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Pon una sutura a un caparazon agrietado
Fandom: Tortugas Ninja (Pelicula 2014)
Created: 1/29/2026
Tags
ActionFantasyAdventureMagical RealismDramaCharacter StudyThrillerCrime
Un Rescate Inesperado y Ojos Verdes
El asfalto húmedo brillaba bajo la pálida luz de los faroles, reflejando las siluetas alargadas y distorsionadas de los edificios. Sarah Ronx arrastraba los pies, el sonido rítmico de sus zapatillas contra el pavimento el único acompañamiento a sus pensamientos difusos. Diecisiete años y ya sentía el peso de una vida entera de insomnio. Tres días. Tres días sin cerrar los ojos, alimentándose a base de café instantáneo y la vaga promesa de un futuro como enfermera. Su mochila, cargada con libros de anatomía y fisiología, se sentía como una roca en su espalda, cada paso una lucha contra la gravedad y el agotamiento.
Normalmente, Sarah era una persona observadora, atenta a los detalles, una cualidad esencial para su futura profesión. Pero esta noche, su mente era una neblina densa, sus sentidos embotados. No notó la sombra que se desprendió de un callejón oscuro, ni el segundo par de pasos que se unió al primero. Su única preocupación era llegar a casa, desplomarse en su cama y, quizás, soñar con sábanas limpias y el olor a desinfectante.
Un tirón brusco en su mochila la sacó de su letargo. El café en su sistema reaccionó con un sobresalto tardío. Se giró, sus ojos, normalmente dulces y pacientes, ahora grandes y llenos de una confusión lenta. Dos hombres. Uno corpulento, con una gorra de béisbol hundida sobre sus ojos y una barba descuidada. El otro, más delgado y nervioso, con un tatuaje de serpiente en el cuello.
“Dame la mochila, chiquita”, gruñó el corpulento, su voz rasposa.
Sarah parpadeó. ¿Mochila? ¿Por qué querrían su mochila? Estaba llena de libros aburridos y apuntes ilegibles. Su mente, aún anestesiada por el cansancio, no procesó la amenaza. “¿Mis libros?”, preguntó, inclinando la cabeza.
El hombre delgado bufó. “¡No te hagas la tonta, niña! ¡La mochila entera! ¡Y la cartera!”
De repente, una extraña claridad atravesó la niebla de su mente. Malas intenciones. Siempre había sido extrañamente buena captando eso. Una sensación fría y desagradable se extendió por su estómago. Estos hombres no querían sus apuntes de bioquímica. Querían hacerle daño. Su corazón, que hasta hacía un momento latía con la pereza del agotamiento, ahora se aceleraba, un tambor frenético en su pecho.
“No… no tengo nada de valor”, balbuceó, retrocediendo un paso. Sus manos, antes flojas, ahora se tensaron alrededor de las correas de su mochila, como si pudiera protegerla de la inminente agresión.
El hombre corpulento dio un paso adelante, su sombra envolviéndola. “Ya veremos eso, muñeca”. Su mano se extendió hacia ella, no hacia la mochila, sino hacia su brazo.
El pánico se instaló, frío y real. Sarah intentó gritar, pero su garganta se cerró, solo un jadeo escapó. Estaba sola, en una calle oscura, con dos hombres que querían… ¿qué? No quería saberlo.
Justo cuando los dedos sucios del hombre estaban a punto de rozarla, una ráfaga de viento, o algo más, pasó zumbando. Un sonido metálico, como de algo que corta el aire. El hombre corpulento soltó un gruñido de dolor y retiró su mano, sacudiéndola.
“¡¿Qué demonios?!” exclamó el delgado, sus ojos buscando en la oscuridad.
Sarah también buscó, sus ojos aún adaptándose a la penumbra. Una figura oscura, demasiado rápida para ser humana, se movió en el borde de su visión. Luego, otra. Y otra. Y una más.
Lo que sucedió a continuación fue una blur. Un remolino de verdes, marrones y destellos de metal. Los dos asaltantes, que un momento antes parecían imponentes y amenazantes, ahora se encontraban en el suelo, gimiendo y maldiciendo. El corpulento se frotaba la mano, y el delgado se sostenía la cabeza, sus ojos desorbitados.
