de cadetes que se preparaban para la siguiente fase de su entrenamiento. Mikasa Ackerman, silenciosa y vigilante como siempre, lo seguía con la mirada, su semblante impasible ocultando una preocupación constante. Armin Arlert, con su cabello rubio agitándose suavemente, repasaba mentalmente los detalles de la misión de ese día, sus ojos azules buscando cualquier anomalía en el horizonte.
El día transcurría con la monotonía rutinaria de la vida dentro de los muros, una falsa sensación de seguridad que todos se esforzaban por mantener. Reiner Braun y Bertholdt Hoover estaban cerca, sus figuras imponentes y su presencia familiar, aunque con un matiz de extrañeza que solo los más perceptivos, como Mikasa, podían intuir. Hablaban en voz baja, susurros que se perdían en el ruido ambiental, pero que sonaban demasiado intensos para ser una conversación casual.
De repente, el cielo, que hasta ese momento había sido un lienzo gris uniforme, se rasgó. No fue un trueno ni un relámpago, sino una distorsión visual, un desgarro en la tela de la realidad misma. Un vórtice de colores vibrantes y sombras danzantes apareció de la nada, expandiéndose con una velocidad asombrosa. El aire se cargó de electricidad estática, haciendo que los cabellos se erizaran y los animales gimieran con inquietud. Los guardias en las murallas se quedaron boquiabiertos, sus manos aferradas a sus armas, sin saber cómo reaccionar ante lo que sus ojos presenciaban.
Del centro de ese torbellino de energía, una figura humana cayó. No era una caída limpia, sino un desplome caótico, como si la persona hubiera sido arrojada desde una gran altura. La figura giraba sin control, sus extremidades agitándose, hasta que finalmente impactó contra el suelo con un golpe sordo y un estruendo que hizo vibrar la tierra. El portal se cerró tan abruptamente como había aparecido, dejando solo un rastro de humo y un silencio aturdidor.
Los cadetes, los soldados, incluso los civiles que se habían atrevido a mirar, se quedaron paralizados. La incredulidad se reflejaba en cada rostro. ¿Qué demonios acababa de pasar?
Eren fue el primero en reaccionar, su instinto de ayuda superando cualquier miedo. Corrió hacia el lugar del impacto, seguido de cerca por Mikasa y Armin. Reiner y Bertholdt, aunque un poco más lentos, también se dirigieron hacia allí, sus expresiones una mezcla de sorpresa y algo más difícil de descifrar.
Al llegar, encontraron a la figura tendida boca abajo, inmóvil. Era una mujer joven, vestida con ropas extrañas que nadie había visto antes: una chaqueta de cuero desgastada, unos pantalones ajustados y unas botas que parecían hechas para el combate, pero con un estilo futurista. Su cabello, de un color castaño oscuro, estaba desordenado y cubierto de polvo. De su cabeza, una pequeña mancha de sangre comenzaba a extenderse.
Eren se arrodilló, con el corazón latiendo a mil por hora. Con cuidado, la giró. La mujer tenía el rostro pálido, pero sus rasgos eran delicados y, a pesar de la suciedad, se notaba una belleza inusual. Sus ojos, ahora cerrados, estaban enmarcados por largas pestañas. En su muñeca, una extraña pulsera brillaba con una luz tenue, casi imperceptible.
"Está viva", murmuró Armin, aliviado, mientras se agachaba para examinarla. Su pulso era débil pero constante.
Mikasa, con su mirada aguda, notó algo más. La forma en que la mujer estaba vestida, las cicatrices apenas visibles en sus brazos, la tensión en su postura incluso inconsciente, todo sugería que no era una persona común. "No es de aquí", dijo, su voz grave.
Reiner y Bertholdt se acercaron, sus sombras proyectándose sobre la mujer. Reiner frunció el ceño, sus ojos azules escudriñando cada detalle. Bertholdt, como siempre, parecía incómodo, sus manos grandes jugueteando nerviosamente.
"¿Quién es ella?", preguntó Eren, su voz llena de perplejidad.
De repente, los ojos de la mujer se abrieron de golpe. Eran de un color ámbar intenso, llenos de confusión y un miedo primario. Su mirada se fijó en Eren, luego en Mikasa, Armin, y finalmente en Reiner y Bertholdt, deteniéndose en ellos por un instante más largo, como si algo en sus rostros le resultara inquietantemente familiar.
Intentó incorporarse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios. Se llevó una mano a la cabeza, sintiendo el chichón y la sangre.
