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Madre e hija
Fandom: High School DxD
Created: 1/18/2026
Tags
RomanceFantasyDarkIncest MentionPurple ProseCanon SettingExplicit Language
El Secreto Carmesí de los Gremory
El sol del Inframundo, un pálido reflejo del que iluminaba el mundo humano, se filtraba a través de los vitrales de la mansión Gremory, tiñendo de carmesí los lujosos pasillos. Rías Gremory, la joven heredera de la Casa del Cabello Carmesí de la Ruina, ajustaba su uniforme escolar con un suspiro. Sus ojos verdes, normalmente llenos de determinación, reflejaban una mezcla de anticipación y un nerviosismo delicioso. El día de escuela había terminado, y con él, la fachada de la respetable estudiante y líder de club.
Un escalofrío recorrió su espalda al recordar el último encuentro. La ducha, la sala, el balcón… Cualquier lugar era un santuario para su amor prohibido, un bálsamo para su alma. Su mente repasó la silueta de su madre, Venelana Gremory, una imagen que superaba con creces cualquier fantasía. Venelana, con su cabello castaño claro y corto, sus ojos violeta penetrantes, y esa figura que desafiaba el tiempo, siempre elegante, siempre sofisticada, pero con una voluptuosidad que Rías conocía íntimamente. Era su madre, sí, pero también su amante, su paraíso, su pecado más dulce.
El pensamiento de Venelana, de sus manos, de sus labios, hizo que la piel de Rías se erizara. Sus propias medidas, 99-58-90, eran impresionantes, pero al lado de su madre, se sentía como una aprendiz. Venelana era la maestra, la encarnación de la sensualidad, una milf en todo el sentido de la palabra, con unas "súper tetas" que se amoldaban perfectamente a las suyas en sus momentos de éxtasis.
Rías caminó por el pasillo, sus pasos resonando levemente. La mansión estaba en silencio, lo que significaba que su padre, Zeoticus, estaba probablemente en alguna reunión del Consejo del Inframundo, y su hermano, Sirzechs, ocupado con sus deberes como Lucifer. La casa era suya, de ellas, por unas preciosas horas.
Al llegar a la puerta del estudio de su madre, Rías dudó un instante. Un golpe suave.
"Adelante", la voz de Venelana, meliflua y profunda, la invitó.
Rías abrió la puerta y encontró a su madre sentada en su escritorio, revisando unos documentos. Llevaba un vestido de seda color berenjena que acentuaba su figura, y unas gafas de lectura que le daban un aire de intelectualidad, solo para ser contradicho por la forma en que el tejido se tensaba sobre su busto. Al ver a Rías, una sonrisa lenta y seductora se extendió por sus labios, revelando un atisbo de la pasión que ambas compartían.
"Rías, querida. ¿Ya regresaste de la escuela?" Su tono era el de una madre cariñosa, pero la mirada en sus ojos violeta era puro fuego.
Rías cerró la puerta detrás de ella, su corazón latiendo con fuerza. "Sí, madre. El día fue… agotador." Se acercó al escritorio, sintiendo cómo la tensión entre ellas crecía con cada paso.
Venelana se quitó las gafas, dejándolas sobre la pila de papeles. Sus ojos se fijaron en los de Rías, un desafío silencioso, una promesa tácita. "Me imagino. Los estudios demoníacos pueden ser muy demandantes." Se levantó lentamente, su movimiento grácil y calculado. La diferencia de altura, que solía ser un recordatorio de su rol de madre, ahora solo servía para enfatizar la autoridad de Venelana en su relación.
Rías tragó saliva. "Más demandante que esto, no creo." Sus palabras eran un susurro, apenas audible.
Venelana se detuvo frente a ella, la distancia entre sus cuerpos apenas un suspiro. El aroma a jazmín y algo más, algo embriagadoramente femenino y demoníaco, envolvió a Rías. "Oh, ¿en serio? ¿Y qué es 'esto', mi pequeña Rías?" Su voz era un ronroneo bajo, su mano se extendió lentamente para acariciar el mechón rebelde de Rías.
El toque fue eléctrico. Rías cerró los ojos por un momento, sintiendo la suavidad de la piel de su madre, la calidez que irradiaba. "Tú, madre. Tú eres lo más demandante."
Una risa suave y profunda brotó de Venelana. "Ah, ¿así que soy una carga para ti, mi querida hija?" Su mano descendió por la mejilla de Rías, su pulgar rozando el labio inferior de la joven.