Sarah se quedó inmóvil, su respiración entrecortada. Su cerebro, sobrecargado, no podía procesar lo que acababa de presenciar. No eran policías. No eran humanos.
Cuatro figuras se materializaron frente a ella, emergiendo de las sombras como si hubieran sido formadas por la noche misma. Eran grandes, musculosos, y… verdes. Verdes como el musgo, verdes como las esmeraldas, verdes como… tortugas. Tortugas humanoides, de pie sobre dos patas, con caparazones resistentes y armas brillantes.
La niebla de agotamiento regresó, esta vez mezclada con un surrealismo tan denso que Sarah se preguntó si finalmente se había desmayado y estaba soñando. O quizás, el insomnio finalmente la había llevado a la locura.
“¿Estás bien, señorita?” La voz era profunda, resonante, con un matiz de curiosidad. Pertenecía a la tortuga más grande, la que llevaba una bandana naranja. Sus ojos, aunque verdes como los de los demás, parecían brillar con una energía jovial.
Sarah parpadeó, sus ojos fijos en la criatura. “¿Tortugas?”, susurró, la palabra apenas un soplo.
Otra tortuga, con una bandana azul y una expresión más seria, se acercó. “Somos mutantes, señorita. No tortugas comunes”. Su voz era tranquila, autoritaria. “¿La han lastimado?”
Sarah se examinó, como si no estuviera segura. “No… no, creo que no.” Su mirada se desvió hacia los asaltantes, que ahora se arrastraban por el suelo, intentando ponerse de pie y huir. Las tortugas los observaban con una especie de desdén silencioso, sin hacer ningún movimiento para detenerlos.
“¡Cobardes!” gruñó una tercera tortuga, esta con una bandana roja. Su voz era áspera, llena de una energía contenida. Su postura era tensa, sus sais brillando bajo la luz de los faroles. Sus ojos. Esos ojos. Eran de un verde más intenso que los de los demás, un verde casi tóxico, un verde que parecía vibrar con una furia latente, pero también con una extraña intensidad.
Sarah se encontró perdida en ellos. La fatiga, el miedo, la sorpresa… todo se desvaneció por un instante, reemplazado por una fascinación inesperada. Eran ojos salvajes, poderosos, pero también… ¿preocupados? ¿O era solo su imaginación? Su rostro se sintió un poco caliente. Ignoren su rostro sonrojado, gracias.
La cuarta tortuga, la que llevaba una bandana morada y tenía un aire más intelectual, la miró con una ceja, o lo que parecían cejas en una tortuga, levantada. “Parece que está en shock. Es comprensible”.
El de la bandana roja, al que Sarah ya había decidido mentalmente llamar ‘Ojos Tóxicos’, gruñó. “¿Shock? ¡Acabamos de salvarle el trasero! Debería estar agradecida, no mirando como si viera un fantasma”.
“¡Raph!” El de la bandana azul lo reprendió, su voz firme.
Raph, entonces. El nombre encajaba con la dureza de su mirada. Sarah se forzó a apartar la vista de sus ojos, avergonzada por su propia reacción. “Lo siento”, dijo, su voz aún un poco temblorosa. “Gracias. De verdad. No sé qué habría pasado si no hubieran…” Se detuvo, incapaz de terminar la frase.
“No hay de qué, señorita”, dijo el de la bandana azul, con una sonrisa tranquilizadora que, a pesar de su apariencia de tortuga, logró ser bastante amable. “Somos las Tortugas Ninja. Defendemos esta ciudad”.
“¿Tortugas Ninja?” Sarah repitió, la incredulidad tiñendo sus palabras. Sonaba… ridículo. Y, sin embargo, acababa de ser rescatada por cuatro tortugas mutantes. La realidad era más extraña que la ficción.
El de la bandana naranja, el más jovial, se adelantó. “¡Yo soy Mikey! ¡El más genial y divertido! ¡Y maestro de la pizza!”