"Tranquila, estás a salvo", dijo Eren, extendiendo una mano para ayudarla.
La mujer, sin embargo, reaccionó con un instinto de defensa. Sus ojos ámbar se clavaron en él con una intensidad fiera. "¡No me toques!", espetó, su voz ronca y con un acento extraño que nadie reconocía. Sus manos, a pesar de su debilidad, se movieron con una rapidez sorprendente, buscando algo que no estaba allí.
Mikasa intervino, su tono autoritario. "Estás herida. Te ayudaremos."
La mujer miró a su alrededor, sus ojos escaneando los rostros de los cadetes, los muros imponentes, el cielo gris. Un pánico creciente se apoderó de ella. "Esto... no es posible", murmuró, su voz apenas un susurro. "¿Dónde estoy?"
Armin, intentando ser lo más tranquilizador posible, le explicó. "Estás en el distrito de Shiganshina, dentro de las Murallas María. Has caído del cielo."
La mujer procesó sus palabras, sus ojos ámbar se abriendo aún más. Su mirada se posó en los muros, luego en los cadetes, como si intentara encontrar una lógica en el caos. "Las Murallas... Shiganshina...", repitió, como si las palabras tuvieran un significado profundo y aterrador para ella. De repente, su expresión cambió, un terror gélido reemplazando la confusión. Sus ojos se fijaron en Reiner y Bertholdt, y una exclamación ahogada escapó de sus labios. "¡Ustedes! ¡No puede ser!"
Reiner y Bertholdt intercambiaron una mirada rápida, casi imperceptible, pero llena de una tensión que Mikasa no pasó por alto.
"¿Los conoces?", preguntó Eren, sorprendido.
La mujer ignoró la pregunta, su respiración se aceleró. Intentó levantarse de nuevo, con una urgencia desesperada, como si el suelo mismo quemara bajo sus pies. Esta vez lo logró, tambaleándose un poco, pero manteniéndose en pie. Sus ojos ámbar estaban fijos en Reiner y Bertholdt, una mezcla de horror y furia ardiendo en ellos.
"¡Ustedes no lo harán!", gritó, su voz ahora más fuerte, llena de una resolución inesperada para alguien tan herido. "¡No esta vez!"
Antes de que nadie pudiera reaccionar, la mujer hizo algo aún más sorprendente. Levantó su mano, y la pulsera en su muñeca brilló con una luz azul intensa. Un sonido metálico y complejo emanó de ella, y un objeto pequeño, parecido a un dispositivo de comunicación, apareció en su palma. Lo miró por un segundo, luego levantó la vista, sus ojos ámbar fijos en Reiner y Bertholdt.
"¡Corran!", les gritó, con una urgencia que heló la sangre de todos. "¡Ahora!"
Reiner y Bertholdt, para asombro de todos, se quedaron inmóviles, sus rostros una máscara de confusión y algo más oscuro.
La mujer, al ver su falta de reacción, apretó los dientes. "¡Maldita sea! ¡No me escuchan!"
En ese instante, una vibración comenzó a resonar en el aire, una vibración profunda que hizo temblar el suelo. Era un sonido familiar, un sonido que todos en Shiganshina conocían y temían: el paso de un Titán. Pero no era un sonido lejano; venía de la dirección del muro.
Los ojos de la mujer se abrieron de par en par, y su rostro se tiñó de una palidez mortal. "¡No!", jadeó. "¡Es demasiado pronto! ¡No puede ser!"
La vibración se hizo más fuerte, y luego, el estruendo. Un sonido ensordecedor que hizo que los pájaros salieran volando en estampida y los civiles gritaran. El suelo tembló violentamente, y una nube de polvo y escombros se elevó sobre el Muro María.
"¡El muro!", gritó Eren, su voz llena de horror.
La mujer se giró, sus ojos ámbar fijos en la nube de polvo. El miedo en su rostro era palpable, un miedo que iba más allá de la mera supervivencia. "¡No! ¡No! ¡La brecha! ¡No esta vez! ¡No lo permitiré!"
Ignorando el dolor, ignorando las heridas, la mujer se lanzó hacia la dirección del muro, su paso cojo pero decidido.
"¡Espera! ¡Estás herida!", gritó Armin.
Pero ella no escuchó. Su mente estaba en otro lugar, en otro tiempo, en un horror que solo ella parecía comprender.
Reiner y Bertholdt se quedaron inmóviles, sus rostros una mezcla de pánico y una comprensión sombría. La mirada de Reiner se posó en la mujer que corría, luego en el muro roto, y una decisión pareció formarse en sus ojos.
