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Universidad III
Fandom: Historia
Created: 1/19/2026
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RomanceDramaHistoricalMpregAngstCharacter StudyDark
Un Vientre Lleno de Secretos y un Hermano Entrometido
El aire seguía cargado con el eco de los susurros y los jadeos, una mezcla embriagadora de almizcle, sudor y el aroma dulce del té que Alejandro había preparado. Napoleón, con el aliento aún agitado, se había apartado un poco, pero sus ojos grises seguían fijos en el rostro del zar, devorándolo con una intensidad que rozaba la posesión. Alejandro, por su parte, intentaba recuperar la compostura, su piel enrojecida y sus labios hinchados eran elocuentes testigos de la pasión desatada. Sentía el peso de la mano de Napoleón sobre su vientre, un contacto que se había vuelto casi constante durante el acto, como si el francés quisiera asegurarse de que la semilla que había plantado estuviera segura.
– Napoleón… – La voz de Alejandro era apenas un susurro, rasposa. – Debemos… debemos hablar.
El emperador francés soltó una risa gutural, un sonido que le erizó los vellos de la nuca.
– ¿Hablar, mon tsar? ¿Acaso no hemos hablado ya lo suficiente con nuestros cuerpos?
– No de eso. – Alejandro intentó apartarse, pero la mano de Napoleón lo sujetó con firmeza, impidiéndole moverse. – Hay algo más.
Napoleón frunció el ceño, sus ojos se entrecerraron. Era esa mirada de estratega, la que analizaba cada gesto, cada inflexión de voz, buscando la debilidad o el engaño.
– ¿Algo más? ¿Qué podría ser más importante que lo que acabamos de compartir?
Alejandro tragó saliva. La verdad le quemaba en la garganta, pero el miedo a la reacción de Napoleón era un nudo en su estómago. El temor no era por él mismo, sino por el pequeño ser que crecía en su interior, una vida que ahora sentía con más fuerza que nunca.
– Se trata del… del bebé.
La tensión en el cuerpo de Napoleón se hizo palpable. Su mano se retiró del vientre de Alejandro, y el zar sintió un escalofrío por la ausencia de su calor.
– ¿El bebé? – El tono de Napoleón era frío, casi gélido. – ¿Qué tiene que ver el futuro emperador de Francia con todo esto?
Alejandro cerró los ojos por un instante, buscando las palabras exactas. La situación era delicada, compleja, y la presencia del feto lo hacía aún más volátil.
– Cuando… cuando sucedió lo nuestro en los baños… – comenzó, su voz apenas audible. – Yo… yo quedé embarazado.
El silencio que siguió fue denso, opresivo. Alejandro se atrevió a abrir los ojos y encontró la mirada de Napoleón, una mezcla indescifrable de sorpresa, incredulidad y algo más oscuro que no pudo descifrar.
– ¿Embarazado? – repitió Napoleón, como si la palabra fuera extraña en su boca. – ¿Tú? ¿Un hombre?
– Sí. – Alejandro asintió, sintiendo el rubor subir por su cuello. – Poseo afrodismo. Tengo ambos… órganos. Y una gran capacidad fértil.
Napoleón se quedó en silencio un largo momento, su mente, Alejandro lo sabía, procesando la información a una velocidad vertiginosa. El emperador francés era un hombre de ciencia y estrategia, pero también de convicciones arraigadas. La idea de un hombre embarazado, por más que fuera un zar, debía chocar con sus esquemas.
– Entonces… – La voz de Napoleón era baja, un susurro peligroso. – ¿Este… este es mi hijo?
Alejandro asintió, las lágrimas picándole en los ojos. Era la verdad, y a pesar de la tensión, sentía un alivio al haberlo dicho en voz alta.
– Sí, Napoleón. Es nuestro hijo.
Napoleón se acercó de nuevo, su mano regresó al vientre de Alejandro, esta vez con una delicadeza que sorprendió al zar. La palma de su mano se posó sobre la piel, y Alejandro pudo sentir el calor que emanaba.
– Un hijo… – Napoleón cerró los ojos, y por un instante, Alejandro vio una grieta en la armadura del emperador, un atisbo de vulnerabilidad. – Un heredero.
El alivio de Alejandro fue momentáneo, pues el siguiente pensamiento de Napoleón lo devolvió a la realidad de su compleja situación.
– ¿Y por qué no me lo habías dicho antes? ¿Por qué este secreto, Alejandro?