“Soy Donatello, pero puedes llamarme Donnie”, dijo el de la bandana morada, con una pequeña inclinación de cabeza. “El cerebro del grupo”.
“Yo soy Leonardo, el líder”, dijo el de la bandana azul, su voz tranquila y segura. “Y él es Raphael”. Señaló a Raph, quien aún la miraba con una intensidad que la hizo sentir un ligero escalofrío, no de miedo, sino de otra cosa, algo que no podía identificar.
“Raph”, repitió Sarah, probando el nombre en su lengua. Sonaba tan rudo como él.
“¿Cuál es tu nombre, señorita?” preguntó Leonardo.
“Sarah. Sarah Ronx.”
“Bueno, Sarah, parece que tuviste una noche difícil”, dijo Donnie, observándola con una mirada que parecía evaluar su estado físico y mental. “¿Necesitas que te acompañemos a casa?”
La idea de ser acompañada a casa por cuatro tortugas ninja mutantes era tan absurda que Sarah casi se rió. Pero la risa se atascó en su garganta. Estaba tan cansada. Tan abrumada.
“No… no, estoy bien”, dijo, aunque su voz sonaba débil incluso para ella misma. “Vivo cerca. Solo… necesito llegar a casa”.
Raph resopló. “Estás más pálida que un fantasma. Y temblando. Si esos tipos te hubieran tocado un pelo, les habría roto algo más que la mano”. Su voz, aunque áspera, tenía un matiz protector que Sarah no esperaba. Eso hizo que el calor en sus mejillas se intensificara.
Leonardo se volvió hacia Raph. “Raph, tranquilo”. Luego, a Sarah. “En serio, Sarah, no es seguro que vayas sola ahora mismo. Podemos asegurarnos de que llegues a salvo”.
Sarah dudó. Su lógica le decía que ir con cuatro criaturas gigantes y verdes era probablemente más peligroso que ir sola. Pero sus instintos, esos que eran extrañamente buenos para detectar el peligro, le decían que estos seres, aunque extraños, no le harían daño. Y estaba tan, tan cansada. La idea de no tener que preocuparse por nada más, ni siquiera por el camino a casa, era tentadora.
“Está bien”, dijo finalmente, su voz apenas un susurro. “Mi apartamento está a unas pocas cuadras de aquí. En la calle Elm”.
“Perfecto”, dijo Leonardo. “Nosotros te escoltaremos”.
Y así, Sarah Ronx, una estudiante de enfermería de diecisiete años, se encontró caminando por las calles de Nueva York en medio de la noche, escoltada por cuatro tortugas ninja mutantes. El surrealismo de la situación era tal que su cerebro, en su estado de agotamiento extremo, simplemente lo aceptó como la nueva realidad.
Mientras caminaban, los hermanos iban conversando en voz baja entre ellos, sus voces graves y susurrantes, creando un coro extraño en la noche. Sarah podía distinguir algunas palabras: “Shredder”, “pie”, “patrulla”. Eran los protectores de la ciudad, los héroes de las sombras. Y ella acababa de ser salvada por ellos.
De vez en cuando, sentía la mirada de Raph sobre ella. No era una mirada intrusiva, sino más bien cautelosa, como si estuviera asegurándose de que estaba bien. Cada vez que sus ojos se cruzaban, el verde tóxico de los suyos parecía encenderse, y Sarah sentía un cosquilleo extraño en el estómago. Era una sensación que no había experimentado antes, una mezcla de nerviosismo y… algo más. Algo que la hacía sentir extrañamente viva, a pesar de su agotamiento.
Llegaron a su edificio, un antiguo bloque de apartamentos de ladrillo rojo. Sarah se detuvo frente a la puerta, su mano temblaba ligeramente mientras buscaba las llaves en su mochila.
“Gracias”, dijo, volviéndose hacia ellos. “De verdad. No sé cómo…”
Mikey sonrió, su bandana naranja brillando. “¡No hay problema, Sarah! ¡Para eso estamos! ¡Para patear traseros y salvar doncellas en apuros!”