"¡Reiner! ¡Bertholdt! ¿Qué están haciendo? ¡Tenemos que ayudarla!", gritó Eren, sintiendo la urgencia de la situación.
Pero antes de que pudiera hacer algo, la mujer se detuvo bruscamente, a unos pocos metros de ellos. Se giró, sus ojos ámbar brillando con una determinación feroz, y apuntó con el pequeño dispositivo en su mano hacia Reiner y Bertholdt.
"¡No transformarán!", dijo, su voz resonando con una autoridad que no le correspondía. "¡No dejaré que destruyan esto! ¡No de nuevo!"
Una luz azul brillante emanó del dispositivo, y un pulso de energía invisible golpeó a Reiner y Bertholdt. Ambos se tambalearon, sus ojos se abrieron de par en par, y cayeron de rodillas, con las manos en la cabeza, como si hubieran sido golpeados por una fuerza invisible. Un gemido de dolor escapó de sus labios.
Eren, Mikasa y Armin se quedaron boquiabiertos, sin poder creer lo que veían. ¿Qué era ese dispositivo? ¿Qué le había hecho a Reiner y Bertholdt?
De repente, la mujer se desplomó, la energía que la había sostenido desapareciendo. El dispositivo cayó de su mano, y la luz azul de su pulsera se atenuó. Su rostro estaba pálido, y una mancha de sangre más grande se extendía por su camisa.
"¡Está sangrando!", gritó Mikasa, corriendo hacia ella.
Pero antes de que Mikasa pudiera alcanzarla, la mujer levantó una mano temblorosa, sus ojos ámbar fijos en el cielo, donde la nube de polvo se hacía más grande.
"El... el Titán... Colosal...", murmuró, su voz apenas audible. "No... no lo detuve..."
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. "No fui lo suficientemente rápida..."
El sonido del Titán Colosal era ahora inconfundible, los pasos retumbando en la tierra, la sombra inmensa proyectándose sobre Shiganshina. El terror se apoderó de todos.
Eren, con una furia impotente, miró a la mujer. "¿Quién eres? ¿Cómo sabías lo que iba a pasar?"
La mujer tosió, y una pequeña cantidad de sangre brotó de sus labios. Sus ojos ámbar, ahora empañados, se fijaron en Eren. "Mi nombre es Tn...", susurró. "Y vengo... de un futuro... donde todo... ya está perdido..."
Sus ojos se cerraron, y su cuerpo se relajó. La conciencia la abandonó, dejándola inerte en el suelo, su misterioso dispositivo de tecnología avanzada a un lado, su pulsera brillando débilmente.
Reiner y Bertholdt, todavía de rodillas y en estado de shock por el pulso de energía, levantaron la vista. Sus rostros estaban pálidos, sus ojos llenos de una mezcla de dolor y una comprensión aterradora. La intervención de Tn había sido inesperada, un golpe que había interrumpido su plan en el momento crucial. La brecha en la muralla, el Titán Colosal, todo estaba sucediendo, pero ellos no habían podido transformarse. El dolor en sus cabezas era intenso, y la sensación de que su plan había sido frustrado, al menos por un momento, era abrumadora.
Mientras tanto, el pánico se desataba en Shiganshina. El Titán Colosal asomaba su cabeza por encima del Muro María, su mirada fría y penetrante. La gente corría, gritaba, intentando escapar del horror inminente.
Eren, Mikasa y Armin miraron a Tn, luego al muro, luego a Reiner y Bertholdt. La llegada de esta misteriosa mujer, su advertencia, su extraña tecnología, su conocimiento del futuro, todo había alterado el curso de los acontecimientos de una manera drástica.
El Titán Colosal lanzó su primera patada, destrozando la puerta de Shiganshina, y el infierno se desató. Pero esta vez, el infierno tenía un testigo inesperado, una guerrera del futuro, que había caído del cielo para cambiar el destino. Y aunque ahora estaba inconsciente, su impacto ya había sido monumental. Reiner y Bertholdt, los Titanes que debían haber sembrado el caos, estaban arrodillados, incapacitados por una fuerza que no comprendían. El futuro, que Tn conocía tan bien, acababa de ser alterado. La pregunta era, ¿para bien o para mal?