– No fue un secreto deliberado. – Alejandro se apresuró a explicar. – No sabía cómo, o cuándo. Y luego… luego mi hermano, Pablo, se enteró.
La mención de Pablo hizo que el rostro de Napoleón se endureciera. La relación entre los hermanos Romanov era conocida, y no precisamente por su cordialidad.
– ¿Tu hermano? – El tono de Napoleón era de desconfianza. – ¿Qué tiene que ver ese… ese entrometido en esto?
– Pablo… él siempre ha sido muy protector. – Alejandro suspiró, recordando las interminables discusiones con su hermano. – Cuando se enteró de mi situación… se preocupó. Por la sucesión, por el escándalo, por todo.
– ¿Escándalo? – Napoleón soltó una risa amarga. – ¿Acaso crees que el mundo se escandalizará más por un zar embarazado que por un zar y un emperador en la cama?
– No es tan simple, Napoleón. – Alejandro intentó explicar. – Es mi posición, mi país. Un heredero sin una madre… o con un padre que es tu enemigo.
– ¿Mi enemigo? – Napoleón lo interrumpió, su voz subiendo de volumen. – ¿Después de esto? ¿Después de lo que compartimos?
– Las cosas políticas son distintas a las personales, lo sabes. – Alejandro le miró con súplica. – Y Pablo… él pensó en una solución. Una que… que nos ayudaría a ambos.
– ¿Una solución? – Napoleón se cruzó de brazos, su postura tensa. – Dime, ¿qué brillante idea se le ocurrió a tu querido hermano?
Alejandro dudó, la vergüenza le invadió. Sabía que la propuesta de Pablo no le gustaría a Napoleón, no le gustaría en absoluto.
– Pablo… él sugirió que… que el bebé fuera reconocido como hijo de Mijaíl Kutúzov.
El silencio volvió a caer, más pesado que antes. Los ojos de Napoleón se abrieron ligeramente, y por un momento, Alejandro pensó que el emperador se había quedado sin palabras, algo casi inaudito. Luego, una risa seca, sin alegría, brotó de los labios del francés.
– ¿Kutúzov? – El nombre salió con un desprecio apenas disimulado. – ¿El viejo zorro tuerto? ¿Ese es el padre que tu hermano quiere para mi hijo?
– Pablo y Kutúzov se llevan muy bien. – Alejandro se apresuró a justificar, aunque sabía lo fútil de sus palabras. – Kutúzov es un hombre respetado en Rusia, leal. No levantaría sospechas.
– ¿No levantaría sospechas? – La voz de Napoleón se elevó, y sus ojos grises brillaron con una furia contenida. – ¿Crees que soy un imbécil, Alejandro? ¿Crees que no me daría cuenta de que mi propio hijo está siendo entregado a otro hombre?
– No es entregado, Napoleón. – Alejandro intentó tomar su mano, pero él la apartó bruscamente. – Es una… una medida de protección. Para el bebé, para ti, para Rusia.
– ¡Protección! – Napoleón se rió de nuevo, una risa que helaba la sangre. – ¡Esto es una afrenta! ¡Una humillación! ¡Mi sangre, mi carne, siendo entregada a un anciano que me odia!
– Kutúzov no te odia… –
– ¡No me digas lo que piensa o siente ese viejo! – Napoleón lo interrumpió con un rugido que hizo temblar los cristales. – ¡Sé lo que piensa de mí, y lo que piensa de Francia! ¡Y ahora, quiere robarme a mi hijo!
Alejandro se encogió un poco, la furia de Napoleón era abrumadora. Se dio cuenta de que había subestimado la reacción del emperador. Su posesividad, su orgullo, eran tan vastos como sus ambiciones.
– No es lo que Pablo quiere. – Alejandro se esforzó por mantener la calma. – Él solo piensa en el bien de Rusia. Y en tu seguridad.
– ¿Mi seguridad? – Napoleón lo miró con incredulidad. – ¡Mi seguridad está en mi poder, no en las intrigas de tu hermano!
– Si se supiera que el zar de Rusia está esperando un hijo de Napoleón Bonaparte, las repercusiones serían catastróficas. – Alejandro intentó razonar, su voz temblaba ligeramente. – Para ambos imperios. La gente no lo entendería. Dirían que es una debilidad, una traición.