“¡No es una doncella en apuros, Mikey!” Raph gruñó, pero el ceño en su rostro no era tan severo como antes.
Donnie se adelantó. “Asegúrate de descansar bien, Sarah. Y si alguna vez necesitas ayuda de nuevo, no dudes en…” Se detuvo, dándose cuenta de que no tenían forma de contactarla.
“No te preocupes, Donnie”, dijo Leonardo, con una sonrisa. “Sabemos cómo encontrarla si es necesario. Cuídate, Sarah”.
Sarah asintió, su mente ya procesando la avalancha de información. “Lo haré. Y ustedes también. Tengan cuidado”.
Mientras abría la puerta de su apartamento, echó una última mirada a las tortugas. Se desvanecían en las sombras tan rápidamente como habían aparecido, sus siluetas verdes fusionándose con la oscuridad de la noche. Solo Raph se quedó un segundo más, sus ojos verdes tóxicos fijos en ella, y por un microsegundo, Sarah juró ver una expresión de algo parecido a la preocupación en su rostro. Luego, él también desapareció.
Cerró la puerta detrás de ella, el clic resonando en el silencio de su apartamento. Se apoyó contra la madera, su corazón aún latiendo con fuerza. Había sido atacada, rescatada por tortugas ninja mutantes, y había sentido una extraña conexión con los ojos verdes tóxicos de una de ellas.
Se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo frío, su mochila aún en su espalda. El cansancio la golpeó con una fuerza renovada, pero ahora, debajo de él, había una chispa de algo nuevo. Algo emocionante.
Miró sus manos, que aún temblaban ligeramente. ¿Había sido real? ¿O era todo un sueño febril?
Pero sabía que no. Los recuerdos eran demasiado vívidos, demasiado extraños para ser una invención de su mente. Las voces, las armas, el verde… y esos ojos. Los ojos verdes tóxicos de Raphael.
Se puso de pie, sus músculos doloridos, y se dirigió a su habitación. Se dejó caer en la cama, sin siquiera molestarse en quitarse la ropa o la mochila. Cerró los ojos, y por primera vez en tres días, el sueño llegó rápidamente, no sin antes una última imagen, clara y persistente, de unos ojos de un verde esmeralda, que la miraban con una intensidad que la hizo sonreír suavemente mientras se hundía en la inconsciencia.
El mundo, pensó Sarah justo antes de caer dormida, era mucho más interesante de lo que había imaginado. Y quizás, solo quizás, su vida acababa de volverse un poco menos aburrida.
Normalmente, Sarah era una persona observadora, atenta a los detalles, una cualidad esencial para su futura profesión. Pero esta noche, su mente era una neblina densa, sus sentidos embotados. No notó la sombra que se desprendió de un callejón oscuro, ni el segundo par de pasos que se unió al primero. Su única preocupación era llegar a casa, desplomarse en su cama y, quizás, soñar con sábanas limpias y el olor a desinfectante.
Un tirón brusco en su mochila la sacó de su letargo. El café en su sistema reaccionó con un sobresalto tardío. Se giró, sus ojos, normalmente dulces y pacientes, ahora grandes y llenos de una confusión lenta. Dos hombres. Uno corpulento, con una gorra de béisbol hundida sobre sus ojos y una barba descuidada. El otro, más delgado y nervioso, con un tatuaje de serpiente en el cuello.
“Dame la mochila, chiquita”, gruñó el corpulento, su voz rasposa.
Sarah parpadeó. ¿Mochila? ¿Por qué querrían su mochila? Estaba llena de libros aburridos y apuntes ilegibles. Su mente, aún anestesiada por el cansancio, no procesó la amenaza. “¿Mis libros?”, preguntó, inclinando la cabeza.
El hombre delgado bufó. “¡No te hagas la tonta, niña! ¡La mochila entera! ¡Y la cartera!”
De repente, una extraña claridad atravesó la niebla de su mente. Malas intenciones. Siempre había sido extrañamente buena captando eso. Una sensación fría y desagradable se extendió por su estómago. Estos hombres no querían sus apuntes de bioquímica. Querían hacerle daño. Su corazón, que hasta hacía un momento latía con la pereza del agotamiento, ahora se aceleraba, un tambor frenético en su pecho.