El rugido del Titán Colosal llenó el aire, un presagio de destrucción. Pero en medio del caos, la figura inconsciente de Tn, con su pulsera brillando débilmente, era un faro de esperanza, o quizás, de una desesperación aún mayor. Los hilos del destino acababan de enredarse de una manera que nadie, ni siquiera Tn, podría haber predicho con certeza.
El día transcurría con la monotonía rutinaria de la vida dentro de los muros, una falsa sensación de seguridad que todos se esforzaban por mantener. Reiner Braun y Bertholdt Hoover estaban cerca, sus figuras imponentes y su presencia familiar, aunque con un matiz de extrañeza que solo los más perceptivos, como Mikasa, podían intuir. Hablaban en voz baja, susurros que se perdían en el ruido ambiental, pero que sonaban demasiado intensos para ser una conversación casual.
De repente, el cielo, que hasta ese momento había sido un lienzo gris uniforme, se rasgó. No fue un trueno ni un relámpago, sino una distorsión visual, un desgarro en la tela de la realidad misma. Un vórtice de colores vibrantes y sombras danzantes apareció de la nada, expandiéndose con una velocidad asombrosa. El aire se cargó de electricidad estática, haciendo que los cabellos se erizaran y los animales gimieran con inquietud. Los guardias en las murallas se quedaron boquiabiertos, sus manos aferradas a sus armas, sin saber cómo reaccionar ante lo que sus ojos presenciaban.
Del centro de ese torbellino de energía, una figura humana cayó. No era una caída limpia, sino un desplome caótico, como si la persona hubiera sido arrojada desde una gran altura. La figura giraba sin control, sus extremidades agitándose, hasta que finalmente impactó contra el suelo con un golpe sordo y un estruendo que hizo vibrar la tierra. El portal se cerró tan abruptamente como había aparecido, dejando solo un rastro de humo y un silencio aturdidor.
Los cadetes, los soldados, incluso los civiles que se habían atrevido a mirar, se quedaron paralizados. La incredulidad se reflejaba en cada rostro. ¿Qué demonios acababa de pasar?
Eren fue el primero en reaccionar, su instinto de ayuda superando cualquier miedo. Corrió hacia el lugar del impacto, seguido de cerca por Mikasa y Armin. Reiner y Bertholdt, aunque un poco más lentos, también se dirigieron hacia allí, sus expresiones una mezcla de sorpresa y algo más difícil de descifrar.
Al llegar, encontraron a la figura tendida boca abajo, inmóvil. Era una mujer joven, vestida con ropas extrañas que nadie había visto antes: una chaqueta de cuero desgastada, unos pantalones ajustados y unas botas que parecían hechas para el combate, pero con un estilo futurista. Su cabello, de un color castaño oscuro, estaba desordenado y cubierto de polvo. De su cabeza, una pequeña mancha de sangre comenzaba a extenderse.
Eren se arrodilló, con el corazón latiendo a mil por hora. Con cuidado, la giró. La mujer tenía el rostro pálido, pero sus rasgos eran delicados y, a pesar de la suciedad, se notaba una belleza inusual. Sus ojos, ahora cerrados, estaban enmarcados por largas pestañas. En su muñeca, una extraña pulsera brillaba con una luz tenue, casi imperceptible.
"Está viva", murmuró Armin, aliviado, mientras se agachaba para examinarla. Su pulso era débil pero constante.
Mikasa, con su mirada aguda, notó algo más. La forma en que la mujer estaba vestida, las cicatrices apenas visibles en sus brazos, la tensión en su postura incluso inconsciente, todo sugería que no era una persona común. "No es de aquí", dijo, su voz grave.
Reiner y Bertholdt se acercaron, sus sombras proyectándose sobre la mujer. Reiner frunció el ceño, sus ojos azules escudriñando cada detalle. Bertholdt, como siempre, parecía incómodo, sus manos grandes jugueteando nerviosamente.
"¿Quién es ella?", preguntó Eren, su voz llena de perplejidad.
De repente, los ojos de la mujer se abrieron de golpe. Eran de un color ámbar intenso, llenos de confusión y un miedo primario. Su mirada se fijó en Eren, luego en Mikasa, Armin, y finalmente en Reiner y Bertholdt, deteniéndose en ellos por un instante más largo, como si algo en sus rostros le resultara inquietantemente familiar.
Intentó incorporarse, pero un gemido de dolor escapó de sus labios. Se llevó una mano a la cabeza, sintiendo el chichón y la sangre.
"Tranquila, estás a salvo", dijo Eren, extendiendo una mano para ayudarla.