Rías abrió los ojos, su mirada fija en los de su madre. "La carga más deliciosa que he conocido." Se inclinó ligeramente, buscando el contacto, la confirmación de que no estaba soñando.
Venelana sonrió, una sonrisa llena de malicia y amor. "Entonces, ¿por qué no vienes a quitarme esta 'carga'?" Sus dedos tiraron suavemente de la corbata de Rías, atrayéndola aún más cerca.
El corazón de Rías se desbocó. La formalidad de sus ropas, el ambiente de la oficina, todo se desvaneció. Solo existían ellas dos, la promesa de la piel contra la piel, el aliento caliente en su cuello.
"Me encantaría, madre", susurró Rías, su voz ronca.
Venelana se inclinó, sus labios rozando el oído de Rías. "Bien. Pero hoy, quiero algo diferente." Su aliento cálido envió escalofríos por la columna vertebral de Rías. "Vamos a llevar nuestra… devoción a un nuevo nivel."
Rías sintió un temblor. Conocía la naturaleza audaz de su madre, la forma en que siempre buscaba nuevas experiencias para explorar su amor. "¿A qué te refieres?"
Venelana se apartó un poco, sus ojos brillando con una diversión traviesa. "El jardín de invierno. Nadie nos molestará allí. Y con el cristal, la luz, las plantas… será un lienzo perfecto para nuestro arte."
El jardín de invierno. Un lugar normalmente reservado para la contemplación tranquila, lleno de exóticas plantas del Inframundo, con un techo de cristal que ofrecía una vista del cielo nocturno. La idea era audaz, imprudente, y por eso, increíblemente excitante.
"Madre… ¿estás segura?" Rías preguntó, aunque su voz ya sonaba más a aceptación que a duda.
"¿Dudas de mí, Rías?" Venelana arqueó una ceja, una pequeña sonrisa en sus labios. "O, ¿dudas de ti misma?"
"Nunca dudaría de ti", afirmó Rías con firmeza. "Y mucho menos de mí."
Venelana soltó una risa victoriosa. "Excelente. Entonces, ven conmigo."
Tomó la mano de Rías, sus dedos entrelazándose con los de su hija, y la guio fuera del estudio, por los pasillos silenciosos de la mansión. Cada paso era una cuenta regresiva hacia el éxtasis. Rías sentía el calor de la mano de su madre, la anticipación burbujeando en su interior.
Llegaron al jardín de invierno. El aire era húmedo y cálido, lleno del aroma a tierra mojada y flores exóticas. La luz de las lunas del Inframundo se filtraba a través del techo de cristal, proyectando sombras danzarinas sobre las plantas y el suelo de mármol. El lugar, normalmente tan sereno, ahora parecía cargado de una energía latente.
Venelana soltó la mano de Rías y se giró para mirarla, sus ojos brillando en la penumbra. "Aquí, Rías. Aquí es donde nos entregaremos el uno al otro."
Rías sintió un rubor subir por sus mejillas. El descaro de su madre era contagioso, embriagador. "Estoy lista, madre."
Venelana se acercó, sus manos deslizándose por los hombros de Rías, desabrochando los botones de su blusa escolar con una lentitud tortuosa. Cada botón que se soltaba era un nuevo escalofrío que recorría el cuerpo de Rías. Sus ojos verdes estaban fijos en los violetas de su madre, un baile silencioso de deseo.
"Qué hermosa eres, Rías", susurró Venelana, su voz ronca de anhelo. "Tan parecida a mí, y sin embargo, tan única."
La blusa de Rías cayó al suelo, seguida por su corbata y luego su falda. Permaneció de pie en lencería, un conjunto de encaje carmesí que contrastaba gloriosamente con su piel pálida. Su busto, 99 centímetros de pura tentación, se alzaba desafiante.
Venelana se apartó un paso, sus ojos recorriendo el cuerpo de su hija con una admiración palpable. "Perfecta." Luego, con un movimiento fluido, comenzó a despojarse de su propio vestido. La seda berenjena se deslizó por su figura, revelando un cuerpo que desafiaba la lógica. Su busto, aún más imponente que el de Rías, se reveló en toda su gloria, contenido solo por un sujetador de encaje negro.
Rías se quedó sin aliento. A pesar de haber visto a su madre desnuda innumerables veces, la visión seguía siendo tan potente como la primera. Venelana era la personificación de la feminidad madura, la perfección demoníaca.
"Ahora, Rías", dijo Venelana, su voz un susurro seductor. "Ven a mí."