Napoleón se paseó por la habitación, sus pisadas resonando en el suelo de madera. Su mente, Alejandro lo sabía, estaba trabajando a toda máquina, sopesando las implicaciones, buscando la mejor estrategia.
– ¿Y qué hay de ti? – preguntó Napoleón, deteniéndose de repente y volviendo a clavar sus ojos en Alejandro. – ¿Qué quieres tú, Alejandro? ¿Quieres que mi hijo sea un bastardo ruso, un Kutúzov bastardo?
La pregunta lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. Alejandro se llevó una mano al vientre, acariciándolo suavemente.
– Yo… yo solo quiero lo mejor para él. – Su voz se quebró. – Quiero que esté seguro, que sea amado. Que tenga un futuro.
– Su futuro está conmigo. – Napoleón se acercó, su voz ahora más suave, pero con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. – Conmigo, como mi heredero. El futuro emperador de Francia y, quizás, de un imperio aún mayor.
– Pero eso… eso implicaría una guerra. – Alejandro lo miró con desesperación. – Una guerra que ninguno de nuestros pueblos quiere.
– ¿Y qué es la vida sin guerra, Alejandro? – Napoleón sonrió, una sonrisa fría y calculadora. – La guerra es el crisol donde se forjan los imperios. Y este hijo… este hijo es la prueba de que nuestros imperios están destinados a unirse, de una forma u otra.
– No así. – Alejandro negó con la cabeza. – No con sangre y destrucción.
– ¿Y cómo, entonces? – Napoleón se detuvo justo frente a él, sus ojos grises le perforaban el alma. – ¿Crees que el mundo aceptará un niño de un zar y un emperador sin preguntas? ¿Sin intrigas? ¿Sin que alguien intente usarlo en nuestra contra?
Alejandro no tuvo respuesta. Sabía que Napoleón tenía razón en parte. El mundo en el que vivían era cruel e implacable. Un niño nacido de su unión sería un arma poderosa, codiciada por muchos.
– Pablo… él solo quiere evitar el caos. – Alejandro insistió, aunque su voz sonaba débil incluso para él. – Él no quiere que el bebé sea un peón en un juego de poder.
– ¡Pues está equivocado! – Napoleón golpeó suavemente la pared con el puño cerrado. – ¡Este niño es el peón más valioso que jamás haya existido! ¡Y no permitiré que tu hermano, ni nadie, me lo arrebate!
Napoleón se inclinó, su aliento cálido contra el oído de Alejandro.
– Tú eres mío, Alejandro. Y este niño… este niño es nuestro. No de Kutúzov, no de Rusia, no de nadie más. Solo nuestro.
Alejandro sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La posesividad de Napoleón era abrumadora, pero también, en un retorcido sentido, reconfortante. Era una promesa de protección, aunque viniera envuelta en las garras de un conquistador.
– ¿Qué… qué vas a hacer? – preguntó Alejandro, casi sin aliento.
Napoleón se enderezó, sus ojos brillando con una determinación feroz.
– Haré lo que sea necesario para asegurar el futuro de mi hijo. Y para asegurar que nadie, ni siquiera tu propio hermano, intente arrebatármelo.
El aire en la habitación se volvió más pesado, cargado de una nueva tensión. Alejandro supo que la conversación sobre el bebé y la propuesta de Pablo había abierto una nueva grieta entre ellos, una herida que no sería fácil de cerrar. Pero también, en el fondo de su corazón, sintió una extraña punzada de esperanza. Napoleón quería a su hijo. Y, por primera vez, Alejandro no se sentía solo en la carga que llevaba en su vientre.
– Debo hablar con Pablo. – dijo Alejandro, su voz más firme. – Debo… debo intentar que entienda.
Napoleón soltó una risa irónica.
– Intenta, mon tsar. Pero dudo que tu hermano sea tan razonable como tú esperas. Especialmente cuando su plan ha sido desbaratado por la simple verdad.
Alejandro asintió, sabiendo que Napoleón tenía razón. Pablo era terco, orgulloso y, sobre todo, leal a Rusia. Convencerlo de que el hijo que llevaba Alejandro era un activo, no un peligro, sería una tarea titánica. Y que el padre de ese hijo fuera Napoleón Bonaparte, lo haría aún más difícil.
Napoleón se inclinó de nuevo, esta vez para besar suavemente los labios de Alejandro, un beso que fue tanto una promesa como una advertencia.
– Que quede claro, Alejandro. – susurró Napoleón, sus ojos fijos en los suyos. – Este hijo es mío. Y haré lo que sea necesario para reclamarlo. Y a ti también.