La mujer, sin embargo, reaccionó con un instinto de defensa. Sus ojos ámbar se clavaron en él con una intensidad fiera. "¡No me toques!", espetó, su voz ronca y con un acento extraño que nadie reconocía. Sus manos, a pesar de su debilidad, se movieron con una rapidez sorprendente, buscando algo que no estaba allí.
Mikasa intervino, su tono autoritario. "Estás herida. Te ayudaremos."
La mujer miró a su alrededor, sus ojos escaneando los rostros de los cadetes, los muros imponentes, el cielo gris. Un pánico creciente se apoderó de ella. "Esto... no es posible", murmuró, su voz apenas un susurro. "¿Dónde estoy?"
Armin, intentando ser lo más tranquilizador posible, le explicó. "Estás en el distrito de Shiganshina, dentro de las Murallas María. Has caído del cielo."
La mujer procesó sus palabras, sus ojos ámbar se abriendo aún más. Su mirada se posó en los muros, luego en los cadetes, como si intentara encontrar una lógica en el caos. "Las Murallas... Shiganshina...", repitió, como si las palabras tuvieran un significado profundo y aterrador para ella. De repente, su expresión cambió, un terror gélido reemplazando la confusión. Sus ojos se fijaron en Reiner y Bertholdt, y una exclamación ahogada escapó de sus labios. "¡Ustedes! ¡No puede ser!"
Reiner y Bertholdt intercambiaron una mirada rápida, casi imperceptible, pero llena de una tensión que Mikasa no pasó por alto.
"¿Los conoces?", preguntó Eren, sorprendido.
La mujer ignoró la pregunta, su respiración se aceleró. Intentó levantarse de nuevo, con una urgencia desesperada, como si el suelo mismo quemara bajo sus pies. Esta vez lo logró, tambaleándose un poco, pero manteniéndose en pie. Sus ojos ámbar estaban fijos en Reiner y Bertholdt, una mezcla de horror y furia ardiendo en ellos.
"¡Ustedes no lo harán!", gritó, su voz ahora más fuerte, llena de una resolución inesperada para alguien tan herido. "¡No esta vez!"
Antes de que nadie pudiera reaccionar, la mujer hizo algo aún más sorprendente. Levantó su mano, y la pulsera en su muñeca brilló con una luz azul intensa. Un sonido metálico y complejo emanó de ella, y un objeto pequeño, parecido a un dispositivo de comunicación, apareció en su palma. Lo miró por un segundo, luego levantó la vista, sus ojos ámbar fijos en Reiner y Bertholdt.
"¡Corran!", les gritó, con una urgencia que heló la sangre de todos. "¡Ahora!"
Reiner y Bertholdt, para asombro de todos, se quedaron inmóviles, sus rostros una máscara de confusión y algo más oscuro.
La mujer, al ver su falta de reacción, apretó los dientes. "¡Maldita sea! ¡No me escuchan!"
En ese instante, una vibración comenzó a resonar en el aire, una vibración profunda que hizo temblar el suelo. Era un sonido familiar, un sonido que todos en Shiganshina conocían y temían: el paso de un Titán. Pero no era un sonido lejano; venía de la dirección del muro.
Los ojos de la mujer se abrieron de par en par, y su rostro se tiñó de una palidez mortal. "¡No!", jadeó. "¡Es demasiado pronto! ¡No puede ser!"
La vibración se hizo más fuerte, y luego, el estruendo. Un sonido ensordecedor que hizo que los pájaros salieran volando en estampida y los civiles gritaran. El suelo tembló violentamente, y una nube de polvo y escombros se elevó sobre el Muro María.
"¡El muro!", gritó Eren, su voz llena de horror.
La mujer se giró, sus ojos ámbar fijos en la nube de polvo. El miedo en su rostro era palpable, un miedo que iba más allá de la mera supervivencia. "¡No! ¡No! ¡La brecha! ¡No esta vez! ¡No lo permitiré!"
Ignorando el dolor, ignorando las heridas, la mujer se lanzó hacia la dirección del muro, su paso cojo pero decidido.
"¡Espera! ¡Estás herida!", gritó Armin.
Pero ella no escuchó. Su mente estaba en otro lugar, en otro tiempo, en un horror que solo ella parecía comprender.
Reiner y Bertholdt se quedaron inmóviles, sus rostros una mezcla de pánico y una comprensión sombría. La mirada de Reiner se posó en la mujer que corría, luego en el muro roto, y una decisión pareció formarse en sus ojos.