Rías no necesitó más invitación. Se lanzó a los brazos de su madre, sus labios encontrándose en un beso hambriento. El sabor de Venelana, una mezcla de jazmín y algo prohibido, llenó la boca de Rías. Sus manos se aferraron a la espalda de su madre, sintiendo los músculos tensos bajo la piel suave.
Venelana respondió al beso con la misma intensidad, sus manos expertas desabrochando el sujetador de Rías. El encaje carmesí cayó, liberando los pechos de Rías. Un gemido escapó de la garganta de Rías cuando Venelana rompió el beso para bajar sus labios a su cuello, dejando un rastro de besos húmedos y ardientes.
"Madre…", Rías jadeó, su cuerpo temblaba de excitación.
Venelana se arrodilló lentamente, sus ojos violeta fijos en el busto de Rías. "Déjame adorarte, mi flor carmesí." Sus labios se posaron en uno de los pezones de Rías, succionando suavemente, su lengua caliente y húmeda.
Un grito ahogado escapó de Rías. Las sensaciones eran abrumadoras, cada célula de su cuerpo vibraba. Sus manos se aferraron a la cabeza de su madre, enterrando sus dedos en su cabello castaño corto.
Venelana continuó su adoración, alternando entre los dos pechos, mordisqueando suavemente, lamiendo y succionando, mientras sus manos se deslizaban por la cintura de Rías, por sus caderas, por sus muslos. El calor se acumulaba en la entrepierna de Rías, un pulso constante que clamaba por más.
"Madre, por favor…", Rías imploró, su voz apenas un hilo.
Venelana se puso de pie, sus ojos brillantes con un fuego incontrolable. "Sí, mi amor. Todo lo que desees." Sus manos se posaron en la cintura de Rías, y con un empujón suave, la hizo sentarse en el borde de una de las jardineras de piedra.
Las hojas suaves y grandes de una planta exótica rozaron la espalda de Rías, una nueva sensación que solo aumentaba su excitación. Venelana se arrodilló de nuevo, esta vez entre las piernas de Rías. Sus ojos se encontraron, una promesa de éxtasis en sus profundidades.
"Ahora, mi pequeña emperatriz", susurró Venelana, su aliento caliente contra la piel de Rías. "Déjame probarte."
Sus labios se posaron en el centro de la feminidad de Rías, su lengua explorando con una maestría que Rías nunca había experimentado con nadie más. Un gemido profundo y prolongado escapó de Rías, su cabeza se echó hacia atrás, sus dedos se aferraron a su cabello.
Las sensaciones eran demasiado intensas, demasiado deliciosas. La lengua de Venelana era un bálsamo y un tormento, cada movimiento enviaba ondas de placer a través del cuerpo de Rías. Las plantas a su alrededor, el cristal sobre ellas, todo se desvaneció, dejando solo el mundo de su madre, el mundo de su placer.
"Madre… ah… ¡MADRE!" Rías gritó, su cuerpo arqueándose, sus caderas empujando contra el rostro de su madre.
Venelana continuó, inquebrantable, su lengua y sus labios trabajando con una dedicación que solo ella podía ofrecer. El placer creció, se intensificó, hasta que Rías sintió que iba a explotar.
Y luego, lo hizo. Un orgasmo poderoso la sacudió, su cuerpo tembló incontrolablemente, sus músculos se contrajeron. Las lágrimas brotaron de sus ojos, una mezcla de placer y gratitud.
Venelana se levantó, sus labios húmedos y brillantes. Miró a Rías con una expresión de profunda satisfacción. "Mi hermosa Rías. Siempre tan intensa."
Rías, aún temblorosa, apenas podía hablar. "Tú… tú eres increíble, madre."
Venelana sonrió, una sonrisa de mujer victoriosa. "Y tú, mi amor, eres el lienzo más hermoso." Se inclinó, besando a Rías suavemente en los labios. "Pero la noche apenas comienza. ¿Crees que podemos llenar el jardín de invierno con nuestros gemidos?"
Rías la miró a los ojos, una nueva determinación ardiendo en su interior. "Lo llenaremos, madre. Lo llenaremos hasta que cada planta, cada hoja, resuene con nuestro amor."
Venelana rió, una risa clara y melodiosa que prometía más placer, más audacia. "Eso es lo que quería oír. Ahora, ven aquí."