“No… no tengo nada de valor”, balbuceó, retrocediendo un paso. Sus manos, antes flojas, ahora se tensaron alrededor de las correas de su mochila, como si pudiera protegerla de la inminente agresión.
El hombre corpulento dio un paso adelante, su sombra envolviéndola. “Ya veremos eso, muñeca”. Su mano se extendió hacia ella, no hacia la mochila, sino hacia su brazo.
El pánico se instaló, frío y real. Sarah intentó gritar, pero su garganta se cerró, solo un jadeo escapó. Estaba sola, en una calle oscura, con dos hombres que querían… ¿qué? No quería saberlo.
Justo cuando los dedos sucios del hombre estaban a punto de rozarla, una ráfaga de viento, o algo más, pasó zumbando. Un sonido metálico, como de algo que corta el aire. El hombre corpulento soltó un gruñido de dolor y retiró su mano, sacudiéndola.
“¡¿Qué demonios?!” exclamó el delgado, sus ojos buscando en la oscuridad.
Sarah también buscó, sus ojos aún adaptándose a la penumbra. Una figura oscura, demasiado rápida para ser humana, se movió en el borde de su visión. Luego, otra. Y otra. Y una más.
Lo que sucedió a continuación fue una blur. Un remolino de verdes, marrones y destellos de metal. Los dos asaltantes, que un momento antes parecían imponentes y amenazantes, ahora se encontraban en el suelo, gimiendo y maldiciendo. El corpulento se frotaba la mano, y el delgado se sostenía la cabeza, sus ojos desorbitados.
Sarah se quedó inmóvil, su respiración entrecortada. Su cerebro, sobrecargado, no podía procesar lo que acababa de presenciar. No eran policías. No eran humanos.
Cuatro figuras se materializaron frente a ella, emergiendo de las sombras como si hubieran sido formadas por la noche misma. Eran grandes, musculosos, y… verdes. Verdes como el musgo, verdes como las esmeraldas, verdes como… tortugas. Tortugas humanoides, de pie sobre dos patas, con caparazones resistentes y armas brillantes.
La niebla de agotamiento regresó, esta vez mezclada con un surrealismo tan denso que Sarah se preguntó si finalmente se había desmayado y estaba soñando. O quizás, el insomnio finalmente la había llevado a la locura.
“¿Estás bien, señorita?” La voz era profunda, resonante, con un matiz de curiosidad. Pertenecía a la tortuga más grande, la que llevaba una bandana naranja. Sus ojos, aunque verdes como los de los demás, parecían brillar con una energía jovial.
Sarah parpadeó, sus ojos fijos en la criatura. “¿Tortugas?”, susurró, la palabra apenas un soplo.
Otra tortuga, con una bandana azul y una expresión más seria, se acercó. “Somos mutantes, señorita. No tortugas comunes”. Su voz era tranquila, autoritaria. “¿La han lastimado?”
Sarah se examinó, como si no estuviera segura. “No… no, creo que no.” Su mirada se desvió hacia los asaltantes, que ahora se arrastraban por el suelo, intentando ponerse de pie y huir. Las tortugas los observaban con una especie de desdén silencioso, sin hacer ningún movimiento para detenerlos.
“¡Cobardes!” gruñó una tercera tortuga, esta con una bandana roja. Su voz era áspera, llena de una energía contenida. Su postura era tensa, sus sais brillando bajo la luz de los faroles. Sus ojos. Esos ojos. Eran de un verde más intenso que los de los demás, un verde casi tóxico, un verde que parecía vibrar con una furia latente, pero también con una extraña intensidad.
Sarah se encontró perdida en ellos. La fatiga, el miedo, la sorpresa… todo se desvaneció por un instante, reemplazado por una fascinación inesperada. Eran ojos salvajes, poderosos, pero también… ¿preocupados? ¿O era solo su imaginación? Su rostro se sintió un poco caliente. Ignoren su rostro sonrojado, gracias.