"¡Reiner! ¡Bertholdt! ¿Qué están haciendo? ¡Tenemos que ayudarla!", gritó Eren, sintiendo la urgencia de la situación.
Pero antes de que pudiera hacer algo, la mujer se detuvo bruscamente, a unos pocos metros de ellos. Se giró, sus ojos ámbar brillando con una determinación feroz, y apuntó con el pequeño dispositivo en su mano hacia Reiner y Bertholdt.
"¡No transformarán!", dijo, su voz resonando con una autoridad que no le correspondía. "¡No dejaré que destruyan esto! ¡No de nuevo!"
Una luz azul brillante emanó del dispositivo, y un pulso de energía invisible golpeó a Reiner y Bertholdt. Ambos se tambalearon, sus ojos se abrieron de par en par, y cayeron de rodillas, con las manos en la cabeza, como si hubieran sido golpeados por una fuerza invisible. Un gemido de dolor escapó de sus labios.
Eren, Mikasa y Armin se quedaron boquiabiertos, sin poder creer lo que veían. ¿Qué era ese dispositivo? ¿Qué le había hecho a Reiner y Bertholdt?
De repente, la mujer se desplomó, la energía que la había sostenido desapareciendo. El dispositivo cayó de su mano, y la luz azul de su pulsera se atenuó. Su rostro estaba pálido, y una mancha de sangre más grande se extendía por su camisa.
"¡Está sangrando!", gritó Mikasa, corriendo hacia ella.
Pero antes de que Mikasa pudiera alcanzarla, la mujer levantó una mano temblorosa, sus ojos ámbar fijos en el cielo, donde la nube de polvo se hacía más grande.
"El... el Titán... Colosal...", murmuró, su voz apenas audible. "No... no lo detuve..."
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. "No fui lo suficientemente rápida..."
El sonido del Titán Colosal era ahora inconfundible, los pasos retumbando en la tierra, la sombra inmensa proyectándose sobre Shiganshina. El terror se apoderó de todos.
Eren, con una furia impotente, miró a la mujer. "¿Quién eres? ¿Cómo sabías lo que iba a pasar?"
La mujer tosió, y una pequeña cantidad de sangre brotó de sus labios. Sus ojos ámbar, ahora empañados, se fijaron en Eren. "Mi nombre es Tn...", susurró. "Y vengo... de un futuro... donde todo... ya está perdido..."
Sus ojos se cerraron, y su cuerpo se relajó. La conciencia la abandonó, dejándola inerte en el suelo, su misterioso dispositivo de tecnología avanzada a un lado, su pulsera brillando débilmente.
Reiner y Bertholdt, todavía de rodillas y en estado de shock por el pulso de energía, levantaron la vista. Sus rostros estaban pálidos, sus ojos llenos de una mezcla de dolor y una comprensión aterradora. La intervención de Tn había sido inesperada, un golpe que había interrumpido su plan en el momento crucial. La brecha en la muralla, el Titán Colosal, todo estaba sucediendo, pero ellos no habían podido transformarse. El dolor en sus cabezas era intenso, y la sensación de que su plan había sido frustrado, al menos por un momento, era abrumadora.
Mientras tanto, el pánico se desataba en Shiganshina. El Titán Colosal asomaba su cabeza por encima del Muro María, su mirada fría y penetrante. La gente corría, gritaba, intentando escapar del horror inminente.
Eren, Mikasa y Armin miraron a Tn, luego al muro, luego a Reiner y Bertholdt. La llegada de esta misteriosa mujer, su advertencia, su extraña tecnología, su conocimiento del futuro, todo había alterado el curso de los acontecimientos de una manera drástica.
El Titán Colosal lanzó su primera patada, destrozando la puerta de Shiganshina, y el infierno se desató. Pero esta vez, el infierno tenía un testigo inesperado, una guerrera del futuro, que había caído del cielo para cambiar el destino. Y aunque ahora estaba inconsciente, su impacto ya había sido monumental. Reiner y Bertholdt, los Titanes que debían haber sembrado el caos, estaban arrodillados, incapacitados por una fuerza que no comprendían. El futuro, que Tn conocía tan bien, acababa de ser alterado. La pregunta era, ¿para bien o para mal?
El rugido del Titán Colosal llenó el aire, un presagio de destrucción. Pero en medio del caos, la figura inconsciente de Tn, con su pulsera brillando débilmente, era un faro de esperanza, o quizás, de una desesperación aún mayor. Los hilos del destino acababan de enredarse de una manera que nadie, ni siquiera Tn, podría haber predicho con certeza.