Tomó a Rías de la mano, y juntas, se adentraron más en el jardín de invierno, buscando un nuevo rincón, una nueva posición, un nuevo lugar para explorar los límites de su amor prohibido, su secreto carmesí. Las sombras danzaban a su alrededor, los aromas de las plantas se mezclaban con el sudor de sus cuerpos. Y bajo el techo de cristal, las lunas del Inframundo eran testigos silenciosos de la pasión inquebrantable entre madre e hija, un amor que desafiaba todas las normas, un amor que era tan demoníaco como divino.
Un escalofrío recorrió su espalda al recordar el último encuentro. La ducha, la sala, el balcón… Cualquier lugar era un santuario para su amor prohibido, un bálsamo para su alma. Su mente repasó la silueta de su madre, Venelana Gremory, una imagen que superaba con creces cualquier fantasía. Venelana, con su cabello castaño claro y corto, sus ojos violeta penetrantes, y esa figura que desafiaba el tiempo, siempre elegante, siempre sofisticada, pero con una voluptuosidad que Rías conocía íntimamente. Era su madre, sí, pero también su amante, su paraíso, su pecado más dulce.
El pensamiento de Venelana, de sus manos, de sus labios, hizo que la piel de Rías se erizara. Sus propias medidas, 99-58-90, eran impresionantes, pero al lado de su madre, se sentía como una aprendiz. Venelana era la maestra, la encarnación de la sensualidad, una milf en todo el sentido de la palabra, con unas "súper tetas" que se amoldaban perfectamente a las suyas en sus momentos de éxtasis.
Rías caminó por el pasillo, sus pasos resonando levemente. La mansión estaba en silencio, lo que significaba que su padre, Zeoticus, estaba probablemente en alguna reunión del Consejo del Inframundo, y su hermano, Sirzechs, ocupado con sus deberes como Lucifer. La casa era suya, de ellas, por unas preciosas horas.
Al llegar a la puerta del estudio de su madre, Rías dudó un instante. Un golpe suave.
"Adelante", la voz de Venelana, meliflua y profunda, la invitó.
Rías abrió la puerta y encontró a su madre sentada en su escritorio, revisando unos documentos. Llevaba un vestido de seda color berenjena que acentuaba su figura, y unas gafas de lectura que le daban un aire de intelectualidad, solo para ser contradicho por la forma en que el tejido se tensaba sobre su busto. Al ver a Rías, una sonrisa lenta y seductora se extendió por sus labios, revelando un atisbo de la pasión que ambas compartían.
"Rías, querida. ¿Ya regresaste de la escuela?" Su tono era el de una madre cariñosa, pero la mirada en sus ojos violeta era puro fuego.
Rías cerró la puerta detrás de ella, su corazón latiendo con fuerza. "Sí, madre. El día fue… agotador." Se acercó al escritorio, sintiendo cómo la tensión entre ellas crecía con cada paso.
Venelana se quitó las gafas, dejándolas sobre la pila de papeles. Sus ojos se fijaron en los de Rías, un desafío silencioso, una promesa tácita. "Me imagino. Los estudios demoníacos pueden ser muy demandantes." Se levantó lentamente, su movimiento grácil y calculado. La diferencia de altura, que solía ser un recordatorio de su rol de madre, ahora solo servía para enfatizar la autoridad de Venelana en su relación.
Rías tragó saliva. "Más demandante que esto, no creo." Sus palabras eran un susurro, apenas audible.
Venelana se detuvo frente a ella, la distancia entre sus cuerpos apenas un suspiro. El aroma a jazmín y algo más, algo embriagadoramente femenino y demoníaco, envolvió a Rías. "Oh, ¿en serio? ¿Y qué es 'esto', mi pequeña Rías?" Su voz era un ronroneo bajo, su mano se extendió lentamente para acariciar el mechón rebelde de Rías.
El toque fue eléctrico. Rías cerró los ojos por un momento, sintiendo la suavidad de la piel de su madre, la calidez que irradiaba. "Tú, madre. Tú eres lo más demandante."
Una risa suave y profunda brotó de Venelana. "Ah, ¿así que soy una carga para ti, mi querida hija?" Su mano descendió por la mejilla de Rías, su pulgar rozando el labio inferior de la joven.
Rías abrió los ojos, su mirada fija en los de su madre. "La carga más deliciosa que he conocido." Se inclinó ligeramente, buscando el contacto, la confirmación de que no estaba soñando.
Venelana sonrió, una sonrisa llena de malicia y amor. "Entonces, ¿por qué no vienes a quitarme esta 'carga'?" Sus dedos tiraron suavemente de la corbata de Rías, atrayéndola aún más cerca.