La cuarta tortuga, la que llevaba una bandana morada y tenía un aire más intelectual, la miró con una ceja, o lo que parecían cejas en una tortuga, levantada. “Parece que está en shock. Es comprensible”.
El de la bandana roja, al que Sarah ya había decidido mentalmente llamar ‘Ojos Tóxicos’, gruñó. “¿Shock? ¡Acabamos de salvarle el trasero! Debería estar agradecida, no mirando como si viera un fantasma”.
“¡Raph!” El de la bandana azul lo reprendió, su voz firme.
Raph, entonces. El nombre encajaba con la dureza de su mirada. Sarah se forzó a apartar la vista de sus ojos, avergonzada por su propia reacción. “Lo siento”, dijo, su voz aún un poco temblorosa. “Gracias. De verdad. No sé qué habría pasado si no hubieran…” Se detuvo, incapaz de terminar la frase.
“No hay de qué, señorita”, dijo el de la bandana azul, con una sonrisa tranquilizadora que, a pesar de su apariencia de tortuga, logró ser bastante amable. “Somos las Tortugas Ninja. Defendemos esta ciudad”.
“¿Tortugas Ninja?” Sarah repitió, la incredulidad tiñendo sus palabras. Sonaba… ridículo. Y, sin embargo, acababa de ser rescatada por cuatro tortugas mutantes. La realidad era más extraña que la ficción.
El de la bandana naranja, el más jovial, se adelantó. “¡Yo soy Mikey! ¡El más genial y divertido! ¡Y maestro de la pizza!”
“Soy Donatello, pero puedes llamarme Donnie”, dijo el de la bandana morada, con una pequeña inclinación de cabeza. “El cerebro del grupo”.
“Yo soy Leonardo, el líder”, dijo el de la bandana azul, su voz tranquila y segura. “Y él es Raphael”. Señaló a Raph, quien aún la miraba con una intensidad que la hizo sentir un ligero escalofrío, no de miedo, sino de otra cosa, algo que no podía identificar.
“Raph”, repitió Sarah, probando el nombre en su lengua. Sonaba tan rudo como él.
“¿Cuál es tu nombre, señorita?” preguntó Leonardo.
“Sarah. Sarah Ronx.”
“Bueno, Sarah, parece que tuviste una noche difícil”, dijo Donnie, observándola con una mirada que parecía evaluar su estado físico y mental. “¿Necesitas que te acompañemos a casa?”
La idea de ser acompañada a casa por cuatro tortugas ninja mutantes era tan absurda que Sarah casi se rió. Pero la risa se atascó en su garganta. Estaba tan cansada. Tan abrumada.
“No… no, estoy bien”, dijo, aunque su voz sonaba débil incluso para ella misma. “Vivo cerca. Solo… necesito llegar a casa”.
Raph resopló. “Estás más pálida que un fantasma. Y temblando. Si esos tipos te hubieran tocado un pelo, les habría roto algo más que la mano”. Su voz, aunque áspera, tenía un matiz protector que Sarah no esperaba. Eso hizo que el calor en sus mejillas se intensificara.
Leonardo se volvió hacia Raph. “Raph, tranquilo”. Luego, a Sarah. “En serio, Sarah, no es seguro que vayas sola ahora mismo. Podemos asegurarnos de que llegues a salvo”.
Sarah dudó. Su lógica le decía que ir con cuatro criaturas gigantes y verdes era probablemente más peligroso que ir sola. Pero sus instintos, esos que eran extrañamente buenos para detectar el peligro, le decían que estos seres, aunque extraños, no le harían daño. Y estaba tan, tan cansada. La idea de no tener que preocuparse por nada más, ni siquiera por el camino a casa, era tentadora.
“Está bien”, dijo finalmente, su voz apenas un susurro. “Mi apartamento está a unas pocas cuadras de aquí. En la calle Elm”.
“Perfecto”, dijo Leonardo. “Nosotros te escoltaremos”.