Alejandro cerró los ojos, sintiendo el peso de las palabras de Napoleón, el peso de su destino, y el peso de la vida que crecía en su interior. La paz que había anhelado parecía más distante que nunca, reemplazada por la certeza de una tormenta que se avecinaba, una tormenta que prometía cambiar el curso de la historia, y la de sus corazones.
– Napoleón… – La voz de Alejandro era apenas un susurro, rasposa. – Debemos… debemos hablar.
El emperador francés soltó una risa gutural, un sonido que le erizó los vellos de la nuca.
– ¿Hablar, mon tsar? ¿Acaso no hemos hablado ya lo suficiente con nuestros cuerpos?
– No de eso. – Alejandro intentó apartarse, pero la mano de Napoleón lo sujetó con firmeza, impidiéndole moverse. – Hay algo más.
Napoleón frunció el ceño, sus ojos se entrecerraron. Era esa mirada de estratega, la que analizaba cada gesto, cada inflexión de voz, buscando la debilidad o el engaño.
– ¿Algo más? ¿Qué podría ser más importante que lo que acabamos de compartir?
Alejandro tragó saliva. La verdad le quemaba en la garganta, pero el miedo a la reacción de Napoleón era un nudo en su estómago. El temor no era por él mismo, sino por el pequeño ser que crecía en su interior, una vida que ahora sentía con más fuerza que nunca.
– Se trata del… del bebé.
La tensión en el cuerpo de Napoleón se hizo palpable. Su mano se retiró del vientre de Alejandro, y el zar sintió un escalofrío por la ausencia de su calor.
– ¿El bebé? – El tono de Napoleón era frío, casi gélido. – ¿Qué tiene que ver el futuro emperador de Francia con todo esto?
Alejandro cerró los ojos por un instante, buscando las palabras exactas. La situación era delicada, compleja, y la presencia del feto lo hacía aún más volátil.
– Cuando… cuando sucedió lo nuestro en los baños… – comenzó, su voz apenas audible. – Yo… yo quedé embarazado.
El silencio que siguió fue denso, opresivo. Alejandro se atrevió a abrir los ojos y encontró la mirada de Napoleón, una mezcla indescifrable de sorpresa, incredulidad y algo más oscuro que no pudo descifrar.
– ¿Embarazado? – repitió Napoleón, como si la palabra fuera extraña en su boca. – ¿Tú? ¿Un hombre?
– Sí. – Alejandro asintió, sintiendo el rubor subir por su cuello. – Poseo afrodismo. Tengo ambos… órganos. Y una gran capacidad fértil.
Napoleón se quedó en silencio un largo momento, su mente, Alejandro lo sabía, procesando la información a una velocidad vertiginosa. El emperador francés era un hombre de ciencia y estrategia, pero también de convicciones arraigadas. La idea de un hombre embarazado, por más que fuera un zar, debía chocar con sus esquemas.
– Entonces… – La voz de Napoleón era baja, un susurro peligroso. – ¿Este… este es mi hijo?
Alejandro asintió, las lágrimas picándole en los ojos. Era la verdad, y a pesar de la tensión, sentía un alivio al haberlo dicho en voz alta.
– Sí, Napoleón. Es nuestro hijo.
Napoleón se acercó de nuevo, su mano regresó al vientre de Alejandro, esta vez con una delicadeza que sorprendió al zar. La palma de su mano se posó sobre la piel, y Alejandro pudo sentir el calor que emanaba.
– Un hijo… – Napoleón cerró los ojos, y por un instante, Alejandro vio una grieta en la armadura del emperador, un atisbo de vulnerabilidad. – Un heredero.
El alivio de Alejandro fue momentáneo, pues el siguiente pensamiento de Napoleón lo devolvió a la realidad de su compleja situación.
– ¿Y por qué no me lo habías dicho antes? ¿Por qué este secreto, Alejandro?
– No fue un secreto deliberado. – Alejandro se apresuró a explicar. – No sabía cómo, o cuándo. Y luego… luego mi hermano, Pablo, se enteró.
La mención de Pablo hizo que el rostro de Napoleón se endureciera. La relación entre los hermanos Romanov era conocida, y no precisamente por su cordialidad.
– ¿Tu hermano? – El tono de Napoleón era de desconfianza. – ¿Qué tiene que ver ese… ese entrometido en esto?