El corazón de Rías se desbocó. La formalidad de sus ropas, el ambiente de la oficina, todo se desvaneció. Solo existían ellas dos, la promesa de la piel contra la piel, el aliento caliente en su cuello.
"Me encantaría, madre", susurró Rías, su voz ronca.
Venelana se inclinó, sus labios rozando el oído de Rías. "Bien. Pero hoy, quiero algo diferente." Su aliento cálido envió escalofríos por la columna vertebral de Rías. "Vamos a llevar nuestra… devoción a un nuevo nivel."
Rías sintió un temblor. Conocía la naturaleza audaz de su madre, la forma en que siempre buscaba nuevas experiencias para explorar su amor. "¿A qué te refieres?"
Venelana se apartó un poco, sus ojos brillando con una diversión traviesa. "El jardín de invierno. Nadie nos molestará allí. Y con el cristal, la luz, las plantas… será un lienzo perfecto para nuestro arte."
El jardín de invierno. Un lugar normalmente reservado para la contemplación tranquila, lleno de exóticas plantas del Inframundo, con un techo de cristal que ofrecía una vista del cielo nocturno. La idea era audaz, imprudente, y por eso, increíblemente excitante.
"Madre… ¿estás segura?" Rías preguntó, aunque su voz ya sonaba más a aceptación que a duda.
"¿Dudas de mí, Rías?" Venelana arqueó una ceja, una pequeña sonrisa en sus labios. "O, ¿dudas de ti misma?"
"Nunca dudaría de ti", afirmó Rías con firmeza. "Y mucho menos de mí."
Venelana soltó una risa victoriosa. "Excelente. Entonces, ven conmigo."
Tomó la mano de Rías, sus dedos entrelazándose con los de su hija, y la guio fuera del estudio, por los pasillos silenciosos de la mansión. Cada paso era una cuenta regresiva hacia el éxtasis. Rías sentía el calor de la mano de su madre, la anticipación burbujeando en su interior.
Llegaron al jardín de invierno. El aire era húmedo y cálido, lleno del aroma a tierra mojada y flores exóticas. La luz de las lunas del Inframundo se filtraba a través del techo de cristal, proyectando sombras danzarinas sobre las plantas y el suelo de mármol. El lugar, normalmente tan sereno, ahora parecía cargado de una energía latente.
Venelana soltó la mano de Rías y se giró para mirarla, sus ojos brillando en la penumbra. "Aquí, Rías. Aquí es donde nos entregaremos el uno al otro."
Rías sintió un rubor subir por sus mejillas. El descaro de su madre era contagioso, embriagador. "Estoy lista, madre."
Venelana se acercó, sus manos deslizándose por los hombros de Rías, desabrochando los botones de su blusa escolar con una lentitud tortuosa. Cada botón que se soltaba era un nuevo escalofrío que recorría el cuerpo de Rías. Sus ojos verdes estaban fijos en los violetas de su madre, un baile silencioso de deseo.
"Qué hermosa eres, Rías", susurró Venelana, su voz ronca de anhelo. "Tan parecida a mí, y sin embargo, tan única."
La blusa de Rías cayó al suelo, seguida por su corbata y luego su falda. Permaneció de pie en lencería, un conjunto de encaje carmesí que contrastaba gloriosamente con su piel pálida. Su busto, 99 centímetros de pura tentación, se alzaba desafiante.
Venelana se apartó un paso, sus ojos recorriendo el cuerpo de su hija con una admiración palpable. "Perfecta." Luego, con un movimiento fluido, comenzó a despojarse de su propio vestido. La seda berenjena se deslizó por su figura, revelando un cuerpo que desafiaba la lógica. Su busto, aún más imponente que el de Rías, se reveló en toda su gloria, contenido solo por un sujetador de encaje negro.
Rías se quedó sin aliento. A pesar de haber visto a su madre desnuda innumerables veces, la visión seguía siendo tan potente como la primera. Venelana era la personificación de la feminidad madura, la perfección demoníaca.
"Ahora, Rías", dijo Venelana, su voz un susurro seductor. "Ven a mí."
Rías no necesitó más invitación. Se lanzó a los brazos de su madre, sus labios encontrándose en un beso hambriento. El sabor de Venelana, una mezcla de jazmín y algo prohibido, llenó la boca de Rías. Sus manos se aferraron a la espalda de su madre, sintiendo los músculos tensos bajo la piel suave.