Y así, Sarah Ronx, una estudiante de enfermería de diecisiete años, se encontró caminando por las calles de Nueva York en medio de la noche, escoltada por cuatro tortugas ninja mutantes. El surrealismo de la situación era tal que su cerebro, en su estado de agotamiento extremo, simplemente lo aceptó como la nueva realidad.
Mientras caminaban, los hermanos iban conversando en voz baja entre ellos, sus voces graves y susurrantes, creando un coro extraño en la noche. Sarah podía distinguir algunas palabras: “Shredder”, “pie”, “patrulla”. Eran los protectores de la ciudad, los héroes de las sombras. Y ella acababa de ser salvada por ellos.
De vez en cuando, sentía la mirada de Raph sobre ella. No era una mirada intrusiva, sino más bien cautelosa, como si estuviera asegurándose de que estaba bien. Cada vez que sus ojos se cruzaban, el verde tóxico de los suyos parecía encenderse, y Sarah sentía un cosquilleo extraño en el estómago. Era una sensación que no había experimentado antes, una mezcla de nerviosismo y… algo más. Algo que la hacía sentir extrañamente viva, a pesar de su agotamiento.
Llegaron a su edificio, un antiguo bloque de apartamentos de ladrillo rojo. Sarah se detuvo frente a la puerta, su mano temblaba ligeramente mientras buscaba las llaves en su mochila.
“Gracias”, dijo, volviéndose hacia ellos. “De verdad. No sé cómo…”
Mikey sonrió, su bandana naranja brillando. “¡No hay problema, Sarah! ¡Para eso estamos! ¡Para patear traseros y salvar doncellas en apuros!”
“¡No es una doncella en apuros, Mikey!” Raph gruñó, pero el ceño en su rostro no era tan severo como antes.
Donnie se adelantó. “Asegúrate de descansar bien, Sarah. Y si alguna vez necesitas ayuda de nuevo, no dudes en…” Se detuvo, dándose cuenta de que no tenían forma de contactarla.
“No te preocupes, Donnie”, dijo Leonardo, con una sonrisa. “Sabemos cómo encontrarla si es necesario. Cuídate, Sarah”.
Sarah asintió, su mente ya procesando la avalancha de información. “Lo haré. Y ustedes también. Tengan cuidado”.
Mientras abría la puerta de su apartamento, echó una última mirada a las tortugas. Se desvanecían en las sombras tan rápidamente como habían aparecido, sus siluetas verdes fusionándose con la oscuridad de la noche. Solo Raph se quedó un segundo más, sus ojos verdes tóxicos fijos en ella, y por un microsegundo, Sarah juró ver una expresión de algo parecido a la preocupación en su rostro. Luego, él también desapareció.
Cerró la puerta detrás de ella, el clic resonando en el silencio de su apartamento. Se apoyó contra la madera, su corazón aún latiendo con fuerza. Había sido atacada, rescatada por tortugas ninja mutantes, y había sentido una extraña conexión con los ojos verdes tóxicos de una de ellas.
Se deslizó por la pared hasta sentarse en el suelo frío, su mochila aún en su espalda. El cansancio la golpeó con una fuerza renovada, pero ahora, debajo de él, había una chispa de algo nuevo. Algo emocionante.
Miró sus manos, que aún temblaban ligeramente. ¿Había sido real? ¿O era todo un sueño febril?
Pero sabía que no. Los recuerdos eran demasiado vívidos, demasiado extraños para ser una invención de su mente. Las voces, las armas, el verde… y esos ojos. Los ojos verdes tóxicos de Raphael.
Se puso de pie, sus músculos doloridos, y se dirigió a su habitación. Se dejó caer en la cama, sin siquiera molestarse en quitarse la ropa o la mochila. Cerró los ojos, y por primera vez en tres días, el sueño llegó rápidamente, no sin antes una última imagen, clara y persistente, de unos ojos de un verde esmeralda, que la miraban con una intensidad que la hizo sonreír suavemente mientras se hundía en la inconsciencia.
El mundo, pensó Sarah justo antes de caer dormida, era mucho más interesante de lo que había imaginado. Y quizás, solo quizás, su vida acababa de volverse un poco menos aburrida.