– Pablo… él siempre ha sido muy protector. – Alejandro suspiró, recordando las interminables discusiones con su hermano. – Cuando se enteró de mi situación… se preocupó. Por la sucesión, por el escándalo, por todo.
– ¿Escándalo? – Napoleón soltó una risa amarga. – ¿Acaso crees que el mundo se escandalizará más por un zar embarazado que por un zar y un emperador en la cama?
– No es tan simple, Napoleón. – Alejandro intentó explicar. – Es mi posición, mi país. Un heredero sin una madre… o con un padre que es tu enemigo.
– ¿Mi enemigo? – Napoleón lo interrumpió, su voz subiendo de volumen. – ¿Después de esto? ¿Después de lo que compartimos?
– Las cosas políticas son distintas a las personales, lo sabes. – Alejandro le miró con súplica. – Y Pablo… él pensó en una solución. Una que… que nos ayudaría a ambos.
– ¿Una solución? – Napoleón se cruzó de brazos, su postura tensa. – Dime, ¿qué brillante idea se le ocurrió a tu querido hermano?
Alejandro dudó, la vergüenza le invadió. Sabía que la propuesta de Pablo no le gustaría a Napoleón, no le gustaría en absoluto.
– Pablo… él sugirió que… que el bebé fuera reconocido como hijo de Mijaíl Kutúzov.
El silencio volvió a caer, más pesado que antes. Los ojos de Napoleón se abrieron ligeramente, y por un momento, Alejandro pensó que el emperador se había quedado sin palabras, algo casi inaudito. Luego, una risa seca, sin alegría, brotó de los labios del francés.
– ¿Kutúzov? – El nombre salió con un desprecio apenas disimulado. – ¿El viejo zorro tuerto? ¿Ese es el padre que tu hermano quiere para mi hijo?
– Pablo y Kutúzov se llevan muy bien. – Alejandro se apresuró a justificar, aunque sabía lo fútil de sus palabras. – Kutúzov es un hombre respetado en Rusia, leal. No levantaría sospechas.
– ¿No levantaría sospechas? – La voz de Napoleón se elevó, y sus ojos grises brillaron con una furia contenida. – ¿Crees que soy un imbécil, Alejandro? ¿Crees que no me daría cuenta de que mi propio hijo está siendo entregado a otro hombre?
– No es entregado, Napoleón. – Alejandro intentó tomar su mano, pero él la apartó bruscamente. – Es una… una medida de protección. Para el bebé, para ti, para Rusia.
– ¡Protección! – Napoleón se rió de nuevo, una risa que helaba la sangre. – ¡Esto es una afrenta! ¡Una humillación! ¡Mi sangre, mi carne, siendo entregada a un anciano que me odia!
– Kutúzov no te odia… –
– ¡No me digas lo que piensa o siente ese viejo! – Napoleón lo interrumpió con un rugido que hizo temblar los cristales. – ¡Sé lo que piensa de mí, y lo que piensa de Francia! ¡Y ahora, quiere robarme a mi hijo!
Alejandro se encogió un poco, la furia de Napoleón era abrumadora. Se dio cuenta de que había subestimado la reacción del emperador. Su posesividad, su orgullo, eran tan vastos como sus ambiciones.
– No es lo que Pablo quiere. – Alejandro se esforzó por mantener la calma. – Él solo piensa en el bien de Rusia. Y en tu seguridad.
– ¿Mi seguridad? – Napoleón lo miró con incredulidad. – ¡Mi seguridad está en mi poder, no en las intrigas de tu hermano!
– Si se supiera que el zar de Rusia está esperando un hijo de Napoleón Bonaparte, las repercusiones serían catastróficas. – Alejandro intentó razonar, su voz temblaba ligeramente. – Para ambos imperios. La gente no lo entendería. Dirían que es una debilidad, una traición.
Napoleón se paseó por la habitación, sus pisadas resonando en el suelo de madera. Su mente, Alejandro lo sabía, estaba trabajando a toda máquina, sopesando las implicaciones, buscando la mejor estrategia.
– ¿Y qué hay de ti? – preguntó Napoleón, deteniéndose de repente y volviendo a clavar sus ojos en Alejandro. – ¿Qué quieres tú, Alejandro? ¿Quieres que mi hijo sea un bastardo ruso, un Kutúzov bastardo?
La pregunta lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. Alejandro se llevó una mano al vientre, acariciándolo suavemente.