Venelana respondió al beso con la misma intensidad, sus manos expertas desabrochando el sujetador de Rías. El encaje carmesí cayó, liberando los pechos de Rías. Un gemido escapó de la garganta de Rías cuando Venelana rompió el beso para bajar sus labios a su cuello, dejando un rastro de besos húmedos y ardientes.
"Madre…", Rías jadeó, su cuerpo temblaba de excitación.
Venelana se arrodilló lentamente, sus ojos violeta fijos en el busto de Rías. "Déjame adorarte, mi flor carmesí." Sus labios se posaron en uno de los pezones de Rías, succionando suavemente, su lengua caliente y húmeda.
Un grito ahogado escapó de Rías. Las sensaciones eran abrumadoras, cada célula de su cuerpo vibraba. Sus manos se aferraron a la cabeza de su madre, enterrando sus dedos en su cabello castaño corto.
Venelana continuó su adoración, alternando entre los dos pechos, mordisqueando suavemente, lamiendo y succionando, mientras sus manos se deslizaban por la cintura de Rías, por sus caderas, por sus muslos. El calor se acumulaba en la entrepierna de Rías, un pulso constante que clamaba por más.
"Madre, por favor…", Rías imploró, su voz apenas un hilo.
Venelana se puso de pie, sus ojos brillantes con un fuego incontrolable. "Sí, mi amor. Todo lo que desees." Sus manos se posaron en la cintura de Rías, y con un empujón suave, la hizo sentarse en el borde de una de las jardineras de piedra.
Las hojas suaves y grandes de una planta exótica rozaron la espalda de Rías, una nueva sensación que solo aumentaba su excitación. Venelana se arrodilló de nuevo, esta vez entre las piernas de Rías. Sus ojos se encontraron, una promesa de éxtasis en sus profundidades.
"Ahora, mi pequeña emperatriz", susurró Venelana, su aliento caliente contra la piel de Rías. "Déjame probarte."
Sus labios se posaron en el centro de la feminidad de Rías, su lengua explorando con una maestría que Rías nunca había experimentado con nadie más. Un gemido profundo y prolongado escapó de Rías, su cabeza se echó hacia atrás, sus dedos se aferraron a su cabello.
Las sensaciones eran demasiado intensas, demasiado deliciosas. La lengua de Venelana era un bálsamo y un tormento, cada movimiento enviaba ondas de placer a través del cuerpo de Rías. Las plantas a su alrededor, el cristal sobre ellas, todo se desvaneció, dejando solo el mundo de su madre, el mundo de su placer.
"Madre… ah… ¡MADRE!" Rías gritó, su cuerpo arqueándose, sus caderas empujando contra el rostro de su madre.
Venelana continuó, inquebrantable, su lengua y sus labios trabajando con una dedicación que solo ella podía ofrecer. El placer creció, se intensificó, hasta que Rías sintió que iba a explotar.
Y luego, lo hizo. Un orgasmo poderoso la sacudió, su cuerpo tembló incontrolablemente, sus músculos se contrajeron. Las lágrimas brotaron de sus ojos, una mezcla de placer y gratitud.
Venelana se levantó, sus labios húmedos y brillantes. Miró a Rías con una expresión de profunda satisfacción. "Mi hermosa Rías. Siempre tan intensa."
Rías, aún temblorosa, apenas podía hablar. "Tú… tú eres increíble, madre."
Venelana sonrió, una sonrisa de mujer victoriosa. "Y tú, mi amor, eres el lienzo más hermoso." Se inclinó, besando a Rías suavemente en los labios. "Pero la noche apenas comienza. ¿Crees que podemos llenar el jardín de invierno con nuestros gemidos?"
Rías la miró a los ojos, una nueva determinación ardiendo en su interior. "Lo llenaremos, madre. Lo llenaremos hasta que cada planta, cada hoja, resuene con nuestro amor."
Venelana rió, una risa clara y melodiosa que prometía más placer, más audacia. "Eso es lo que quería oír. Ahora, ven aquí."
Tomó a Rías de la mano, y juntas, se adentraron más en el jardín de invierno, buscando un nuevo rincón, una nueva posición, un nuevo lugar para explorar los límites de su amor prohibido, su secreto carmesí. Las sombras danzaban a su alrededor, los aromas de las plantas se mezclaban con el sudor de sus cuerpos. Y bajo el techo de cristal, las lunas del Inframundo eran testigos silenciosos de la pasión inquebrantable entre madre e hija, un amor que desafiaba todas las normas, un amor que era tan demoníaco como divino.