– Yo… yo solo quiero lo mejor para él. – Su voz se quebró. – Quiero que esté seguro, que sea amado. Que tenga un futuro.
– Su futuro está conmigo. – Napoleón se acercó, su voz ahora más suave, pero con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. – Conmigo, como mi heredero. El futuro emperador de Francia y, quizás, de un imperio aún mayor.
– Pero eso… eso implicaría una guerra. – Alejandro lo miró con desesperación. – Una guerra que ninguno de nuestros pueblos quiere.
– ¿Y qué es la vida sin guerra, Alejandro? – Napoleón sonrió, una sonrisa fría y calculadora. – La guerra es el crisol donde se forjan los imperios. Y este hijo… este hijo es la prueba de que nuestros imperios están destinados a unirse, de una forma u otra.
– No así. – Alejandro negó con la cabeza. – No con sangre y destrucción.
– ¿Y cómo, entonces? – Napoleón se detuvo justo frente a él, sus ojos grises le perforaban el alma. – ¿Crees que el mundo aceptará un niño de un zar y un emperador sin preguntas? ¿Sin intrigas? ¿Sin que alguien intente usarlo en nuestra contra?
Alejandro no tuvo respuesta. Sabía que Napoleón tenía razón en parte. El mundo en el que vivían era cruel e implacable. Un niño nacido de su unión sería un arma poderosa, codiciada por muchos.
– Pablo… él solo quiere evitar el caos. – Alejandro insistió, aunque su voz sonaba débil incluso para él. – Él no quiere que el bebé sea un peón en un juego de poder.
– ¡Pues está equivocado! – Napoleón golpeó suavemente la pared con el puño cerrado. – ¡Este niño es el peón más valioso que jamás haya existido! ¡Y no permitiré que tu hermano, ni nadie, me lo arrebate!
Napoleón se inclinó, su aliento cálido contra el oído de Alejandro.
– Tú eres mío, Alejandro. Y este niño… este niño es nuestro. No de Kutúzov, no de Rusia, no de nadie más. Solo nuestro.
Alejandro sintió un escalofrío recorrerle la espalda. La posesividad de Napoleón era abrumadora, pero también, en un retorcido sentido, reconfortante. Era una promesa de protección, aunque viniera envuelta en las garras de un conquistador.
– ¿Qué… qué vas a hacer? – preguntó Alejandro, casi sin aliento.
Napoleón se enderezó, sus ojos brillando con una determinación feroz.
– Haré lo que sea necesario para asegurar el futuro de mi hijo. Y para asegurar que nadie, ni siquiera tu propio hermano, intente arrebatármelo.
El aire en la habitación se volvió más pesado, cargado de una nueva tensión. Alejandro supo que la conversación sobre el bebé y la propuesta de Pablo había abierto una nueva grieta entre ellos, una herida que no sería fácil de cerrar. Pero también, en el fondo de su corazón, sintió una extraña punzada de esperanza. Napoleón quería a su hijo. Y, por primera vez, Alejandro no se sentía solo en la carga que llevaba en su vientre.
– Debo hablar con Pablo. – dijo Alejandro, su voz más firme. – Debo… debo intentar que entienda.
Napoleón soltó una risa irónica.
– Intenta, mon tsar. Pero dudo que tu hermano sea tan razonable como tú esperas. Especialmente cuando su plan ha sido desbaratado por la simple verdad.
Alejandro asintió, sabiendo que Napoleón tenía razón. Pablo era terco, orgulloso y, sobre todo, leal a Rusia. Convencerlo de que el hijo que llevaba Alejandro era un activo, no un peligro, sería una tarea titánica. Y que el padre de ese hijo fuera Napoleón Bonaparte, lo haría aún más difícil.
Napoleón se inclinó de nuevo, esta vez para besar suavemente los labios de Alejandro, un beso que fue tanto una promesa como una advertencia.
– Que quede claro, Alejandro. – susurró Napoleón, sus ojos fijos en los suyos. – Este hijo es mío. Y haré lo que sea necesario para reclamarlo. Y a ti también.
Alejandro cerró los ojos, sintiendo el peso de las palabras de Napoleón, el peso de su destino, y el peso de la vida que crecía en su interior. La paz que había anhelado parecía más distante que nunca, reemplazada por la certeza de una tormenta que se avecinaba, una tormenta que prometía cambiar el curso de la historia, y la de sus corazones.
